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CAPITULO
12o: Abatimiento de Don Francisco de Puelles Hurtado al
saber el asesinato de su hermano. Medita su venganza y se retira de Altabel al lugar despoblado de Rayeses, junto a Ampudia. Muerte de éste y
desaparición de su primogénito Juan. Niñez del segundo Don Diego de
Puelles y viudedad de su madre , pasan a Ampudia y sacan las ejecutorias.- Un año después de la vuelta de Lagasca a España concluida su misión, que el rey premió con el obispado de Sigüenza, supo Francisco de Puelles la muerte trágica de su hermano Pedro, a quien siempre aguardaba con impaciencia, confiando en su palabra y promesa de concluir sus días a su lado, y al saber la triste nueva de su desgraciado fin con la bandera de los Pizarros, a quienes motejaban de rebeldes tras sus heroicos servicios, porque era un siglo en que después de perdidas las libertades se había entronizado el despotismo en todo su lleno y se creía traición hasta la defensa más justa de los pactos fundamentales, creyéndose poder ser blanco de nuevas persecuciones y desgracias, abatido y desalentado por los reveses, alzó su casa de Altabel y perdiendo de vista el hermoso Ebro, en cuyas orilla había cre- cido él y todo su linaje, se internó tierra adentro de Castilla, y cerca de treinta leguas al Sur, en un lugar despoblado y oculto entre bosques a media legua de Fuentes de Empudia entonces y Ampudia hoy llamado Rayases. En esta miserable aldehuela de cinco o seis casas lejos del contacto del mundo y donde sus necesidades se satisfacían con poco sentó Don Francisco sus reales como en tiempos los patriarcas o como hacen hoy los árabes en el desierto, llevando a su mujer, sus dos hijos Juan y Diego y algunos viejos sirvientes que le quisieron seguir con sus aperos de mulas y sus carros cargados de muebles y enseres, cerrando la marcha de la caravana sus rebaños de ovejas trashumantes. Allí arrendó varias tierras y se dedicó de nuevo con ahinco a su labor y [a la] crianza de ganadería, cuidando con solicitud especial de la educación de sus hijos, a quienes en medio de su modestia enseñaba los ramos de adorno que en aquel tiempo aprendían los hidalgos pobres, por abatidos que estuvieran. El manejo de las armas y el adiestrar un caballo para la guerra era la base principal de la educación de todo caballero, por más que tuviera este noble animal que arar o arrastrar un carretón después y enmohecerse aquéllas colgadas de un granero. Mas nuestro progenitor, que lloraba en silencio la ruina y desgracia de su familia y el asesinato vil de su hermano querido guardando en su pecho el recuerdo de la infame acción y esculpido en su corazón el nombre de su asesino, deseando saber siempre la arribada de éste a su país y pueblo natal, de que estaba muy avisado, pues era de Dueñas, antigua villa dos leguas al Norte de Rayesas y cuyas torres se divisaban desde su mansión, viendo el transcurrir de los años que lo iban encaneciendo y que lo consumía una enfermedad lenta del alma, no encontrándose tampoco con fuerzas para tomar la resolución que decididamente había pensado, llamó un día a su hijo Juan, joven de 14 años ya, arrojado y emprendedor, osado y diestro en el manejo de las armas por su natural afición y por las lecciones que su padre, veterano en ellas, le daba de continuo, y franqueándole su pecho, diole a conocer la deuda que con nuestro linaje tenía contraída Fernando de Salazar, quien tras el asesinato de su general gozaba holgadamente en el Perú las riquezas de su tío y que desesperado de aguardarle que retornase a su país debía revelarle sus intentos. “Mis días se acaban”, le dijo, “y no quisiera que se dejara de saldar esta larga cuenta con el malsín y bellaco, mas si yo muero sin cobralla noble y decorosamente como corresponde a nuestro nacimiento aunque se trate de un asesino, yo espero de ti, hijo mío, que cumplas y satisfagas este asunto ; será el duelo que con él tengas un juicio de Dios que indique nuestro justo y eterno agravio”. Era en aquella época y siglo tan común y admitido el satisfacer una venganza si ésta provenía de una infame acción, que hasta a Dios se apelaba para estos duelos judiciales ; y en verdad que lo merecía la cuita de nuestro ascendiente. Acordes el padre y el hijo en la resolución que se proponían, determinaron aguardar de nuevo la vuelta de Salazar algún tiempo más, yéndolo a buscar al teatro de su crimen el joven Juan caso de que no volviese. Yendo por momentos empeorando Don Francisco, se trasladó con su modesta familia a Ampudia para asistir con la ciencia y sus auxiliares los medicamentos al decaído anciano. A esta villa se tuvo que ir, pues, la familia en 1556, siendo inútiles cuantos esfuerzos se emplearon para volver la salud al que tenía muerto su corazón a la esperanza, y en una bóveda de la iglesia de la villa, nombrada de San Miguel, que aún no se había elevado al rango de colegiata, que años después habría de ser alzada a la dicha altu- ra por parte del célebre Duque de Lerma, se acomodaron sus restos. Catalina Sanz, su viuda, y sus dos hijos se afincaron desde esta época en Ampudia. Escasos de bienes de fortuna y llenos de la vanidad consiguiente a los de su estado, empezaron a disipar los dos jóvenes hermanos, al cuidado de una buena y condescendiente señora, lo poco que les quedaba sin asustarse de un porvenir proceloso. En este tiempo aconteció un suceso de alguna importancia, según se colige de nuestras antiquísimas ejecutorias. Un receptor de los impuestos que pagaba la clase pechera, aunque existía en Ampudia padrón y asiento de hidalgos, reclamó a la nueva vecina viuda el correspondiente pecho por sus cortos bienes, y la pobre señora, que tan respetada estuvo en Altabel o Irzio en sus buenos días, se excusó el tributo alegando ser la viuda de un hidalgo que nunca los había pagado. No pudiendo evidenciar esta exención por hallarse en pueblo extraño, ni queriendo en aquella época el Concejo y vecinos de Ampudia reconocerle este estado cuando se llevara adelante la ejecución en nombre del rey, su hijo Don Juan se resistió y depositando bienes suficientes para asegurar el pago, pasó a Valladolid, a una jornada de Ampudia, y solicitó ante la Sala de Hijosdalgo recientemente establecida probar en juicio contradictorio la posesión inmemorial que todos los de su linaje habían tenido y de haber sido exentos de las gabelas e impuestos de los ‘buenos hombres pecheros’, como entonces se llamaba a la clase llana. Y, en efecto, lo acreditó solemnemente con habitantes y vecinos de Altabel, Irzio y Miranda, probándose cumplidamente que todas las generaciones que de esta familia riojana habían conocido estaban reputadas y tenidas por de la más esclarecida nobleza y exentos sus bienes de toda clase de pechos. Evidenciado y testimoniado esto, tornose Don Juan a Ampudia y dio a su madre el rollo de pergaminos para que no la molestaran más y se inscribiese en adelante en el registro de los nobles de la villa. Gran ruido causó este suceso en un ‘pueblo de behetría’ como era Ampudia y donde hasta entonces no se había marcado esta importante diferencia, y acatando la soberana disposición de la Chancillería, quedó sólo eximida la pobre viuda de los pechos, alcabalas y moneda forera, sin cumplirse las demás cosas inherentes al estado de los hidalgos por desconocer la práctica de estos casos. Puesta y ensalzada de nuevo la familia en su rango natural sólo por evitar un atropello, más que por el afán del orgullo, se avino Don Juan de Puelles a vivir con su madre lo poco que le podía quedar de vida, pero sin quererse casar, porque tenía presente, como Anibal, la promesa que le había hecho a su padre de tomar una sangrienta venganza, y apenas cerró los ojos la buena de Doña Catalina Sanz en 1570, y partiendo con su hermano los pocos bienes que había realizó él por su parte los suyos, y abrazándolo estrechamente y dándole cuenta de su resolución, se ausentó una mañana de Ampudia sin que jamás se haya vuelto a saber de él. Es probable –comento yo- que arribase al Perú tras de Fernando de Salazar y satisficiese la justa venganza y reparación que este asesino nos debiera, si es que lo encontró con vida, y que después se confundiera en unas regiones tan vastas. Sea de ello lo que se quiera, lo cierto es que a fines del mismo siglo existía en Nueva Granada, según consta en un nobiliario de ese país, la viuda de un Don Juan de Puelles, caballero principal, descendiente de la casa de Autol, llamada Doña María Escobar, que casó después con otro señor de la alta nobleza, como también puede verse en el citado nobiliario, sin que en adelante se sepa más de esta rama americana. Solo. Solo quedó en el mundo Don Diego de Puelles Sanz, que nacido en 1550, contaba 20 años escasos a la muerte de su madre ; ni un pariente paterno ni paterno tenía en toda la comarca, donde la familia estaba recién trasplantada, ni cultivaba la amistad de sus deudos los señores de Autol, que descollaban en aquella época en todo su apogeo, enlazados con los títulos de Castilla sus iguales, no tampoco con los más modestos, pero importantes del solar primitivo de Labastida y de Avalos al otro lado del Ebro. Tentado estuvo de buscar y seguir la suerte de su resuelto hermano Don Juan en su aventuresca expedición, al que nada le había quedado más que osadía si no le hubiera detenido en Ampudia lo que sujeta al hombre y le hace fijar en un sitio el resto de sus días y en las raíces que brotan del corazón. Había conocido y estaba amando en ese tiempo de su permanencia en la villa a la más hermosa y gentil doncella de toda la comarca, Doña Gerónima de Torres Cartagena, hija de una familia noble y acomodada y de antiguo establecida en la villa. Este entusiasta amor que al joven hidalgo le impuso la bella ampudiana decidió y fijó su porvenir, así como el de toda su descendencia, que debía ser en delante de aquella antigua población. Aunque sin bienes algunos, bastaba ser en aquellos tiempo en que tan alto aprecio se hacía de los linajes de un antiguo apellido para que todos se consideraran honrados con su enlace. Los Torres y Cartagena, que se preciaban también de su clase hidalga, favorecieron y acogieron con distinción al mancebo, siendo la principal mediadora Doña Luisa Cartagena, madre de la doncella, que se decía sobrina de los célebres prelados de Burgos de este apellido. Objeto de envidia y de celos fue para todas las familias de la villa la preferencia de Don Diego por la hija de los Torres y su enlace con ellos al poco tiempo, pero eran tan cortos los bienes de fortuna de éste, que el nuevo matrimonio tuvo que quedarse en el nido paterno de Doña Gerónima por no tener aún caudal suficiente para sostener sus nuevos cargos. Cuatro años pasaron tras este feliz suceso, y Don Diego de Puelles Sanz, a quien ya le había nacido el mayor de sus hijos, Francisco, emancipándose de sus suegros, puso casa de por sí, que ocupó viviendo modestamente. Nada sabemos de la clase de giro que tomaría, pero es probable que en un pueblo agrícola y ganadero como Ampudia siguiera el ejercicio de sus convecinos, instruido como estaba desde pequeño y en vida de su padre en estos ejercicios y conociendo las costumbres agrícolas del país desde que moraron en la aldehuela de Rayases. Es lo cierto que bien por dote o por herencia que Doña Gerónima tuvo o por sus muchos afanes, empezó Don Diego a fomentarse y crecer en riqueza, tanto que pudo sostener un nuevo pleito con la villa, que quería imponerle de nuevo el pago de los impuestos generales por ser el único que en toda ella no pechaba con ellos, así como en Valloria del Alerón, una legua distante, donde también estableció casa y hacienda. Viendo Don Diego la tenacidad ésta y celoso de sus prerrogativas, se fue de nuevo como su hermano a Valladolid y sacó de nuevo sus ejecutorias, pues Juan se había llevado las suyas por todo caudal, no sólo ya con el objeto de poseerla y hacer valer sus derechos, sino, lo que era más, para obligar a ambas villas a darle lugar preferente en la iglesia y concejo y entrar representando a su estado como ya en aquella época se acostumbraba en otras poblaciones, de ejercer los cargos de Alcalde y Síndico de la clase y estado de hijosdalgo, novedad que planteó nuestro progenitor por primera vez en la behetría, que había sido del Conde de Salvatierra y que éste perdió por haber tomado parte en la Guerra de las Comunidades, pasando a la Casa de Lerma, como en adelante diremos. Y, en efecto, no sólo consiguió de la Chancillería su ejecutoria confirmada por la Sala de los Alcaldes de Hijosdalgo, única entonces en España, sino que éstos mandaron a un juez receptor y escribano de su cámara para darle solemne posesión en ambas villas a son de campana tañida y con asistencia de todo el vecindario que pudiera firmar el acta. Así consta por estos documentos, que por su antigüedad y por ser de los primeros se conservan entre nosotros. De modo que otras familias hidalgas del pueblo, abierto ya el camino que Don Diego les trazó, empezaron a hacer sus probanzas al tenor de la Pragmática de Córdoba, que era la que servía de regla para estos casos. Era preciso probar la posesión inmemorial en juicio contradictorio entre el fiscal de la sala y los representantes de las villas o lugares donde se residía, alambicándose de tal modo en aquellos tiempos en que los jueces y testigos era incorruptibles y en que se hacía gala y se rendía culto a la observancia fiel de la famosa Pragmática, obra de los Reyes Católicos en su Real de Córdoba. Un juez nombrado por la Sala de Alcaldes expresamente y ad hoc y un escribano partieron para evacuar las informaciones en los puntos distantes donde residían los testigos, como sucedió en las nuestras respecto a los de la jurisdicción de Miranda, y para los próximos comparecían ante la misma Sala de Alcaldes y después de un escrupuloso examen y bajo juramento, oírlo un número crecido de éstos, los más ancianos posibles, fallaba la sala en sus decisiones. Apelándose de nuevo por el fiscal se confirmaba o revocaba por otro igual número de oidores, de modo que tras esta prolijidad salían las ejecutorias de aquel primitivo tiempo de ellos, llevando todas el sello de puridad y de verdad, que andando el tiempo se perdían también. Cuento estos pormenores porque como cosa histórica es digna de saberse
todas estas particularidades, así como el que se llevaba una tirantez
tan extremada en el deslinde y clasificación de los estados, que cuando
la hija de una casa hidalga casaba con un pechero y pasaba por su
matrimonio a la condición llana, por aquel antiguo refrán de que “en Castilla el caballo lleva la silla”, si enviudaba y quería
recobrar el rango y las prerrogativas de su linaje, tenía que pasar por
la ceremonia ridícula de ponerse una albarda, y apostrofando el recuerdo de su marido sobre su sepultura, exclamaba por tres veces: “Toma tu bajeza y daca mi nobleza”. Sólo por esta ceremonia ridícula
y por este camino tan original y valiéndose de una acción indigna y baja
en el fondo dicen que volvían a recuperar su privilegio y estado. Pero
concluyendo este período que se cierra en 1610 con la muerte de Don Diego
a una edad no muy provecta y dejando tres hijos, únicos frutos de su
matrimonio con la bella Doña Gerónima, que fueron Don Francisco el
mayor, Doña María y Don Diego el menor, que siguió con furto el
estado eclesiástico, como veremos después, terminaremos su vida con una
consideración que se me ocurre, y es la grande analogía y paralelo que
se puede hacer con este nuestro progenitor con su nieto, nuestro padre,
que dos siglos y medio más tarde, huérfano y solo al parecer en el
mundo como el otro, entronco de la rama de Alcalá trasplantada de
Castilla al ánimo solo de una pobre viuda que sacó sus dos hijos
adelante, quedando sólo y cortado por la muerte de su hermano y a la
distancia que se encontraba de los suyos, teniendo aún más parecido
todavía por lo que respecta a la actitud, capacidad y resolución que
ambos desplegaron. _______________________________ En la Meseta castellana se combinaban entonces simultáneamente el cultivo extensivo de cereales y las vastas zonas prácticamente agrestes utilizadas para pastos. En ellas las Mesta, la organización de ganaderos, apacentaba sus enormes rebaños de corderos, obteniendo de ello grandísimos beneficios, por lo menos mientras disfrutó de la protección del rey. Esa situación tocó a su fin, no obstante, en 1550-1560, cuando frente a la creciente presión de agricultores deseosos de aprovecharse del alza del precio de los cereales, provocado por la importación masiva de metales preciosos desde América a partir de 1535, fueron invadidos los pastos y transformados en tierra de labranza. Así, pues, hasta mediados del siglo XVII decayó la ganadería y aumentaron los cultivos, con una nueva caída de los precios cerealísticos, la superficie de labranza volvió a dedicarse a pastos. El pastoreo sedentario e incontrolado de ganado lanar, enormemente dañoso para la agricultura, fue reinstituido, pero no logró dar al país los mismos beneficios que en el pasado. La introducción del cultivo del maíz, aunque en esta zona los resultados no fueron tan buenos como en otros lugares de la Península, sirvió, no obstante, para variar la rotación de las cosechas, que todavía seguía a la sazón el sistema trienal. [DE MADDALENA, Aldo, “La Europa rural (1500-1700)”, en CI POLLA, Carlo (ed.), 1987, Historia económica de Europa (2): Siglos XVI y XVII, Barcelona, Ariel, pp. 257-58] [VOLVER] Durante el reinado de Carlos I, la apertura de la nobleza al
nuevo estilo educativo, la elevación del nivel cultural del clero y una
coyuntura económica favorable propiciaron una mayor demanda cultural y
un creciente interés por la educación. Los ayuntamientos, las órdenes
religiosas y los particulares demostraron una mayor preocupación por
extender la educación al mayor número posible de ciudadanos, atendiendo
al mensaje de Erasmo, de Vives y de todos los líderes del humanismo
renacentista. Así, en el seno de las Cortes de Castilla (1527) se discutió,
quizá por primera vez en España, la importancia que el magisterio
primario tenía en el modo de pensar de los niños a su cargo. En tiempos
de Felipe II, en cambio, la realidad de Castilla (endémicas guerras en
Flandes, sublevación de los moriscos, presión de los turcos en el
Mediterráneo, guerras con Inglaterra y con Francia, etc.) era bastante
delicada y se prestaba a pocos lujos en la educación. La situación fue
agravándose a medida que el reinado llegaba a su fin, como queda
reflejado en las Actas de las Cortes reunidas en Madrid entre 1592 y 1598.
[DELGADO, B., “La educación durante los reinados de Carlos I y Felipe
II”, en VARIOS, 1993, Historia de
la Educación en España y América (II), Madrid, SM, pp. 33 ss.] El duelo en su concepción moderna no se
practicaba en la antigüedad, ya que los combates tenían lugar en el
contexto de guerras nacionales. La práctica moderna del duelo surgió en
los pueblos teutónicos a principios de la Edad Media, cuando se empezó a
utilizar el combate legal para decidir la culpabilidad de un crimen o la
propiedad de una tierra en litigio. Este tipo de combate fue legalizado
por primera vez por Gundobad, rey de Borgoña, en el año 501. La
costumbre se extendió a Francia, donde encontró una gran aceptación,
especialmente entre el siglo X y el XII, llegando incluso la Iglesia a
autorizarlo para decidir la propiedad de tierras en caso de litigio. Los
normandos introdujeron el duelo en Inglaterra en el siglo XI. No obstante,
el duelo como práctica para vengar el honor de una persona no ha sido
nunca to- talmente legalizado y su historia ha estado marcada por una
abundante legislación en contra. Este tipo de práctica se popularizó en
Europa a raíz de la famosa rivalidad entre Francisco I de Francia y
Carlos V, rey de España y emperador de Alemania. Cuando el monarca francés
declaró la guerra a España en 1528 y derogó un tratado entre los dos países,
Carlos V le acusó de conducta poco caballerosa. Francisco I, ofendido, le
retó a duelo. Aunque el duelo no se llegó a celebrar por las
dificultades habidas para concertar el encuentro, el incidente puso de
moda esta práctica en Europa, hasta el punto que todos los caballeros se
creyeron autorizados a vengar las supuestas ofensas a su honor de forma
similar. [Encarta
’98 CD-Rom] Las exigencias políticas y militares supusieron para la
España de la época el mantenimiento de una estructura fiscal deficitaria
crónica, lo que obligaba a implantar cada vez nuevos impuestos. A
mediados del siglo XVI, en la época en que se desarrolló el episodio que
aquí se narra, el pueblo llano se veía gravado con los siguientes impuestos
directos sobre el consumo y sobre el tráfico de mercancías: pechos
(una especie de ‘impuesto sobre la renta’ que gravaba a las personas
; los eclesiásticos estaban exentos), pedidos
foreros (aplicados entre la población en territorios forales), escribanía
(impuesto sobre lo que registraban los notarios), portazgos
(derechos de tráfico interior), moneda
forera (cada 7 años ; sólo lo satisfacían los ‘pecheros’) e impuestos
especiales de carácter discriminatorio (sobre los musulmanes y los
judíos). Además, había impuestos indirectos (como la alcabala,
por ejemplo, que consistía en un 10% sobre el producto de la
compra-venta) e impuestos de producción. El estamento noble disfrutaba de una serie de privilegios
que garantizaban el mantenimiento de un orden jurídico diferencial. No se
les podía castigar cuando cometían algún delito, quedando como mucho
la pena en un simple arresto domiciliario. No obstante, existía en el ambiente un cierto grado de aceptación de que debía haber algún sistema
que permitiese una mayor igualdad ; esto se refleja en la relativa
flexibilidad que se daba en cuanto al acceso a la hidalguía, que se podía
obtener haciendo favores a los nobles, o incluso comprándola. Otro
planteamiento integrador estaba constituido por los ‘estatutos de
limpieza de sangre’ ; pero los árboles genealógicos, difícilmente
comprobables, también podían comprarse. Por el contrario, sí que era
discriminatorio el hecho de que la nobleza, por su ‘dignidad’ innata,
estaba autorizada a vivir sin trabajar. La ‘hidalguía’, escalón más
bajo de la nobleza (los hidalgos, nobles de ínfima categoría sin poder
económico alguno, con unos títulos cada vez más desprestigiados, eran
los que se arriesgaban en las guerras), había surgido como un modo de
acercamiento al estamento nobiliario, y se calcula que en Castilla había
a la sazón unas 133 familias hidalgas. Desde la Edad Media se denominaba hombres de behetría a los labradores libres pequeños propietarios potencialmente capaces de acogerse a un señor de protección incluso cuando no lo tenían. A veces alegaban orgullosamente su condición de tales al defender procesalmente la plenitud de sus libertades y derechos. Entre ese tipo de ‘behetrías’ y las que aparecen en el siglo XVI media una gran distancia. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 1.100] Las behetrías vinieron a menos por la emigración de los nobles, ya en cumplimiento de una Real Cédula promulgada por el rey Juan II (1454) que les prohibía habitarlas o tener heredad en ellas, ya por habérseles disputado a más de uno -como en el caso que aquí se comenta- la nobleza por la sola circunstancia de vivir en un pueblo de behetría. Por otro lado, los pueblos deseaban verse libres de la enojosa vecindad de los hidalgos, que los perturbaban constante- mente ejerciendo sobre ellos violencias difíciles de reparar. [Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano, op. cit., III, pg. 397] [VOLVER] Aníbal (247-182 A.A.C.), el célebre general y político cartaginés,
hijo de Amílcar Barca, acompañó a su padre a los nueve años de edad en
la expedición cartaginesa para conquistar Hispania. Antes de empezar, el
niño prometió odio eterno a Roma, el enemigo más encarnizado de
Cartago. [Encarta ’98 CD-Rom] La actual Colombia [VOLVER] Se refiere el
autor probablemente a Alonso de Cartagena (1384-1456), un converso que llegó a ser deán de Santiago y obispo de Burgos. Mantuvo relación con
Eneas Silvio Piccolomini y con Leonardo Aretino, y fue íntimo amigo de
Pérez de Guzmán. Compuso algunas obras de carácter histórico, y en el
aspecto político destaco por su actuación como conciliador en la lucha
entre los infantes de Aragón, Enrique y Juan, hijos del rey Fernando de
Antequera. Fue el principal artífice de la política de paz con
Portugal de Alvaro de Luna y obtuvo una tregua de diez años con ese país. |