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CAPITULO
13o: Trátase de Don Francisco de Puelles Torres y de
sus hermanos Don Diego el canónigo y Doña María la hermosa. Altura a
que se elevó la iglesia y el pueblo de Ampudia por la privanza del Duque
su señor. Raro entronque de los Puelles de Labastida con los de Ampudia
en esta época ; episodio y pleito interesante de Don Pedro de Puelles y
Alvid.- En el año de gracia de 1608, siendo Ministro y favorito privado de la majestad real de Felipe III Francisco Sandoval y Rojas, Duque de Lerma, pasó la villa de Ampudia por concesión que de ella libró el monarca, al dominio y señorío de este omnipotente vasallo, el cual, en gracia de sus nuevos feudatarios y por bula especial del Papa Paulo V, erigió su parroquia de San Miguel en insigne Colegiata de ese nombre, con abad mitrado y jurisdicción ’nullius’, cuatro dignidades, doce canongías, ocho raciones, un curato, ocho capellanías y otra porción de piezas eclesiásticas hasta el número de 33, cuyo colegial fue trasladado de la villa de Villos, donde antes residiese, lugar del mismo Duque. Para aplicar las causas que ele- varon a esta altura a una villa insignificante de Castilla, por más que fuera antigua y estuviese bien situada, es preciso que entremos aunque no sea de lleno en el terreno extenso, pero exacto de la historia nacional. [Se trató de un] período brillantísimo al parecer y en la exterioridad, pero triste y desconsolador en el fondo, porque al frente del Imperio más vasto y poderoso de la tierra, que abarcaba la Península entera, media Europa y todo el Nuevo Mundo con las ricas colonias portuguesas del Asia y Africa, estaba el hijo de Felipe II, el astuto diplomático que había consolidado esta inmensa obra, pero como él dijo en los últimos días de su largo reinado, “Dios, que le había dado tan extensos dominios, le había negado un sucesor digno de regirlos, teniendo por desgracia uno al que ‘gobernarían los demás’”. Y, en efecto, la célebre predicción hubo de cumplirse por desgracia ; Felipe III, príncipe de buenas prendas como hombre privado, fue tan descuidado y perezoso en el gobierno de su Imperio, que a semejanza de los merovingios franceses, conocidos por ‘los haraganes’, o sus progenitores los Trastámara, Juan II y Enrique IV, estuvo siempre en manos de favoritos que fueron los verdaderos reyes de la época. El Marqués de Gandía, Sandoval y Rojas, hecho después Duque de Lerma, era el verdadero jefe de la gran monarquía de la Casa de Austria, y la inmensa herencia de los Reyes Católicos y de Carlos V era en sus manos y en las de su hijo, el Duque de Uceda, que le sucedió en la privanza, un cadáver galvanizado que con atavíos brillantes y vestiduras reales del cetro del mundo estaba en su interior devorado de gusanos: un edificio colosal que tenía que desplomarse bien pronto. El desconcierto de la Hacienda, la rapiña de sus receptores, la despoblación del reino por la expulsión de los moriscos, principal nervio de la riqueza nacional, las continuas guerras de Italia y Flandes y la emigración continua de los naturales a América iban dejando al país yermo y estéril, quedando los lugares despoblados y en lastimosa miseria sus habitantes. Conventos y abadías reemplazaban las alquerías y las fábricas, y 70.000 frailes sólo de la orden de San Francisco y de la de los Dominicos, unos viviendo de las limosnas y otros posesionándose de la riqueza del país que amortizaban, se anidaban en los conventos. Mientras que había ciertos obispados, como el de Palencia,, con 24.000 clérigos y pocos más feligreses ; podían formarse en todas las provincias ejércitos eclesiásticos mayores que los que existían de soldados. La gangrena corruptora de la inmoralidad corroía todo el Estado, y estos gérmenes tenían que concluir y acabar con la primera monarquía del Orbe. El rey, que a merced del favorito vagaba por las posesiones de éste en saraos, fiestas y partidas de caza y que prohibía que se introdujeran en su cámara a hablarle de ninguna clase de negocios de Estado, trasladó en el primer año del siglo XVII su Corte a Valladolid, de donde se echó hacia Medina del Campo a la Chancillería y los Colegios para dar lugar a las oficinas de la Corte mientras él vagaba por los montes de Toro y Ampudia, lugares de mucha caza, tras los conejos y las zorras. En esta última población y en el palacio de su favorito residía el monarca muy a menudo, y en ella recibió a la Diputación de Madrid, que le rogó volviese la Corte a la imperial villa, no sin haberse antes ganado al de Lerma para que aceptase palacios t casa que la villa le compraba y donaba para él y su familia. Estos móviles le decidieron a inclinar el ánimo del apocado Felipe para volver a Madrid, donde la Corte de asentó definitivamente en 1608. En conclusión de este ominoso y al parecer brillante período, cuando vio minado el favorito el Tesoro de la privanza y que su ingrato hijo el de Uceda se había apoderado del ánimo del rey autómata, se retiró de los negocios mundanales, consagrándose, con el patrocinio de Paulo V, cardenal de San Sixto, habiendo fundado durante su dominación y bajo su patronato, según refiere su admirador Vivanco, veinte y tantos conventos de frailes y monjas, amén de la colegiata de Ampudia y su convento de franciscanos. Esta situación atravesaba y esta época alcanzó en los últimos años Don Diego de Puelles Sanz, y en los primeros Don Francisco de Puelles Torres, y la familia, que buscaba la oscuridad y el sosiego a que le habían llevado sus desgracias, casi se vio envuelta en el torbellino de la Corte del Duque de Lerma, y hasta en la del rey, que residía parte del año en la modesta Ampudia. Nada de ventajas que se sepa sacó ésta de todas estas proporciones, exceptuando un comunicato para su tío hermano Diego y una dignidad para su tío el licenciado Juan de Torres en la nueva y magníficamente dotada colegiata. Y, en efecto, en aquellos tiempos estériles sólo los cargos eclesiásticos eran los codiciados y de valía, porque los civiles, atendido el estado de la Hacienda, eran inaceptables, pues sólo se cobraba una parte del sueldo cuando arribaban las flotas. De cualquier modo, la situación de las cosas parecía que mejoraba, y las prebendas en la familia debían asegurar el bien de la misma para en adelante. Había casado Don Francisco en 1619 con Doña Catalina Santos Carpintero, de la antigua familia de Carpintero, tan conocida en Valladolid y su territorio, y entre otros hijos que murieron sólo subsistieron Don Diego y Don Bonifacio, teniendo en su compañía a su joven hermana María, doncella hermosísima y recatada, porque la hermosura de las hembras en esta familia era proverbial y venía heredada de la célebre Doña Gerónima de Torres Cartagena, su madre. El cuidado de sus hijos y el pleitear más ricas capellanías para su segundo hijo, Bonifacio, que provenía por la familia carpintero como descendiente en línea materna de los marcos y Alonsos, fundadores de un rico mayorazgo laical que abarcaba en tierras y viñas el término de Valloria de Alcor, a media legua de Ampudia, donde se trasladaba a menudo para su inspección y cuidado, viéndosele parte de su tiempo en Valloria desde que se nombró capellán de la colegiata a Bonifacio, que en este tiempo crecía al lado de sus tíos, personajes de cuenta en ella, pero que abrigaba muy distintos pensamientos, como adelante se verá. Crecía en tanto también en discreción y hermosura y la celebridad de estas raras prendas su hermana María en este tiempo, produciendo rivalidades entre los jóvenes y disputándose su amor los mancebos más apuestos y bien nacidos de la comarca ; pero estaba destinada la ponderada deidad por su signo a un enlace novelero de que nos vamos a ocupar. Llegó ese año de 1630 y se alojó allí, para cubrir las guarniciones de Portugal, un tercio de soldados riojanos alaveses, que pasaban a aquel país que, mal avenido con su incorporación reciente a España, trataba de frenar la dominación castellana, y Lerma intentaba sujetarlo con numerosas huestes de sus mejores soldados. Venía entre la tropa un joven alférez de reconocida valentía y de antiguo linaje llamado Pedro de Puelles y Alvid, natural de Labasti da, allá en las merindades de Navarra, cuyo joven, galán y apuesto por demás y amigo de novedades, al oír sonar su apellido dentro del pueblo, que él creía sólo existía en su país y en Autol, donde por aquel tiempo estaba extinguiéndose ya, picado de la curiosidad natural se presentó en casa de Don Francisco, quien a su vez se sorprendió agradablemente con el encuentro. Discurriendo sobre su entronque, pues uno y otro no habían oído hablar más que de sus parientes los señores de Autol, tuvieron que remontarse al solar primitivo de la familia en Avalos y Labástida, donde vigorizaron sus ramas, sacando en consecuencia de todo que siendo de un mismo linaje y origen no se tocaban ya nada, por haber más de dos siglos y medio que se había verificado la separación de las ramas y habiendo más de diez generaciones de por medio, de modo que siendo de la misma estirpe no era ya ni aún parientes. Alborozado Don Francisco, presentó a Pedro su corta familia, y al ver [éste] a María de Puelles, su hermana, quedó tan prendado y fascinado de su rara hermosura, que decidió aquel instante de su porvenir y vida. Ciegamente enamorado pasó los cortos días que estuvo en el pueblo, y al marchar para Valladolid recabó de su hermano permiso para entrar en correspondencia con la beldad ; aquél, lejos de oponerse, se halagó en su orgullo y gusto al ver el entronque de su misma raza, del cual estaba muy satisfecho y que el destino le proporcionaba. No fue menester más para que Pedro de Puelles solicitase el retiro del servicio, dejan- do para siempre una carrera a la que su genio particular le llamaba y tras haber inventariado los bienes que en Labastida tenía por muerte de su padre, pasó a avecindarse en Ampudia y a incorporarse en adelante a la rama castellana por enlace con la mujer más hermosa del territorio. Recién casado estaba y ya desempeñaba [en la familia] un papel muy importante por haber reunido un buen caudal con lo que trajo de su país y la dote de su bella mujer, y ya ocupaba en 1632 las funciones de Alcalde de Hijosdalgo a que un natural lucimiento le llamaba, cuando a resultas de lo que vamos a exponer se viera en un gran compromiso. Existía en aquel pueblo a su llegada un joven acaudalado y nieto de un tal Pedro García Herrera, un rico ampudiano que había fundado en 1455 un hermoso hospital, que aún subsiste, denominado de Santa María de la Clemencia y que como descendiente de un bienhechor distinguido en sus anales, era su nieto altamente considerado y bien visto, siendo uno de los hidalgos más halagados y favorecidos de las damas. El mozo, que era de la edad de María, prendado de su hermosura, había puesto en ella su pensamiento, y casi le halagaba la ilusión de alcanzar su mano, cuando su turbia estrella trajo al riojano a la villa. Premiado éste con el amor de María al corto tiempo, fue tal el disgusto que esto le produjo, que en su ciego despecho se tonsuró y despidió del mundo el mismo día de su casamiento. Mas como resabios naturales y cosa violenta contraria a sus hábitos guardaba en su pecho el bueno del capellán el rencor consiguiente a su antigua inclinación y el desaire recibido ; dominado por una pasión insensata para con la hermosa y honrada Doña María, la demostró de un modo harto imprudente. Era el domingo 21 de Octubre de 1633, y dentro del recinto de la colegiata de Ampudia, donde se celebraba una fiesta en honor de la Virgen de la Arconada, patrona del pueblo, se veía todo lo más selecto y lucido de la población. Pedro de Puelles, llevando la larga vara que entonces usaban los representantes de su estado, marchaba [al frente de] la procesión alrededor de las naves al lado del abad mitrado, reverendo padre Don Diego de Castañeda, que iba alumbrado por un hermoso hachón por llevar las Santas Formas, cuando el ca- pellán Herrera, que revestido de la lusática marchaba a los lados del palio llevando un incen- sario como es costumbre en los acólitos recién rasurados, una de las veces que se inclinó ante el prelado inciensando la majestad, como efecto de distracción o descuido dio a Pedro de Puelles con el incensario de plata un recio golpe en el rostro, regando las ascuas sobre su vestido. Pálido y tembloroso de emoción y contenido en atención a la situación del caso y a la reverencia del lugar se mordió nuestro pariente el mostacho, trémulo y descompuesto el semblante, no echando mano a la espada que al cinto llevaba por tener ese valor heroico que nos hace en solemnes ocasiones recurrir a la calma venciéndonos a nosotros mismos, que es la victoria más difícil. Gran alboroto y escándalo produjo esta villana acción en todo el recinto sagrado, donde se levantó un murmullo de indignación contra el menguado capellán, sintiendo doblemente la ofensa la bella Doña María, que hacía poco era madre de su primera hija, Agustina. El abad, terminada la función a nombre del Cabildo, satisfizo y alabó el comedimiento del Alcalde de los Hijosdalgo, ordenando la prisión y causa para el descomedido bachiller Herrera. Pero Pedro de Puelles, que no aguardó a que ésta se verificara, dirigiéndose a la sacristía, buscó al capellán insolente, y sacándolo de una oreja al vestíbulo de la iglesia, le dio públicamente de pescozones, recibiendo él por su parte algunos golpes y puñadas del hidalgüelo aporreado y sufriendo el insulto de oírle al Herera la expresión atrevida de que “siendo un advenedizo y oscuro soldado recién instalado en el pueblo y tal vez mal nacido, pues no se sabía su origen y clase, presidía el citado de Hijosdalgos, y habiendo fingido el apellido que llevaba para casarse con la mujer más hermosa de Ampudia”. Rayó en furia el enojo de Pedro de Puelles, y ante la concurrencia que acudió gritó todo convulso: “Os lo he de probar, Seor clerizonte mal hablado, no por vos, que nada valéis, sino en vindicta de mi honra y del estado a cuyo frente estoy, que soy de esclarecida estirpe y descendiente de reyes en línea recta, y antes de dos meses habéis de saber con evidencia lo que se pondrá ahora tal vez en duda”. Y, en efecto, adhiriéndose a la causa formada al capellán y tomando en ella una parte activa por lo que a su crédito tocaba, y representado por un procurador, Manuel Moro, pidió se expidieran requisitorias para compulsar documentos y examinar testigos en la villa de Labastida, de donde procedía y era natural, y siendo librados al tenor de los interrogatorios marcados en este célebre expediente, cuya copia existe en nuestro poder, y antes de que los tres meses dieran término probó y justificó plenamente con la información de los testigos más principales y ancianos de Labastida, así como por las copias de los asientos y matrículas copiadas de la Real Casa de la Piscina, situada en dicho término, que tanto él como su hermano Gerónimo de Puelles y Alvid, hijos del distinguido Pedro de Puelles y Amunio y de Clara de Alvid, nietos de Francisco de Puelles Montoya y de Teresa de Amunio y viznietos de Pedro de Puelles y Catalina Montoya, hijo que fue de Iñigo de Puelles, muerto el último en 1495. Eran todos de la raza y linaje real del rey Don Sancho el Mayor que lo fue de Navarra, de gloriosa memoria, que como tales descendientes en línea recta de tan ilustre tronco, de donde procedían todos los linajes reales de España, habían sido y eran diviseros y caballeros de la dicha Real Casa de Santa María de la Piscina, donde tenían entrada y asiento según los estatutos que en su fundación le dio dicho preclaro señor, que empezó a reinar en ella en 1065 y murió en 1104 dejando ordenada la fundación de este Real Casa, que fue erigida por su hijo Ramiro en 1136, poniendo al frente y por primer capellán a su pariente Virila, abad de San Pedro de Cardeña. Este voluminoso legajo vino a Ampudia y se presentó en la causa, que más que al castigo del travieso capellán tendía a instancias de Pedro de Puelles a comprobar su esclarecida ascendencia y linaje y que era digno de estar al frente de la nobleza de Ampudia y enlazado con Doña María. Hasta ese punto llevó el arrogante Alcalde la vindicación de su honra y el esclarecimiento de su prosapia, fervor y manía inherente a aquel tiempo en que se estimaba más la honra y el linaje que las riquezas, y que sin pretensiones de orgullo habría llevado a cabo cualquiera [incluso] en nuestros días si hubiera sido blanco de un insulto tan atroz y público. Pero hombre religioso y honrado, pasada esa circunstancia desarmó su brazo y fue el primero en interceder por su enemigo al tribunal del Abad ‘nullius’, que terminó la causa con la prisión que sufrió Herrera por un año y con lo que se acabó de colmar Don Pedro de lucimiento y prestigio, pues probó sobradamente no sólo con documentos, sino con su magnanimidad, que era digno descendiente de una real estirpe. Este incidente puso en la más alta reputación el lustre de nuestra familia, que de suyo lo tenía, y quedó vinculada casi en adelante en ella el cargo honorífico de Alcalde de Hijosdalgo, creyéndose los demás vecinos honrarse y realzarse con sus enlaces con ella. Pedro de Puelles tuvo a poco el premio de sus generosos instintos, pues a más de la alta estimación que con sus vecinos tuvo, él y su hermosa María, así como su descendencia, fueron llamados diez años después a la sucesión de un rico mayorazgo que había fundado el canónigo digni- dad Juan de Torres, tío materno de Doña María, consistente en casas y pingües heredades, a cuya sucesión llamó a 5 de Febrero de 1635 después de su otro sobrino Don Diego de Puelles, licenciado en Teología y canónigo de Ampudia, sucediéndole a su muerte su hermana María, mujer del dicho Pedro de Puelles, siguiendo en adelante la línea recta de ella, y al extinguirse y faltar pasaría a la descendencia de varón de su otro sobrino, Don Francisco de Puelles Torres, nuestro quinto abuelo, según todo consta en la copia legalizada del testamento de dicho Juan de Torres, que existe entre nuestros papeles. Sin embargo, por poca suerte nuestra este rico mayorazgo de Ampudia pasó a la hija mayor de Don Pedro de Puelles, Doña Agustina de Puelles y Puelles, que se enlazó con Don Juan de Morales, según consta de su testamento, que también conservamos, llamando a la sucesión del vínculo a su hija Doña Antonia Morales y Puelles, que casó con Don Alonso Villafañe, y de ésta pasó a su hijo Don Alonso Villafañe Morales y Puelles, y siguió en la generación de los Villafañes Puelles hasta mediados del siglo pasado, en que se lo disputaron los Conchas Puelles. Antes de acabar de hablar de Doña María y de Don Pedro el de Labástida que tan dichosa y arrogante pareja fueron diremos que murieron después de la mitad del siglo XVII, dejando a más de Doña Agustina, la mayorazga casada con el Morales, otras tres hijas, llamadas Luisa, Ana y María de la Cruz, cuyas bellas y decorosas doncellas fueron tan orgullosas de su estirpe que prefirieron ser célibes o monjas a casarse, como la mayor, con hombres que no fueran de su linaje, que entonces desgraciadamente no había y después tanto abundaron, dejando al morir sus bienes a su sobrino Don Diego, como veremos más adelante. La mayor, Doña Agustina, tronco materno de los Villafañe, ricos hidalgos, lo fue también por otra hija que tuvo llamada Doña Margarita Morales y Puelles, casada con Don José Beltrán de Vedia, de otro nuevo linaje que se estableció en Villamañán, de donde procedían los Beltranes de Vedia, y de quienes no sabemos si continúan existiendo.
Tocamos, pues, la mediación del siglo XVII y los últimos años
también de Don Francisco de Puelles Torres, que dejando las capellanías
de Valloria de su hijo Bonifacio y su caudal de Ampudia a su mayor Don
Diego, habidos ambos de su difunta mujer Doña Catalina Santos
Carpintero, sucumbiendo él mismo en 1650 dejando dos hijos bien
considerados y acomodados, el uno para que continuara su linaje, y el más
chico, Bonifacio, para que abrazara el estado eclesiástico a que era
muy afecto Don Francisco y entre cuyos miembros se había criado, pues era
sobrino y hermano, como lo hemos visto, de dos eclesiásticos de jerarquía,
contando que su hijo llegaría también algún día a tocar igual
resultado, y así hubiera sido si Bonifacio no hubiese tenido otra vocación
diferente. __________________________________ La dinastía
‘merovingia’, familia de reyes que gobernaron el pueblo germánico de
los francos desde el año 481 hasta el 751, eran descendientes de Meroveo
(o Merowig), jefe de los francos salios, quien reinó desde el año 448
hasta el 458 y dio nombre a la dinastía. El primer monarca merovingio fue
Clodoveo I, que se convirtió en rey de los francos salios y de los
ripuarios ; además, mediante una política agresiva de conquista
apoyada por la Iglesia, extendió su reino hasta que éste llegó a
abarcar casi toda la actual Francia y parte de Alemania. Tras su muerte
(511) el reino fue dividido entre sus cuatro hijos en Austrasia, Neustria,
Burgundia y Aquitania. Clotario I reunificó estos territorios (558),
que volvieron a separarse cuando murió. Clotario II los unificó de nuevo
en un solo reino. El último poderoso monarca merovingio fue el hijo de
Clotario II, Dagoberto I, que gobernó desde el 629 hasta el 639.
Bajo el gobierno de sus sucesores el reino franco sufrió un proceso de
descentralización. El poder real pasó gradualmente a manos de familias
nobiliarias que ejercieron un control feudal sobre la mayor parte del
territorio. La más importante de esas familias fue la Carolingia, cuyos
miembros ocuparon el cargo de mayordomo de palacio y a partir del año 639
se convirtieron en virtuales gobernantes. En el 751, uno de estos
mayordomos depuso al rey Childerico III y asumió el poder real con el
nombre de Pipino el Breve, poniendo fin a la dinastía merovingia. [Encarta
’98 CD-Rom] El Duque de Lerma (1553-1625), valido
de Felipe III, consiguió el favor real sin ser un hombre acaudalado y
pronto atesoró enormes riquezas. A él se debe la creación de Juntas que
se demostraron más operativas que los Consejos para resolver asuntos de
gobierno. No fue afortunada, en cambio, su elección de consejeros,
destacando por sus prácticas corruptas y su mal final las figuras de don
Pedro de Franqueza y don Rodrigo Calderón. En general fueron muchos los
altos cargos de la administración civil y eclesiástica que dejó en
manos de sus familiares. Tampoco tuvo éxito en sus pretensiones de
uniformar las contribuciones fiscales de los distintos reinos. En política
exterior consiguió en 1609 la firma de la Tregua de los Doce años, que
supuso una paz con los holandeses, coincidiendo con una medida tan
relevante en el interior como la expulsión de los moriscos. En
la corte encontró oposición en la reina Mar- garita de Austria, en el
dominico y confesor del rey, fray Luis de Aliaga, en don Baltasar de Zúñiga
e incluso en su propio hijo el duque de Uceda, que le sustituiría en la
privanza en 1618. Ese año se retiró de la corte y consiguió el
cardenalato que tanto había ansiado y que quedaba libre tras la muerte de
su tío, el arzobispo de Toledo. Su integración en el estamento clerical
y en consecuencia en la jurisdicción eclesiástica, le permitió gozar de
una mejor situación que la de sus dos colaboradores cuando los Sandoval
fueron alejados del poder con la llegada de Felipe IV y el conde-duque de
Olivares. De hecho, muerto el rey, ni el capelo cardenalicio le salvó de
la actuación del nuevo valido. Fue recluido en Tordesillas, siendo luego puesto en libertad por presiones del Papa y del colegio cardenalicio.
Perseguido por los tribunales, fue condenado a pagar una fuerte suma al
Tesoro, además de restituir las rentas y riquezas que se estimó había
robado al país durante los años de su valimiento. [ibid.] No se podía mantener un Imperio con las dimensiones del hispánico sin disponer de un ejército eficaz, sufragado por todos los reinos. Esta propuesta fue rechazada por las Cortes de Aragón, Cataluña y Valencia, aunque luego (1626) las presiones que se ejercieron en ese sentido hicieron que fuese aceptado por todos, excepto por Cataluña, que desde ese momento se vuelve hostil y rebelde contra la Corona.. No obstante, todo este diseño empezó pronto a chocar con inconvenientes reales, como eran la bancarrota española y la pérdida de la flota, hecho que se complicó aún más con el intento de reformar la Iglesia en el sentido de que España se quedase con parte del dinero que iba hacia Roma. Ese mismo año se negocia con el Papa, pero pronto surgen revueltas ; en 1632 se subleva Vizcaya y se registran tumultos por causa del impuesto sobre la sal, obligando al Gobierno a negociar y a dar marcha atrás, entre 1630 y 1634 hay levantamientos en Portugal, contra el Ejército y contra el impuesto sobre el consumo, y entre 1629 y 1634 se reactivan los disturbios en los Países Bajos, coincidiendo en el tiempo con la acentuación del ya citado conflicto entre la Corona y las Cortes Catalanas (1633-34), que culmina en el levantamiento de los payeses. [VOLVER] La merindad,
llamada así por estar bajo la jurisdicción de un ‘merino’, era un
distrito con una villa importante que defendía los intereses de los
pueblos de su demarcación. La institución, que apareció en los siglos
XI y XII, estuvo arraigada sobre todo en Castilla. En el reino de Navarra
hubo cinco merindades: Pamplona, Estella, Tudela, Sangüesa y Ultrapuertos
; en 1407 se les incorporó Olite, y en 1530 desapareció la de
Ultrapuertos, aunque no los derechos de sus habitantes. Pese a las
vicisitudes del régimen foral navarro, las cinco merindades han
subsistido hasta nuestros días como distritos territoriales de ámbito
local. Las merindades aragonesas -que también las hubo- sólo actuaron a
efectos fiscales. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op.
cit., pg. 6429] Sancho III el Mayor (992-1035), rey de Navarra, hijo de García Sánchez II, sucedió a su padre en el año 1000. Gustaba de autodenominarse ‘Emperador de España’, dado que, en efecto, bajo su mando el reino de Navarra dominó las dos vertientes de los Pirineos y, por herencia de Elvira, su esposa, los condados de Castilla, Alava y Vizcaya. En 1030 atacó militarmente a León, anexionándose también este reino. Su reinado se caracteriza también por la apertura a Europa de los reinos hispánicos, introduciendo en los mismos costumbres e instituciones europeas, como el ‘feudalismo’ ; esa apertura abarcó igualmente a la Iglesia romana, fundando diversos monasterios cluniacenses y potenciando la ‘ruta jacobea’ como unión entre los distintos reinos peninsulares. A la muerte de este monarca, su territorio quedó nuevamente dividido entre sus hijos por herencia. [Enciclopedia Multimedia Durvan CD-Rom] [VOLVER] Aunque parece como si se estuviera hablando del mismo
monarca, no se trata ya aquí de Sancho III el Mayor (no coinciden la
fechas, como puede verse), sino de Sancho Ramírez (1043-94), rey de Aragón,
hijo de Ramiro I, a quien sucedió en 1063. En 1076, al ser asesinado
Sancho IV de Navarra, aceptó esta corona, y ambos reinos permanecieron
unidos hasta 1134. [ibid.] |