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CAPITULO
14o: Biografía de Don Diego de Puelles Santos
Carpintero, que vivió a fines del siglo XVII. Sus desarreglos y
prodigalidades, que fueron origen de la pobreza de sus descendientes.
Suerte y aventuras de Don Bonifacio, que siguió la carrera militar.
Descendencia de ambos.- Acontece por desgracia en la serie y generaciones de las familias que se suceden individuos encontrados en cualidades y proporciones, originándose de aquí mil consecuencias funestas las más veces para un descendiente, y los sudores y afanes de los unos vienen a ser la ocasión de desvariar de los otros. Hemos visto, y tocamos hasta en la existente y actual generación por nuestra desgracia estos ejemplos, con harto dolor y sin poderle poner remedio, pues proviene de un sino fatal que traen de más alto para que los trabajos y sacrificios de una generación aplicada recaigan para perderse en otra haragana y de desordenados instintos ; pero como ley general y aplicada sin excepción a la especie humana, debemos considerarla más bien para poner remedio en cuanto quepa y contribuir a neutralizarla en lo posible con una severa educación en nuestra descendencia, a fin de extirpar estos gérmenes y funestas inclinaciones, origen de las vicisitudes más crueles y trascendentales. Después de esta digresión precisa, pasemos a ocuparnos de la descendencia de Don Francisco de Puelles Torres, la que nos ha sugerido estas sentidas consideraciones, y más que nada los símiles y paralelos que tenemos a la vista, si Dios en su clemencia no los desvía de su funesto curso. Veinticinco años escasos contaba Don Diego de Puelles Santos Carpintero cuando su padre murió, dejándole si no una herencia crecida, bienes suficientes al menos para pasar holgadamente su vida con tal que hubiese tenido la suerte de no disminuirlos, ya que no tenía el acierto de aumentarlos. Su posición, además, era envidiable, pues estaba emparentado por su abolengo con las familias de más valía e influencia en la población, y era tal el brillo de su apellido, que lo hubieran codiciado todos para enlazarlo con sus hijas, pero Don Diego, que creía era interminable y duradero todo el mundo, incluso la mocedad, sin que en la senda de flores que se le abría se hubiera de tropezar con abrojos y zarzas, desentendiéndose de los buenos consejos de su tío Don Diego, que ya en su edad avanzada había alcanzado un alto puerto de dignidad también en la colegiata, y los de sus parientes los de La bastida, que de buena gana lo habrían entroncado con la mayor de sus hijas, Agustina, llamada a la sucesión del pingüe mayorazgo de los Torres, se entregó tan de lleno al libertinaje y a los vicios del juego y las francachelas que al poco tiempo dio fin a la mayor y más granada parte de su hacienda, dándole el mal ejemplo a su hermano Bonifacio el capellán, que con un modelo semejante y de tan pernicioso contagio, dejando a su vez los estudios y la asistencia del coro, se hizo compañero de su hermano Diego en los galanteos, quimeras y cenáculos de que resultaran tantas heridas, alborotos y escándalos que el uno, por no verse preso, tuvo que ocultarse en Valloria, mientras que el más pequeño, Bonifacio, que tenía más nobles instintos, pero contrarios a la carrera eclesiástica, se marchó a Valladolid, donde merced a la gentileza y buenos modales , al sentar plaza en un regimiento valón lo hicieron distinguirlo, pues entonces no se escalaban los puestos de la milicia más que por el ingreso en las filas o sacando directamente una plaza de oficial. Dejemos a nuestro Bonifacio corriendo los azares de las guerras crueles y lejanas de aquel tiempo y volvamos a nuestro prófugo de Valloria, que cansado de estar oculto en las posesiones que eran de su padre, determinó cambiar de vida y aplicarse a alguna cosa. Vuelto a Ampudia, se presentó en casa de su tío Pedro, el pundonoroso riojano, y cual otro hijo pródigo al parecer arrepentido, le pidió su consejo y a la mayor de sus hijas, la pudorosa Agustina, que frisaba entonces en la edad propia para el fin que el primo se proponía, pero su padre, que desconfiaba de su enmienda y que no la creía durable ni cierta, por más que esta unión de ramas hubiese halagado siempre sus deseos, entre dos males que se le presentaban optó, como prudente y religioso, por el menor, pues prefirió cuerdamente no hacer desgraciada a su hija, que en su ciega obediencia de entonces se habría inmolado en aras de su amor filial llevado al colmo, como entonces -repetimos- se acostumbraba. Sin embargo, no desesperando nunca, porque lo querían, de la curación del mal, le dieron a este loco sobrino, al que amaban en el fondo, cierta promesa y palabra de darle la mano de la joven si cambiase por completo de conducta y reparaba con una vida nueva los males que a sí propio y a su mal tratada hacienda había causado. Ilusionados con esta idea, obtuvieron por su mediación la gracia y el perdón del tío prebendado, que aunque fuertemente indignado, no teniendo más sobrino de su apellido que él, pues el Bonifacio había desaparecido del país, ignorándose del todo su paradero, le admitió de nuevo a su amistad recogiéndole en sus brazos. ¡¡Qué ocasión más propicia le deparaba su suerte para realizar su esperanza y rehabilitarse por completo obteniendo de nuevo el lugar brillante que ocupara y en [el] que su honrado padre le dejó!! Pero raro es que el que una vez se despeña vuelva a coger terreno firme y no se vea arrastrado como la piedra que perdiendo su nivel aumenta en su caída, cada vez mayores la violencia y el tamaño de sus vuelcos. Viéndose Don Diego de nuevo con recursos y con una herencia de consideración a la vista, sin tener presente ni poder aguardar más tiempo la promesa que de darle a su preciosa prima Agustina le otorgaron, se entregó de nuevo a sus disipaciones, concluyendo por casarse con una pobre muchacha, que aunque honrada y bien parecida, era de pobre y humilde clase y sobrina tan sólo de un canónigo. Modesta y laboriosa [era] Doña Catalina Sánchez, que desde el momento de su enlace iba a ocupar la posición de hidalga, y ganando en categoría lo que perdía en bien, pues harto caro le había de costar al fin el honor de casarse con el perdido señorito ; toda su vida se la llevó la pobre señora maltratada y abatida, pues ni tenía sosiego en su casa, ni comodidades ni abundancia, porque es sabido que en la casa del hombre disipado faltan a un tiempo el sosiego y los recursos. ¡¡Cuánto más le hubiera valido para su felicidad de la pobre Catalina que se hubiera casado con un labriego sencillo a que por sus virtudes era acreedora que con un descendiente del solar real de la Iglesia de Santa María de la Piscina y un linajudo pero degenerado nieto de los señores de Autol, si éste al par de su caudal perdía su crédito y valimientos!! [Este] se vio repuesto al parecer a la muerte del canónigo Don Diego de Puelles, que amando a su sobrino y a su pobre prole todo, le dejó sus bienes a su fin, compadecido de esta descendencia que con tan tristes auspicios nacían al mundo, pero duró tan poco su conducta que aún no se habían corroído los despojos mortales del bueno del prebendado, cuando nuestro hombre gastaba y jugaba empeñando sus fincas, pues no era de ellas más que dueño usufructuario, que estas cortapisas le hubo de poner el tío. El juego, esa pasión que embriaga y fascina al desgraciado que pierde o maltrata más que al hombre a quien halaga y sonríe, había enloquecido tanto al pobre de Don Diego, que creía encontrar en el azar de los naipes, juego ya de la época y que estaba en todo su auge, la imagen de una negra fortuna, la que cansada de maltratarle le debía dar de nuevo todo lo que le arrebató. No pudiendo hacer [nada] en el pueblo de los suyos, pues lo seguían de cerca, se iba a menudo a Valladolid, que apenas dista seis leguas, y en aquella capital populosa y relajada se entregaba a su pasión dominante, mientras que la pobre Doña Catalina Sánchez, arrullando y apretando contra su pecho un tierno y demacrado niño, regaba con su llanto al heredero de tanto infortunio, al desgraciado Manuel, que en memoria de su abuelo materno, estando en oposición del todo con los suyos, le había puesto ese nombre, que no había habido en la familia hasta que se lo impuso a su primogénito su disipado padre. Cuando nada ya tenían, y empeñadas sus rentas, se vio del todo abandonada la pobre señora, a la que socorrían y visitaban sus primas las Puelles hijas del de Labastida, las tres hermanas solteras, que en unión con la mayor, Agustina, que ya en este tiempo había casado con un rico propietario llamado Don Juan de Morales y entrado en la posesión del hermoso mayorazgo de Juan de Torres, perdido para siempre para la familia. De forma que lo que éste creó para lustre y esplendor de los hijos de su hermana lo había perdido el man- cebo no casándose con su prima y obligando a ésta, con un marcado desaire, a emparentarse con otra [familia]. Ella y sus hermanas Ana, Luisa y María de la Cruz, solteras y hermosas aún todavía, eran los ángeles custodios del niño desamparado, y juntamente las lágrimas de las hidalgas con las de la bella pedrera prometían todas a una consagrarse al tierno niño que en tanto extendía sus manecitas a sus respetables y dignas tías ajeno de las desgracias y reveses que le aguardaban. Este niño, que debiera mecerse en lujosa cuna atendida la riqueza que su abuelo y tío le habían dejado, habiendo entrado además en posesión de un pingüe vínculo que su padre no supo y tuvo en su mano el adquirir, se veía envuelto y arropado en los paños y vestidos que sus tías le mandaban, alimentándose con lo que ellas le traían. ¡¡Triste, pero ejemplar caso de los males que acarrea y lo que trastorna el bienestar de una familia una cabeza infeliz, purgando los más inocentes y puros de sus individuos los deslices de sus padres!! ¡¡Terrible y provechosa lección que a pesar de verse tan frecuentemente aplicada, nadie que nace con el signo desgraciado acierta a tomar nunca [el camino correcto], pues lejos de corregirse en cabeza ajena, ni aún la suya se alecciona, porque el pródigo y disipado destruye cien veces si cabe lo que a las manos le venga!! ¿[De] qué le habían servido a los padres y abuelos de Don Diego sus afanes y cuidados? ¿Qué había hecho éste de las extensas heredades, de los frondosos majuelos y de las numerosas casas? Ni los muebles y alhajas vinculadas a su casa y santificadas al parecer con el contacto de las manos de sus progenitores habían sido respetadas ; todo, todo había desaparecido en su tiempo: los sacrificios de los Puelles, los ahorros de los Torres, los afanes de los Carpintero, todo se había disipado, y no teniendo ya qué malversar, iba a empeñar hasta el apellido ilustre de su casa. [Ese patronímico], que no pertenece nunca exclusivamente a un solo individuo y que no es un despojo el que se le hace a un linaje entero, estaba tal vez a punto de deslustrarse también. Dejemos, pues, estas serias y tristes reflexiones y ocupémonos de bosquejar las raras aventuras y penalidades de Don Bonifacio, que errante y solo por el mundo en el entretanto, rehacía con sus trabajos, azares y proezas las parte que le había cabido en la gran ruina de su casa, recordando con dolor sus hogares y las viñas de Valloria que había perdido para siempre, ya habiendo llamado con su abandono a la finca de los Villalba, otra noble familia a quien por su evasión había ocasionado entrar en el goce y disfrute de estas pingües capellanías, pues no existían ya otros varones de la línea de los Marcos con cualidad de tener aptitud. Ya dijimos que habiéndose marchado a Valladolid y tomando bandera en un tercio valón que allí se alojaba en clase de distinguido, como cuadraba su clase, la que como dijimos reveló en su ademán y modales, marchó a poco a Cataluña, invadida por los franceses, que tenían sitiada la villa de Salses en el Rosellón al mando del célebre Príncipe de Condé, man- dando el ejército español el Marqués de los Balbaros y los somatenes almogávares el Conde de Santa Coloma, Don Damián de Queralt, que tan trágica muerte había de recibir después comandando el Principado y dentro de Barcelona. Siguió la guerra extranjera, surgiendo también la civil a consecuencia de la indisposición de la gente del país con los castellanos por los alojamientos, guerra horrible y cruel, más terrible que la de Flandes y el Milanesado. Dejando las ásperas vertientes de los Pirineos, tuvo la suerte nuestro Don Bonifacio, que había ya subido algunos grados en la milicia, de pasar a las llanuras de la Lombardía, donde también se libraban terribles combates entre franceses y españoles, al mando éstos del Marqués de Caracena. Desde allí pasó con una división a Flandes, donde tuvo la desgracia de recibir una herida en Rocroi, la célebre batalla ganada por Condé, y estropeado para el servicio y cansado de tantas correrías logró volver a su país con motivo de la célebre Paz de los Pirineos, en la cual se concertó la boda de la Infanta Hija de Felipe III con el que había de ser el futuro Luis XIV. Interminables sucesos habían ocurrido en estos años del 40 al 60, que fueron en los que sirvió Don Bonifacio, pues desvencijada y mal parada la monarquía de Felipe IV, dominado por su favorito el Conde-Duque de Olivares, tan célebre en su privanza, y su sobrino Don Luis de Haro, Marqués del Carpio, que le sucedió en ella, habiéndose agotado para sostener esta lucha gigantesca en diez teatros diferentes. Ardía la guerra civil en Cataluña, que se había rebelado y proclamado a Luis XIII Conde de Barcelona, Portugal, siempre mal avenido con nuestra dominación, había alzado a Juan IV, Duque de Braganza y marido de la ponderada Leonor de Guzmán, de la Casa de Medina-Sidonia, perdíamos el Rosellón para siempre, andaba agitado Nápoles por Massaniello y Genaro Agnese, perdíamos en Flandes y los Países Bajos batallas y provincias, se humedecían con sangre española los fértiles campos de la Lombardía, y para colmo de desgracias, perdidas las colonias portuguesas teníamos cortadas las comunicaciones con las nuestras por las flotas de Francia y Holanda juntas, que las interceptaban, no estando seguras ni aún nuestras propias costas de las incursiones y piraterías de los berberiscos. Agonizaba el gran imperio de Carlos V, mientras que su viznieto Felipe IV se entretenía en justar en la Plaza Mayor de Madrid o asistiendo a funciones teatrales, entonces en gran boga, obsequiando entre bastidores a la célebre María Calderón, de quien tuvo el bastardo Don Juan de Austria, y mientras se perdían reinos y provincias lo adulaba Melchor de Guzmán, el Conde-Duque, con el dictado de grande, dándole por escudo en un torneo el emblema de un pozo u hoyo con el mote singular de “Mientras más agua se le saca, más grande es”, irónica, pero verdadera imagen de lo que se perdía en su reinado. Llegó a tanto su avilantez, que al alzarse el Duque de Braganza con el reino de Portugal felicitó el día que llegó la nueva al rey, que estaba en un festín, dándole la enhorabuena por encontrarse con un ducado más, el de Braganza, ganado a poca costa y doce millones de rentas que éste producía. El desquiciamiento y la inmoralidad corroían el Estado, que amenazaba una próxima ruina, y a semejanza de un edificio viejo, por más puntales que con su sangre y su oro le ponían todas las clases, crujía y se desmoronaba. ¡¡Tristes, pero naturales y amargas consecuencias del gobierno de los favoritos, de la expulsión de los moriscos y de la conquista de inmensos territorios y lejanas provincias que no podíamos sostener!! ¡¡Lección severísima que nos daba la Providencia de nuestro ciego orgullo y proverbial jactancia!! Pues por sostener reinos distantes dejábamos desmembrar el mal unido territorio de la Península, con la pérdida de Portugal. Brillaban únicamente en este tiempo las musas en el teatro, con Calderón y Moreto y otros mil ingenios de gran fama, y la pintura nacional con Velázquez y Murillo ; todas las demás ciencias enmudecían al crujir de los cerrojos de los calabozos de la Inquisición, que estaba en todo su auge. Las costumbres, por su parte, estaban tan pervertidas que el ocio y el libertinaje lo habían invadido todo. Tal fue la época que alcanzaron a conocer y a que rindieron culto los dos citados hermanos, mas si el uno se dejó arrastrar por la corriente que a todos arrebataba, al otro le hemos visto en sus campañas y correrías militares adquirir un respetable grado, cual era el de capitán, ganado entonces con proezas infinitas, y que al retirarse inválido del servicio, el Estado, que no le podía pagar, le dio, como era de costumbre a sus buenos servidores, un corregimiento, como a otros daba canongías. El [corregimiento] de la villa de Palenzuela, junto a Burgos, fue el destinado a Bonifacio, y estando en él en 1670 conoció en Burgos a su [futura] mujer, Doña Casilda Zumel de Velasco, de una familia antigua de ella y sobrina del general de este nombre, con la cual casó en 24 de Febrero de aquel año en la Parroquia de San Gil, y de quien tuvo dos hijos, Doña Teresa de Puelles, casada con Don Jacinto de la Concha, padres de Don Vicente de la Concha Puelles, que pleiteó en 1748 derechos a los mayorazgos de los Torres y Marcos en unión de su sobrino Don Lorenzo Veneras Concha Puelles, hijo de una hermana de Don Vicente. El otro hijo de Don Bonifacio, llamado Don Victoriano de Puelles y Zumel, tomó el hábito de cartujo en Miraflores, convento célebre de Burgos fundación de Don Juan II y de su hijo Enrique IV, en el que habiendo hecho para entrar una lujosa información de su alto linaje paterno, murió a principios del siglo XVIII, o sea en el año 1730, en loor de santidad. Es el único Puelles del que sabemos que vistiera la casulla, porque en esta familia ha sido siempre mayor la propensión al estruendo de las armas que a la quietud y el silencio de los claustros.
Nos hemos adelantado medio siglo siguiendo la generación de Don
Bonifacio y de- bemos volver de nuevo a la mitad del XVII, en que dejamos
al pródigo Don Diego dejando abandonada a su familia para entregarse en
Valladolid a sus hábitos de desorden. En los últimos años de su vida
volvió a Ampudia en esa edad que como dice el Libro de los Proverbios,
“no es el hombre el que deja los
vicios, sino los vicios al hombre”, y reparando en lo posible el mal
que había hecho a sus pobres hijos Manuel y Bernardo, cuidó de su educación, pues como la recibió brillante por más que no sacara de ella más
que ruina, trató de iniciar a éstos, que de ella y no de sus bienes
tenían que subsistir sus desgraciados descendientes, y lleno de
pesadumbre y de arrepentimiento tardío murió en Ampudia en 1680, siendo
sepultado en una de las capillas del convento de San Francisco,
fundación del Duque de Lerma, vestido con el humilde hábito de la
orden tercera como entonces se acostumbraba y cuya mortaja era general
que, como decía un francés que escribía sus viajes en aquel tiempo, “en
España no se morían más que los frailes”, pues él no vio
enterrar más que a éstos. ___________________________________ El
reinado de Carlos II estuvo caracterizado por un relevo en la hegemonía
europea, siendo ahora Francia la nueva víctima propiciatoria ; se supera
asimismo la conflictividad religiosa con la firma de la Paz de Westfalia.
Es en esta situación donde hay que enmarcar la pretensión de Luis XIV
de Francia de con-vertirse en sucesor de la dinastía española ; a tal
fin se encamina su estrategia en política exterior, con la Guerra
de la Devolución, en el curso de la cual interviene contra los
intereses españoles en Flandes, entrando en Holanda (1684) y en
Luxemburgo y culminando su acción agresiva con la toma de Barcelona en
1687. La paz subsiguiente obliga a Francia a devolver Luxemburgo y
Barcelona, pero este país sería desde ese momento el árbitro de los
asuntos europeos Toda la política exterior de Carlos II se articula en
torno al conflicto con Francia y en organizar la defensa del Imperio desde
la nueva óptica geopolítica. Luis
II de Condé (1621-1686), llamado ‘el Gran Condé’, fue uno de los más
notables milita- res de su tiempo. Tras numerosas campañas por toda
Europa, en 1647 se le envió a Cataluña y fracasó en el sitio de Lérida.
En 1648 aniquiló en Lens los restos de la temible infantería española,
los tercios, cuyo prestigio había debilitado ya en Rocroi ; de este modo
apresuró la conclusión del Tratado de Westfalia. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 2.200] Durante
la dinastía de los Austrias, Cataluña constituyó un estado autónomo
dentro de la mo- narquía hispana, coincidiendo con la primacía que en
todos los órdenes –político, cultural, económico y demográfico-
ejerció Castilla dentro de España y con su proyección hegemónica en
el exterior. Para Cataluña fue una etapa gris, cerrada sobre sí misma,
siendo únicamente importunada por los ataques del poder central contra
sus libertades y privilegios, especialmente en relación con problemas
jurisdiccionales y fiscales. Todas esas cuestiones se resolvieron con
relativa serenidad, exceptuando la crisis de 1640, planteada por la política
asimilista, centralizadora y de extorsión económica del Conde-Duque de
Olivares, Ministro de Felipe IV. El episodio, involucrado en la Guerra de
los Treinta Años, desembocó en la Guerra de Separación de Cataluña (guerra
dels segadors). Esta última se canceló con un desprestigio para la
monarquía, que tuvo que reconocer de nuevo las constituciones de Cataluña,
y con un serio quebranto para los catalanes, cuyo territorio fue mutilado
por la incorporación a Francia de los condados del Rosellón y la Cerdaña
en virtud del Tratado hispano-francés de los Pirineos, en 1659. [ibid., pg. 1.822] Con este Tratado firmado en 1659 finalizó la guerra entre
la Corona española y la francesa declarada en 1635 dentro de la guerra de
los Treinta Años (1618-1648) y la rebelión de Cataluña de 1640 o
‘guerra dels Segadors’. Dibujó una nueva frontera franco-española en
el Pirineo oriental, modificada por la presencia en la zona -durante 19 años-
del Ejército francés, coaligado con los protagonistas de la rebelión
de 1640. Fue firmado en la isla de los Faisanes por Luis Menéndez de
Haro, representante de Felipe IV, rey de España, y el cardenal Jules
Mazarin, representante de Luis XIV, rey de Francia. Según la Paz de
Westfalia (1648), Se aprobaron cláusulas relativas a la reorganización
territorial de Europa y a las relaciones comerciales y políticas entre
Francia y España. En la frontera del norte Francia recibió, junto a las plazas de Metz, Toul y Verdún, algunos territorios de
los Austrias españoles: el condado de Artois, Hainaut, Luxemburgo y
Rocroi. Los franceses devolvieron a España el Charolais -en el
Franco-Condado- y las conquistas de Italia. En la frontera catalana del
sur, devolvieron territorios ocupados a cambio del dominio sobre el Rosellón,
el Conflent, el Vallespir y una parte de la Cerdaña. Los negociadores
españoles aceptaron la mutilación de Cataluña a cambio de mantener posiciones en Flandes. La Paz de los Pirineos fue complementada por el Tratado de Llívia
(1660) que acordó el paso a la soberanía francesa de 33 pueblos y
lugares del valle de Querol y el Capcir, quedando el enclave de Llívia
bajo dominio español pero rodeado de tierras francesas. Así se trazó
de manera más precisa la división de la Cerdaña entre Francia y España.
Una cláusula de trascendencia política fue el matrimonio de Luis XIV con
la hija mayor de Felipe IV, María Teresa, que años más tarde abriría
las puertas del trono español a los Borbones. [Encarta
’98 CD-Rom] Felipe
IV, en realidad, y el novio ya era Luis XIV. [vid.
supra] La figura del Corregidor, funcionario real establecido de
forma generalizada por los Reyes Católicos, había existido en la Edad
Media con carácter excepcional o temporal. El corregidor tenía un
papel poco preciso en la administración local del Estado, pero ejercía
un amplio poder judicial, político y administrativo, que iba más allá
del marco urbano al que su cargo aparecía ligado. Fue uno de los más
eficaces agentes del autoritarismo regio, y en su demarcación entendía
pleitos en primera y segunda instancia, intervenía en la designación de
diputados a Cortes y presidía, con absoluta capacidad de decisión, los
ayuntamientos. [Encarta ’98 CD-Rom] Debe
referirse, por las fechas, a Francisco de Velasco (muerto en 1716),
militar y administrador que participó en las guerras del reinado de
Carlos II y en 1697 era virrey de Cataluña cuando Barcelona fue tomada
por Vendôme, lo que le valió la destitución y el destierro. Fili pista,
fue de nuevo virrey de Cataluña en 1704. Su incompetencia y brutalidad
contribuyeron a reforzar el partido ostracista, de modo que la población
barcelonesa apoyó el desembarco aliado de 1705, que tomó la ciudad ;
Velasco salvó la vida gracias a que el mando inglés le condujo a uno de
sus buques. Posteriormente fue gobernador de Ceuta y de Cádiz. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 10.187] |