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CAPITULO
15o: Particularidades de la vida de Don Manuel de
Puelles Sánchez ; su sencillez y laboriosidad. Casa y tiene su matrimonio
muchos hijos, que se riegan por el territorio de Valladolid y León.
Historia de la rama primogénita de su hijo Don Manuel.- Contintes [?] auspicios auguraban [en] su vida [a] Don Manuel de Puelles Sánchez, que no vio en su casa durante su infancia y juventud más que lágrimas de su madre ; sin embargo, llegado a la edad de la razón y comprendiendo la ruina en que estaba envuelta su gente con las prodigalidades de su padre, que lo que no había vendido lo había dejado empeñado, trató de sacar el mejor partido de su presente situación. Tentado estaba de tomar el estado eclesiástico ciñéndose el hábito de San Francisco, en cuyo convento tenía muchas simpatías por haber acudido a él desde niño a estudiar el latín, pero no encontrándose con vocación para ello, empezó a ejercitarse en otras ocupaciones, las más decorosas que podía en consideración a su clase y estado, porque es sabido de sobra que las personas de valía y alto nacimiento que vienen a menos se encuentran con una porción de escollos para buscar su subsistencia que no tienen los demás, pues temen degradarse y humillar la posición que se ilusionan aún estar, único goce, aunque sea vano, que les queda. No nos dice la tradición de familia en qué [se] ocupó el pobre Don Manuel, que ya en adelante nombraremos así, porque desde mediados de ese siglo se firmaban ya así los nobles, estando antes este distintivo aplicado sólo a los reyes y príncipes, pues ni Gonzalo de Córdoba ni Cristóbal Colón, ni Hernán Cortés ni ninguno de todos los personajes y poderosos infanzones lo usaban, creyendo que su apellido notorio les bastaba, y sólo se lo dejaban a las señoras o a personajes de alcurnia real, pero desde el fin del siglo XVII se rompió la prohibición, tocando en el exceso de hasta firmarse con él. Huérfano como se encontraba de padres y tíos que le protegieran, sólo pudo librar su subsistencia con perseverantes ahorros y desempeñando las cortas haciendas de su tío Don Diego, que su padre le dejó empeñadas. Es lo cierto que algo más desahogado y ciegamente enamorado de Doña María Carpintero Cartagena de la Torre, doncella también pobre, pero de esclarecida parentela, como se dirá, y cuya familia había estado antes por dos veces enlazada con los Puelles, casó en 1688, teniendo a los dos años por su primogénito a Don Manuel de Puelles Carpintero, y otros muchos después, pues Dios le quiso colmar hasta en esto de [las] desdichas, pues al que nada le había quedado tenía prole abundante y robusta por demás: Andrés, Tomás, Prudencio, Bernardo, Eugenio, Marcela, María, Catalina, Juana, Ana, Margarita y Gerónima sabemos que existían después de su muerte, habiendo perecido en los combates de la Guerra de Sucesión otros ocho varones, que no cabiendo en su casa, se alistaron en el ejército de Felipe V, lleno, como es sabido, de toda la juventud castellana fervorosa partidaria del primer Borbón, que heredaría los despojos de la Casa de Austria, cuyo último autómata rey, Carlos II, murió en 1700, dejando al morir unos estados caducos y yermos y una guerra sucesoria y civil de trascendentales y ruinosas consecuencias. Y la dinastía, que empezó por un gigante como Carlos V, fue decreciendo tan visiblemente, que acabó [siendo regida] por un pigmeo raquítico e impotente. Pero ahondando nuestra cronología de familia, debemos volver a Don Manuel de Puelles Sánchez, que con más hijos que el patriarca Jacob y más pobre que Job murió en 1714 dejando una numerosísima descendencia que vertería su sangre en las batallas contra el Archiduque Carlos, llamado Carlos III por sus adictos, unos pocos, y los demás se regaron por todo el territorio de Valladolid, dejándole tan sólo a sus hijos unas buenas y antiguas ejecutorias y un ancho mundo donde caben los hombres laboriosos que teniendo fe en Dios, que no deja morir en un nido a los pajaritos, no abandona tampoco jamás a la hechura de sus manos, si ésta, con su laboriosidad y ahinco, se propone alcanzar el fin de buscar su subsistencia. Don Manuel de Puelles carpintero, el mayor de los hijos del difunto, dispersos ya sus hermanos menores y no teniendo nada en Ampudia que heredar ni que hacer, dejando el cui- dado de su madre a las niñas y niños pequeños y los cortos bienes que le quedaban, se pasó a Valladolid con algunas cartas y recomendaciones que de su pueblo sacó por aquel principio de que “a quien se muda Dios le ayuda”. Y, en efecto, se vio tan favorecido por las personas a quienes fue recomendado que a los pocos días le confiaron la administración y mayordomía del convento más rico y antiguo de Valladolid, titulado de Madre de Dios y de la Orden de Santo Domingo de Guzmán, llegando a tanto su valimiento con las buenas y acaudaladas señoras, que el ‘hidalgo notorio de sangre’, como él se llamaba, y con razón, porque no se podía jactar de ninguna cosa más, se hizo a poco dueño del convento. Había casado en primeras nupcias con Doña Antonio Muñiz, que murió sin sucesión, y no necesitando de más para su sostenimiento y bien estar, pues un hombre honrado como él, e instruido en la escuela de la desgracia y de las buenas tradiciones de familia, debía cumplir como tal todo el resto de su vida teniendo asegurado su porvenir. Mas habiendo cultivado en este tiempo estrechamente la amistad del abogado del convento, Don Antonio Esteban Montero, letrado de mucho crédito y valía en la ciudad, conoció de cerca y se apasionó de su joven hija Doña Angela Montero y Zouro, casándose con ella el día 19 de Julio de 1739, ya bien entrado en edad, con gusto y satisfacción de los Montero y los Zouro, muy abundantes en Valladolid. En la administración de las monjas y tomando el cargo de Notario Apostólico del Obispado que su suegro le proporcionó y el era muy capaz de desempeñar atendida su rara disposición y actividad, corrió tranquilamente sus días, habiéndole nacido a poco su hijo Marcelo o Marcelino ; Felipe de Neri y Justo le siguieron, de quienes nos ocuparemos después. En este tiempo, y habiendo muerto su tío materno Don Gaspar Carpintero en Palencia sin sucesión directa, dejándole una corta herencia, pasó a dicha ciudad, y al ocupar sus bienes se encontró [con] que era heredero también de un riquísimo mayorazgo fundado por la familia materna de los Torres en 1658. Estos Torres, como es sabido, eran oriundos de Ampudia, y habiendo ocupado en la Corte otros puestos desde que uno de ellos desde la abadía de Ampudia había sido elevado a la dignidad de Arzobispo de Brindisi en el reino de Nápo- les, donde murió, habiendo dejado la última de sus sobrinas, Doña Gerónima de Torres, mujer de Don Francisco Manuel de Lira, secretario del despacho universal del monarca, [el mayorazgo] a su sobrino Don Gaspar, como hijo de su hermana Doña Ana, casada con Don Santiago Carpintero y abuela común de los Puelles Carpintero y de los Vicario Carpintero, los otros opositores al riquísimo mayorazgo, consistente en el señorío de Marchamalo, un hermoso palacio en Madrid, grandes rentas en juros sobre la villa, ricos cuadros de Jordán y tapicerías de gran valor, siendo los bienes tales que se calculaban en más de 100.000 reales de renta anual. Ambicioso y tenaz como todo el que se encuentra por bajo de su natural nacimiento y queriendo volver a sus hijos y familia el bienestar que su abuelo le había quitado, se aconsejó con los mejores abogados de Valladolid, que le consideraron como el verdadero llamado. Y calculando sobre los medios de llevar a cabo un pensamiento tan atrevido como era en aquel tiempo el sostener ante el Consejo de Castilla, patronato de los mayorazgos con cargas pías como éste de que se trataba, un pleito tan importante, no queriendo apartar[se] tampoco del lado de su familia y encontrándose ya achacoso y rayano en los setenta años, pues esto pasaba en 1760, se entretenía, ya que no con otra cosa, en formar apuntes y árboles genealógicos y poner su titulación y documentos al corriente, sonriéndose con la esperanza y fe viva que tenía de que había de haber en su familia, ya que no en él, un magnífico mayorazgo. Porque la esperanza, cuando está bien fundada, alienta y vivifica al hombre de tal modo, que goza de antemano y saborea la felicidad aún antes de alcanzarla. El honrado hidalgo casi palpaba este bien porque su derecho era incontrovertible y estaba llamado y preferido a todas las líneas aspirantes, por ser su madre Doña María, la mayor de las hermanas de Don Gaspar, a quien el Consejo declaró el derecho. Todavía existe entre los papeles de la familia la carta original del tío Don Gaspar Carpintero desde Palencia, donde residía aún, a su sobrino Don Manuel de Puelles, su llamamiento haciéndole comprender la suerte que le cabía por ser su universal heredero ; también entre nuestros papeles los árboles que Don Manuel formaba para acreditar su indisputable derecho. En estos trabajos e ilusiones le cogió su última enfermedad, y llamando a su hijo mayor, Marcelo, que residía en Toro no sabemos por qué y que apenas tuvo tiempo de recoger las últimas palabras de su honrado padre y las instrucciones que éste le dio para lanzarlo a pleitear el mayorazgo que fundo el consejero del rey Carlos II. Marcelo, mozo de resolución y con fibra para todo, después de hacerle a su padre los últimos honores, que fue, como todo beato, enterrado en la iglesia del convento de monjas de Madre de Dios, que había administrado toda su vida, y de consolar a su madre, que quedó al cuidado de los niños Felipe de Neri, nuestro bisabuelo, nacido en 1746 y que escasamente contaba catorce años de edad a la muerte de su padre, y Justo, de diez, formó y planteó su resolución atrevida, propia de un hombre enérgico y lo juega el todo por el todo. Y fue que auxiliado por su madre, Doña Angela, con algunos escudos y muchas car- tas de recomendación de los buenos amigos de su padre, llevando en una maleta su ejecuto- ria y papeles, cabalgando en una buena mula a guisa de fraile jerónimo o parodiando a Gil Blas, cuyo tipo personificado atravesó todas las Castillas y se metió una tarde al anochecer en la Corte, alojándose en el parador de Segovia. Todavía en ese tiempo, pues era a principios del reinado de Carlos III, en cuya dominación se habían de construir las carreteras, era el modo de caminar de nuestros abuelos. La resolución estaba tomada con la fe y constancia que había heredado de su raza: él iba a ser su procurador, su oyente y su abogado ; contaba con su lengua para auxiliar, con sus piernas para conductores inexcusables, con su cabeza y su fibra para consejeros pertinaces. Tenía que disputar todo un señorío con una magnífica renta, y bien merecía la pena de luchar con el poderoso adversario de la obra pía, que estaba en posesión en el interregno y favorecida por el rey, [y] además con un pariente suyo, Don Iñigo Vicario Carpintero, de su misma línea pero de un grado más bajo por ser nieto de Doña Engracia, hermana segunda de Don Gaspar, mientras que él era el retoño de la mayor, Doña María. Ya he dicho que aún conservamos en nuestros legajos borradores de sus escritos y minutas, y el contacto de sus manos y las de su padre aún se miran en el papel amarillo y vetusto, aquellas manos palpitantes de la emoción que forma una esperanza fundada. Pobre Don Marcelo, que no sabía que tenía al rival más poderoso del mundo en su contra, que eran los Patrones de Obras Pías, representados en Madrid por el abad de San Martín, el guardián del convento de San Francisco y uno de los regidores de la villa, y aunque existiera, como se representaba, en él el descendiente de la línea viva y llamada en la fundación, no querían éstos ya soltar su presa después del saboreo de la posesión en que se hallaban hacía porción de años, y aunque los ilustrados y concienzudos consejeros así lo declararon al llamar a Don Gaspar, sin embargo el rey Carlos III, por la influencia de la villa y del abad de San Martín, había prejuzgado la cuestión ya y violentado la ley: quería dejarlo para siempre a la obra pía como estaba, infringiendo terminantemente la Ley de Toro, 27 de la célebre colección, que dice que ésta no tenga entrada mientras haya parientes. España ha sido el país que dijo el primero “allá van leyes, do quieren reyes” desde la abolición del rito mozárabe por el latino, porque, en efecto, [Marcelo] no tenía valladar ni dique ante la suprema voluntad del monarca, y era aún después de terminadas las instancias el que en aquellos menguados tiempos en que no tenían garantía alguna los ciudadanos, o ‘vasallos’ como se llamaban, las anulaban o destruían a su capricho en último resultado. De modo que el soberano pacífico de dos mundos no vio desde su altura ni comprendió el daño que hizo, privando a Don Marcelo de un porvenir magnífico que su suerte y su derecho le reservaba, desheredándonos a nosotros también, pues habiendo muerto, como se verá, sin hijos, pasaban sus derechos a su hermano Felipe, nuestro bisabuelo y de quien nosotros des- cendemos en línea recta de varón, la que representada en mí hemos siempre llevado desde la separación con la rama de Autol. Pero volviendo a nuestro Don Marcelo, que quedó yerto y pasmado del desenlace trágico de su ilusión y que se había roto el prisma de sus ilusiones, desalentado como el labrador al que se le queman sus mieses todas en la era, se retiró de la última audiencia en que le comunicaron la resolución del rey a despedirse de un prior del convento de jerónimos del Prado, el cual procuró consolarlo y alejarlo del intento que de embarcarse y dejar España tenía y le dio unos consejos tan sólidos, que Marcelo los tomó y planteó. Ocupaba el padre una jerarquía en Madrid igual a un grande de España, pues por un alto puesto y el prestigio que el convento tenía en la Corte le anudaban estrechas relaciones con lo más granado de ella ; y viendo en Marcelo un hombre incansable y de fe en sus propósitos, le indicó le proporcionaría un título de agente de negocios en la Corte, destino al parecer insignificante, pero en aquella época de centralización absoluta en que la vida administrativa y gubernamental del reino y sus colonias estaban reconcentradas en Madrid, y un hombre todo listo y eficaz como él y algo ducho en los negocios, con conocimientos de entradas y salidas de Consejos y Ministerios debería hacer suerte auxiliado, como estaba, por un padre de campanillas. Y en efecto, era un plan infalible y tenía que dar resultado desde el día en que se decidiera por él Don Marcelo. Este al fin lo aceptó, y emprendiendo su nueva carrera, las agencias y comisiones les llovían de conventos y Ayuntamientos, de títulos y particulares de eclesiásticos y legos de todas las provincias ; llegó a ser el agente de una reconocida y numerosa clientela en su clase. Tres o cuatro oficiales tenía en sus mesas y dos o tres corredores sueltos para andar pasos sencillos, reservándose él lo grave y las ceremonias. Despejado cortesano y bien apuesto galán, bastante versado en la curia como nieto de abogado e hijo de un notario mayor, como dijimos se había hecho su padre después de su casamiento con Doña Angela, era el joven un portento, nadaba en la abundancia y ya se consideraba tan feliz como si hubiera estado en posesión del señoría de Marchamalo y del cual no se volvió a ocupar, reglándole toda la documentación por si podía hacer algo al Conde de Campo Alanje, nuestro pariente por la línea de [los] Carpintero. Pero mezclado con estas buenas cualidades tenía Don Marcelo un defecto que heredó de su bisabuelo Don Diego de Puelles Santos: el ser fastuoso y pródigo por demás, queriendo alternar con personas de alta esfera a quienes él consideraba como iguales, ciñendo un rico espadín con guarniciones de oro y piedras y con los ricos vestidos de la época ; alojado y tratado a cuerpo de rey, nada faltaba a sus comodidades. Mas como quiera que era soltero y ni aún apuraba sus entradas, empezó a emplear sus créditos sobrantes en giros y vales reales, entonces en gran estima, pues estaban estos últimos recién puestos. A su madre le mandaba remesas de consideración y regalos abundantes
mientras vivió, y al morir se hizo cargo de sus dos hermanos, que ya en
esta época el mayor empezaba a ser un hombre, el Felipe que le seguía,
al que consultando con su gusto le dio un empleo en rentas, y al más
pequeño, Don Justo, lo mandó a Salamanca, a donde trasladó a Felipe
para que le sirviese de tutor. Todo marchaba en bonanza y en buen curso
natural, habiéndose casado en este tiempo Felipe en Valladolid en 1774,
con 28 años de edad, con su sobrina, hija del primo Don Tomás de
Puelles, llamada Doña Catalina de Puelles y Tariego, natural de Alcañices,
señora tan buena y afable de genio, que la llamaban sus deudos “la
malva de olor”, verificándose dicha venturosa unción en la iglesia
de San Adrian de dicha ciudad, según consta en la partida que
conservamos, trasladándose enseguida la dicha pareja a Salamanca para
estar a [la] vista de su hermano
Justo y a desempeñar el destino que en ella le había proporcionado
Marcelo, estando más cerca también de la familia de su prima y mujer. ______________________________________ El término ‘infanzón’ designaba en León, Castilla,
Navarra y Aragón a una nobleza de segunda categoría, a aquellos
hijosdalgo que en sus heredamientos tenían potestad y señorío limita-
dos. Durante el siglo VIII, en el reino astur, se utilizaba para referirse
a los descendientes de los ‘hijos de los primates de palacio’
visigodos refugiados allí. En principio, en todos los rei- nos citados
eran nobles de linaje o de abolengo, pero ya a partir del siglo X se
concedió el título a hombres libres ; así, en Castilla, a los
poseedores de un caballo que luchaban como milites.
En Aragón se distinguieron los infanzones hermunios
(los de abolengo), los de carta
(por concesión individual del rey) y los de población
(por concesión colectiva del rey a título de fueron de población). En
Navarra existieron los de Obanos
(de abolengo, llamados así porque se reunían en esa villa en juntas) y
los de abarca (labriegos libres
que no dependían de ningún señor). [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 5.199] La progresiva convicción de que
Carlos II no iba a tener descendencia activó la pugna entre los
candidatos europeos para hacerse con su herencia. Inicialmente el
candidato designado como heredero había sido José Fernando, hijo del
elector de Baviera, pero su muerte en 1699 volvió a abrir el problema de
elegir entre el archiduque Carlos, hijo del emperador Leopoldo y futuro
emperador a su vez como Carlos VI, y Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y
María Teresa de Austria. Carlos II, aconsejado por el cardenal
Portocarrero y el partido nacional, optó por Felipe, con dos
condiciones: no reunir nunca las coronas de España y Francia en una misma
persona y no enajenar parte alguna de los territorios españoles.
Cuando murió este rey, el temor
de que Francia, aliándose con España, iba a romper
el orden europeo empujó a las potencias marítimas, Inglaterra y
Holanda, a apoyar las pretensiones del archiduque de Austria,
formando la Gran Alianza que en 1702 declaró la guerra a los Borbones. Hasta
1705, ésta se desarrolló especialmente fuera de España, en el Rin,
Flandes e Italia. A partir de esta fecha se convirtió en un conflicto
civil azuzado por los intereses de Francia e Inglaterra. En lo que
respecta a España, Castilla, aunque contó con alguna oposición, apoyó
a Felipe V, mientras que Cataluña y Valencia desde 1705 y Mallorca y Aragón
en 1706, temerosos del centralismo Borbónico, se declararon decididos
partidarios del archidu- que, que desembarcó en Barcelona, donde comenzó
a ejercer como monarca efectivo, aunque por poco tiempo. En castigo por
la adhesión de Aragón y Valencia al archiduque, Felipe abolió sus
fueros (los de Cataluña lo fueron en 1716). [Encarta ’98 CD-Rom] Se refiere el autor
a Luca Giordano (1634-1705), pintor barroco italiano nacido en Nápoles y
conocido como Luca fa presto (el
rápido) por la rapidez con que ejecutaba sus obras. Estudió con el
pintor español José de Ribera, ‘el Españoleto’, y con el pintor y
arquitecto italiano Pietro da Cortona, cuyo estilo, junto con el de
Paolo Veronese, influyó en el suyo. Vivió y trabajó principalmente en Nápoles,
aunque también llevó a cabo importantes obras en Florencia. Entre 1692
y 1700 residió en Madrid, donde trabajó para Carlos II de España. Pintó
numerosos cuadros, quizá unos 5.000, cuyas características principales
son la armonía de los colores y el encanto y la facilidad de invención.
Entre sus frescos están los de la cúpula de la capilla Corsini de
Florencia, Cristo expulsando a los
mercaderes del templo (iglesia de San Filippo da Girolami, Nápoles),
la Batalla de San
Quintín y la Prisión del de
Memoranci (fresco de la escalera
del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid, España). Entre sus
pinturas de caballete se incluyen
Venus y Marte (Museo del Louvre, París, Francia) y el Nacimiento de San Juan Bautista (Museo Metropolitano de Arte, Nueva
York, Estados Unidos). En el Museo del Prado (Madrid, España) hay una
importante colección de su obra, como El
juicio de Salomón o Bethsabé
en el baño. [ibid.] Se trata de Gil Blas de Santillana, protagonista de la
novela picaresca del mismo título original del escritor francés Alain
René Lesage (1668-1747), cuyas principales obras están todas ambientadas
en España, país que por lo visto conocía perfectamente. El
Gil Blas cuenta las aventuras de
un pillo y está escrito a la manera de las novelas picarescas españolas
de los siglos XVI y XVII. Se la considera una obra maestra en su género
y en ella el autor realiza una crítica satírica de la sociedad francesa
de su época. A la vez es una interesante obra realista en un periodo de
transición tan confuso como es el del paso del siglo XVIII al XIX. Generalmente, se cita a Lesage como el primer escritor, en sentido moderno,
que pudo sostenerse económicamente con su producción. [ibid.] Las Leyes de Toro constituyen una colección de disposiciones aprobadas en las Cortes ce- lebradas en esa ciudad en 1505. Se trata de un conjunto de 83 Leyes en virtud de las cuales se unificaban las normas que regulaban en Castilla la sucesión: se especificaron los tipos de testamentos, sus requisitos, los derechos de cada uno de los herederos, etc. Entre otros aspectos, se dedicaron siete leyes a regular el mayorazgo, para cuya fundación se exigía el permiso del monarca, que podía concederlo a todos los súbditos, mientras que hasta entonces era una exclusiva de la nobleza. Este extremo significó en realidad una democratización de la institución del mayorazgo, y las clases burguesas pudieron crear a partir de ese momento ‘mayorazgos cortos’ sobre rentas o pequeños patrimonios ; las leyes ratificaban, en definitiva, la aspiración de la burguesía castellana a equipararse a la nobleza. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 9.764] [VOLVER] La sustitución en Castilla, Navarra y León del rito eclesiástico
mozárabe, de origen visigótico, por el latino o romano que ya se
practicaba en otras partes de Europa tuvo lugar a finales del siglo XI,
después del Concilio de Burgos (1085), en tiempos del rey Alfonso VI, a
instancias del Papa Gregorio VII. Previamente se había introducido dicha
liturgia en Aragón bajo Sancho Ramírez. Este hecho marcó el
predominio que desde entonces comenzaron a adquirir los Pontífices, no ya
sólo en los asuntos referentes a la Iglesia española, sino en los
negocios del poder temporal de sus reyes y príncipes. [Diccionario
Enciclopédico Hispano-Americano, op. cit, II, pg. 1.020] La liturgia
mozárabe fue posteriormente
restaurada por el Cardenal Cisneros en la catedral de Toledo. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., 5.869] |