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CAPITULO
16o: Continuación de la vida de los tres hermanos
Puelles. Nacimiento de nuestro abuelo Don Francisco. Descarrío y
aventuras del tío Don Justo. Suerte y gran papel que le cupo al primo Don
Julián en la Corte de Carlos IV. Pintura de ella y de aquel tiempo. La
Duquesa de Alba: sus extravagancias y favoritismo con María Luisa.- Hemos visto en el curso de la historia de nuestra familia la propensión general de sus miembros, que tendiendo todos sin excepción a la senda de la dignidad y del honor, se inclinaban igualmente algunos a los amores y galanteos hasta rayar en el borde de la locura y el desorden, dándose cada dos o tres generaciones un ejemplar de estos casos. Si alguno de estos individuos salían heroicos y memorables como Pedro de Puelles, el gobernador de Quito, o Don Bonifacio, el corregidor veterano de Palenzuela, salían otros infecundos para el bien y perjudiciales para los demás como Don Diego de Puelles Santos, que arruinó la casa, o su biznieto Don Justo de Puelles Montero, de quien nos vamos a ocupar, que se señaló sobre todos [los] anteriores y posteriores. Al cuidado de éste su menor hermano estaba nuestro progenitor, Don Felipe, recién establecido en Salamanca, y viendo el proveedor los gastos que éste ocasionaba y que el mayor, Marcelo, suministraba desde Madrid, cuando a resultas de los consejos y amonestaciones que Don Felipe le hacía por sus descarriados pasos y su ninguna aplicación, continuó flojamente su curso de Filosofía, y habiéndolo perdido, como era de esperar de su abandono y desarreglo, en vez de templar a su hermano, que como al más pequeño le amaba y mimaba mucho, sin más ropas que su mantón y media docena de pesetas que en su bolsillo le cogieron se salió de Salamanca una tarde, y uniéndose a una alegre y ruidosa comparsa estudiantina de las muchas que todos los años al finalizar el curso salían y formaban los estudiantes soperos, de quienes él era grande amigo y de quienes había aprendido, en vez de a asistir al aula, el toque de pandereta, baile y canto, en cuyos ramos era sobresaliente por demás, lanzose por el mundo con sus camaradas, internándose en las provincias fronterizas de Portugal. Todo aquel verano lo pasó alegremente en sus excursiones entre ambos reinos sin dar acuerdos de su personal ni saberse más de él, teniendo el sentimiento y disgusto nuestro bisabuelo de escribírselo a Marcelo y la particularidad de no encontrarse el menor rastro del joven estudiante, produciéndole una alarma y desazón, como se deja suponer. Inútiles fueron todas las pesquisas que se hicieron, pues al volver sus compañeros al finalizarse las vacaciones a Salamanca, decían lo habían dejado internado en Portugal, cerca de Braga, en una compañía de cómicos de la lengua de que formaba parte. No se sabe de cierto el tiempo que con los farsantes estuvo, sólo, sí, que cuando creyó ya Don Justo que habían perdido su ras- tro, cruzando de nuevo la frontera entró por Galicia y sentó en La Coruña plaza en un regimiento de guardias españolas de guarnición en el puerto ; esto lo hizo por no llegar a tiempo de embarcarse en una escuadra que del Ferrol había zarpado para América. Afiliado nuestro joven pariente en el regimiento con muy linda figura y gracejo singular, teniendo una buena letra ascendió a cabo a los pocos meses, llegando a ceñirse las jinetas de sargento antes de los dos años, teniendo que servir hasta ocho que duraban los enganches. Más de tres llevaba ya de servicio y rodeando guarniciones, recorriendo comarcas y pueblos diferentes, que era lo que deseaba, y cada vez se hallaba más contento y satisfecho con su vida. Mas quiso su negra estrella que bajando a Andalucía y hallándose en Sevilla un día montando un cuerpo de guardia en un puesto corto de fuerzas del que era jefe, al que caía casi enfrente una casa de muchachas de vida airada y divertida, habiendo en el balcón asomada una graciosa y macarena jovenzuela de negros y ardientes ojos, nuestro sargento prendió en el cebo y a bromear y requebrarla desde la calle ; y tanto donaire y monadas mostró la ninfa, que viéndose el joven comprometido, le ofreció aquella noche visitarla y bromearla más de cerca. Y, en efecto, llegada ésta y dejando después de retreta la guardia sin encomendarse a Dios ni al diablo ni prevenirlo a su cabo, dispuso una buena cena y pasada de hora de la ronda se introdujo en el garito. Mozo apuesto y divertido y con muchas habilidades, tras la cena vino el canto, tras éste el baile y la bebida, y haciendo sus antiguas profesiones que de estudiante ejercitó, soltó las fornituras y uniformes, empuñó la pandereta y ebrio ya con los licores, recordando sus ensayos y ejercicio de cómico, donde por muy joven y agraciado había hecho casi siempre papeles de dama, se ciñó un traje de hembra y embadurnándose el naciente bozo, se puso a representar como una remilgada colegiala, mientras que una de las mozas con su uniforme y equipo figuraba el papel de galán. En lo mejor se hallaban de la fiesta, cuando ésta vino a aguarse arrojándose en ella un rondín de sopetón y perturbando la escena. No es decible la algazara que se armó entre los espectadores con un cuadro semejante ; el oficial que lo mandaba y que era de su cuerpo, teniendo que contener la risa o impidiendo el que estallaran en ella él y sus subordinados, no sabiendo a quién prender, si a la manceba sargento o al sargento convertido en dama, pudo al fin contenerse y llevarse arrestados a ambos. Pero comprendiendo el Justo el ridículo que iba a recaer sobre él con aquella facha y traje, antes de salir a la calle desgarró su enagua y vestido, y acomodándose su uniforme, que arrebató a la muchacha, la dejó a ésta en ropas menores. Lo que [en] sí fue descortesía le valió en cambio el salvarla y que no fuera a prisión. Buscando disculpa para su ligereza y apesadumbrado el pobrecito, fue relevado al momento y sujeto a una sumaria, cayendo sin embargo tanto en gracia entre los oficiales la ocurrencia singular, que en vez del severo castigo que la ordenanza impone para el abandono de guardia, el consejo de guerra le impuso el arresto de unos días y la pérdida del grado y tiempo servido, recogiéndole la alabarda, distintivo entonces del sargento. Castigo que, como se comprende, era hasta ligero para tamaño desliz, pero era preciso cumplir con la ordenanza y disimularle al mismo tiempo al muchacho lo preciso en atención a su humor. Salido del arresto y vuelto a las filas, era tan avieso y soberbio de suyo, que sin tener presente la triste situación a que se veía reducido por su cabeza ligera y que era preciso llevar con paciencia, se veía castigado a menudo por los cabos a quien él a su vez había golpeado de sargento, y no pudiendo soportar tan violento estado, ideó un medio para salir de él que por lo original, ya que no por otra cosa, merece que se mencione. Camarada de bromas y amigo íntimo del tambor mayor y por no estar sujeto en adelante más que a él, le pidió con encarecimiento le enseñase a tocar el tambor, saliendo tan aprovechado que sin apercibirse nadie en el cuerpo, a la media docena de días pidió al coronel el pasar a la banda. El jefe, que le compadecía y le había comprendido todo lo ligero y vano de su cabeza, le disuadió de la idea, animándole a esperar para volverle su antigua plaza. Inútiles fueron los ruegos y exhortaciones de éste, y temiendo que desertara o hiciese mayores disparates, se avino a condescender rebajando el tiempo del aprendizaje ; mas cuál sería su sorpresa, cuando en el mismo día, ciñendo sus mandiles y con su tambor colgando, se presentó nuestro Justo a la cabeza de la banda, redoblando y tocando tan bien y con tan buen gusto y compás que su caja se señalaba entre las otras. Risas y contento causó a los oficiales y jefes la habilidad del mancebo, que llamado por el coronel para hacerle su tambor de órdenes y que no dependiera en adelante más que de él, le salió el Justo, para colmo de diablura, pidiéndole a éste el que le consistiera poner sonajas de lata en el ruedo del parche, a fin de que imitando a la perfección una pandereta, armonizara la banda con los juegos, variaciones y floreos que él se comprometía [a] hacer del humilde instrumento recurriendo a los dedos y palillos según el caso requiriera y sacando una pandereta que debajo del parche tenía oculta, la puso sobre la caja, cogiola con un cabo del cordel e hizo oír mil cadencias, repiqueteos y compases sorprendentes para el coro de oficiales, produciendo muevas risas del que impávido y cuadrado tocaba sonar nuevos y desconocidos a la milicia. Pero el coronel, hechizado de su gracia así como de su gallardía y finas maneras, teniendo una idea de su nacimiento y antecedentes, lo quiso apartar de nuevo de su malhadada idea, más en vano fue, que Justo la llevó adelante y quedó dentro de la banda sin sujeción a nadie más que a su coronel. Dejemos al infortunado Justo en su triste situación y ocupémonos de sus dos herma- nos, que ignorantes de su existencia lo daban por muerto o por perdido para siempre. A Don Felipe le había nacido en este tiempo su primogénito, Francisco, en memoria de su tatarabuelo, el último acomodado de la familia y que tan buenas tradiciones había dejado, bautizándolo el día 9 de Abril de 1775 en la parroquia de Santa María la Antigua, siendo su padrino, según era costumbre entre la gente de la nobleza, un hermano donado de San Francisco de la dicha ciudad llamado José Alvarez ; poco después nació Doña María Josefa, continuando Felipe, Victorina y Manuel, que fueron los cinco hijos, bien desgraciados por cierto los más como veremos adelante. De Salamanca pasó en su destino de administrador de hacienda a Béjar, Pampliega, Saldaña y Barbadillo, en cuya administración y pueblo murió su joven y modesta esposa, dejando al Manuel de pecho. Integro y puro como el diamante fue nuestro bisabuelo, dejando un nombre irreprochable ; modesto y religioso sin fanatismo, educaba él mismo a su familia, no habiendo adolecido más que de un orgullo o vanidad excesiva de su linaje, haciendo que en todos los pueblos donde residía, tuvieran o no padrón y asiento de nobles, se los inscribiera en ellos, que era preciso crear algunas veces, como sucedió en Barbadillo, y ocupando los escaños en la iglesia él y sus hijos, llevando la tirantez hasta el extremo de que en Béjar y Pampliega sostuviera pleitos costosos, no por que se le negaran estos derechos, sino porque no tenían asiento de nobles. Y él hacía venir jueces, receptores y escribanos, como consta en los testimonios que conservamos, y que a son de campana tañida le daban el asiento y lugar en el registro que era precisa condición crear..Cuando alguno de sus hijos quiso casarse, lo primero que exigía era que fuese con hidalgas, y con esta cualidad y precisa condición se los iba concediendo, como se ve el que otorgó a nuestro abuelo, siendo tan rigorista y exagerado en esto, que no volvió a tratar más con su hija Victoria porque casó con un hombre que él consideraba inferior, y todo su sueño dorado en las cartas a su hermano Marcelo e hijo Felipe en Madrid era el que siguieran tras la posesión del mayorazgo de los Torres Cartagena, que tenía un señorío inherente. Pero volviendo al Don Marcelo sin atropellar sucesos, continuando éste en Madrid solterón y regalado, sin arreglarse en sus gastos ni querer tomar estado, diciendo, como Metternich después, “tras mí, el diluvio” y empleando lo que no gastaba en vales y juros reales, que andando el tiempo creía él le habían de producir una buena renta. Eran los últimos años del reinado de Carlos III, y tras la Guerra de Gibraltar continuaron las marítimas con la soberana Inglaterra a resultas del célebre Pacto de Familia, que hacía ir a España tras su parienta Francia. Conocidos son por demás aquellos sucesos, si no fuera preciso hacer referencia a ellos, porque trajeron a nuestra aliada a un estado de premura tal en su Hacienda, que fue precursor y causa de la gran revolución que se preparaba y que obraba ya en los espírituc de todos con la lucha de la Independencia de los americanos del Norte, o colonias inglesas, la Enciclopedia y la filosofía descreída y materialista de los escritores y sabios de Francia que iban trabajando de continuo las ideas. En una isla del Mediterráneo recién incorporada a Francia y en su capital, Ajaccio, se amamantaba entonces un gigante que había de trastornar al mundo antiguo, y Dios en sus altos designios iba a ponerlo al frente de un millón de hombres para derrumbar y reducir a polvo monarcas criminales y relajados y darle a Europa otra nueva forma, esparciendo tras sus bayonetas nuevas doctrinas. En todo, pues, iba a obrarse un completo trastorno, y España, entretanto, dormitaba con su anciano y prudente monarca y seguía con curiosidad la vista de unos príncipes herederos, llenos el varón de debilidad, la mujer de desenvoltura. Muere Carlos III en 1789 y deja una nación floreciente y aún poderosa a su pobre y bondadoso hijo, que veremos el uso que había de hacer de ella en adelante, siendo preciso ahora salirle al encuentro a nuestro Justo, que hemos dejado en Sevilla queriendo hacer también una revolución en las cajas de guerra y hacerlas instrumentos de fiesta adornándolos con sonajas. A Madrid fue llamado el regimiento donde servía para ornar la jura de Carlos IV, y el brillante tercio marchó hacia la Corte, donde se alojó en el Cuartel del Soldado. Justo, temiendo tropezar con su hermano, se dejó crecer la barba y con su pelo empolvado, su coleta y su tricornio, que solía echarse por la nariz, vagaba por sus calles tras las manolas y las fiestas, por aquello de que lo que lo que entra con el capillo sale con la mortaja, y genio y figura hasta la sepultura. Temblaba, sin embargo, de ponerse a la vista de su herma- no, pero como éste había salido de su casa cuando él estaba en la cuna, [le] constaba [que] no lo conocería. Mas el diablo, que a lo mejor tira de la manta, hubo de proporcionar una ocasión, y fue que en una revista de comisario pasada en la plazuela del cuartel y donde se agolpó mucha gente alrededor de la mesa de éste para ver desfilar al regimiento, que lucía un lujoso uniforme estrenado a su llegada. Al llegar nuestro Justo delante de la mesa con su caja colgada, “Puelles”, exclamó el comisario, “Justo”, contestó nuestro hombre dando dos gol- pes en el parche. “Este joven tiene una historia divertida”, dijo el coronel al comisario en su oído, al cual había agradado su postura y desembarazo. Un curioso, conocido íntimo de nuestro tío Marcelo, que presenciaba el desfile aguardó a la conclusión de él, y jadeando y presuroso buscó al tío Marcelo y le dio la nueva de que un joven tambor llamado Justo de Puelles se albergaba en el Cuartel del Soldado donde estaba el regimiento de guardias españolas recién llegado. La sorpresa de alegría y vergüenza fue tan grande, y tan encontradas sus emociones, que no sabía si sentirlo o alegrarse, pero por último, venciendo en él [el] cariño de hermano más que su pena y bochorno, acudió al cuartel, y preguntando por el travieso jo- ven, se presentó éste con los atavíos al pecho de su profesión. Después de clavárselos en su pecho Don Marcelo de la estrechez del abrazo, retrocedió indignado y como picado de un áspid, y arrojándose sobre ellos los arrancó y pisoteó con ira, derramando gruesas lágrimas de coraje al ver aquel sambenito bochornoso puesto sobre un pecho hidalgo, puesto que aún no había llegado el tiempo de que llegara a ascender al puesto de Primer Mariscal de Francia, Príncipe de la Moscova y Duque de Elchingen, el gran Ney, que entraba de pífano en este mismo tiempo en otro regimiento de guardias francesas en el vecino reino, y la clase de ésta hasta entonces era, o de hombres de baja esfera o de huérfanos de la inclusa. Enterándose de las causas que le habían traído a aquellos parajes y que no eran motivos deshonrosos en el fondo, sino propios de todos los actos imprudentes de su vida, se desvió de su hermano iluminado de una feliz idea que concibió al instante. Atravesó todo Madrid y fue al Cuartel Magnífico de los Guardias de Corps. Estaba alojado entonces en él un joven recién llegado de Alcañices llamado Don Julián de Puelles y Tariego, cuyo mozo, apenas adolescente y novicio en el brillante cuerpo, estaba llamado a figurar por su extraordinaria gallardía y hermosura de facciones en el plantel de la nobleza tan favorecido de los reyes y de la grandeza. Era Don Julián, de los 500 guardias que formaban el regimiento en aquella época, el más perfecto y gentil de todos, habiendo llamado tanto la atención desde su llegada al cuerpo tan distinguido, que se había hecho lugar en los mejores y más aristocráticos círculos de Madrid y en la Corte de la voluptuosa reina Doña María Luisa. La célebre Duquesa de Alba, Doña María del Pilar Silva y Pimentel, casada con el Marqués de Villafranca y Duque de Medina-Sidonia, la grande más fastuosa y de moda en Madrid, amiga y confidente íntima de la reina y su compañera de aventuras y galanteos, se había prendado del arrogante mozo al presentarse en sus divertidos y fastuosos salones, y Julián desde aquel día se hizo tal lugar y tan de cerca, que era público en el cuerpo y en la Corte la influencia que su rara bizarría alcanzaba con la ilustre señora. Eran una época y unas costumbres tan alegres y corrompidas, que la bulliciosa Duquesa había enseñado a la reina su favorito doncel cuando montaba los puestos de la guardia de palacio, y la soberana, que propendía y congeniaba con su inseparable compañera, había aplaudido el tener a su servicio un hombre tan extremadamente hermoso, y según la crónica de escandalosas anécdotas del tío Felipe de Puelles, que fue el que en su juventud alcanzó a ver a este Apolo de Belvedere, o modelo de belleza varonil, con taba que hasta la misma reina le miraba con marcada predilección. “Y si, lector, dijerdes ser comento, como me lo contaron te lo cuento”. No tiene de extraño que alcanzase tanto prestigio este Antínoo y Narciso, nuestro afortunado pariente, en una Corte tan libertina y prostituida como la del bondadoso Carlos IV, cuando siendo menos galán y joven, Don Manuel Godoy, pobre guardia extremeño, subió a esfera de Príncipe y Primer Ministro, teniendo el verdadero soberano veinte años, sin que pueda atinar la historia aún la causa de tan repentina y poco fundada elevación. Y no era achaque sólo de la dinastía de España, pues en la de Nápoles, donde reinaba Fernando, otro hijo imbécil del gran Carlos III, era su mujer, la Archiduquesa Carolina, objeto de escándalo con sus intimidades con el caballero Actón, a quien también hizo ministro. En Rusia, Catalina la Grande, que a la sazón la regía, traía ‘a torterese’ sus amantes, siendo el predilecto en aquel tiempo el polaco Poniatowski, a quien hizo rey de Polonia, y hasta la misma Francia no se ocupaba más que de la dudosa conducta de la reina, que tan desgraciado y heroico fin había de tener a poco, [y] en fin, la corrupción de la corte, que las costumbres de la Regencia y del reinado del libidinoso Luis XV, el más depravado de todos los reyes, se había infiltrado en todos, descendiendo de lo alto a los demás parajes, e iba contaminando al fin del siglo XVIII toda la culta y acomodada sociedad. Es lo cierto del caso, comprobado por la relación de los ancianos de hoy, que alcanzaron a conocer aquella época extraña, que se hacía más lugar en la Corte y entre aquellas filósofas y corrompidas mujeres un doncel apuesto que las mejores recomendaciones y servicios. Fuera como se quiera, nuestro Marcelo, mortificado en su vanidad, habló con su primo Julián, le explicó brevemente lo raro y hasta triste del caso y lo instó vivamente a que se interesara con su amiga ilustre para haber de repara la afrenta. Sonrojado el halagado mancebo con lo grave de la noticia, partió a ver a la reina y trémulo y ruboroso le contó su cuita y lo que quería ; causándole [a ésta] gran contento lo raro de la aventura y contestando con risa lo que al guardia disgustaba, le ofreció reparar bien pronto su mal y volverle su alegría. Y, en efecto, marchose a Palacio, y hablando con la reina, su amiga, idearon complacer a su guardia dando a su pariente una ruidosa y solemne separación, pues bien lo merecía, según ellas, por el origen de su falta. Volvió la de Alba a su palacio y le entregó a éste un pliego cerrado para el jefe del regimiento de Justo dándole por todo agradecimiento el que le presentase en su tertulia particular a los dos primos, que tenía curiosidad de conocer. Sin saber lo que el pliego contenía partieron los dos primos al cuartel y lo entregaron al coronel, el que después de leerlo mandó tocar cajas, y poniéndose a la cabeza del herido regimiento, atravesó las calles principales y llegando al Salón del Prado, lo puso en orden de batalla descansando sobre las armas. En esta situación se hallaba, cando a todo escape llegó un jefe superior, Edecán del Ministro de la Guerra, al que se recibió con sombrero en mano saliendo las banderas al frente. Al pie de la batallona, colocados los dos jefes bajo ella, mandaron venir al tambor Justo, que ajeno de los podía acontecerle temblaba lleno de miedo, y quitándole un gastador la caja de guerra y atalajes, le colocó el coronel los cordones de oro al hombro, leyendo en el entretanto el Edecán su despacho del soberano por el que decía: “que atendiendo al lustre del linaje que la familia de Don Justo de Puelles había siempre tenido y los servicios que había prestado al citado, y la Real persona, el Soberano había tenido a bien concederle la gracia de Cadete en el Segundo Regimiento de Granaderos de su guardia española”. En todo el tiempo que duró este simulacro, un coche magnífico con las libreas de la Duquesa de Alba estaba parado ante el grupo de los jefes y de los oficiales, y esta hermosa señora, asomada a su portezuela, saludaba al terminarse a su favorito recordándole con un gesto la exigencia de la presentación. Así terminó este curioso episodio tan singular en su clase, que tal vez no tenga ejemplo, y por donde se rehabilitó el travieso mozalbete de su loca tentación. Para dar fin a este incidente concluiremos con decir que, en efecto, aquella misma noche fueron recibidos en su palacio los tres primos, y que la Duquesa holgó mucho de oír las aventuras de Justo contadas de su boca, y que después de hacerle tocar el tambor-pandereta [y] cantar sobre esta la estudiantina, ya calientes las cabezas quiso que hiciera a lo vivo la escena de su arresto en Sevilla. Animado Justo con la bondad y excentricidades de la Grande, pidió que le sirviesen de comparsas las doncellas de su servidumbre, las cuales, ajenas de la trama y desenlace que su señora sólo sabía, por complacerla invadieron el salón. En él nuestro Justo, hecho el héroe de la fiesta y apoderado de la atención de todo su escogido auditorio, empezó su entremés o sainete tan a lo vivo y natural como lo representó en Sevilla, y apoderándose de un traje, un pañuelo y escofieta que tomó de grado y por fuerza de su femenil comparsa, con quien trocó su atalaje, después de representar sus papeles de dama portuguesa haciendo reír a todos, teniendo prevenidos a los guardias de corps para que hicieran de rondín, entrando éstos de pronto con sable en mano dentro del salón y en ademán de prenderlo, Justo, remontándose a toda su altura, armó el trueno gordo y echó el remate rasgando su traje, arrancándole la escofieta y apoderándose de sus piezas de uniforme, con cuyas distintas piezas estaban ataviadas las doncellas, y a la que le pareció más bonita dejó en su momento casi desnuda en medio del salón para apoderarse de su chupa galona da, que ésta ceñía, arrojándose a medio vestir fuera de los aposentos entre el más terrible estruendo de palinadas, risas y griterío, poniendo fin a la fiesta improvisada. Grandísima
fue la satisfacción de la de Alba con las bromas del Justo, con quien volvió a conversar prendada de su chiste y donaire, y repuesta de su emoción
le ofreció contárselo a la reina y obtenerle una nueva gracia para el
cómico tambor, el que discreto en esta ocasión como nunca, aprovechó la
coyuntura y exigió la de su retiro y el destino de Administrador de
Rentas de Palma del Río, pueblo delicioso junto a Sevilla, donde había
dejado una novia en sus correrías, con promesa de volver y con quien seguía
estrecha correspondencia, y ofreciéndoselo la Duquesa de contado, despidió
a los alegres parientes diciéndoles al retirarse si era o no de familia
el ser tan galanes, a lo que contestó Don Julián con desembarazo y
gracia: “Sepa vueselencia que como
nuestro apellido significa ‘de las niñas o infantas’ en latín, yo me
propongo por mi parte el aumentarle los amadores, en claro castellano, en
adelante para hacer bueno su dicho”. Con
tan expresiva y discreta respuesta, propia de la galantería respetuosa de
entonces, terminó esta extravagante soiré, digna de aquellos tiempos
de humor y de romancescas aventuras en que el humor de Don Justo hizo el
gasto por completo, valiéndole su retiro, deseado desde que estaba
enamorado de una andaluza, y el sitio empleado, como fue Palma del Río,
donde entre naranjos, limoneros y granados de que está todo engarzado y
en brazos de sus amores corrió toda su vida deslizándose apacible como
lo son en aquella misma ribera las corrientes del Guadalquivir, y terminándola
en la epidemia del año primero del siglo sin dejar sucesión legítima
heredera de su humor y de sus calaverescos instintos. _______________________________ Este capítulo figura en el original manuscrito con el número
17, a causa de un evidente error del autor. Se
refiere, por supuesto, al conde y príncipe Klemens
von Metternich-Winneburg (1773-1859), una de las más importantes figuras
de la política europea del periodo comprendido entre 1814 y 1848.
Durante el Congreso de Viena (1814-1815), en el que se
fijaron las nue- vas fronteras de Europa después de la caída de Napoleón,
Metternich bloqueó los planes de Rusia, que pretendía anexionarse
Polonia, y los intentos de Prusia de incorporar Sajonia a su territorio.
Consiguió crear una confederación de estados alemanes, la denominada
Confederación Germánica, presidida por Austria, pero no pudo
establecer un acuerdo similar en Italia. Tampoco logró que la Cuádruple
Alianza formada por Gran Bretaña, Rusia, Prusia y Austria, se convirtiera
en un instrumento para detener el avance de las revoluciones en Europa,
aunque si se produjeron intervenciones militares en la década de 1820
para frenar el desarrollo del liberalismo en España y en el reino de
Dos Sicilias. Metternich despreciaba igualmente el liberalismo, el
nacionalismo y la revolución. Su sistema de gobierno ideal era una
monarquía que compartiera el poder con las clases sociales tradicionalmente
privilegiadas. [Encarta
’98 CD-Rom] Esa
famosa frase no pertenece en realidad a Metternich, como indica Manuel María
de Puelles, sino que fue pronunciada por Luis XV, rey de Francia. [ibid.] Estos ‘juros’ fueron en Castilla
la primera forma de deuda pública. En la Edad Media se denominaron así
las pensiones concedidas por el rey con cargo a las rentas de la Corona.
Bajo los Reyes Católicos surgieron los ‘juros al quitar’,
equivalentes a títulos de deuda situados sobre una determinada renta
fiscal, que se compraban y eran amortizables por la Real Hacienda. Su
interés varió mucho, aunque habitualmente osciló entre el 7 y el 5%.
Como eran negociables, se creó un mercado de compraventa en el que
participaron instituciones y particulares. El problema vino cuando se
emitieron en exceso. En el siglo XVII, su valor superó la cuantía de las
rentas sobre las que estaban situados, lo cual obligó a arbitrar medidas
reductoras de la deuda. En 1727 se rebajó su interés al 3% y, desde
1748, se procedió a la amortización o anulación de cantidades
importantes. Por fin, en el siglo XIX, los juros fueron objeto del
Arreglo General de la Deuda (1851). [ibid.] El 24 de Julio de 1704, durante la Guerra
de Sucesión española, Gibraltar fue conquistado por una fuerza combinada
de ingleses y holandeses. El comandante inglés tomó posesión del Peñón
en nombre de la reina Ana. Nueve años más tarde la conquista se formalizó
mediante el Tratado de Utrecht.
Durante la fase europea de la guerra de la Independencia
estadounidense, los españoles, que tomaron parte en el conflicto
luchando contra los británicos, impusieron un riguroso bloqueo a
Gibraltar, asedio que duró desde 1779 hasta 1783. El 14 de septiembre de
1782, los británicos destruyeron las baterías flotantes de los
sitiadores franceses y españoles. En febrero de 1783 la firma de los
preliminares de la paz acabó con el asedio. [ibid.] Los Pactos de Familia, tratados de
alianza ofensiva-defensiva, fueron firmados entre España y Francia en el
siglo XVIII para contrarrestar el poderío británico en Europa y América.
El primero y el segundo se acordaron entre Felipe V y Luis XV, y el
tercero entre éste y Carlos III. Los dos primeros eran consecuencia de la
política italiana de Isabel de Farnesio, que Francia se comprometió a
apoyar, en tanto que el tercero, al que se refiere concretamente el texto, estuvo básicamente dirigido a frenar la
expansión británica en América. Firmado en París en 1761 durante
la Guerra de los Siete Años (conflicto colonial entre Francia y Gran
Bretaña),
significó para nuestro país el final de la neutralidad
fernandina y el inicio de un enfrentamiento constante con Gran Bretaña.
Militarmente fue un fracaso: por la Paz de París (1763), Gran Bretaña
recibió Canadá y Florida, y España a cambio de ésta recibió de Francia la Luisiana. Sin embargo, la alianza franco-española perduró y
presidió las relaciones internacionales durante todo el reinado de Carlos III. [ibid.] Nos
estamos refiriendo aquí a la tendencia dentro de la historia del
pensamiento europeo co- nocida como la Ilustración, que si bien como
movimiento espiritual llegó a extenderse, como es sabido, a casi todas las naciones europeas a partir de los primeros
intentos de los librepensadores británicos, fue en Francia donde se
radicalizó más, para luego difundirse desde allí a todos los demás
pueblos del Continente. En Francia, efectivamente, la Ilustración se
convirtió en una revolución cultural que sirvió de medio y abrió paso
a una revolución política. A tal fin “la
burguesía económica se sirvió de sus representantes intelectuales,
científicos, ‘philosophes’ y
pensadores en general. Estos individuos (hombres prácticos, burócratas,
abogados o profesionales de algún otro tipo) ... han sabido rebelarse
contra una educación teológica para sustituirla por una intensa pasión
por el estudio de la naturaleza”. [JEREZ MIR, Rafael, 1975, Filosofía
y sociedad, Madrid, Ayuso, pp. 229-30] Córcega,
claro. Napoleón,
por supuesto. Carlos III (1716-1788)
fue
el representante más genuino del despotismo ilustrado
español. Hombre de carácter sencillo y austero, estuvo bien informado de
los asuntos públicos ; fue consciente de su papel político y ejerció
como un auténtico jefe de Estado. Su reinado, por otro lado,
se caracteriza por una profunda renovación en la vida cultural y política.
De la primera cabe destacar el intento de extensión de la educación a
todos los grupos de la sociedad, mediante el establecimiento de centros
dependientes de los municipios o de las Reales Sociedades Económicas,
la creación de Escuelas de Agricultura o el equivalente a las de Comercio
en diversas ciudades, las propuestas de reforma de los estudios
universitarios (1771 y 1786) y, en fin, el estímulo de la actividad de la
Real Academia Española, cuya Gramática Castellana (1771) se
impone como texto en las escuelas. De las innovaciones políticas
sobresalen: la reforma del poder municipal y las propuestas económicas,
cuyas líneas más significativas son la remodelación monetaria y fiscal,
los intentos de modernización de la agricultura y la liberalización de
los sectores industrial y comercial. [Encarta
’98 CD-Rom] Originalmente
se le daba ese nombre a la especie de capote de lana amarilla, con la cruz
de San Andrés y llamas de fuego, que utilizaban los inquisidores para
vestir a los reos condenados por el Tribunal. Se imponía tanto a los
condenados a la hoguera como a los reconciliados, penitentes que habían
abjurado públicamente de sus errores. También se aplicaba el término al
letrero que se ponía en las iglesias con el nombre y castigo de los
penitenciados, y más tarde, por extensión, pasó a significar -como en
el texto- la mala nota, el descrédito que pesa sobre alguien. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 8.820] Michel Ney (1769-1815) se alistó
como soldado de caballería en el ejército francés y fue ascendido a
general en 1796. Cuando Napoleón Bonaparte proclamó el Imperio Ney fue
ascendido a Mariscal de Francia, y en 1808 se le concedió el título de
duque de Elchingen. Se distinguió por su valor durante la campaña de
Rusia de 1812, y tras la batalla de Borodino fue nombrado príncipe del
Moskova. [Encarta ’98 CD-Rom] Apolo, hijo del dios Zeus y de Leto,
hija de un titán, era también llamado Délico, de Delos, la isla de su
nacimiento, y Pitio, por haber matado a Pitón, la legendaria serpiente
que guardaba un santuario en las montañas del Parnaso. En la leyenda homérica,
Apolo era sobre todo el dios de la profecía. Su oráculo más importante
estaba en Delfos, el sitio de su victoria sobre Pitón. Solía otorgar el
don de la profecía a aquellos mortales a los que amaba, como a la
princesa troyana Casandra. Apolo era un músico
dotado, que deleitaba a los dioses tocando la lira. Era también un
arquero diestro y un atleta veloz, acreditado por haber sido el primer
vencedor en los juegos olímpicos. Su hermana gemela, Artemis, era la
guardiana de las muchachas, mientras que Apolo protegía de modo
especial a los muchachos. También era el dios de la agricultura y de la
ganadería, de la luz y de la verdad, y enseñó a los humanos el arte de
la medicina. Algunos relatos pintan a Apolo como despiadado y cruel. Según
la Iliada de Homero, Apolo respondió a las oraciones del sacerdote Crises
para obtener la liberación de su hija del general griego Agamenón
arrojando flechas ardientes y cargadas de pestilencia en el ejército
griego. También raptó y violó a la joven princesa ateniense Creusa, a
quien abandonó junto con el hijo nacido de su unión. Tal vez a causa de
su belleza física, Apolo era representado en la iconografía artística
antigua con mayor frecuencia que cualquier otra deidad. [ibid.]
Una de las más bellas representaciones escultóricas de esta deidad
griega es el famoso Apolo de Belvedere, del siglo IV A.D.C. que aquí se menciona y que tanta influencia ejerció en Miguel
Angel y los artistas del Renacimiento. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 572] Joven
griego de Bitinia, favorito del Emperador Adriano. Se ahogó en el Nilo
para prolongar, según se dice, la vida del Emperador, quien le deificó,
hizo reproducir su imagen por los artistas más famosos y fundó, el año
130, la ciudad de Antinópolis o Antínoe. Confundido a veces con Baco y
Apolo, se le dedicaron numerosas estatuas. Tambièn fuen representado en
piedras grabadas y medallas. [ibid.,
pg. 533] Personaje
mitológico griego famoso por su belleza. La ninfa Eco, desdeñada por él,
fue metamorfoseada en roca. Habiendo llegado Narciso un día al borde de
una fuente, contempló su propia imagen reflejada en el agua y quedó
prendado de sí mismo. Enloquecido al no poder alcanzar el objeto de su
pasión, se fue consumiendo de inanición y melancolía, hasta quedar
transformado en la flor que en adelante se llamó ‘narciso’. Esta flor
era para los antiguos símbolo de la muerte prematura. [ibid.,
pg. 6.885] Manuel Godoy Álvarez de Faria
(1767-1851), primer ministro durante el reinado de Carlos IV, debió su
brillante y acelerada carrera al favor de los monarcas, en particular de
la reina María Luisa de Parma: en los cuatro primeros años del reinado
ascendió de cadete en el Cuerpo de la Guardia Real a consejero de Estado,
y se le concedió el título de Duque de Alcudia. Su nombramiento como
Primer Ministro en sustitución del Conde de Aranda, en Noviembre de 1792,
estuvo determinado por la necesidad de contar con una persona desvinculada de la administración anterior y capaz de iniciar una política
hostil con Francia, sobre todo después de la ejecución de Luis XVI en
Enero de 1793. La caída de Godoy se produjo a raíz del Motín de
Aranjuez, el 18 de Marzo de 1808. Después acompañó a los reyes en su
exilio y murió en 1851 en París. [Encarta
’98 CD-Rom] Catalina
II de Rusia (1729-1776), originalmente una princesa alemana, dio un gran
impulso al desarrollo de Rusia y ejerció una autoridad sin límites. Era
sensual, pero poco sentimental, por lo que nunca se dejó dominar por sus
numerosos amantes. Aunque de origen extranjero, se afirmó como una
soberana nacional de la categoría de Pedro el Grande. Estaba persuadida
de que lo que convenía al país era la autocracia -y su convicción
coincidía con su ambición personal-, a pesar de aceptar un cierto
liberalismo teórico, suficiente para contentar a la nobleza reformista y
para obtener el beneplácito de los ‘filósofos’ ; mantuvo una nutrida
correspondencia con éstos, sobre todo con Grimm, y solicitó los consejos
de Diderot, al cual invitó a su corte. Su ‘despotismo ilustrado’
recibió así una cierta aprobación de la élite europea. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 1.819] Estanislao II Augusto Poniatowski, (1732-1798), último
soberano de Polonia, miembro de una destacada familia polaca, fue elegido
rey con el apoyo de Catalina II la Grande de Rusia, de quien había sido
amante. Su reino estuvo marcado por los sucesivos repartos de Polonia
entre Rusia, Austria y Prusia. Intentó efectuar reformas y corregir la
debilidad que hizo al país vulnerable a la intervención extranjera, pero
tuvo poco éxito. Con el tercer reparto en 1795 y la desaparición de
Polonia como nación independiente, abdicó y se exilió en San Petersburgo, donde pasó el resto de su vida ocupado en una variada
correspondencia y escribiendo sus memorias. [Encarta
’98 CD-Rom] Luis
XV (1710-1774), rey de Francia, con su falta de liderazgo a la hora de
afrontar las reformas necesarias en su país contribuyó a la crisis que
dio lugar a la Revolución Francesa. Sólo mantuvo un interés esporádico
por los asuntos de Estado, y nunca siguió una política coherente, ni en
asuntos de política interior, ni de política exterior. Con frecuencia se
dejaba influenciar por sus amantes, siendo la marquesa de Pompadour la más
poderosa de todas ellas. Debe
referirse a la duquesa ; en caso contrario la frase que viene a
continuación no tiene sentido alguno. |