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CAPITULO
17o: Revolución Francesa. Guerra del Rosellón y
los Pirineos que hizo nuestro abuelo Don Francisco. El tío Joaquín,
hermano de Don Julián. El tío Felipe, que lo fue de nuestro abuelo y se
estableció en Madrid. Pintura que éste hacía de su siglo y de sus
contemporáneos, de la Corte y de sus palaciegos. Sus opiniones e ideas.-
Había mediado casi el año 1790, y grandes sucesos que de precisión
habremos de apuntar en la vida de nuestro abuelo, por estar su carrera
ligada íntimamente a ellos, se iban desenvolviendo. En manos del Gobierno
del afortunado e inepto Duque de Alcudia, que no sabía cómo conjurar la
tormenta que empezaba a rugir y a vislumbrarse los relámpagos en las
cumbres de los Pirineos, antes de ocuparnos del derecho huracán que se
preparaba volveremos a ver al tío Don Marcelo y al brillante Don Julián,
el uno ocupado en sus cuidados de profesión, mientras que el otro lucía
su juventud en toda su brillantez, mimado de las damas palaciegas y de los
deprabados y galantes cortesanos, sus compañeros de vida. En tanto, la
familia castellana de nuestro bisabuelo Don Felipe iba creciendo en Saldaña,
donde nuestro abuelo Francisco se criaba y empezaba a mozear, siendo tan
aficionado a [los] amores que
teniendo una novia en un pueblecillo inmediato y a quien había conocido
en una romería, cabalgaba a media noche y cuando dormían todos en su
casa, y montando en un buen caballo tordo que su padre tenía, galopaba al
encuentro de la señora de su pensamiento, tornándose antes del día a su
casa y su lugar, y dejándolo todo en orden se acostaba sin que le echasen
de ver.
Quince años tenía ya, y su padre, que le destinaba al foro y [a
la] magistratura, lo mandó a Salamanca, punto bien próximo a Saldaña,
donde había nacido él y donde quería cortarle sus nacientes amores. En
esta célebre y antigua Universidad cursó
nuestro abuelo la Filosofía y dos años de Leyes, siendo uno de los
escolares más traviesos y bien parecidos, pues era de una gran estatura,
blanco y sonrosado de color, con ojos y pelo negro, fácil y cortés en la
palabra, tocando sueltamente la guitarra. Mas la suerte no quiso que
continuara en su carrera, a resultas de la guerra que se declaró en aquel
tiempo con la vecina nación. Casi semejante a un río desbordado, Francia
lanzose a esa gran revolución que trastornó al mundo, proclamando la
tabla de los Derechos del Hombre en su célebre Asamblea de 1789, tomados
de la Constitución Americana de Franklin y
Washington. En abierta pugna con Luis XVI, que quiso neutralizarla,
concluyó por derribarle su solio, contituyéndose en República, y a la
Europa asombrada, que la quería invadir y refrenar en su curso, arrojó
el guante sangriento de las cabezas de sus reyes y principales
prohombres, organizando en batallones una mole colosal de un millón de
hombres armados que puso sobre sus fronteras, y amenazando a su vez de
invadir e inundar, como las falanges de Gengis
Khan, las monarquías feudales y hacer polvo los tronos y los
castillos.
No fue la última nuestra nación, que la había provocado
imprudentemente, en verse asaltada por las dos vertientes del Pirineo, y
en las crestas de su parte occidental se asomaba un ejército de conscriptos
con sus terribles convencionales al frente, mientras que otro, doble[mente]
mayor se extendía por las llanuras del Rosellón y el Ampurdán, tocando
con Cataluña, llevando todos en sus estandartes, que coronaba un gallo
emblema del pueblo galo, los tres colores republicanos, que, como Lafayette
predijo, darían la vuelta al mundo, y marchan- do sus jóvenes soldados
al compás de un himno ardiente y de extraña música llamado ‘La
Marsellesa’, que infudía pavor y retaba en sus estrofas a los reyes
todos, haciendo despertar a los pueblos aletargados. Estos soldados bisoños
de quienes más tarde Napoleón había de hacer los mejores soldados del
mundo, se batían a medio uniformar, entonando al morder sus cartuchos y
embestir a la bayoneta estos patrióticos cantares, que sólo se interrumpían
o que- daban ahogados por los estampidos de los cañones y de la mosquetería,
que formando coro majestuoso al magnífico y guerrero canto, estremecía
de entusiasmo a los fervorosos jóvenes
republicanos.
Los triunfos y los reveses de estas legiones ocupan libros enteros
de la moderna historia, así como los sacrificios cruentos que Francia
se impuso para consolidar sus libertades ; pero por ser ajenos a este
asunto, pasaremos de largo tan brillantes páginas, viniendo a parar a
nuestro abuelo, a quien separaron de las aulas de la sabia Salamanca para
ofrecerle su Padre en las aras de la patria amenazada. 19 años escasos
tenía Don Francisco cuando el Gobierno de Godoy mandó hacer un
alistamiento general de la juventud para poder hacer frente al terrible
enemigo, que habíamos en mal hora provocado con la quema de sus naves en Tolón, y en la alternativa de verlo soldado forzoso a colocarlo más
ventajosamente de aspirante a oficial, optó nuestro bisabuelo por
colocarle los cordones e incorporarlo al Regimiento Magnífico formado y
ofrecido por la ciudad de Valencia, que llamó de Voluntarios Ligeros de
su propio nombre y que el rey, en premio de este servicio, se esmeró en
llenar su cuadro con la oficialidad más brillante del Ejército. Su magnífico uniforme grana y azul, su sombrero con plumas y su calzón de
punto con polaina negra, o bota de charol en los oficiales, requerían un
gran gasto para el equipo de éstos, pero Don Felipe no reparaba en nada
con tal de que pudiera ir su primogénito en el cuerpo, donde mandaba una
compañía su primo Don Joaquín de Puelles Tariego, hermano de su señora
y que se hallaba en esta época en dicha altura por ser un oficial de los
más entendidos y brillantes. Su hermana Catalina recomendó a su
hermano a su querido hijo Francisco, y éste le ofreció a su vez
llevarlo como un hijo, pues poco menos era con el doble vínculo que lo
unía. Antes de pasar a su regimiento, que se estaba organizando en el
pueblo de su cuna y nombre, pasó Don Francisco por Madrid, donde se
detuvo con su tío Marcelo y su primo Julián, el que al verle tan
arrogante y gentil, quiso que se quedase en la guardia, pero él, por
obedecer las instrucciones de sus padres, siguió su ruta a Valencia,
donde se incorporó con su seguimiento y con su tío. Había mediado el año 1794, cuando el nuevo regimiento de Valencia, que tardó más de un año en instruirse y disciplinarse, pasó al Ampurdán, donde se batían franceses y españoles, aquellos mandados por distintos generales, pues los diputados de la Convención Nacional, ceñidos sólo de su banda tricolor, mas revestidos del poder omnímodo de Procónsules, eran los verdaderos jefes y deponían y nombraban a éstos cuando lo tenían por conveniente al triunfo de las armas de la República, victoriosa ya en este tiempo en todas sus fronteras ; nosotros éramos comandados por Ricardos, nuestro general en jefe en el Rosellón. Tras algunos ligeros triunfos al principio de la campaña que nos envanecieron por demás, habiéndonos internado en un territorio cuyos habitantes, animados de un vivo entusiasmo, nos hacían la más cruel y viva guerra. Mal provistos y racionados los nuestros, aunque valientes, fueron a poco presa de la disentería y de la miseria y habían concluido por ponerse en retira- da, viéndose a la vez invadido nuestro país. Del mismo modo, en los Pirineos occidentales, o séase Navarra española, los franceses habían rebasado la frontera en persecución de Caro, que se había obligado a abrigarse bajo las ruinas de Pamplona. Esta ciudad y la de Figueras al extremo de la otra línea estaban a punto de sucumbir, y el monarca confiado y su menguado favorito, que creyeron sofocar el fuego en la casa ajena, vieron la suya propia en principios de abrasarse, no sólo con la pérdida del territorio, sino con las mismas sociedades secretas que, esparciendo las nuevas ideas de progreso y libertad, habían saludado la aurora de la civilización moderna, que se asomaba tras las cumbres de los Pirineos y que iluminaba con sombrías tintas las lobregueces que envolvían a la Península entera, hecha presa de una reina desenfrenada y de su favorito sin talento. Carlos IV, en sus cazaderos del Pardo, vagaba con su arcabuz sin dar acuerdo de su persona tras los ciervos y jabatos, cual su hermano Fernando en Nápoles con su caña de pescar, codicioso de lampreas, dejando ambos a la vez a María Luisa y Carolina entregadas por completo en las ricas herencias: florones de Carlos V, y éstas, al dar a sus validos abyectos los timones, preparaban la ruina de todos. En tanto, una generación de gigantes dominando la Francia preparaba sus conquistas, harto factibles atendida la inercia y agección (sic) de los unos, que formaba contraste con la energía patriótica y [el] prestigio de los otros. Nuestro abuelo, en tanto, al lado de su tío Joaquín y formando de cadete en las filas de un cuerpo, tocándose con el codo en los combates, siguió el resto de esta desastrosa campaña, en que, aunque teníamos soldados rápidos y valientes, carecíamos por completo de generales y del númen y entusiasmo que embriagaba a las falanges republicanas. Nuestros movimientos, que se concretaban a puramente defensivos, eran tardíos y desacertados ; nuestro ejército estaba por racionar y vivía merodeando sobre un país harto pobre y acotado, y vagábamos inciertos descorazonados, ateridos y hambrientos por las vertientes de los Pirineos en lo más crudo del invierno, mientras que los batallones de conscriptos, halagados de la victoria, acampaban cómodamente en nuestras poblaciones fronterizas. Por conclusión, nuestro ejército estaba en plena derrota y desaliento en ambas líneas, más que por los ataques de los contrarios, por la pésima administración militar y por el desmayo consiguiente a continuos reveses debidos a los jefes y a la mano del Gobierno. Perdidas Figueras y Bilbao y en vísperas de abrir sus puertas Pamplona tuvo Godoy que pedir la paz humildemente, suscribiéndose ésta vergonzosamente en Basilea por mano de nuestro plenipotenciario Iriarte, por la que tuvimos que ceder la parte española de la Isla de Santo Domingo, una porción de fragatas y gran número de millones que acabaron de dejar exhausto el Tesoro ya vacío. El favorito, a quien debían humillar tan tristes consecuencias, lejos de esto se creyó autor del pensamiento del Tratado y el restaurador del sosiego, dándose en premio de tantos y tales reveses y desgracias el fastuoso título de Príncipe de la Paz y entroncándose con una Infanta de Castilla. Nuestros parientes, que tanto habían padecido en la campaña, pues es harto sabido que en las derrotas y retiradas es cuando los ejércitos sufren más, pasaron con su regimiento a las provincias castellanas fronterizas a Portugal, y estando cerca de sus casas y familias, pasaron a verlas, donde nuestro abuelo encontrose huérfano de su tierna madre Catalina y don- de los dos se proponían descansar de sus penalidades algunos meses, y enseñando un solo grado que de la guerra traían, mostraban sus pies destrozados por falta de calzado durante ella, y sus escuálidos y demacrados semblantes a resultas de los ayunos y miserias que los envolvieron todo aquel tiempo. En este mismo [tiempo] estaba cursando nuestro tío Felipe Filosofía en Burgos ; allí vio y abrazó por última vez a su hermano Francisco, que le decía: “No seas nunca militar, ni sirvas a Gobiernos tan ruines, pues las escaseces y trabajos, que nos han diezmado más que las balas enemigas, van siempre con el despotismo y la inmoralidad”. Este, que retuvo siempre las palabras últimas que oyó a Francisco, las guardó de tal modo (como me decía medio siglo después) que nunca pudo desechar de su memoria la relación que nuestro abuelo le hizo de sus padecimientos de Cataluña, que juró nunca acercarse a la milicia, a que antes se hallaba inclinado, disuadiendo también a su padre, que quería mandar al más pequeño, Manuel, a la sombra del mayor. Vuelto éste después de algún tiempo al acantonamiento de Zamora, en ella le dejaremos, volviéndonos con el tío Felipe a Madrid, a donde su padre lo mandó para que auxiliado de su hermano Marcelo cursara la carrera de Leyes en la Universidad de Alcalá de Henares, como en efecto lo hizo un año. Un curso entero estuvo éste en Alcalá, en su famosa Universidad fundada por el gran Cisneros, arrastrando la hopalanda y el manteo, pero viéndolo el tío tan discreto y cortesano en sus maneras, estando él ya en edad provecta y sin hijos, pues por cumplir con el mundo, como él decía, se había casado un año antes con una antigua amiga de juventud para que lo cuidase en su vejez, y de quien hasta ignoramos su nombre, le propuso asociarse a él, [asegurándole] que lo dejaría por heredero del repuesto de vales que ya tenía y de sus muchos y ricos clientes. Travieso y despejado, el Felipe consultó con su padre, y recibiendo una contestación favorable desde Pampliega, donde se hallaba, se acomodó con su tío, ahorcando sus manteos de estudiante. Era nuestro tío Felipe, a quien embebido escuché muchas veces, un hombre digno por más de un concepto de estudiarse, porque todo personificaba en él su origen, sus opiniones y sus creencias, y en el gran tacto y conocimiento que había adquirido con la práctica de los hombres y de las cosas. Discernía con tal acierto y con tan buen tino como el más consumado dialéctico, y bajo su exterior cortesano y afable resaltaba en él un gran fondo de prevención contra todo y de egoísmo positivo. Incrédulo hasta tocar en el materialismo, se veía en él una encarnación de la filosofía volteriana, y como tal no se cuidaba más que del individualismo, porque donde falta la fe que nos hace filántropos entra el apego instintivo de lo que a uno sólo toca, y no se ve en los demás seres más que instrumentos que puedan ayudar al bien propio o estorbos que es preciso desechar y no tropezar en su camino. Es el mundo para estos hombres, que el siglo pasado educó en sus principios desorganizándose, un juego de ajedrez donde las personas son piezas y las situaciones las jugadas y es menester manejarlas en forma de ganar siempre y de que pierdan los demás. Por lo demás, su claro entendimiento y su larga experiencia, que tanto le había aleccionado, le hacían hablar como un libro, pero era un volumen impreso que podía continuar la segunda parte de la célebre obra de los ‘Príncipes’ de Maquiavelo. Dejémosle hablar como la mejor autoridad de todas y que nos haga una pintura de los tiempo de su juventud ; oigámosle discurrir sobre ellos y veremos un bosquejo exacto del siglo que vio finar y del que había visto empezar y medianar, todo bajo el prisma de su personalidad o de lo que [le] había atañido. “Figúrate, Manuel”, me decía, “que yo llegué a Madrid como un hombre vendado por las ilusiones y cansado de rezar al lado de mi padre y hermanitos, que no hablaban más que de la santidad y virtudes de mi madre recién muerta y de los trabajos y peligros que había pasado y corrido mi pobre hermano Francisco. Tan harto quedé de rezos y oraciones, que me propuse no rezar más en mi vida, calculando que toda aquella cantidad, dividida en todo el tiempo que pudiera vivir, quedaba siempre cada día con un cociente respetable y no necesitaba asegurar mi porvenir en este mundo, pues creía tener ganado por demás suficiente terreno para no perder nunca al otro. En Madrid me encontré lo que yo me proponía, un ancho campo para mis deseos y coyunturas sobradas para asegurar mi suerte con tal de que yo supiera aprovecharlas”. “Mi tío Marcelo, hombre machucho (sic) y regalón, aunque cortesano, era en su temple y propensiones de la escuela de mi padre ; me acogió bien y creyó apto para todo. Mi primo Julián, el mayor mozo de la Corte y a quien yo le llegaba empinado a la cintura, vio en mi travesura y genio natural un motivo de entretenimiento, y tal vez un buen escudero, y yo, que comprendí toda la importancia de su papel, me trabé a los faldones de su casaca, y mientras que él obsequiaba a las grandes señoras, yo, más modesto y joven, me avenía a festejar a las doncellas y damas de honor. Armado de un precioso reloj que me regaló y cosa de mucha estima en esa época y un precioso espadín que a él no le serviría por corto y a mí casi me arrastraba y un buen chambergo con su gran pluma de gallo, teniendo asegurada mi comida, el lavado de mi ropa y una buena cama, me creía yo, y en efecto lo era, casi superior a otros más altos, pero que tuvieran cargos. El bolsillo de los dos era mi cofre, y cuando gastaba una pelucona sabía dónde había de buscar y hallar la que había de remplazarla. En los primeros tiempos observaba, más que trabajaba, con mi tío ; era preciso que yo satisfaciese mi curiosidad de provinciano”. “Los reyes me parecieron poca cosa y no correspondieron a la alta idea que yo tenía formada de este linaje de hombres ; los creía más majestuosos y dignos y los hallé de cerca hasta ridículos y deslucidos. Sería tal vez porque los veía a la penumbra de Godoy, que era un buen mozo, pero infatuado por su loca fortuna. La Duquesa famosa que favorecía con sus extremos al primo era ya una mujer gastada y marchita por los deleites, pero con la dignidad y las maneras de la primera rica hembra de España. Y bien, sea por la prevención que yo tenía en contra de todo después de ver a los reyes tan pequeños, es lo cierto que al Gobierno, Consejos e Instituciones, todo lo encontraba raquítico y mucho más nulo de lo que yo me podía figurar. Y como quiera que había leído algo sobre los prodigios que se habían obrado en la Francia con menos motivo, me parecía que aquí también el edificio se bamboleaba y que caería al menor soplo que de allí viniere. Faltaba también aquí un pueblo, porque nuestro país estaba muy atrasado por entonces , pero tenía fe en la clase media, que era la primera en despertarse ; ninguna en la nobleza, que se daba la mano con la plebe, aunque estaban en los dos extremos”. “La clase eclesiástica estaba tan sobrepujante y era tan numerosa que constituía un poder del Estado por sí sola con sus legiones innumerables, y que criados en la glotonería y holganza no estaban por dejar las ollas de Egipto. La parte ilustrada de los conventos era republicana y descreída ; en el fondo era la menor y tenía que ocultarse de la mayor parte y mirar a escondidas de lo más. La familia y ahijados de Godoy ocupaban todos los puestos, ser de este linaje o de la comuna de Extremadura, donde nació éste ; era de la suficiente recomendación para obtener empleos y lucros. Las mujeres, alma de la sociedad, estaban como ésta, y eran fanáticas y tontas en lo general, comerciando a lo divino con los padrotes mofletudos, o filósofos despreocupados y descarados como las que cercaban a la Corte traficando también a lo humano. Unas eran de los frailes, otras, las menos pero las mejores, estaban por los militares y jóvenes a la moda. Madrid era una sentina cuyo fondo estaba aún más corrompido que la superficie, y había muy pocos hombres religiosos a corazón y de veras como el rey ; los demás, incluso los guardianes de los conventos y los más aptos dignatarios, creían que todo se reducía a una mascarada o coincidía donde era preciso representar bien el papel para que el vulgo ignorante no se escandalizara y concluyera por silvar”. “El negocio estaba en cubrir las apariencias y en saber contener la risa al ver la falta. Ya, que traía buenas y sanas ideas, comprendí que con ellas no compondría papel y tendría que pasar al sitio de los ciegos espectadores en vez de estar en el escenario, y tan buena traza me di, que a los dos años y cuando ya conocí el terreno ya podía andar solo y sabía dónde me apretaba el zapato. Mi tío Marcelo empezaba con sus años, y su magnífica clientela de conventos y consejos, de ricos mayorazgos de Extremadura y Andalucía en continuas pretensiones y que pagaban en oro y ricos presentes me los iba yo endosando, y si los franceses no hubieran promovido la guerra ésa que nos hicieron, pues en lugar de haber mandado de lugarteniente a José I el gran Napoleón, a quien, entre paréntesis, vi varias veces y ojalá hubiera podido decírselo, a Fernandito, que era hijo de su madre, le hubiera salido todo mejor y más barato, dándole provincias sumisas sin tener que conquistarlas palmo a palmo ; el no hubiera caído, lo que sentí porque era un grande hombre, aunque fuera poco mayor que de mi talla. Y yo viví la guerra que se promovió y llevó los negocios a Cádiz. En vez de cómo estaban antes de su llegada, tendría hoy un barrio entero por mío y muchos millones ganados todos honradamente, porque en eso no he pasado penas por nadie, en vez de mis tres casitas y de cuatro ochavos con moho de aquellos tiempo en que los gané. Satisfecho y hubiera podido ser, más útil a mi familia, y no habría habido parientes pobres como mis sobrinos los hijos de Victorina, ni cortados de todo el mundo como los de mi hermano Francisco, en un confín de Andalucía, ni mi honrado padre habría muerto en Burgos dejando por todo su caudal sus árboles genealógicos, cuatro títeres viejos, dos hijos sin colocación y los nietos de otros dos hijos sin mayor abrigo. Todo esto nos los perdimos todo y se hubiera salvado con el filón que me dio el tío Marcelo a conocer y que él no supo explotar, si no sucede la abdicación de Bayona y la venida de Murat”. Así se explicaba, y aún con mayor consciencia y elegancia, aquel diestro artesano, aquel hombre engendrado y nutrido con la filosofía del siglo XVIII y aleccionado con los desengaños y [el] escepticismo del presente que conoció mediar. Hablando de su tío Marcelo repetía: “Poco o nada me dejó en bienes, pero me hizo rico con sus conocimientos ; mi empleo en juros y vales reales fueron letras que al quebrar el Gobierno y los gremios que los habían de satisfacer fueron protestadas e inútiles, y era preciso retirarlas hasta de la circulación. Da la pena de ver esto y no haber gastado este dinero alegremente como el que más. Se murió lleno de años, porque si le coge joven esta quiebra, tal vez se habría tirado al canal. Su pobre mujer, que estaba hecha a contentarse con poco de toda su vida, se quedó con los muebles y alhajas y me dejó los legajos sin dejarme su clientela, porque ya ésta era mía seis años antes de morir él”. Esta
última parte era en el fondo una gran verdad ; la primera tal vez una
gran mentira. De todos modos, nada se le puede reprochar, porque fue su
verdadero hijo y a quien dejó por heredero de todo tras los días de su
mujer. Absorto me quedaba yo de aquella familia, y más que nada y sobre
todo de que eran cuentas aritméticas sus apreciaciones de casi infalible
resultado y aforismos de la ciencia del mundo, la más difícil de
aprender de todas en la teoría. Qué lástima que aquel hombre tan pequeño
de cuerpo y tan grande en inteligencia y en honradez no hubiera sido un
Ministro de Hacienda o de Gobernación, por lo que es de callar en su
severo carácter y en sus pocas o ningunas creencias , tal vez no lo habría
advertido, pues tenía la desgracia de no
creer casi en nada, defecto y escepticismo que sacó y heredó en
que se educó y de la época de defecciones, miserias, debilidades y
desencantos en que él había tenido que representar su papel barajándose
con todas las clases y condiciones. En política simpatizaba con las
doctrinas del 89, el código que él admiró en su juventud y que vio
copiado en el nuestro del 12, pero le causaba tal hastío la política
actual, tan mezquina y problemática, que no quería ocuparse de ella, y
no tenía más órgano de noticias que el Diario
de Avisos de Madrid para saber con fijeza dónde estaba lo mejor y más
barato. Pero dejémosle ahora dormir en su sepulcro como él creía para
volverlo a hallar más adelante, en que tendremos de nuevo que buscarlo. _______________________________________ Este
capítulo figura en el original manuscrito con el número 18, a causa de
un evidente error del autor. En los últimos años del siglo XVIII, tomando como base la reforma apoyada desde el poder central, se observa en la Universidad de Salamanca lo que algún autor ha llegado a mostrar como auténtico renacimiento universitario salmantino. En efecto, se gesta y eclosiona una nueva etapa de florecimiento científico e intelectual, madurando nuevas ideas y emergiendo los ideales liberales. El grupo de profesores que pone en práctica las reformas influye, además, poderosamente en la configuración del sistema liberal del XIX con su activa presencia en la Constitución de Cádiz. Es ahora cuando quedan restablecidas cátedras de orientación científica experimental, durante tanto tiempo postergadas, amén de organizarse los colegios de Filosofía y Jurisprudencia bajo la dirección de profesores interesados en adherirse al espíritu dominante en toda Europa. Este despertar, sin embargo, fue pronto cortado de raíz como reacción a los sucesos de Francia, persiguiéndose mediante la Inquisición cualquier espíritu inspirado en o simpatizante con las ideas revolucionarias. [HERNANDEZ DIAZ, J.M., “La Universidad de Salamanca”, en VARIOS, Historia de la Educación en España y América, op. cit., II, pp. 823-24] [VOLVER] La Declaración
de los Derechos del Hombre y del Ciudadano fue elaborada, como bien dice
el texto, por la Asamblea Nacional Constituyente en Agosto de 1789 a fin
de proporcionar una marco previo a la redacción de una constitución en
los primeros momentos de la Revolución Francesa, para lo cual se contó
con la colaboración de uno de los autores de la Declaración de
Independencia estadounidense, Thomas Jefferson, embajador en París en
aquel tiempo. Esta Declaración definía los derechos naturales del
hombre, entre los que consideraba básicos la libertad (individual, de
pensamiento, de prensa y credo), la igualdad (que debía ser garantizada
al ciudadano por el Estado en los ámbitos legislativo, judicial y
fiscal), la seguridad y la resistencia a la opresión. Aunque estos
principios fundamentales constituyeron la base del liberalismo político
del siglo XIX, no fueron aplicados al principio en la Francia revolucionaria: el monarca no aceptó que sus anteriores súbditos fueran
ahora soberanos, y la Asamblea Legislativa aceptó el veto del rey. Al
cabo de tres años se abolió la monarquía y se proclamó la República.
La Declaración tuvo gran repercusión en España y en la América española
y fue uno de los elementos fundamentales que estimularon la implantación
de nuevas ideas. [Encarta ’98
CD-Rom] Gengis Khan (del
chino chêng-sze, ‘guerrero
valeroso’, y del turco khan,
‘señor’) es el nombre por el que es conocido Timuyin (c. 1167-1227),
conquistador mongol cuyos ejércitos nómadas crearon un vasto Imperio
bajo su poder que se extendía desde China hasta Rusia. La grandeza del
khan como líder militar no sólo se debió a sus conquistas sino también
a la excelente organización, disciplina y maniobrabilidad de sus ejércitos.
Además, el dirigente mongol fue un admirable hombre de Estado ; su
Imperio estaba tan bien organizado que, según se decía, los viajeros
podían ir desde un extremo a otro de sus dominios sin ningún tipo de
temor o peligro. Sin embargo, mostró un salvajismo sin límites hacia sus
rivales y enemigos, y utilizó el asesinato como arma habitual en sus
conquistas. [ibid.] Al nombrar a los componentes del ejército revolucionario
francés se hace aquí referencia a la historia de la antigua Roma, donde
el título de patres conscripti
(‘padres conscriptos’) de- signaba, según Mommsen, a dos grupos
distintos dentro del estamento senatorial: los senadores patricios
(padres) y los senadores plebeyos (conscriptos), que también eran
admitidos por el rey, y luego por los censores, para ser inscritos en el
álbum senatorial. Según otra teoría, la expresión designaba a todos
los senadores del período monárquico, a causa de su inscripción común.
[Nueva Enciclopedia Larousse, op.
cit., pg. 2.235] Este paralelismo entre la Revolución Francesa y la
antigua monarquía romana no es, ni mucho menos, casual, ya que, por
ejemplo, dentro del propio movimiento revolucionario, la ‘Conspiración
de los Iguales’ (1796), liderada por François-Noël -Gracchus- Babeuf,
se inspiró declaradamente en la Roma de los Gracos, como indica el
sobrenombre de su jefe. [MANUEL, Frank, y MANUEL, Fritzie P., 1991 El
pensamiento utópico en el mundo occidental (II), Madrid, Taurus,
pp. 55 ss.] Nos referimos aquí a Marie Joseph Motier, marqués de La
Fayette (1757-1834), líder militar y político francés que luchó en el
bando de los rebeldes de las colonias durante la guerra de la
Independencia estadounidense y que, más tarde, desempeñaría un papel
importante en la Revolución Francesa. En 1789, pasó a ser miembro de la
Asamblea Nacional, en la que se promulgó la Declaración de Derechos del
Hombre y del Ciudadano. La Fayette fue un liberal moderado, partidario de
una reforma social compatible con el mantenimiento del orden pú- blico.
Esta actitud le supuso la enemistad de los monárquicos, que consideraron
que su pos- tura era una traición a su clase, y de los jacobinos, que creían
que no era un firme defensor de las mejoras sociales. La Fayette mantuvo
sus convicciones democráticas, incluso cuando sus bienes fueron
confiscados durante la Revolución, y fue durante toda su vida un
ferviente defensor de la igualdad social, la representación popular en el
Parlamento, la tolerancia religiosa y la libertad de prensa. [Encarta ’98 CD-Rom] La Marsellesa, con música y letra de Claude Joseph Rouget de Lisle (1792), una de las canciones más populares durante el periodo revolucionario, que luego (a partir de 1795) sería el himno de la nación, comenzó a hacerse popular con motivo de la invasión de Francia por parte de los ejércitos austríacos ; entonces la Asamblea Legislativa declaró el estado de excepción después de que Cerdeña y Prusia se unieran a la guerra contra Francia. Se enviaron fuerzas de reserva para aliviar la difícil situación en el frente, y se solicitaron voluntarios de todo el país en la capital. Cuando los refuerzos procedentes de Marsella llegaron a París, iban cantando un himno patriótico nuevo, que es el que se conoce desde entonces como La Marsellesa. El hecho de que a Manuel María de Puelles le resultara ‘una música extraña’ se debe probablemente a que esta composición tiene una estructura bastante compleja que usa una gama de una novena y saltos de hasta una sexta menor, algo no acostumbrado en la música militar española de aquella época. [ibid.] [VOLVER] Antes del siglo XVIII, momento de
surgimiento de la idea de Estado nacional moderno, las entidades políticas
estaban basadas en vínculos religiosos o dinásticos: los ciudadanos debían
lealtad a la Iglesia o a la familia gobernante. Inmersos en el ámbito del
clan, la tribu, el pueblo o la provincia, la población extendía en raras
ocasiones sus intereses al espacio que comprendían las fronteras
estatales. El gran punto de inflexión
en la historia del nacionalismo en Europa fue la Revolución Francesa. Los
sentimientos nacionales franceses se habían encarnado hasta ese momento
en la figura de su rey. Como resultado de la Revolución, la lealtad al
monarca fue sustituida por la lealtad hacia la patria. Francia alcanzó de
hecho un gobierno representativo cuando la Asamblea Nacional sustituyó en
1789 a los Estados Generales, cuerpo asambleario que reunía en grado de
representatividad desigual al clero, la aristocracia y el pueblo. La
administración territorial, anteriormente muy regionalizada fue
sustituida por otro sistema muy centralizado y que imponía instituciones
y leyes comunes a todos los ciudadanos. Las tropas francesas
transmitieron este espíritu nacional derivado de la Ilustración a otros
países y áreas geográficas, como Latinoamérica, que impregnada de los
ideales de liberación e independencia iniciaría pronto su proceso de
emancipación. [ibid.] Se había desencadenado la Guerra
de la Convención, también llamada ‘de los Pirineos’. Tras
la ejecución de Luis XVI (21 de enero de 1793), el secretario de Estado
español Manuel Godoy firmó con Gran Bretaña una alianza antifrancesa.
Al principio, aunque la República se movilizó primero y el 7 de marzo
rompió las hostilidades, las tropas españolas llevaron la iniciativa.
El general español Antonio Ricardos invadió el Rosellón, mientras que
una flota angloespañola operaba en Tolón (Toulon) en ayuda de los
realistas. Sin embargo, una leva masiva en Francia logró cambiar el signo
de la contienda. El ejército republicano francés asedió y reconquistó
la ciudad de Tolón. En esta batalla Napoleón Bonaparte se distinguió
como un brillante oficial de artillería. Durante las campañas de 1794 y
1795 los republicanos penetraron en Cataluña, el País Vasco y Navarra, y
llegaron a ocupar Miranda de Ebro. Ante el peligro, Godoy se vio
obligado a firmar la Paz de Basilea (27 de agosto de 1795) sin contar con
sus aliados. Por la Paz, España cedía a Francia su parte de la isla de
Santo Domingo a cambio de recuperar los territorios ocupados por los
republicanos al sur de los Pirineos. [ibid.] En los siglos XVII y XVIII se establecieron sociedades secretas con fines científicos o de subversión política. Algunas, como la orden de los rosacruces, mezclaban la ciencia con el misticismo, otras se convirtieron en importantes centros de disensión política. La conocida como Hijos de la Libertad fue creada en las colonias estadounidenses en el siglo XVIII para hacer frente al dominio británico. En España y América Latina se tiene noticia de ese tipo de organizaciones a lo largo del siglo XVIII, establecidas para enfrentarse al absolutismo y luchar por el progreso, la libertad y en algunos casos formas republicanas de gobierno. En cuanto a la masonería se tiene noticia de una logia madrileña fundada por el duque de Wharton en 1728 y otras de escaso relieve en Gibraltar, Menorca y Cádiz. [ibid.] [VOLVER] A partir de
entonces la política exterior española quedó vinculada a los intereses
franceses: por el Tratado de San Ildefonso (agosto de 1796) el Directorio
francés dispuso de la flota española para luchar contra Gran Bretaña.
La consecuencia más dramática fue la derrota de la Armada española en
el cabo de San Vicente (1797) y el desastre de Trafalgar (1805). Al
contrario que la de Salamanca, esta Universidad siguió en el XVIII con la
crisis del siglo anterior hasta la reforma de Carlos III, aunque un
informe de Floridablanca dice que en este Centro no existía interés
alguno por la reforma del Plan de Estudios, a pesar de ser el único al
que se le dieron unas directrices para que incorporasen las tendencias
modernas. Ese grado de postración venía dado, entre otras cosas, por la
mala dirección de los colegios mayores ; los catedráticos y regentes se
ausentaban de las clases, entreteniendo su tiempo en labores más
productivas fuera del marco universitario. Un aspecto positivo, sin
embargo, fue la creación (1725-1737) de las Academias de Jurisprudencia
de San José y Nuestra Señora de Regla, así como la reposición en 1734
de las cátedras de Retórica y de Griego. Por las causas arriba
esbozadas, a Alcalá le salió un fuerte competidor, precursor del
traslado posterior a la Universidad de Madrid: los Estudios de San Isidro,
un instituto aureolado de un innegable espíritu renovador. [GONZALEZ
NAVARRO, R., La Universidad de Alcalá,
en VARIOS, Historia de la Educación
en España y América, op. cit., pp. 825 ss.] La
hopalanda era una vestidura amplia utilizada por ambos sexos a fines
del siglo XIV y durante todo el XVI y parte del XVII. Las mangas eran
anchas, y el talle generalmente fruncido ; la de los hombres iba abierta
por delante y por los lados, y la de las mujeres, los doctores y los
colegiales universitarios solía tener además cola. Las había forradas
de piel. Desde finales del siglo XVI tendió a transformarse en una casaca
más o menos larga. En el siglo XVIII se llamó todavía así a veces a
una especie de levitón. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 4.965] Capa
larga que llevan los eclesiásticos sobre la sotana, utilizada
antiguamente por los estudiantes universitarios. [Diccionario
Enciclopédico Hispano-Americano, op. cit., XII, pg. 309] El carácter contradictorio de Voltaire se refleja tanto
en sus escritos como en las opiniones de otros. Parecía capaz de situarse
en los dos polos de cualquier debate, y en opinión de algunos de sus
contemporáneos era poco fiable, avaricioso y sarcástico. Para otros, sin
embargo, era un hombre generoso, entusiasta y sentimental.
Esencialmente, rechazó todo lo que fuera irracional e incomprensible y
animó a sus contemporáneos a luchar activamente contra la intolerancia,
la tiranía y la superstición. Su moral estaba fundada en la creencia en
la libertad de pensamiento y el respeto a todos los individuos, y
sostuvo que la literatura debía ocuparse de los problemas de su tiempo.
Estas opiniones convirtieron a Voltaire en una figura clave del movimiento
filosófico del siglo XVIII ejemplificado en los escritores de la famosa
Enciclopedia francesa. Su defensa de una literatura comprometida con los
problemas sociales hace que Voltaire sea considerado como un predecesor de
escritores del siglo XX como Jean-Paul Sartre y otros existencialistas
franceses. [Encarta ’98 CD-Rom]
Esta caracterización no se corresponde en absoluto, como puede verse,
con la que hace el autor de su presuntamente ‘volteriano’ tío, cuya
ideología se parece más a la del pensador del siglo XIX Max Stirner
(1806-1856), egoísta absoluto para quien, efectivamente, el
‘individuo’ era la única realidad y el único valor. [ABBAGNANO, op.
cit., III, pp. 157 ss.] La
obra en cuestión se titula en realidad ‘El Príncipe’. Se
refiere, naturalmente, a Fernando VII (1784-1833), rey de España, último
monarca re- presentante del absolutismo. Hijo de Carlos IV y de María
Luisa de Parma. Durante el reinado de su padre dirigió un partido
cortesano de oposición al primer ministro Manuel Godoy. Este partido
aprovechó el descontento popular provocado por la entrada de las tropas
francesas en España y consiguió desencadenar una revuelta popular
conocida como Motín de Aranjuez
(1808), que provocó la destitución de Godoy y la
abdicación de Carlos IV. Fernando VII, junto a toda la
familia real, fue trasladado a Bayona por Napoleón Bonaparte, quien le
forzó a renunciar a la Corona española en su favor. Napoleón nombró
rey de España a su hermano José, quien reinó hasta 1814 con el nombre
de José I.
Durante la guerra de la Independencia, el Consejo de
Regencia, constituido en España para oponerse al gobierno de José I,
reunió Cortes en Cádiz (1810), las cuales declararon “único y legítimo rey de la nación española a don Fernando VII de Borbón”, así como nula y sin efecto
la cesión de la Corona a favor de Napoleón. Su ausencia de España
durante estos años
explica su sobre- nombre de ‘el Deseado’.
En 1814, acabada la guerra, Fernando VII regresó a España.
En Valencia, un grupo de diputados presidido por Mozo de Rosales le
presentó un documento, el denominado Manifiesto de los Persas, en el que
le aconsejaban la restauración del sistema absolutista y la derogación
de la Constitución elaborada en las Cortes de Cádiz (1812), cosa que
efectivamente llevó a cabo. [Encarta
’98 CD-Rom] Joachim Murat (1767-1815), mariscal
de Francia y rey de Nápoles, era hijo de un mesonero francés y abandonó
los estudios de Teología para alistarse en el ejército cuando estalló
la Revolución Francesa. Fue uno de los oficiales de Napoleón Bonaparte y
participó en las campañas de Italia y Egipto. Contribuyó a las
victorias de Napoleón en Austerlitz (1805), Je- na (1806) y Eylau (1807).
Se le concedió el título de gran duque de Berg en 1806. En 1808, Napoleón
le nombró general en jefe del Ejército de España. Murat, que pretendía
ascender al trono español, fue el artífice de la abdicación de Fernando
VII, rey de España, en Bayona, lo que condujo al levantamiento madrileño
del 2 de mayo contra la invasión francesa. Murat la reprimió con dureza
y posteriormente Napoleón le proclamó rey de Nápoles con el nombre de
Joaquín I (1 de agosto de 1808). Murat reemplazó a Bonaparte en el mando
del Ejército que emprendió la campaña contra Rusia (1812). Después
de derrotar a los austriacos en Dresde (1813) y participar en la batalla
de Leipzig (1813), firmó un tratado con Austria ; sin embargo, tan pronto
como tuvo noticias de que Napoleón había huido de la isla de Elba, entabló una precipitada guerra contra los austriacos siendo derrotado en
Ferrara y Torentino (1815). Se refugió en Córcega tras la caída
definitiva del emperador francés y fue ejecutado después de intentar
reconquistar Nápoles. [ibid.] Los gremios de artesanos, conocidos en Francia como corporations
de métiers, artes en
Italia, y Zünfte o Innungen en
Alemania, surgieron a principios del siglo XII cuando grupos de artesanos
pertenecientes a un mismo oficio se agruparon imitando el ejemplo de los
comerciantes de la ciudad para defender sus intereses. En algunos casos
la asociación tuvo en su origen una motivación religiosa, como la creación
de cofradías para venerar a un santo patrón, pero al comprobar que
todos sus miembros tenían el mismo oficio, empezó a preocuparse más
por las necesidades económicas de los miembros que por sus objetivos
religiosos. Los miembros se dividían en tres clases: maestros, oficiales
y aprendices. Entre los siglos XIV y XVI los oficiales se fueron asociando
para exigir mayores sueldos y mejores condiciones laborales, a veces
declarándose en huelga. Las asociaciones de oficiales se consideran
precursoras de los actuales sindicatos, debido a su defensa de los
derechos de los trabajadores. Sin embargo, en el siglo XV el poder de
los gremios de artesanos empezó a decaer. La causa principal de su
declive y posterior desaparición fue el advenimiento de un nuevo sistema
productivo, el capitalismo, que favorecía la competencia entre
productores en los distintos mercados y una distribución masiva de
productos. [ibid.] El
deísmo fue una filosofía
religiosa racionalista que prosperó en los siglos XVII y XVIII, de forma
muy acusada en Inglaterra. Los deístas mantenían que un cierto tipo de
conocimiento religioso (a veces llamada religión natural) es o inherente
a cada persona o resulta accesible a través del ejercicio de la razón,
pero negaban la validez de las afirmaciones basadas en la revelación o en
las enseñanzas específicas de cualquier credo. Los deístas colaboraron
mucho en configurar el clima intelectual de Europa en el siglo XVIII. Su
énfasis en la razón y su oposición al fanatismo y la intolerancia
influyeron de manera notable en los filósofos británicos John Locke y
David Hume. En Francia, Voltaire llegó a ser un verdadero defensor del deísmo e intensificó la crítica racionalista de sus predecesores a las
Escrituras. Sin embargo, mantuvo la opinión de los deístas británicos
de que existe una divinidad. Otras versiones del deísmo, algunas de ellas
próximas al ateísmo, fueron defendidas por varias personalidades
destacadas del Siglo de las Luces. [ibid.] Se refiere al rotativo denominado originalmente ‘Diario de Madrid’, periódico publicado en esa ciudad desde 1758 a 1918. En su primera etapa fue el famoso ‘Diario noticioso’ de Nipho y Lozano (1758). Cambió de título en 1784, pasando a llamarse ‘Diario curioso, erudito, económico y comercial’ bajo la dirección de Santiago Thevin, en cuyo poder (y en el de sus sucesores) siguió hasta 1825. Desde entonces y hasta 1836 se llamó Diario de Avisos de Madrid, y de 1847 hasta 1918, ‘Diario oficial de avisos de Madrid’. Hasta 1788 era un diario de noticias que contenía además informaciones eruditas con una orientación ilustrada, lo que motivó diversas prohibiciones ; posteriormente se convirtió en un periódico meramente informativo, lo que facilitó su publicación en épocas de restricción, en que sólo aparecían periódicos oficiales. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 2.923] [VOLVER] |