HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES
Capítulo 18
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Aspiraciones y tendencias de esta obra.
Continúa el relato de la descendencia de los Puelles Sánchez de Ampudia,
tronco de las actuales ramas en Castilla, León, Galicia y Cuba.
Establecimiento en Tordehumos y Villabrajima de algunos de ellos y situación
de los que se quedaron en su villa natal hasta mediados del siglo XVIII.
Continuación de la historia de los conocidos hasta el presente.
Reflexiones sobre el alejamiento y dispersión de los actuales, su situación y su porvenir respecto a su pasado.-
Necesito, antes de emprender el gravísimo e imperfecto trabajo que abarcará este capítulo, en el que voy a tratar de la transplantación de la familia por los pueblos y comarcas de la antigua Castilla y reino de León siguiendo a la ligera a los cabezas de familia y perdiéndome en la oscuridad y confusión como la mayor parte de sus individuos, sin tener un nuevo Dédalo o hilo de Ariadna que me sirva de guía en este laberinto y pueda sacarme de él, hacer alto y respirar explorando algunas consideraciones que creo debo hacer en este lugar. Nada me halaga, ni ninguna retribución me ha fascinado en el que me guía de escribir y esclarecer a lo sumo y en cuanto mis cortos medios han alcanzado para explanar esta materia y narrar cuanto supiera sobre lo que concierne a nuestra ascendencia, y si penosa y abrumadora es la marcha tortuosa en el camino de la historia de una familia particular, que por más antigua y esclarecida que en sus principios fuera no pasa de ser harto modesta en su posición para ver de tener cronistas o archiveros como han tenido otras más halagadas por la fortuna, doblemente dificultoso y casi rayano en lo imposible se ha hecho la compilación y ordenación de las noticias sobre sus ramas e individuos después de la dispersión de sus miembros en Ampudia a la muerte de Don Diego de Puelles Sánchez. Porque si la primera empresa ofrecía el inconveniente de seguir una marcha retrospectiva y larga sobre el origen del manantial, ofrecía en cambio la ventaja de encontrar alguna guía o foro entre los papeles de la rama segundona de Ampudia y hoy primogénita por la extinción de la de Autol, conservados aunque sin orden por nuestro tercer abuelo Don Manuel de Puelles Carpintero las ejecutorias referentes a la época de en medio, o sea de su instalación de dicha villa sacada por Don Diego de Puelles Sánchez, que vino desde la tierra de Miranda de Ebro, y las noticias de la casa señorial de Autol respecto a lo antiguo, suministradas por el entendido Barnuevo, viejo benedictino y cura hoy de aquella villa, así como lo escrito por los autores que hemos mencionado, que se han ocupado de los varones de nuestro apellido que dejaron su rastro o huella en la historia nacional. Pero después de esto, es decir, desde que se dividieron y volaron los pajaritos del nido paterno de Don Diego de Puelles Sánchez en Ampudia, desde que la situación triste de la casa del desarreglado hidalgo hizo que sus pobres hijos salieran casi a buscar fortuna confundiéndose con la generalidad y teniendo que trabajar con sus manos o que ejercitar su ingenio para sostener su prole numerosa que Dios por lo regular envía a los que deja desheredados, entonces casi se pierde la brújula en este mar nebuloso, y en vez de apuntes y árboles, sus individuos empobrecidos no cuidan de su historia ni de nada de lo que les atañe, y sí sólo de atender a su subsistencia y la de sus hijos, que no volverán tal vez a brillar más que a fuerza de prodigios de laboriosidad, porque su posición después de su caída les hace estar a mucha más distancia del pináculo de la riqueza, el poderío y el valimiento. ¡¡Triste suerte la de los que vienen a menos sin olvidar que han sido más ; necesitan singularizarse mucho para ver de recabar un mediano nombre o una desahogada posición!! Y esta misma ley a que está sujeta la humanidad entera hace que reflexionemos bien tristemente en las alternativas y azares que todas las familias tuvieron o han de tener para mejorar su suerte, la que se alza y baja a semejanza de las olas del mar, no habiendo grande y duradero más que Dios y sus atributos celestiales. ¡¡Cuántos gigantes de honradez, laboriosidad y virtud de probidad y de numen mueren ignorados y asidos como la ostra al peñón donde nacieron o al sitio donde despertaron a la vida por no haber nacido en alta y desahogada posición donde a menos trabajo se escala el cielo del poder!! De esta misma manera han sido y son tal vez parte de los varones de nuestro apellido, pobres habitantes de las aldeas de Castilla, y también lo serán dentro de poco más de medio siglo la descendencia numerosa y modesta nuestra en este mismo país donde fuimos trasplantados. Y digo y menciono todo esto no solamente para explicar el ímprobo afán que me ha animado en esta obra y las grandes dificultades que he tratado de vencer, que hubieran arredrado al más enérgico, sino para satisfacer de paso una objeción que alguno de los míos me ha hecho al verme luchar con esta marejada de tropiezos e inconvenientes, diciéndome: “¿Qué gloria reportarás de esto? ¿Qué les importará a los que te sobrevivan tus afanes? ¿Qué fruto te redundará de todos ellos? ¿Cuánto mejor no fuera que hubieras emprendido, en vez de este trabajo tan molesto e improductivo, una obra clásica o general de reconocida utilidad para ti y que tú pudieras llevar a cabo atendida tu fibra y el caudal de conocimientos que tienes en la historia, en la literatura y en mucha parte de las ciencias?” “¡Ay!”, debo yo contestar, por más que no me comprendan por ahora, “pues qué, ¿debo yo ir contra mis naturales propensiones, que me llaman a este género especial de tareas, cuando yo no siento ya tampoco estímulos de ambición, ni de interés, pues veo como el viajero fatigado el horizonte último donde debo hacer alto? ¿Y por otra parte, por qué he de perder estos datos curiosos y de estima grande para nosotros, que si los dejara por coordinar y cayeran de mi mano se perderían en el abismo de olvido cuando de éste mismo los he sacado como el infatigable buzo? ¿No es casi seguro que no es fácil hallar después de mi falta y su pérdida quien se tomare el trabajo de recogerlos, cuando en adelante tan fácil es llevar a cabo este momento curioso en su clase que muy pocos tendrán por ser una obra raramente original y nueva en su género, y que todas las progenies deberían tener a la mano como se estudia el Plutarco?” Además, ¿qué [de] nuevo ni importante pudiera yo decir en otras cosas que ya otros genios privilegiados no hayan tratado? ¿Iba yo, pobre abeja rezagada y perezosa, a seguir el rumbo de otras de más raudo vuelo o a libar flores agotadas y exprimidas por las que precedieron con doble fortuna? Mejor prefería quedar de zángano, a cuyo género pertenece la mayor parte de la humanidad. ¿No será mejor entrar en este terreno agreste y de reducido horizonte, pero virgen y rico o para nosotros, que es lo que únicamente me importa? Porque anhelo, ya que tan adocenado pudiera ser en lo general y que concierne a todos ser único y original en lo que a nosotros solos pertenece, tanto respecto de la familia como del pueblo de mi cuna, filones ricos e intactos del azadón del minero, seguro de que si hubiese muchos con mis ideas, mucho se tendría adelantado en cada casa y lugar para tener un caudal casi completo de su historia respectiva. Y por otro lado, y es para mí lo más esencial y que congenia con mi natural propensión, ¿si dentro de un siglo o dos uno de nuestro linaje sacara por idéntica causa que yo, cosa harto común y que se ve a menudo reproducida en la naturaleza esta misma inclinación y tendencia, y recorra estas pobres páginas que yo de todo corazón en particular le dedico, porque me comprenderá tal como fui y como yo quiero se me tenga, y si goza y se satisface con mis trabajos no quedaré completamente compensado con su veneración a mi memoria? A los demás de mis lectores, que no estimaron mi relato sino como mera curiosidad o sólo por lo que les interese el saber si tiene acción a alguna herencia del linaje, a ésos sólo les exijo en pago de este afán que en nuestra historia cumple un pequeño sufragio que cabrá como flor funeraria o gota de rocío celestial sobre mi silencioso y modesto sepulcro. En este sitio, sí es que desde él se descubre o transparenta algo de lo que pasa en el mundo, percibiré yo algo felicitaciones, no tanto por el mérito literario de mis obras, sino por el pensamiento entusiasta y puro que las produjera. ¡Generaciones que han de seguir a las actuales, gérmenes increados de otros hombres de mi estirpe aunque no hayan de ser de mi propia carne que habéis de venir a llenar los huecos que os dejemos y a firmar con nuestro antiguo y decoroso apellido, respetad éste por su antiguo decoro y lustre y [recor]dad también, Dios le perdone, al que estas líneas os deja trazadas, que tanto lo necesitará y tan de veras os lo pide! Quedaré con esto sólo harto pagado y retribuido de mis afanes sin que vosotros perdáis nada en ello tampoco, pues el omnipotente premia siempre los buenos deseos y aspiraciones, y éstos que gastéis en mí deseándome su misericordia y su gracia para mi eterno reposo en el seno de su inmensidad. Serían retribuidos si tal dicha alcanzara, pues podría ser un intercesor constante de mi casa y amada familia, que después del sol de la eterna justicia fue el objeto que más amé acá en la Tierra. Tras este breve desahogo de mi alma continuaré mi trabajo histórico y novelesco, pobre en su asunto para todos, pero de importancia suma para nosotros, pues nos puede dar aliento y fuerza en situaciones idénticas a las que describo, y sobre todo cuando más las necesitamos: en la adversidad para saber resignarse conservando la dignidad, y en la bienandanza y fortuna para no desvanecernos, pues todo es humo en el mundo que desvanece el soplo de la muerte. Ya vimos la situación triste en que quedó la familia arruinada en Ampudia por la muerte de Don Diego de Puelles Santos en las postrimerías del siglo XVII y el modo como Don Manuel, su segundo hijo y nuestro respectivo progenitor se dedicó con ardor al cuidado de su madre y hermanos, pues el mayor, Don Bonifacio, tomó plaza en el ejército, en el que tampoco ya se medraba, pues estaba expirante y sin prestigio las monarquía militar de la Casa de Austria en manos de su degenerado y último vástago, el impotente Carlos II. Bernardo, Juan y Francisco crecían y se desarrollaban, pero pobres como estaban y con sus humos tradicionales, prefirieron a la muerte de su madre, Catalina, buscar la subsistencia con su trabajo material, que era todo lo que sabían, en extrañas tierras, que servir en la propia a los que ellos miraban como inferiores, y al efecto tomando la atrevida resolución de emigrar, pasaron a la comarca fértil y dilatada de la Vega del Toral y se acomodaron como labradores desconocidos en Tordehumos y Villabrajima. Nada sabemos de sus primeros pasos en estas poblaciones donde regaron la tierra con el sudor de sus nobles frentes, sólo sí que al poco tiempo lograron, por su apostura y gentileza, que revelaba su nacimiento, como igualmente su comportamiento, llamar la atención de aquellos entre quienes se albergaron, logrando el bernardo, que era el más joven y apuesto en el dicho lugar de Tordehumos, casar con la rica señora Doña Margarita Ulloa de Celis y González, del antiguo linaje de este nombre e hija única de Don José y de Doña Manuela, personas muy respetadas y tenidas en la dicha población. Tenía Bernardo la particularidad notable, pero muy común en nuestra familia desde el entronque con los Torres, de ser rojo de pelo y de color, por lo que le llamaban ‘el Rojo de Ampudia’, circunstancia especial que aquí toco sólo para decir que este color se ha sucedido y se suele de continuo reproducir en nuestra familia de vez en cuando, siendo muy general en la descendencia larga de Don Bernardo, hoy derramada en Castilla y Galicia ; y aunque las otras ramas, y la mayor de Don Manuel, suministran menos ejemplares por ligar con familias de tez trigueña como la de nuestra madre, no por eso deja de presentarse el color rubio en todos los niños en su infancia, y hasta el rojo encendido de los Torres, como sucedió en nuestro primer hermano Antonio, particularidad que prueba lo que se graba e identifica el parecido en las facciones, caracteres y propensiones de los individuos de un linaje, reproduciéndose sus tipos como si estuvieran vaciados en un solo molde aunque pasen muchas generaciones. Mas continuando mi narración, diré que casado Don Bernardo en 13 de Febrero de 1694 en la Parroquia de Tordehumos, procreó entre otros a su hijo Don Bernardo de Puelles Villatronco, nuestro a su vez, pues por casamiento que éste hizo con Doña Isabel Martín Represa, hija de la misma villa, en 2 de Mayo de 1736 en la iglesia de Santiago, tuvieron entre sus hijos a Don Tomás, que casó en Alcañices con Doña María Tariego, padres que fueron de Doña Catalina de Puelles Tariego, nuestra bisabuela, casada con su tío Don Felipe de Puelles Montero, hijo mayor de la rama de Don Manuel de Puelles Sánchez, de cuyo tronco proceden ambos, ella por su bisabuelo Don Bernardo, hermano del anterior y del que volveremos a ocuparnos. Además de Don Tomás tuvo el segundo Bernardo a Don Juan Manuel, el mayor, que se estableció en Villabrajima con sus tíos Juan y Francisco, y troncos a su vez unos y otros de una numerosa progenie que quedó regada por Villabrajima, Tordehumos, Campazas y demás pueblos del reino de León en cantidad crecidísima y cuyas ramas y entronque nos son hoy completamente desconocidos. Tuvo, además, el Don Bernardo de Puelles Ulloa, a otro Bernardo y a Josefa, avecindados en Tordehumos, y a Don Antonio, que se estableció en León y que fue tan sumamente rojo que no le conocían en la comarca más que por ‘el Rojo de León’, el cual casó en dicha antigua ciudad con Doña Pascuala Fernández Posadilla y Vega, hija de Don Antonio y de Doña Rafaela, en 1784 en la iglesia de San Salvador del Nido, y fueron padres a su vez de otra numerosa progenie, a saber Don Juan de Puelles Fernández, que murió joven, Don Agustín, que residió y casó en León con Doña Leona Alfonso y de cuyo matrimonio existe hoy en la villa de Ponferrada Don Antonio el mayor, administrador de rentas y sordo, el que ha venido a ruina por su afición decidida al juego, herencia del Puelles Santos. Este señor casó con Doña Antonio Prieto de Villamañán en su primer matrimonio, teniendo por hijos al joven calavera Don Vicente, que disipó su legítima [herencia] materna de más de 6.000 duros alegremente, embarcándose después para Cuba, donde hoy se halla, y del segundo matrimonio tuvo su padre a Don Donato, Don Pedro y Doña Pilar, [ésta] de muy corta edad actualmente. Tuvo además Don Agustín otro hijo llamado Ignacio, residente hoy en León, soltero y empleado, y otra hija llamada Doña Cesarea, casada con un célebre arquitecto de nombre Don Perfecto Sánchez, [que son] padres de una crecida familia de Sánchez Puelles, bien acomodados y con carreras científicas: Don Isidro, Don Jacinto, Don Waldo, Don José y Don Perfecto, y las niñas Luciana y Carolina, casada con abogados ; con lo que concluye la rama de Don Agustín. Otro de los hijos de Don Antonio de Puelles Martín, ‘el Rojo de León’, es Don Saturnino, padre de otra porción de niñas, el cual de 72 años, después de largas navegaciones siguiendo el comercio con un primo millonario llamado Don Antonio de Casas Puelles, de Privacho, casó en Valladolid con una señora de la familia acomodada de Santander, muy conocida por su gran comercio de libros, se estableció después en Villamañán, rico pueblo del Valle del Toral, donde tiene buenas heredades y tráfico de vi- nos al lado de cuatro hijas con numerosos nietos, el cual a su edad de setenta y pico de años goza de una salud excelente, escribe con una letra hermosa y parece destinado a ser el Néstor o patriarca de las actuales generaciones. El es [el] que me ha suministrado todas las noticias referentes a las ramas de Castilla y Galicia, y dentro de mis carpetas queda su correspondencia curiosa. Existen otros dos hermanos de Don Saturnino y de su avanzada edad en Ribadeo, donde se trasladaron de muy jóvenes y donde se fijaron al lado de sus primos, ricos comerciantes, los Casas Puelles, teniendo una multitud de hijos, nietos y biznietos dedicados a la vida del mar ; algunos de ellos son capitanes de buques mercantes, como Don Valero de Puelles, que manda la fragata ‘Simón’, establecido hoy con su mujer y sus hijos en el puerto de Santander, del cual tengo también correspondencia. Todos los demás están no sólo cortados de nosotros, que tan distante es ya nuestro parentesco, sino de los próximos, como los de Villamañán y León, que sólo se tratan con los de Santiago, donde se estableció otro Puelles Martín, Don Manuel, quien figuró en el comercio, formando otra nueva colonia donde figuran algunos clérigos y abogados. Otra hija del Puelles Martín casó con el comerciante Casas y fueron padres del Casas Puelles de Ribadeo, que juntó una fortuna de más de 14 millones de reales y cubrió con sus buques la ría de este puerto, a cuya sombra fueron a buscar fortuna los tres hermanos huérfanos de Villamañán, Saturnino, Justo y Baldomero, volviendo sólo el mayor y quedando los otros definitivamente fijados con su descendencia en dicho puerto como ya hemos dicho. Los Casas Puelles subsisten con sus cuantiosos patrimonios, casados algunas de sus hijas con hombres notables, y figuran llevando a su lado a sus primos y sobrinos los Puelles de Ribadeo, pobres de bienes. Además de estos mencionados hijos de Don Antonio ‘el Rojo de León' tuvo éste un Don Marcelino que se dedicó a las armas y murió de capitán. Todo este maremagnum de ramas laterales produjo sólo la de Don Bernardo de Puelles Ulloa, pudiéndose asegurar que existen, entre éstas y las de los demás Puelles Sánchez salidos de Ampudia, en estos diversos centros y sus radios más de 300 descendientes del Puelles ‘el disipado’, sin contar la rama de Alcañices de Don Tomás, que dio a nuestra bisabuela Catalina al tío Joaquín, que murió en el Gobierno de Caracas, a Don Julián, el célebre narciso de los guardias de corps, y a Don Domingo, cura de Rabanales y vicario después de Alva y Aliste, mencionado en el Diccionario de Miñano por la parte que tomó en sus trabajos, y otra porción de Puelles Tariego que residen en los alrededores de Alcañices y han mandado sus hijos a Salamanca, donde uno se hizo notable por sus galanteos, muriendo en un desafío como el célebre Don Félix de Monte mar, y de donde procede Don Gregorio, jefe de artillería en el sitio de Morella por Don Carlos, que luego murió fusilado en Agramunt como jefe del ejército rebelde de Aragón. De la rama de Alcañices salió la descendencia de Don Joaquín de Puelles Tariego, gobernador de Caracas, el que dejó tres hijos hoy establecidos ricamente en Cuba y que conoció el marino Valero en La Habana, y por uno de sus descendientes, Pérez Puelles el Joven, rico criollo que vino a educarse a Sevilla y tropezó con nuestro hermano Francisco por los años de 51, se supo de la existencia de los hijos del malogrado héroe defensor de su castillo. Si toda esta multitud ya descrita la produjo sólo Don Bernardo en un siglo escaso, ¿qué no aumentarán todos ellos a su vez en igual período de tiempo? ¿Y la misma rama mayor nuestra, tan escasa en dicha época, en esta era de paz que alcanzamos, qué no puede dar de sí? Se abruma la imaginación al repasar todo lo que puede dilatarse una familia cuando las guerras y las epidemias dan un poco de respiro. Bendígala Dios como a los hijos de Jacob y cúmplase su santo mandato de que crezca y se multiplique si ha de ser para su gloria y para producir hombres religiosos como los de Ampudia, heroicos como los del Perú y Torrijos. Terminaremos este intrincado capítulo con la historia de las ramas colaterales de la lí- nea mayor de Don Manuel, que quedó en la villa de Ampudia a fines del siglo XVII. Ya dijimos atrás que el desvalido Don Manuel tuvo porción de hijos de ambos sexos que cegaron en flor la mayor parte las Guerra de Sucesión de la Casa de Austria con la de Borbón a la muerte del degenerado Carlos II. Tan sólo sabemos que existían en dicha Ampudia antes de mediar el pasado siglo dos hermanos, hijos de Don Manuel, llamados Andrés y Eugenio, que vivían harto pobremente, tanto que en particular Don Eugenio escribía una carta que conservamos a su primo Don Vicente de la Concha Puelles, nieto de Don Bonifacio, el capitán corregidor de Palenzuela, cuando éste trató de disputar el mayorazgo de los Villafañés y las capellanías de los Marcos, que pertenecieron a su abuelo como hijo de la hija mayor de Don Pedro de Puelles el de Labastida, en cuya carta le pide “un puesto en que lo acomode por hallarse muy pobre y con bastante familia, con sólo la intención de ganarles de comer, porque sabía que su merced tenía muy mucho en qué poderle acomodar y que cumpliría como quien era tomando informes de su hermano Manuel, que se hallaba en Valladolid”. Esta carta memorial se escribió en Ampudia en 20 de Noviembre de 1747 y va firmada así: Don Justo de Puelles, como sólo se firmaban en aquella época los magnates o hidalgos de horca y cuchillo. Esos mismos humos tenía Don Andrés, y el uno y el otro, con su miseria y su larga familia, se pierden en la oscuridad para siempre, victimas tal vez de la pobreza. No así una de sus cuatro hermanas, llamada Doña Gerónima de Puelles Carpintero, bizarra y apuesta doncella que pobre y todo, merced a una hermosura que según refieren cartas de aquella época era el asombro de aquella comarca, casa con un principal caballero de Torrelaguna llamado Don Diego de Torres, que la presenta en Madrid, donde llama la atención y se establece, casando una de sus hijas llamada Doña Dionisia de Torres Puelles, con Don Pedro Garicoechea, riquísimo e importante personaje de aquella época. Estas ramas todas, bien por hembras o por falta de noticias, se pierden del todo, mientras que fructificaban la de Don Manuel en Valladolid, Don Bernardo en Tordehumos y Don Juan y Don Francisco en Villabrajima y Don Tomás en Alcañices, que son las que pueblan aquel territorio del reino de León y de donde proceden la mayor parte de los actuales miembros. Dejémosla ya y concluyamos con las colaterales de los Puelles Carpintero y Puelles Montero, que no tuvieron más que al Marcelo, al Justo y a nuestro bisabuelo Felipe, los primeros sin sucesión y el último con nuestro abuelo Francisco y los tíos Felipe, Manuel, Victoria, Josefa y María, todos célibes menos Felipe, que casó en Madrid con Doña Mónica Alvarez y entre muchos hijos sólo le sobrevivieron Felipe y Encarnación, los que casaron el primero con Doña Matilde Keiser, hija de un coronel suizo, y es hoy abogado y propietario en Madrid, padre de dos preciosas niñas Puelles Keiser, y una niña de la Encarnación llama- da María Castro y Puelles, cuya prole son primos segundos nuestros. La [descendencia] de Doña Victorina, que casó a disgusto en Barbadillo con Don Bartolomé Regueira forman el tronco de una porción de desgraciados Regueira Puelles. Así es que nosotros, los de Alcalá, no tenemos más parientes próximos que estos últimos ; los de Castilla, León, Galicia y Cuba son lo más cerca primos quintos, que canónicamente no da ya parentesco este lejano grado por más que seamos todos descendientes del tronco de Don Diego de Puelles Santos, que con su prodigalidad fue el origen de la dispersión y emigración de su linaje, por haber dejado sin abrigo el nido paterno de su progenie en Ampudia.
Termino
ofreciendo rectificar o ampliar lo que sepa nuevo de las ramas actuales,
sirviendo de aprendiz a la obra, para llegar a la exactitud matemática
e histórica que me propuse, en la inteligencia [de] que es tan imparcial y concienzudo mi trabajo, que ni he
aumentado por halagarme el brillo y poder de la Casa de Autol y las
proezas y timbres de Don Pedro de Puelles Hurtado en el Perú, ni las
glorias y distinciones que alcanzara el defensor de Torrija con los reyes
de Aragón, por quien murió en Gironella, como tampoco he disminuido las
calaveradas de Don Justo el tambor de los guardias, las disipaciones de
Don Diego, ni los trabajos y miserias de Don Eugenio ni de Don Andrés,
ni las vicisitudes que hoy tocan los de Ribadeo y Castilla, que tal vez
vivan los unos con sus redes de pescar, como los otros regando con su
sudor los terrenos castellanos. Todos son dignos en su posición y son los
descendientes de los conquistadores de Baeza, deudos de Lope de Haro
como nacidos del tronco real de Navarra y que, después de señorear un
bello territorio regado por el Ebro, lograron los de su estirpe dejar un
rastro de gloria en Gironella y Quito, muriendo por su rey y patria como
siglos después Don Joaquín y Don Gregorio en Caracas y Agramunt, siendo
tipos antiguos de lealtad, valor y
abnegación.- _____________________________________ Este capítulo figura en el original manuscrito con el número 19, a causa de un evidente error del autor. [VOLVER]
Dédalo, en la mitología
griega, fue el arquitecto e inventor que diseñó para el rey Minos de
Creta el laberinto en el que fue aprisionado el Minotauro, un monstruo
comedor de hombres que era mitad hombre y mitad toro. El laberinto fue tan
hábilmente diseñado que nadie podía escapar de ese espacio intrincado o
del Minotauro. Dédalo reveló el secreto del laberinto sólo a Ariadna,
hija de Minos, y ella ayudó al héroe ateniense Teseo, que casualmente
era su amante, a matar al monstruo y escapar. Encolerizado por la fuga,
Minos encarceló a Dédalo y a su hijo Icaro en el laberinto. Aunque los
prisioneros no podían encontrar la salida, Dédalo fabricó alas de cera
para que ambos pudieran salir volando del laberinto. Icaro, sin embargo,
voló demasiado cerca del sol; sus alas se derritieron y cayó al mar. Dédalo
voló hasta Sicilia, donde fue recibido por el rey Cócalo. Minos persiguió
después a Dédalo pero las hijas de Cócalo lo mataron. [Encarta
’98 CD-Rom]
Plutarco (c. 46-125) fue un biógrafo
y ensayista griego, nacido en Queronea, Beocia. La más conocida de sus
obras es Vidas paralelas, una
serie formada por cuatro biografías individuales y veintitrés pares de
biografías. Escritas con gran conocimiento y fruto de una esmerada
investigación, no son sólo obras históricas de gran valor, sino también
estudios psicológicos que recurren a la anécdota y la cita para
desvelar la moralidad de la persona. La primera traducción de esta obra
a una lengua europea la hizo el español Juan Fernández Heredia, en el
siglo XV. Shakespeare partió de una traducción inglesa de Plutarco para
escribir sus obras inspiradas en la historia romana, como
Coriolano, Julio César y Antonio
y Cleopatra. [ibid.] Hablamos aquí del rey legendario de Pilos, en Mesenia, hijo menor de Neleo y de Cloris, que según el mito escapó a la matanza de sus 11 hermanos (los ‘neleidas’) perpetrada por Hércules y recibió de los dioses el privilegio de la longevidad. Intervino en muchos combates míticos y en la Guerra de Troya. En la Ilíada es presentado como un anciano prudente que prodiga sus consejos en largos discursos. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 6.961] [VOLVER]
En la Biblia se denomina
así a los caudillos de los hebreos anteriores a Moisés. En el Libro del
Génesis aparecen sus nombres: Abraham, Isaac, Jacob y los hijos de Jacob,
caudillos de las 12 tribus de Israel. Vivieron, según se cree, a mediados
de la Edad del Bronce, hacia la primera mitad del 2o
milenio A.D.C. [Encarta ’98 CD-Rom]
Se trata de la Primera Guerra
Carlista, o guerra de los Siete Años (1833-1840). El fallecimiento de
Fernando VII en 1833 entabló un pleito sucesorio que pronto se tradujo en
una cruenta guerra civil entre los denominados isabelinos o cristinos,
defensores de la legitimidad al trono de la regente María Cristina, madre
de Isabel II, y los partidarios del infante don Carlos, aferrados a la
validez de la Ley Sálica e identificados bajo la etiqueta ‘carlista’.
La penuria económica y armamentista del carlismo hicieron de la
voluntariedad e improvisación, junto a las contribuciones forzosas y las
incautaciones al enemigo, elementos indispensables en el planteamiento
cotidiano del encuentro bélico. La figura del coronel Tomás de Zumalacárregui
resulta clave para entender la transformación del caótico entorno
carlista en un pequeño ejército disciplinado, su rentable recurso a la
desgastadora táctica de guerrillas frente a las tropas regulares y la
consolidación, en definitiva, del levantamiento en el País Vasco, norte
de Cataluña y el Maestrazgo. Su
muerte en Junio de 1835 durante
el sitio de Bilbao, cerró la página ascendente del carlismo en la región
vasco-navarra. El estancamiento
dio paso a un sufrido retroceso carlista, materializado en el estrepitoso
fracaso de la Expedición Real en su marcha hacia Madrid y el repliegue en
el norte, lo que arrastrará al Convenio de Vergara (1839),
punto final de las hostilidades en esta zona y motivo del exilio a Francia
del pretendiente Don Carlos. La resistencia del militar Ramón Cabrera
en el Maestrazgo prorrogó la lucha en tierras catalanas hasta mayo de
1840, cuando se consumó la entrada de Espartero en Morella, tomada
previamente por los carlistas, y la retirada de Cabrera hacia la divisoria
francesa. El cruce el 4 de Julio de esta línea fronteriza por los últimos
soldados carlistas supuso una guerra oficialmente zanjada. [ibid.] |