HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES

 

Capítulo 2

 

CAPITULO 2o: Ojeada sobre la primitiva historia nacional. Propensión de los hombres a adoptar apellidos en todos tiempos.-

            La raza aborigen española, esas tribus de hombres que poblaban la península de Norte a Sur entrando por las vertientes del Pirineo en los primitivos tiempos, descolgándose como los aludes de las montañas heladas de las regiones del Cáucaso donde el linaje y descendencia de Josep, segundo hijo de Noé tuvo su asiento después del diluvio y dispersión de Babel, se repartieron a su llegada el territorio, y acomodándose en sus hábitos cada cual de ellas a la naturaleza del país que poblaban, se adhirieron al suelo, atemperando sus gustos y ocupaciones a sus instintos pastoriles y frugales por demás. Los Vascos, Cántabros y Astures en sus fragosas serranías y montañas, derrames del Pirineo, los Celtíberos en Iligertas, en el Centro llano y espacioso, y los Bástulos, Edetanos y Lusitanos en el litoral. Todas esas tribus se hubieron de adherir y connaturalizar en adelante a sus patriarcales tareas de cultivar las tierras, guardar sus rebaños y pescar en sus extensas costas y abrigadas ensenadas, cortado por completo del resto del mundo antiguo, que sólo tenía vitalidad en las regiones de Oriente, donde se edificaban y destruían los imperios de Nino, Sesostris y Semíramis.

             Regidos los Iberos por sus jefes de familia y sus sencillas costumbres, vivían y se gobernaban en todo este tiempo y por el largo espacio de ocho o diez siglos, que fueron los que precedieron a las navegaciones y excursiones de los fenicios y de los griegos. En esta época fabulosa reinaron los Geriones, reyes pastores de estas comarcas cortados y vaciados en los moldes bíblicos de Abraham, Lot y Jacob, ocurriendo en el entretanto la gran sequía de que aún se conserva cierta oscura tradición, que dejó a Iberia desierta, volviendo a repoblarse sus páramos y soledades al fertilizarse de nuevo la tierra con la raza de sus antiguos moradores que se huyeron a las Galias y que volvieron de nuevo confundidos y ligados con la de los Celtas y los Galos, formándose así esa sangre y vitalidad especial que distingue a la formidable raza Celtíbera. Más este período de siglos patriarcales debió terminar como termina siempre la infamia de todos los pueblos ; debió acabarse y terminar por sacudimientos y convulsiones propias de la virilidad. De afuera y de extraño nos vino el mal que perturbó tanta quietud, y de esas regiones de Oriente de donde nos viene el sol y los aromas debía venir también el germen de los males de una precoz civilización con sus caos y sus disturbios.

            Naves salidas de Tiro y Sidón que exploraban el Mediterráneo buscando puertos y mercados donde descargar los productos de sus inmensos talleres y acopiar primeras materias para sus fábricas, tropezando en su curso con las costas orientales de nuestra Península, al encontrar en sus golfos y ensenadas puertos espaciosos y abrigados rodeados de tierras fértiles y odoríferas como las de Líbano y pobladas de una población sencilla que los recibía llenos de admiración, como nos habrían de recibir a nosotros treinta siglos después los hijos inocentes de la virgen América. Estos atrevidos navegantes echaron sus anclas, plegaron sus velas y levantaron sus tiendas para comerciar con un pueblo que cambiaba gozoso los ricos y variado productos de su suelo por las telas y la quincalla del Oriente. El oro, la plata, los finos aceros, la lana apurpurada y el bermellón, desconocido hasta entonces, todas las materias primeras más raras y ricas y tan necesarias para abastecer al pueblo industrial de Tiro, manaban en este ignorado edén, y las naves de estos curiosos mercaderes, que no podían con la carga de tanta riqueza, se vieron descargadas de su lastre para sustituirlo por los ricos productos de nuestras minas o los hermosos frutos de nuestros campos.

Creció, pues, como era consiguiente a tan gran lucro el tráfico y contacto con los Sidonios, y estos ricos y pacíficos navegantes llevaron de factorías y almacenes de todo el litoral levantino, aventurándose algunos hasta doblar el cabo de la Península que forma el angosto estrecho que nos separa de Africa, arribando a las costas tartesianas donde jamás había arribado barco alguno y donde se encontró el hombre atrevido a quien llamamos Hércules una playa nueva y bonancible cercada de un piélago inmenso que se creía sin límites y que se elevaba y decrecía diariamente, nuevo fenómeno que no conocían. Y fue aquí la empresa más gigantesca y atrevida de aquellos hombres, que en su entusiasmo elevaron a la altura de semidiós al que los dirigió, siguiendo una apacible costa ; mientras que nosotros en siglos más ilustrados negábamos a Colón su grandeza y le devolvíamos unos grillos cuando rompió y hendió este mismo piélago que Hércules sólo columbró y saludó por el estrecho y boquerón [sic] de su nombre.

Desde entonces empezó con el comercio la vida de estos primitivos pueblos, pero tras él vino también el mal de las necesidades que se crearon con el contacto de otros hombres y otras civilizaciones más adelantadas. Sabida es por demás nuestra historia desde que los fenicios nos dieron a conocer a griegos y cartagineses, pueblos de más ambición y perfidia que nos explotaban y burlaban. Unos vinieron tras otros, y a cada nuevo conocimiento se agravaba nuestra situación. Lo que empezó por hospedaje acabó por dominio ; lo que principió por comercio iría a concluir en impuesto. Ellos sembraron la discordia entre las diversas tribus, y como quiera que por su disciplina militar y el adelanto de su táctica triunfaban a don- de se inclinaban, sacaron gran partido y ventajas del aliado a costa de vencido y del mismo vencedor. Y he aquí el por qué las costas españolas empezaron a ser dominio de Cartago, siempre pérfida, y propiedad lo que antes no era más que hospedería. Nuestra situación, pues, estaba fiel y sencillamente bosquejada en el cuadro que nos trazó con sus dísticos el ilustrado Isla:

Libre España, feliz e independiente,

se unió al cartaginés incautamente ;

viéronse éstos traidores

fingirse amigos para ser señores

y el comercio afectando

entrar vendiendo por salir mandando”.

Del yugo cartaginés sabido es que pasamos al romano, más oneroso y pesado por más que fuera más civilizador y social. La raza romana dejó en nuestro suelo, con los huesos de sus legiones, sus monumentos, sus costumbres, sus leyes, su lengua y hasta sus nombres, llegando a identificarse tanto la colonia con la metrópoli del Tíber, que hubo época, la de la Guerra Sertoriana, en que este grande hombre dudaba dónde residía el imperio del mundo, si en Roma o donde estaban establecidos, como sucedía en España, las principales familias y el mayor número de ciudadanos. El Senado y la escuela de Huesca, donde tuvo su asiento la tienda del célebre capitán, eran más romanos en su esencia que las de la capital del Lacio, al modo que hemos visto después ser más puros ingleses en costumbres y tradiciones los norteamericanos que los de la vieja Albión. Así pues, España dejó de ser, fuera de algunas comarcas inaccesibles, una nación autonómica, pasando a ser una región llena de romanos entroncados con los naturales que se jactaban de ser tan ‘civites’ o ciudadanos como los que aún se reunían en aquella época en los comicios del Campo de Marte. Cónsules y Tribunos, Censores y Ediles españoles lo eran en Roma ; Emperadores y Emperatrices, Senadores y Pontífices iberos se habrían de asentar en el Capitolio y bañar en las termas, porque ser ‘ibero’ equivalía a ser romano nacido en las regiones de Occidente, en esa gran colonia donde po- blaban las mejores familias patricias, ecuestres y plebeyas del Lacio.

            Toco estos particulares ajenos al parecer del objeto que me propongo para venir a desentrañar el origen de los nombres y apellidos patronímicos, que como es sabido se ordenaban en este tiempo ya en Roma y empezaba a llevar cada familia desde los tiempos de Numa. Más antiguo aún que esto deberían ser, porque ya en la historia del pueblo hebreo, la más vetusta de todas, se ve esta distinción y nomenclatura de familias en el repartimiento de la Tierra de Promisión, y en el Exodo y en el Deuteronomio de prescriben reglas y leyes para respetar en un linaje los derechos adherentes a él sólo. Las razas de Oriente llevaban ya también el apellido de estirpe desde tiempos muy remotos, y muchos siglos después se llamaron Seléucidas a los del linaje de Seleuco, general de Alejandro, que heredó y reinó en la Siria a la muerte de éste. Ptolomeos se llamaban los de la familia real de Egipto, del nombre de su progenitor, otro general legatario del gran conquistador, así como se habían llamado Faraones a los anteriores. Asmoricos fueron los miembros de la familia que rigió Judea hasta la venida del Mesías y que empezó con el primer Macabeo o en su padre Judá, fervoroso sacerdote. En Grecia todas las familias importantes llevaban su peculiar nombre o distintivo, cuyo origen se remonta a los tiempos homéricos, que éste cantó en sus inmortales poemas y que al igual que Moisés empezó a marcar linajes y genealogías. De modo que este orden tan particular y preciso para no tocar el caos y el vacío que sólo ofrece la individualidad cortada de su tronco y separada de sus retoños, como sería si cada hombre se perteneciera a sí sólo, nació casi con el matrimonio, creció y se desenvolvió con la familia, se fortaleció y robusteció con las hazañas y tradiciones y concluyó por asentarse donde quiera que hubo sociedad y orden de familia, subordinación y régimen, propiedad y garantías.

Tan sólo el salvaje aislado puede prescindir de tradiciones ; sólo un pueblo banal y en completa barbarie puede carecer del distintivo del nombre y del linaje. Los guerreros compañeros de Rómulo, al asentar las primeras piedras de Roma, llevaban cada uno sus propios y naturales nombres, y al ligarse con los de Alba, pueblo civilizado y antiguo, les dejaron a las principales y más antiguas familias de ésta huecos en el Senado que habrían de ocupar por herencia. Los Horacios y Curiacios, cuyo combate se había de hacer tan célebre, existían ya, y de Alba debían venir los orgullosos Apios, los esclarecidos Julios y los ricos Claudios. Luego los apellidos, por más que se hayan modificado y trastornado en su ordenación en primitivos y posteriores tiempos, nacieron con la cultura y son tan esenciales a ellos como la luz para el día y el orden para el caos. Los pueblos guerreros y feroces conservaban el distintivo de hijo de, que significaba, con la palabra ben entre las razas islamitas, wit entre las del Norte, o y mac entre los sajones y escandinavos, y cuyas voces indican ser hijo o nieto de otro hombre que ya tenía su particular distintivo. Y se ha llevado tan adelante y tan fuera de tino este afán de perpetuar y esclarecer los linajes, que en los pueblos atrasados ha rayado este espíritu en superstición e idolatría, creyéndolos ligados con el cielo y la divinidad donde han querido ligar el entronque de estos linajes y genealogías.

Las dinastías imperiales de la China, que empezaron por la humildad y medianía como la de todos los hombres, las enlazaron supersticiosos súbditos con las divinidades de su Imperio, y no consintieron que se ligaran jamás con las demás, llevando en el tocado el color amarillo distintivo del linaje celestial de donde procedían. Igual sucede en el Japón, donde los jefes supremos comparten el poder religioso y civil al frente de un feudalismo de déspotas ; al principal, o Mikado, sacerdote superior,  se le tributan homenajes divinos, pues suponen se reproduce constantemente su alma en su sucesión, variando sólo de cuerpo, y se le presentan las doncellas más hermosas del país para que se encarnen en ellas, creyendo en su ciega superstición que se ha de trasmitir aquel mismo espíritu para funcionar siempre, aunque en distintos cuerpos. Este mortal está siempre velado para sus súbditos, y sus necesidades materiales le son servidas por sacerdotes inferiores o Dairis, arrodillados y cubiertos para no cegar sus ojos.

El linaje sacerdotal de los Brahmanes de la India dominan toda la región que fertiliza el Ganges y no se mezclan jamás con las demás familias, que le son inferiores por no haber salido de la cabeza del gran Brahma como ellos. Los Incas del Perú, en las hermosas regiones que Colón descubrió y los Pizarros conquistaron para España, eran de una familia bajada y oriunda del Sol que nada tenían de común con los demás ; se ligaba ella sola entre sí y en efecto se diferenciaba de su vasallos y siervos en el color de su cutis, más claro, y en la dimensión de sus orejas, más prolongadas. El Inca real no podía entroncar más que con la Mamacoya, o hermana de su linaje. Las tribus salvajes del Norte y Centro de América tenían la misma creencia, y los jefes de los Nachos y Delawares, que se llamaban Soles, no se ligaban jamás con las otras familias, llevando el cuidado hasta tal punto que el nuevo Sol, o príncipe heredero, tenía que ser hijo de la hija del penúltimo soberano, a fin de asegurar la legitimidad de la procedencia. En Egipto y en casi todo el Asia, para no desvirtuar ni ligar las razas, casaban entre sí a los hermanos ; así sucedía con los Faraones, Ptolomeos y Seléucidas, y aún hoy día los etíopes, que se suponen descender del Profeta del Islamismo, aunque no llevan tan adelante el fanatismo por su linaje, tienen buen cuidado de que la raza permanezca pura en cada familia, principalmente la de sus príncipes, y para ello encierran a sus mayores en velados serrallos custodiados por Eumeos.

  Luego, es inherente a la humana especie ese espíritu de conservación y apego a su linaje, ese afán constante de diferenciarse y de formar series ordenadas que eviten la confusión y mezcla que se produciría en todo, desde el momento que hubiera más que individualidades aisladas. La gloria y los bienes terrenales quieren los que los dejan, para unirse en el sepulcro, que se transmitan a sus descendientes, y este espíritu y afán constante de que pase todo a los que dimos el ser ha producido y acarreado al mundo inmensos y gloriosos sacrificios hechos en pro de todos, así como también por idéntica causa males incalculables. ¡¡Cuántas guerras y devastaciones han arruinado comarcas y reinos enteros teniendo su origen en estas pugnas y ambiciones de familias, que empezaron en el mundo con el derramamiento de sangre del justo Abel y duraron lo que los hombres!! Estos se hallan siempre dis- puestos a sobreponerse los unos sobre los otros ; porque el individualismo es hijo de la naturaleza, es innato y lo toca uno bajo su mano al aplicarla a su piel, mientras que el espíritu de paternidad es divino como emanación del alma, y esto no se palpa materialmente como el cuerpo , pues es preciso arrobarse y ponerse en contacto con la divinidad suprema, que es el gran foco de los espíritus.

Así pues, concluyendo esta enojosa digresión, me cumple el decir que el orden de familia, que da la claridad y exactitud a la sociedad, a la historia y a la vida orgánica y constitutiva del universo, puede producir en cambio de este bien los males de la envidia, la discordia y la guerra: que si ella ha levantado grandes imperios y edificios, también ha destruido nacionalidades, como Cartago con sus guerras a Barcas y Hamnones, la de las repúblicas italianas en sus guerras de familia, y en nuestra misma patria en las comarcas vizcaínas con sus bandos interminables y sangrientos de Oñasinos y Gamboínos y otros muchos más que por no ser prolijos no enumeramos. Amar a los suyos es natural y cristiano, pero no en daño y para el mal de los que no son nuestros.

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Como corresponde a los conocimientos etnológicos de la época en que escribía estas páginas, Manuel Ma de Puelles se refiere ahora a unos presuntos orígenes bíblicos de la población española, que supone inmigrada en nuestro país nada menos que ¡desde el Cáucaso! Como ha demostrado posteriormente la arqueología, los invasores más primitivos de España procedían en realidad del Norte de Africa y arribaron a nuestras costas mucho antes de la época bíblica, durante el Paleolítico ; a su llegada se encontraron con una población autóctona mucho más antigua (según los últimos hallazgos, ha habido seres humanos en España desde hace por lo menos un millón de años): “Los vestigios más antiguos del pasado aborigen de la Península Ibérica son las pinturas rupestres del País Vasco (Altamira) y de los Pirineos Occidentales. Totalmente diferente de este desarrollo en el Norte fue la bastante posterior cultura neolítica de la región sudoriental (zona de Almería, c. 3000 a.d.C.), emparentada con pueblos del Africa prehistórica. La zona meridional fue invadida más tarde por otro grupo poblacional procedente igualmente del Norte de Africa, los Iberos, quienes hacia el año 1000 a.d.C. se habían convertido en el elemento etnológico más importante de la Península y le dieron su nombre. El pueblo que les seguía en importancia era el de los Celtas, que inmigraron masivamente desde Europa a través de los Pirineos. Los Celtas absorbieron casi por completo a la población indígena de la región central, y en menor medida a la de la zona montañosa septentrional. La mezcla subsiguiente de Celtas e Iberos dio lugar a los así llamados Celtíberos, que se distribuían sobre todo por el centro, el Norte y el Este de la Península”. [Encarta ’98 CD-Rom] [VOLVER]

Estos grupos poblacionales a que se refiere el autor eran en realidad los que ocupaban la Península durante la colonización fenicia y griega, en la época inmediatamente anterior a la invasión romana (ver mapa) [VOLVER]

En el reino semimítico de Tartessos, situado al parecer en el Valle del Guadalquivir y con el cual comerciaron tanto fenicios como griegos, el profesor Maluquer distingue dos dinastías de origen divino que se corresponden con dos etapas evolutivas de la zona demostrables a nivel arqueológico: a) Gerión (principado señorial) y b) Gárgoris y Habis (o ‘Habidis’, monarquía urbana). [MALUQUER DE MOTES, Juan, 1970, Tartessos, Barcelona, Destino, pg. 9] Gerión, mítico hijo de Chrysaor y Callirhoë (a su vez descendientes de Medusa y Océano, respectivamente), era al parecer un ser gigantesco y monstruoso con tres cabezas o tres cuerpos ; poseía una ganadería de vacas guardada por el perro Ortros y por el pastor Euritión, y dichas vacas le fueron robadas por Hércules en el curso de los enfrentamientos entre titanes y dioses, quien, para conseguirlo, dio muerte a Gerión, al perro y al pastor. [MELI DA, José Ramón, 1892, ‘Gerión’, en VARIOS, Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes, Barcelona, Montaner y Simón] Los primeros habitantes del bosque de Tartessos una vez finalizada la lucha de los titanes con los dioses, por otra parte, fueron, como consigna Blázquez, los ‘curetes’, cuyo rey más antiguo sería el citado Gárgoris, a quien la leyenda atribuye el arte de aprovechar la miel. [BLAZQUEZ, J.Ma, 1983, Primitivas religiones ibéricas (II), Madrid, Cristiandad, pp. 21-22] [VOLVER]

Algunas fuentes documentales señalan la posibilidad de una colonización oriental de la Península Ibérica anterior a la llegada de los fenicios. El principal argumento que se aduce a este respecto, aparte del hallazgo de algunas estatuillas y piezas de cerámica y de la famosa ‘Estela de Nora’ (en Cerdeña, en la ciudad que supuestamente fundó Norax, el hijo de Gerión), es el vocablo Tarshish que aparece en diferentes fuentes bíblicas. Así, en el Salmo 72 (650 A.D.C.) y en I Reyes 9:26-28, 22:49 (586 A.D.C.) se nombran las famosas ‘naves de Tarshish’ que partían rumbo a Ophir con intenciones comerciales. También se mencionan estas naves en Isaías 2:16 (730 A.D.C.), siempre en relación con la ciudad fenicia de Tiro. Unicamente a partir del siglo VI-V A.D.C. (Jeremías, Jonás y Génesis 10:4) se asocia este vocablo claramente a un topónimo mediterráneo ; estos textos, junto con la inscripción asiria de Asarhadon (671 A.D.C.), donde se afirma que las conquistas de este rey llegaron hacia el Oeste hasta un cierto ‘Tar-si-si’ (que no podía de ningún modo estar en España, puesto que los asirios, como se sabe, nunca tuvieron un imperio mediterráneo) son las principales pruebas aducidas por los partidarios de identificar Tarshish –que para las fuentes clásicas no era otra que Tarsos (Asia Menor)- con la hispánica Tartessos. [BLAZQUEZ, J.Ma, 1975, Tartessos y los orígenes de la colonización fenicia en Occidente, Salamanca, Universidad, pp. 21 ss.] [VOLVER]

Se sospecha que la abundante literatura mitológica en lengua griega ha incorporado cierto número de elementos de origen semítico. Así, en la leyenda de Hércules, la muerte del héroe en la pira de Oeta traslada quizá un ritual tirio de regeneracion del dios Melquart por el fuego. Por otro lado Hércules (‘Herakles’= La gloria de Hera), arquetipo de todos los héroes, no es desde luego el nombre de un dios, sino quizá un nombre ritual, tal vez asignado por la tradición sacerdotal a un ‘parergo’ de la gran diosa Argos. Tampoco es probable que se trate de una figura histórica heroificada, como parece suponer Manuel Ma de Puelles ; más bien parece el resultado de una vasta síntesis mítica en la cual se han unido leyendas locales, tradiciones sacerdotales y elementos prehelénicos, algunos, quizá, venidos de Siria. [VARIOS, 1982, Mitologías, Barcelona, Planeta, pp. 92, 150] [VOLVER]

Se refiere el autor a José Francisco de Isla (1703-1781), escritor español ilustrado, conocedor de la filosofía racionalista y de la física de Galileo y Tycho Brahe. Miembro de la Compañía de Jesús, tuvo que emigrar a Italia cuando se decretó la expulsión de los jesuitas en 1787. Su obra más conocida, una aguda sátira contra cierto sector del clero español, es la novela ‘Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes’, publicada en 1784. [Enciclopedia Interactiva Santillana CD-Rom] [VOLVER]

Esto es debido a la institución típicamente romana de la ‘clientela’, que los aristócratas de esa civilización practicaban tanto en la metrópoli como en las colonias, donde se propiciaban las alianzas con los grupos dirigentes de los pueblos sometidos. Por ejemplo, refiriéndose a la campaña de Escipión contra la ciudad rebelde de Numancia, el historiador Plutarco dice textualmente que el general romano “... no necesitaba dinero, ya que le bastaba el suyo y el de sus amigos”. Con ‘amigos’ se refiere ese autor indudablemente a los clientes, ya que estas clientelas constituían, efectivamente, una de las bases del poder nobiliario romano ; además de las familias gentilicias (domus gentiles), las ‘gentes’ patricias comprendían las familias clientes, ligadas a ellas jurídicamente en virtud del ius patronatus. En realidad eran esos clientes quienes formaban el grueso de las tropas patricias, y las crecientes necesidades militares provocaron a la larga que las clientelas se acrecentasen con libertos y que la base jurídica de la institución acabara relajándose ; pronto se trató simplemente de individuos que se encomendaban a un patrón determinado (adoptando una parte de su apellido) mediante un compromiso que éste aceptaba y podía disolver unilateralmente a voluntad. Por otro lado, el comentario de Sertorio se debía probablemente también al hecho de que en aquellos años las guerras civiles, es decir, las pugnas por el poder romano, hacía mucho tiempo que no se libraban ya en Italia, sino en la Península Ibérica. [CHRISTOL, Michel, y NONY, Daniel, 1991, De los orígenes de Roma a las invasiones bárbaras, Madrid, Akal, pg. 68] [VOLVER]

Según consigna Apiano, una vez concluidas las guerras de conquista fueron enviados a Hispania diez senadores para organizar el territorio. La conquista de la Península resultaba primordial para Roma: “... ofrecía opulentas tierras a los veteranos y a los itálicos emprendedores, que colonizaron el rico Levante y la llanura del Guadalquivir ; la explotación de las minas procuraba grandes beneficios a los hombres romanos de negocios y permitía la acuñación del denario de plata ; los indígenas pagaban tributo y suministraban excelentes tropas auxiliares. No obstante, la inmensidad del país hacía lenta su romanización y necesaria una fuerte guarnición”. Esas colonias y esos establecimientos militares fueron los núcleos a partir de los cuales fue avanzando el proceso romanizador, a un ritmo ciertamente lento, dado que durante mucho tiempo, como es sabido, coexistieron las instituciones romanas con las indígenas ; no sería hasta el siglo III D.D.C., en época del Emperador Caracalla, que Hispania hubo asimilado la lengua, la cultura y las costumbres romanas en grado suficiente como para que pudiese otorgársele la ciudadanía romana en todo su territorio. [ibid., pg. 74] [VOLVER]

Durante el siglo VII A.D.C. los Horacios, tres hermanos romanos, fueron designados por sorteo para enfrentarse a los tres hermanos Curiacios, elegidos por los albanos, en un combate en el que debía decidirse el destino de Roma y de Alba. Los tres Curiacios fueron heridos ; dos Horacios murieron, y el tercero, simulando huir, mató uno a uno a los tres Curiacios. Al volver y sorprender a su hermana Camila llorando la muerte de su prometido, uno de los Curiacios, la mató también. Condenado a muerte, apeló al pueblo, que lo declaró libre, pero su padre le obligó a pasar bajo el yugo. La tumba de los Horacios sigue conservándose cerca de Roma. [Nueva Enciclopedia Larousse, pg. 4.969] [VOLVER]

[ATRAS]