HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES

 

Capítulo 3

 

Confusión de la raza romana con la indígena tras la conquista. Irrupción de los bárbaros del Norte. Leyes de Raza. Conquista de los árabes. Principios de la Reconquista. Origen del feudalismo y de la nobleza actual y hereditaria.-

 

            Mezclados y confundidos quedaron por completo los linajes latinos e iberos tras los cinco siglos que se siguieron a las conquistas de aquellos. Las dignidades y cargos públicos se repartían, a semejanza de Roma, entre los ciudadanos más poderosos e influyentes, a quienes en vez de lisonjear gravaban en su fortuna, pues en este tiempo en que no había regularización de impuestos ni tributos normales los prohombres y funcionarios públicos costeaban y subvenían a las necesidades de las ciudades y comunes, al sostenimiento de los pobres y a las fiestas y juegos públicos de que tan ávidos se mostraban los romanos y sus colonos. Las familias más ricas no eran entonces las más antiguas, puesto que el patriciado y la dignidad ecuestre, a quien estaban anexos ciertos cargos públicos, concluían por arruinarlas en honor de los Emperadores, ávidos por su parte de honores y estatuas, y de los pasatiempos de la plebe, que lo estaba siempre de juegos, espectáculos y pan.

En ese mismo tiempo empezaron a apoderarse del comercio y de las artes abandonadas por el pueblo rey y de donde brota la riqueza de las naciones, la raza hebrea, dispersa por el mundo tras la ruina de Jerusalén por el Emperador Tito y la demolición y perpetuo destierro de su amada ciudad y país que les impuso y llevó a cabo su sucesor, el ibero Adriano. Este linaje de hombres que ni se ligan ni confunden con nadie, ni se aumentan ni se disminuyen, y que existen y existirán hasta la consumación de los siglos formando un pueblo peculiar y diferente dentro de los otros para ser eterno monumento y testimonio de una solemne expiación del deicidio que cometió y el cumplimiento de grandes profecías, se apoderó a su llegada al oasis ibérico de todos los negocios y de la vida fabril, mientras que la demás población, ociosa, se entregaba, como dijimos, a incensar las estatuas de sus Emperadores, dueños del mundo y cuyas legiones sobre el Rhin contenían a duras penas a las hordas salvajes de los bárbaros. España daba a Roma magnífica caballería, la primera del Imperio, igual a la númida, y cohortes privilegiadas de pretorianos que guardaban y velaban la persona sagrada del Príncipe.

Las lenguas primitivas del país se habían perdido, y el idioma civilizado del Lacio, con su sonoro eco en fácil rima y en cultivada gramática, fue la lengua de todos, salvo de los de un pequeño rincón del Norte, en las asperezas de los Pirineos, lejos del contacto de los vencedores, que se conservó el idioma nacional de los vencidos. Los vascos, aunque dominados, conservaron su antediluviano lenguaje, sus trajes, armas y sus rudas y frugales costumbres. Los apellidos, o agnomen y cognomen romanos se extendieron e imitaron, y latinizados eran los distintivos de sus habitadores. Todos los apellidos y denominaciones que aún tienen raíz latina, como se deja y debemos suponer, son de raza ibera-romana, mientras que los que no se derivan de esta raíz se deben tener como de procedencia gótica, alana, sueva o árabe, por los conquistadores posteriores. Y como quiera que éstos últimos se hicieron do- minadores, cuidaron de hacerse y creerse superiores a los vencidos. Respetaban y tomaban de aquellos su cultura y sus costumbres, pero considerándola inferior en jerarquía y nobleza, cuando lo antiguo y venerando debía ser lo romano-ibero y lo nuevo y de poca valía, lo gótico y alano. Más en aquellos siglos en que predominaba sólo la fuerza y la pujanza de lado de la victoria  quedaban igualmente la razón, el derecho y el heroísmo del lado de los vencedores, y para los vencidos el ultraje y la humillación.

Cada soldado godo vencedor se creía, al dar con una población inerme y afeminada, superior en sangre y calidad ; de aquí el origen del predominio de las razas del Norte sobre los ibero-romanos, y he ahí explicada esa ley caprichosa y dura llamada  de raza, que prohibía con grandes castigos la fusión o enlace de las familias vencedoras con las vencidas, despojándoles con violencia de lo que disfrutaban por el derecho y la herencia. Mas, ¡oh, poder de la civilización y de la ciencia! Poco a poco fue siendo domeñada esta fiera altivez, terminando por que el guerrero extraño y salvaje hubo de rendir culto y quedar vencido por la ciencia y el poder desconocido de aquella luz que se iba a extinguir en adelante para todos, quedando tan sólo las creencias puras y genuinas de la santa religión transmitida por los Apóstoles en el primer siglo del cristianismo.

[La Península] había suministrado a la Iglesia y al mundo romano mártires y confesores ilustres a millares, pontífices y prelados a cientos, Emperadores y grandes capitanes a decenas. En este estado, pues, se quebranta la Ley de Raza por los mismos soberano, como el rey Leovigildo, quien casó con una hermosa doncella ibera-romana, hermana de San Isidoro y de San Leandro, dos grandes luminarias de su siglo, y esta mujer convirtió a Recare do, su sucesor e hijo de esta señora, casi salpicado aún con la sangre de su santo hermano Hermenegildo, vertida por su padre, furioso arriano, entrando de nuevo en completa fusión la raza de los conquistadores con la de los conquistados. A aquellos les quedó siempre el predominio de sus armas, sus trofeos, sus posesiones alodiales, origen del feudalismo, y el dominio de aquellos terrenos que se apropiaron: su vanidad bárbara y su orgullo de vencedores. A los antiguos hijos del país les quedó su fe instintiva y no contaminada y todos los cargos de la Iglesia, sus tradiciones gloriosas, su modestia y resignación cristiana de vencidos. Y he aquí, por una coincidencia providencial, cómo pasó a ser estado llano y pechero el que era más antiguo y propietario del suelo, y nobles y poderosos los que descendían del antiguo bárbaro asalariado y que el romano quería y desdeñaba para siervo, los lanzaba desnudos al Circo o los ponía en las avanzadas de sus ejércitos reconociendo su valor y abnegación probados. ¡Triste, pero portentoso ejemplo del gran castigo aplicado a la señora del mundo por sus grandes injusticias ; cruel, pero justa represalia de la que había dejado escapar el grito desconsolador e inhumano que ella oía sonar ahora en su daño: ¡ay de los vencidos!

 Mezclados unos con otros y formando casi un pueblo de vencedores y vencidos, afeminados y domeñados ya los lobos del Norte con las brisas voluptuosas y las caricias tiernas de las hijas de la Iberia, apenas se van amohinando sus picas y largas espadas con las que arrojaron de las costas a los griegos bizantinos herederos del Imperio Romano, ya terminado, y extirparon las otras hordas inferiores en valor y nobleza con quienes entraron en el reino confundidos, cuando ellos a su vez caen inermes y deshechos ante las cimitarras damasquinas de los hijos de Ismael acaudillados por Tarif y Muza, dos grandes generales de fanáticos y entusiastas guerreros orientales que, llenos de fe religiosa y de un entusiasmo que rayaba en la locura por la ley de su profeta, atravesaron el Estrecho y se apoderaron en una sola y sangrienta batalla en las márgenes del Guadalete de un imperio y de una civilización. Las cordilleras del Pirineo y las fragosidades de Asturias fueron el asilo de los restos del ejército godo, y todas las demás comarcas quedaron sumergidas en el diluvio musulmán, flotando tan sólo, como el Arca sobre el Ararat, la bandera de la Cruz que empuñaba Pelayo sobre Covadonga.

 

            La población gótica española quedó sierva de la árabe y africana, mas con el derecho de hablar, sentir y orar como cuando era romana, denominándosela en adelante ‘mozárabe’, que significa dependiente de la árabe, pero llena de fervor y de virtudes, alentada con la fe y la esperanza en sus creencias. Ella pagaba tributo a los Emires que mandaban los Califas de Damasco, y posteriormente a los que pusieron los de Córdoba, pero siempre [se encontraba] ávida de ilusión esperando la llegada de sus hermanos Astures y Vascos de los lugares donde estaba concentrada la nacionalidad y alzado labaro (?) de sus creencias y doctrinas.

 A la manera que el Sol dora con sus rayos primero las cúspides de las montañas, luego sus faldas, y concluye por iluminar los valles y planicies, del mismo modo la luz de la fe de sus padres habría de descender de las alturas de Cangas de Onís a las laderas de las Castillas y Aragón, para terminar al cabo de siete siglos en las vegas y valles de Andalucía y en las playas del Mediterráneo y del Algarve. Este largo período que duró la Reconquista desde el Guadalete es lo que llamamos nuestras regeneración y vida nacional, y aquí principia, por no entrar en largos y minuciosos detalles ajenos a este lugar, lo que hace relación con la historia y el origen de nuestra familia, a quien dibujaré en sombras mientras lo están los sucesos y las crónicas, clara y patente desde que se pongan éstos así, y siguiendo el curso verídico de los sucesos donde haya exactitud, que dando novelesco e inverosímil lo que no atañe o pueda descifrar. Por otro lado, ¿qué linaje habrá en el país que pueda remontarse a anteriores épocas apoyado en la verdad? Ni las casas más distinguidas e ilustres, ni aún muchas dinastías de príncipes, podrían aclarar las lobregueces y tinieblas que las envuelve en la sombría noche de los siglos medios, edad de hierro y combates en que nada se escribía ni asentaba, porque faltaba quien lo supiera hacer, y lo poco que se escribió, en los monasterios, llenos de soldados inválidos e ignorantes, no tocaba más que a lo más esencial de la historia nacional, o la cronología de la orden benedictina.

¿Quién podrá remontar su estirpe con exactitud rigurosa hasta más allá del siglo XIV y llenar el árbol de su linaje con veinte generaciones sucesiva sin ocupar muchos vacíos con hechuras y quimeras de su imaginación? ¿Quién? Cuando desde la irrupción de los godos y árabes hasta el siglo XIII, en que brotan los primeros detalles de luz, todo quedó en la niebla espesísima de la barbarie, cuando las ciencias enmudecieron, la ignorancia se entronizó y pasaban los reyes y príncipes, los prelados y los prohombres sin dejarnos ni aún los caracteres de sus nombres hechos de sus manos, porque éstas no sabían manejar la pluma ni conocían más ejercicio que el de la espada, la lanza, la brida de un corcel o el cuido de un halcón o gerifalte. Por eso todo lo que concierne a la historia y cronología de estos siglos es muy nueva y reciente, porque moderno y reciente fue el renacimiento de las ciencias, y la familia que en este piélago inmenso de oscuridad ha podido hacerse o conservar su peculiar historia hasta lle- gar al valladar o linde de las lobregueces o sombras de la Edad Media, bien puede decir con satisfacción que sabe más de su origen que la mitad de las dinastías reinantes, que no se remontan a tanto en sus principios, y que la mayor parte de las nacionalidades existentes, que son también de ayer en comparación con nuestra respectiva cronología.

El Imperio Ruso, ese coloso del mundo, y las veinte naciones de América no se remontan, repito, a la mitad de este tiempo: el uno porque las hordas eslavas del Norte eran entonces rebaños de bárbaros en continuos choques y guerras, las otras porque aún no habían nacido en el mundo los abuelos de Colón, en cuya titánica cabeza habría de concebir se la idea de la existencia de un nuevo mundo, y que habría de dar lugar más tarde a impulsos de su entusiasmo y fe religiosa. Concluyo este período con el gusto y la complacencia que debe tener el que ha encontrado en este laberinto inmenso de la duda y de la ignorancia el hilo o el cable eléctrico moderno, que lo conduce, que lo lleva veloz como la imaginación, pero exacto como el guarismo, al valladar sombrío de la Edad Media, donde las familias principian a significarse, a adquirir un nombre que en adelante no se perderá, una posición segura y un crédito solo. En este favorable caso, pues, se encuentra la nuestra, como veremos, cuyo nombre principió a sonar en la historia nacional y que ya no se perdería en adelante.

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Pequeño anacronismo por parte de Manuel Ma de Puelles: si, como se dice más arriba, la población española primitiva procedía del linaje de Josep, hijo de Noé, la lengua vasca no puede ser, ni mucho menos, ‘antediluviana’. [VOLVER]

Los suevos, alanos y vándalos asdingos y silingos, que habían roto la frontera del Rhin en diciembre de 406, recorrieron Galia de Norte a Sur durante tres años, hasta forzar la entrada en Hispania por los pasos de Somport y Roncesvalles a finales de 409. La resistencia, tanto en Galia como sobre todo en Hispania, donde no había tropas romanas, fue escasa. Además, dada la exigüidad numérica de los invasores (un máximo de 200.000 personas en total, con sólo 56.000 guerreros útiles), más que una conquista militar y política plena, el reparto suponía una mera división del territorio hispano en zonas de aprovechamiento, con respeto a la administración civil hispano-romana. Los visigodos, establecidos a la sazón en el Sur de la Galia, entraron al servicio de Roma y aniquilando a los vándalos silingos y arrinconando en el Noroeste de la Península a asdingos, alanos y suevos, suscribieron en 418 un foedus con el Imperio que les permitió establecerse de manera permanente al Sur de la Galia. En 419-20 los vándalos asdingos, con restos de silingos y alanos, dejaron Gallaecia y ocuparon la Baetica, hasta que en 429 abandonaron definitivamente el territorio hispánico para dirigirse al Norte de Africa. Los visigodos, ante el vacío de poder que se produjo en Hispania y porque su supervivencia en la Galia les causaba graves dificultades, procedieron a ocupar la Península Ibérica por su cuenta y riesgo, y permanecieron en ella hasta la llegada de los árabes en 711. [LADERO QUESADA, Miguel A., 1992,  Historia Universal (II: Edad Media), Barcelona, Vicens-Vives, pp. 84-85] [VOLVER]

En relación con la polémica en torno al ‘arrianismo’, la actitud de los visigodos fue siempre la de respetar a los obispos católicos, persiguiéndolos únicamente cuando se inmiscuían en asuntos políticos. Una vez en Hispania, no rompieron aquella línea de acción más que ante la amenaza de los bizantinos, instalados en el Sudeste, y debido al deseo de buscar la unidad confesional como base de coherencia política. La actitud de Leovigildo responde a este criterio ; la revuelta de su hijo católico Hermenegildo en Sevilla fue interpretada, ya entonces, no tanto como una rebelión de cariz religioso, sino más bien como un posicionamiento probizantino de los rebeldes. La conversión al credo católico de Recaredo algunos años más tarde obedeció igualmente a motivaciones políticas. [ibid., pg. 132] [VOLVER]

La herejía del ‘arrianismo’, formulada por Arrio (250-336), tuvo sus fuentes en las especulaciones filosóficas de Orígenes, los neoplatónicos y los gnósticos. El arrianismo afirmaba que Cristo no es realmente de origen divino, sin un ser creado. Según Arrio, Dios es único, autoexistente e inmutable ; por tanto, el Hijo, que no es autoexistente, no puede ser Dios, ya que la personalidad de Dios, al ser única, no puede ser compartida ni comunicada. Además, la esencia divina es inmutable y en consecuencia el Hijo, al que vemos crecer y evolucionar en los Evangelios, no puede ser Dios. Por otro lado, el Hijo tampoco puede tener conocimiento directo del Padre, al ser finito y pertenecer a un orden diferente de existencia. Según sus oponentes, especialmente San Atanasio (295-373), las enseñanzas de Arrio reducían al Hijo a la categoría de semidiós, reintroduciendo de esa manera el politeísmo y restando importancia al fenómeno de la redención. La controversia terminó al ser condenado el arrianismo en el Concilio de Nicea (325), y mas tarde en el de Constantinopla (381) ; no obstante, esta herejía siguió siendo practicada por algunos grupos germánicos, como los visigodos, hasta finales del siglo VII. [Britannica CD-Rom] [VOLVER]

 

Los alodios eran heredades libres de toda carga y derecho señorial. En la época franca el término ‘alodio’ sirvió para indicar los bienes hereditarios en oposición a los adquiridos, pero posteriormente significó los bienes propios o libres, porque los adquiridos eran normalmente concedidos en beneficio o precario. Esta institución, introducida en la Península a través de Cataluña, se practicó sobre todo en el valle del Duero. En los siglos XII y XIII fueron disminuyendo las tierras alodiales, para reaparecer más tarde al amparo de las ciudades, cuyo territorios municipales eran normalmente alodios. [Nueva Enciclopedia Larousse, pg. 343] [VOLVER]

 

Frase pronunciada por el jefe galo Brenno tras su conquista de Roma. [VOLVER]

 

Antes de las grandes migraciones bárbaras habían transcurrido dos siglos de contactos intensos, de pactos de diversa índole entre Roma y los germanos fronterizos, cuya alianza era empleada para combatir a otros hostiles. Se produjo, por tanto, una germanización intensa del propio ejército imperial, tanto en el fronterizo como entre los comitatenses, ya desde tiempos de Constantino. Hubo también áreas donde la instalación de colonos germanos (dediticii y letes) llegó a producir una cierta difuminación de las barreras étnicas y culturales ; diversos tipos de federación anunciaban a los foedera del siglo V. La diferencia estribaba en que en el primer caso actuaba el Imperio como parte vencedora o dominante, mientras en el segundo se trataba meramente de una vía jurídica para encubrir la derrota romana. [LADERO QUESADA, op. cit., pp. 58-59] [VOLVER]

 

En los últimos años de la dominación visigótica en Hispania, el poder de la realeza se había reducido considerablemente, básicamente a causa de las constantes luchas intestinas ; no sabemos, sin embargo, cómo habrían evolucionado a la larga las formas políticas de aquella sociedad protofeudal de no haber ocurrido lo que ocurrió. En 710 era elegido rey Rodrigo, dux de la Bética, y al año siguiente sufría la aplastante derrota del Guadalete frente a los bereberes islamizados (no eran ‘orientales’ como afirma el autor, por tanto) que habían entrado en la Península, probablemente como aliados de los adversarios del monarca. La aceptación del nuevo dominio fue fácil por la connivencia, como decimos, de buena parte de la aristocracia y por la pasividad inicial del resto de la población, de modo similar a como había ocurrido en diversas provincias del Imperio bizantino. Entre 713 y 725 los musulmanes ocuparon toda la Península y la Septimania, quedando únicamente fuera de su dominio las zonas marginales o tradicionalmente insumisas a los anteriores dueños políticos de Hispania, en las montañas del Norte. [ibid., pg. 119] [VOLVER]

 

A mediados del siglo VIII Al-Andalus se perfilaba ya como un ámbito político peculiar, al tiempo que la generación de cristianos sometidos siguiente a la conquista tomaba conciencia de la ‘pérdida de Hispania’, según se lee en la Crónica Mozárabe del año 754, es decir, de lo definitivo de un orden de cosas distinto, sobre todo a partir de la institución del Emirato independiente por Abd al-Rahman I. Su sucesor, Al-Hakam I, tuvo que afrontar ya las primeras revueltas y las primeras derrotas frente al reino cristiano de Asturias. Bajo Abd al-Rahman II, tuvo lugar un proceso intenso de islamización basado en las conversiones en masa, lo que provocó un incremento de las revueltas contra el predominio de lo árabe en los planos étnico, militar y político, y también contra aspectos de la arabización cultural y contra la excesiva concentración de poder en la ciudad de Córdoba. [ibid., pg. 191] [VOLVER]

Como sabemos, Colón nunca llegó a vislumbrar que había descubierto un nuevo continente ; el siempre pensó que adonde había arribado era a las Indias Orientales. Correspondería en realidad a Amerigo Vespucci el reconocimiento de América (de ahí el nombre) como un mundo aparte. [VOLVER]

[ATRAS]