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CAPITULO 8o: Hazañas de Juan de Puelles, defensor de Torrijos, episodio de las guerras de Aragón. Muerte del mismo en la batalla de Gironella.-
Sabido es por demás
que el célebre infante de Castilla Don Fernando de Antequera, regente que fue de su sobrino Enrique III por la temprana muerte de Don
Juan I, pasó a reinar en los estados de Aragón por elección y
preferencia que dieron a sus méritos y virtudes en el célebre Compromiso
de Caspe, que presidió San Vicente Ferrer. Fue este gran rey tan
modesto y valeroso, que la historia ha dejado consignadas estas dos
singulares prendas con la renuncia que hizo al Trono de Castilla a la
muerte de su hermano y con la toma de Antequera, tan celebrada que le dio
su esclarecido nombre. Por eso los ricos-hombres de Aragón y los pueblos de esos reinos, dirigidos por un santo modesto
y sabio también, le ofrecieron la Corona a la muerte de su último
monarca de la familia de los Berengueres y Ramírez, Don Martín el Humano ; entraron así a reinar en los
dos más poderosos y ricos Estados de
la Península dos nietos de Enrique de Trastámara, el dadivoso, y
descendientes en línea directa de un rey sabio, que lo fue de otro santo.
Con el motivo de pasar el infante de castilla a ocupar el Trono de
Aragón le siguieron muchos guerreros y hombres hábiles al servicio de
Don Fernando, y se hizo costumbre y moda en aquella época el servir
indistintamente los castellanos a ambos monarcas de la estirpe de sus
reyes, pues la mayor parte del tiempo residían los infantes de Aragón,
hijos del de Antequera, en la Corte de Castilla, donde tenían sus
parientes y ricos feudos ; así es y se explica que el joven Don Juan de
Puelles, hermano del primer señor de su apellido en Autol, pasase al
servicio de los infantes de Aragón, dejando desde muy joven el solar de
Davalillo y entrando, como secundón ávido de medios fortuna [que era], de escudero y paje de los dichos infantes tan celebrados
en las crónicas y romances de aquel tiempo, llegó a tanta la confianza
que en su valor y fidelidad hicieron, que al retirarse hacia Aragón en
sus continuas contiendas con Don Juan II, su primo, dejaron confiada la
villa y castillo de Torrijos a su fiel
riojano, el cual, con 400 peones
escasos, hizo una resistencia tan vigorosa y desesperada de ella, que se
prolongó por más de un año, dando tiempo a sus príncipes para que lo
socorrieran. Tuvo
a tres ejércitos [dos en realidad] circundando el real: el del Arzobispo de
Toledo, Don Alvaro del Castillo, más aficionado al casco que a la mitra
como todos los de su tiempo, y el de Don Iñigo López de Mendoza con sus
mesnadas, dando por resultado el que, no pudiendo socorrerle los infantes,
le ordenaron que evacuara la desmantelada plaza, y entonces, y en virtud
de una defensa tan heroica y proverbial en aquel tiempo, le concedieron
los sitiadores el que saliese el bravo caudillo y toda su guarnición con
los honores de la guerra de atravesar el campo enemigo y retirarse a Aragón.
Después de este hecho famoso siguió en la corte y en las campañas a
sus príncipes, logrando el gran adalid captarse los favores de Alfonso
V, que casó en este tiempo con su sobrina María, hija del rey de
Castilla. Muerto
este monarca a la edad de 37 años, le sucedió el revoltoso infante Don
Juan, segundo de su nombre en Aragón, que tantas revueltas había
ocasionado en Castilla y que había casado por primera vez con Doña
Blanca de Navarra, y siendo rey de ese ese Estado vino a suceder a su
hermano en sus extensos dominio, imperio que, como es sabido, abarcaba
los tres reinos orientales de la Península, las Baleares y Cerdeña,
Sicilia y Nápoles. [Estos dominios]
se iban a engrosar muy pronto con otros tantos florones, pues su última
reina, Juana II, había nombrado al rey Alfonso de Aragón sucesor suyo.
En esta situación, pues, nuestro pariente, siguiendo la suerte de sus príncipes
bajo el estandarte de las barras de Aragón, continuó ocupando un gran
puesto en el ejército, y cuando éste, en sus excursiones, pasó a
Italia, quedó al lado de la reina consorte y del príncipe Don Fernando,
que habría de hacerse tan célebre después como marido de Isabel la Católica.
Bien necesitaba esta varonil señora de la ayuda de sus más fieles
vasallos, pues la altiva Cataluña se había rebelado ante la muerte del
príncipe primogénito, el desgraciado Carlos
de Viana, y en odio a su padre, a quien suponía autor de ella,
nombrando rey suyo, después de otros, a Juan, Duque de Lorena, que acudió
con sus vasallos a sostener una cruda guerra por las montañas del Principado. Pero
la célebre reina Doña Juana Enríquez de Castilla, revirtiéndose del
valor de su guerrera estirpe, les salió al encuentro, y llevando a su
lado al tierno infante Don Fernando, atacó a los revoltosos y
extranjeros, venciéndolos en Gironella, cerca de Gerona, en la célebre
batalla de este nombre en 1467, combate en el que se vio comprometida la
vida de la reina y del príncipe, que sólo se pudieron salvar de caer
prisioneros sacrificandose a su lado sus mejores caballeros y
servidores, que le formaron un muro con sus
cuerpos. Allí fue donde nuestro héroe sucumbió y vertió toda su
sangre pagando las deudas de gratitud que a la real familia debía. Allí
pereció el ínclito riojano a los 60 años de su vida, dedicada toda a la
gloria, pudiendo decir, como el gran Almanzor en el mismo trance, que
cubriesen su cuerpo con el polvo que había recogido en cincuenta
batallas. Cúpole la gloria de dejar su nombre imperecedero en la
historia, mientras se nombre a Torrijos y a Gironella, teatros de sus
triunfos. __________________________ La muerte sin descendencia, en 1410, de Martín I el
Humano, rey de Aragón, dio lugar al Compromiso de Caspe. La
corona aragonesa fue a parar entonces, efectivamente, a manos de Fernando
I de Antequera (de la casa de Trastámara), lo cual dio la supremacía a
Aragón sobre Cataluña, y, a través de sus dos hijos, Alfonso V el Magnánimo
(IV de Cataluña), a quien se debe la conquista de Nápoles, y Juan II
(rey de Navarra con el nombre de Juan I), a Fernando II de Aragón, cuya
boda con Isabel I de Castilla realizó la unidad nacional, completada en
1512 por la anexión definitiva de Navarra. No pudo lograrse por entonces,
como es sabido, la anexión de Portugal. [Enciclopedia
Temática Argos Vergara: Historia
Universal II CD-Rom] San Vicente Ferrer (1350-1419), religioso y teólogo, tuvo gran influencia
en el destino de la corona de Aragón y en el desarrollo del cisma de Aviñón,
por su defensa del papa Clemente VII frente al romano Urbano VI, a quien
en no pocos tratados de su época consideraban como político ante todo.
Fue consejero de numerosos monarcas y era respetada, y hasta temida, la
influencia de sus sermones en las masas. Se le consideraba en posesión
del llamado ‘don de lenguas’, puesto que en sus deposiciones
empleaba la variante del catalán valenciano vulgar y era entendido por
grandes masas de oyentes. [Encarta
’98 CD-Rom] Carlos, príncipe
de Viana (1421-1461), reinó en Navarra con el nombre de Carlos IV. Aunque
había nombrado al futuro Juan II (su padre en realidad) lugarteniente
suyo, éste asumió todo el poder a partir de 1444, por lo que en 1448
Carlos huyó de Navarra y se alió con Juan II de Castilla y su
condestable, don Alvaro de Luna, en contra del usurpador, cayendo
prisionero en la batalla de Aybar (1451). En 1455 su padre le
desheredó y nombró como sucesora a la hermana de Carlos, Leonor. Tras
su puesta en libertad, residió en Francia y en Sicilia y posteriormente
se dirigió a la costa catalana. Fue detenido en Lérida (1460). Sin embargo, nuevas revueltas en Cataluña obligaron a Juan II a reconocer el derecho sucesorio de su hijo en 1461. Carlos de Viana murió ese mismo año,
probablemente envenenado, lo que motivó una sublevación de los catalanes
y la reanudación de la guerra civil en Navarra. [Encarta
’98 CD-Rom] Puede verse todo lo concerniente a este acontecimiento en los Anales de Aragón, de Gerónimo Zurita. [Nota del autor] [VOLVER] |