HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES
Segunda Parte.
Introducción y Capítulo 1
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A proporción que se acerca el tiempo y los varios sucesos que motivaron nuestra existencia, a medida que vamos llegando a los seres queridos que conocimos y que hablan a nuestro oído, teniendo fotografiadas sus imágenes en nuestra alma, quisiera yo, que los voy a evocar y ponerlos de nuevo en la escena colocándolos en esta galería de nuestros ascendientes, bosquejarlos y pintarlos en colores y tintas más brillantes para trazar la historia reciente de esas amadas personas que son los eslabones que nos enlazan con sus nudos y alazadas a los que nos precedieron en los anteriores siglos, que los dividen en más de trece generaciones y cerca de cinco centenas de años. Tentado he estado al dudar de mis fuerzas para obtener el resultado que me propongo de arrojar la pluma, pues no la encuentro digna de ellos y por- que los creía inútiles para los que los tenemos dentro de nuestros corazones esculpidos ; pero me temo y deploro que al desaparecer nosotros dejamos perdidas tan bellas tradiciones y noticias, borrándose por completo unos perfiles tan nobles, como desaparece el rastro de las aves por el cielo o el surco de las naves por los mares. Quiero y debo yo darles esta obra hecha a los que nos sucedan, aunque haya tal vez la desgracia casi general en la familias de olvidar su pasado y no cuidarse más que de lo presente, en tanto no se roce o tenga conexión lo antiguo con intereses mezquinos. No, no, no son dignos nuestros padres, a quienes tanto les debemos y a quienes yo en particular les adeudo y merecí los destellos de ilustración que con todo género de sacrificios me supieron dar, los viajes que me costearon y las caricias y ternura que me prodigaban, [de] no corresponder y pagar en algo la inmensa deuda de gratitud que contraje. Y ya que no pude ayudarles y serles útil en algo como yo ahora aún más que entonces, quisiera poder al menos, al biografiar sus nobles caracteres, pagar en algo y con este pequeño óbolo lo que les debo, que es todo, desde mi existencia precaria hasta las comodidades que disfruto. El pan que llevo a mi boca, la tela que ciñe mi cuerpo, el mullido lecho en que descanso, los conocimientos e ideas que bullen en mi cabeza, todo, incluso mi ser, son gotas de sangre y de sudor desprendidas de su corazón y de su frente. Quiero, pues, en su honor e imperecedero recuerdo, tejerles una sencilla guirnalda de laurel y siemprevivas ; ya que no me es dado levantar monumentos a su memoria y esculpir mármoles y bronces con sus nombres, quiero y es mi más bello ideal que éstos pasen a sus descendientes si es posible hasta lo infinito y que las ramas y brazos de este frondoso árbol que hemos visto nosotros crecer sepan y estimen en mucho a los que fueron autores de su existencia y de los bienes que poseen.
Seca
y próxima a desgajarse parece estar la rama de mi existencia, porque tal
vez quiera Dios negar este consuelo a un corazón desencantado de todo,
sin ilusiones y árido y marchito yo para la felicidad como los arenales
del Sáhara para la vegetación, porque el autor de estas memorias, que
lleva en sí la savia primogénita de la familia y del linaje, nada más
podrá tal vez dar de sí que estos toscos pero sentidos renglones que a
los suyos les dedica para que por indolentes y olvidadizos que sean puedan
hallar, hojeando sus páginas, lecciones que les puedan servir, consejos
de que se puedan llevar y, sobre todo, noticias exactas y genuinas de los
varones y quienes deben su existencia y el bienestar que de ellos les haya
alcanzado, parando sus mentes alguna vez en el que se los trazó en
claros jeroglíficos que ninguno antes que él de nuestro linaje se había
puesto a descifrar, porque este trabajo ímprobo y de gran paciencia de
coordinar materiales tan desparramados y cotejar fechas tan largas y de fácil
equivocación me lo deberán a mí. Nuestros descendientes se lo
encuentran todo hecho, y si saben conservar los sudores de nuestro común
progenitor, tendrán su modesta existencia asegurada y su porvenir, casi
de la misma manera que tienen asentadas estas historias de los de su
linaje, que tan fácil les será continuarlas con que alguno de vez en
cuando le aumente algunas páginas. ¡¡Plegue a Dios y guarde en sus
arcanos que aunque no sean tan gloriosas y brillantes como las de su
principio, no se vean manchadas ni enlodadas con hechos y acciones
indignas de una antiquísima y siempre honrada estirpe de varones y de
hembras!! Después de esta precisa digresión y desahogo de mi alma
entraremos a bosquejar el idilio o égloga pastoril de los amores de
nuestros abuelos. CAPITULO 1o: Excursiones militares de Don Francisco de Puelles, nuestro abuelo. Su venida a Andalucía y sus amores en Alcalá ; su casamiento y su prole. Horfandad en que quedó ésta a su temprana muerte. El tío Joaquín de Puelles ; su embarque y glorioso fin. Niñez de los huérfanos.-
En Zamora dejamos de guarnición al Regimiento de Valencia en 1797,
al concluir la campaña, en esta antigua ciudad de Castilla, herencia
patrimonial de la infanta Doña Urraca y en
cuyo cerco asesinó a su hermano, el ambicioso Sancho, rey de León, el
traidor Bellido Dolfos, en esta vetusta
ciudad que nos pinta Adelardo López de Ayala tan al vivo con aquello [de]: Es Zamora, que aparece
tan
decaída y tan flaca,
que
la gobierna, parece,
todavía
Doña Urraca.
En ella [ob]tuvo un grado
[nuestro pariente], el primero después de la guerra, pues el
Gobierno los escatimaba aún más que los sueldos a los buenos servidores,
repartiéndose- los con profusión entre los cortesanos, y [recibió] orden para pasar el Cuerpo a Andalucía bajando por
Extremadura. En efecto, a marchas regulares se encaminó en seguida el
batallón, que recibió en el camino un nuevo y elegante uniforme. A
proporción que dejaban las llanuras de Castilla y los términos montuosos
y [las] dehesas de Extremadura y se internaban en los fértiles campos
de Andalucía, donde la vegetación, el cielo y el sol son más brillantes
y la flora africana, con su vigor, reemplaza a la de nuestras comarcas
del Norte, el pecho de nuestro abuelo se ensanchaba y su poética
imaginación se embebía y extasiaba con la contemplación de tan bellos
campos, y aspirando los aromas y azahares de nuestros olivos y naranjos,
viendo columpiarse las palmeras que dejaron nuestros
antepasados los árabes de trecho en trecho planteadas y que le
recordaban los cánticos sentidos de Anderramán
el Grande una de ellas, le parecía estar en un oasis del desierto.
Parecía que le vaticinaba su corazón, y ya se ensanchaba, que en esta
bella comarca y clima tropical había de formas el nido de sus amores,
habían de correr los días mejores de su existencia al lado de una
andaluza cuyo perfil creía ver en sombras, y que al pie de alguno de
estos poéticos árboles le labrarían su sepulcro.
Pobre, joven de 22 años, huérfano de madre y sin más bienes que
su espada, que tan poco le ofrecía, curtido en tan corta edad por una
penosísima campaña, buscaba, como el soldado de fortuna, un lugar de
reposo y una mujer a quien dedicar su puro y grandioso amor, y Dios se la
deparó y premió en ella, como se verá más adelante, aquella fe y entusiasmo. De la feraz y opulenta Sevilla pasó a Cádiz el 98, y después de
guarnecer [durante] año y medio
a la reina de los mares, a la concha de nácar del océano, donde se
anidaban entonces todos los buques que hacían su carrera a América,
sirviendo de acueducto por donde se derramaban sus tesoros, habiendo
conocido y sido obsequiado por un primo hermano de su madre, Don Pedro
Tariego, rico comerciante de ella y que en ella había redondeado su
fortuna como lo hacen otros castellanos que se dedican al comercio, pasó
de nuevo su regimiento al bloqueo del Campo de Gibraltar, cuya plaza se
observaba de cerca desde la alianza con Francia, que de hecho nos traía
la enemistad con Inglaterra.
Salió por su propio pie de Cádiz precediendo a su Cuerpo una jornada, y adelantándose por nuestros campos llegó una tarde bien temprano dejando a su regimiento en Medina, y atravesando las hermosas lomas y collados que habían de ser algún día de sus nietos y que estaban bordados en aquella estación de las flores de lazuya y del trébol por ser en los días de Abril, divisando desde ellos a la morisca villa de Alcalá de los Gazules sobre un elevado cerro que guarnecía un magnífico y blanco castillo entonces habitado por los Corregidores y a cuyos pies cruzaban mansos y susurrantes una extensa vega los ríos Barbate y Traja. Una ojeada desde el Cerro de la Mesa, por donde subía el camino, le hizo ver este extenso panorama de las Sierras Gazules al frente, y sirviendo de respaldo a lontananza, el Traja y el Barbate regando el extenso y desigual valle lleno de ganadería y de verdes sembrados, y un pueblo asentado en la cornisa de un cerro como un nido de golondrinas en el capitel de una columna, blanco y brillante, guarnecido por todas sus laderas de huertos y viñedos, le hizo ver todo lo bello del cuadro que casi presentía iba a serlo también de sus amores de blandas plumas, donde se iban a adormecer sus hijos y sus nietos. Introducido en el [pueblo] por una larga calle, aunque un poco sesgada, llegó el destacamento de soldados hasta la Plaza de la Cruz, no sin alborotarse sus sencillos habitantes al ver aquel pelotón de soldados granaderos, pues nuestro abuelo era de esta compañía, que con sus enormes gorras de pelo y sus brillantes uniformes con el correaje blanco formando cruz entraba por sus calles tras de un oficial hercúleo y arrogante, pero joven por demás. Habiendo hecho alto en la Plaza Baja y preguntando por el Comandante de las Armas o Alcalde, le indicaron la Casa de las Maltesas junto al Convento formando esquina a la plaza, y, en efecto, en ella se alojaban la rica viuda del Maltés [y] Don José de Abansen, capitán retirado y establecido en Alcalá desde el final de la campaña de Francia, donde se había distinguido sobremanera sacando varias heridas y siendo el primer jefe que la inauguró rompiendo el fuego de guerrillas por las gargantas de Canfranc, como puede verse en las gacetas de la época. Era el capitán Abansen el que había de ser más tarde el tutor y padre cariñoso de los huérfanos Puelles, el tipo del militar aragonés más perfecto y cumplido que pudiera encontrarse, y, aunque en pequeña escala, era parecido a Bayardo en lo religioso y valiente, en lo honrado y lleno de dignidad y entereza ; aún se oyen sus elogios [en boca] de los ancianos que lo alcanzaron a conocer, personificado como el ‘caballero sin miedo ni tacha’. Casado con Doña Josefa, casi hermana de nuestra abuela porque halló en ella una esposa digna de él, se había retirado del servicio y reposaba de sus heridas y trabajos con la familia patriarcal de su suegra, a quien obedecía como un niño mirando en la noble anciana el tipo de Sara o Abigail, de las Santas Mujeres de la Biblia. En esta casa entró, pues, nuestro abuelo al mediar una calurosa tarde del mes de Abril de 1799. Un patio con flores de todas clases y en [el] que crecían dos naranjos jóvenes cargados de azahar y en cuyas copas venían a enredarse jazmines, madreselvas y rosales salseros formaba la entrada de la limpia y bien repartida casa, y una señora anciana rodeada de cuatro bellísimas jóvenes, con un militar algo maduro, pero de fresco semblante, formaban el cuadro y grupo que a su primera vista se le presentó al mancebo. Puesta su gorra [en] en antebrazo y tocando casi con la rama de los naranjos su blanca frente cubierta aún de sudor y de carmín sus rojas mejillas, se aproximó a las señoras y saludó reverente después de éstas al respetable militar, que en su aire y marcial postura llena de dignidad indicaba brillantes servicios y un grado superior al del que le hablaba. Después de mostrarle su pasaporte, le mostró en cortas y medidas palabras la misión y objeto que traía al adelantarse al regimiento, que era la de tenerle prevenido el alojamiento y [las] raciones, y que precediéndole poco más de una legua en un día de calor, vendría agobiado de fatiga, por lo que era preciso tenerle corriente a su llegada el hospedaje y bastimento. Mandado sentar, y mientras Abansen se colocaba su uniforme para acompañar al joven en su cometido y saludar a un coronel que venía al frente del Cuerpo, reparó y comenzó a mirar nuestro abuelo despacio las jóvenes modestas y sencillas que acompañaban y cercaban a la respetable anciana que en medio de ellas se creía sentada en un cómodo sillón. Todas eran de poca edad y de agraciados semblantes, pero a sus ojos resaltaba una, la más alta y de negra trenza de pelo, [con un rostro] de color blanco y nacarado, sin matiz alguno y de expresión angelical, a quien nombraban por Clara, la que se había interesado más por ofrecerle un asiento al pie del rosal sabroso, interesada por él al verla tan fatigado. Poco tiempo estuvo en esta situación y en conversación con la mamá y las jóvenes, que le preguntaban con interés por su familia y a quienes él contestó en sentidas palabras no haberla visto hacía más de dos años ni haber podido abrazar cuando volvió de la campaña a su joven madre, que murió durante la misma. Entusiasmado al ver aquel sencillo y patriarcal cuadro, que le recordaba su infancia, e inspirado por los ojos de la poética Clara, produjo imágenes tan vivas del cariño hacia los suyos y de la pena que es la ausencia y privación de los objetos queridos, expresándose con tanta fe y sentimiento que cautivó a su auditorio e hizo derramar lágrimas a los ojos de la joven con quien se había inspirado él mismo. Deslumbrado y abstraído, salió con el Jefe de las Armas a la calle, caviloso de la viva impresión que le produjo Clara, de quien tomó ligeros y discretos informes, como convenía a su discreción y a la situación de su respetable cuñado, que a su vez le explicó ligeramente la causa de haberse casado y establecido junto a tan buena familia al pasar también, como él, por el pueblo siguiendo el mismo itinerario con el Regimiento de Aragón. En tan sabroso diálogo llegaron a la cúspide del pueblo y a [la] casa del Corregidor, que residió en el castillo y era el que había de disponer de raciones y alojamientos. Introducidos en su vastos salones, conversaron con este buen señor y su bellísima señora, hija también de la familia maltesa, y que hacía poco tiempo se había casado con Don Martín Balmaño. Curiosa y viva por demás, al oír que entraba un regimiento con el brillante uniforme que llevaba el oficial itinerario, quiso verlo y se bajó con su cuñado Abansen a la casa de su madre para verlo desfilar, mientras su marido Don Martín, acompañado del [de] Puelles, después de dar las órdenes convenientes para llenar tan perentorio servicio, unidos ya con Abansen se aproximaron a la entrada de San Antonio, por donde se divisaban ya los grupos y masas de la tropa y los bagajes. Formado el hermoso batallón en la llanada y campo de La Ermita, cuyo barrio estaba entonces poblado de familias ganaderas, y marchando tras una banda militar de músicos, tambores, pífanos y cornetas que en unísono son y compás hacían resonar una marcha guerrera doble, muy de moda entonces y que llamaban ‘Marcha de la Reina’ en honor a María Luisa, a quien se había dedicado, precedido de una escuadra de robustos gastadores y de un adornado y gigantesco tambor mayor que enarbolaba su grueso bastón ceñido de borlas y con el que marcaba los compases y tonos formando molinetes en el aire, piafando los caballos de los jefes y ayudantes excitados con el ronco batir de los parches y haciendo saltar chispas de sus herraduras en el empedrado, atravesaba el hermoso regimiento las calles del pueblo todo alborotado, haciendo alto mientras alojaban las compañías en le Plaza de la Cruz. Asomadas a los balcones las jóvenes de todas clases, miraban sorprendidas y gozosas aquel aparato y ruido bélico que también y grato suena en un pueblo pastoril. Nuestro abuelo, que venía hablando con el coronel próximo a su tío Joaquín, [y] el capitán de granaderos próximo también al grupo, enseñaba a éstos el balcón de las Maltesas lleno de preciosas jóvenes que a semejanza de una vistosa maceta de claveles o de rosas alzaban sus graciosas cabezas, descollando entre todas, para la opinión de Don Francisco, la de la simpática y páli- da Clara. Acomodada la bandera en casa de las Ortizas, donde se alojó el coronel, lindera a la de las Maltesas, después de los honores de ordenanza, repartida la compañía por los di- versos barrios y alojados tío y sobrino en la casa de Don Tomás Romero frente a las Maltesas, pues ellos siempre paraban juntos, concluyó aquella tarde en que se inició y tuvo vida el germen del amor de nuestros abuelos y que habría de decidir el nacimiento de nuestra rama en la villa. Largo y tal vez enojoso habrá podido parecer este relato, pero era preciso que yo describiese este cuadro que le oí pintar muchas veces a nuestra abuela cuando apenas balbuceaba yo su tan precioso y fácil nombre incrustado en mi corazón. Veinte días estuvo el batallón en Alcalá, y este tiempo destinado a ejercicios, revistas y simulación fue muy breve para nuestro abuelo, que hubiese querido en su afán amoroso que en vez de los veinte que le impusieron de observación las autoridades del Campo por haber casos de epidemia en Cádiz, de donde venía, que fuese la cuarentena completa. Seducido del encuentro particular con Clara, se decidió mi abuelo ; al verse al parecer correspondido deliraba de contento. Y era para estarlo, pues no podía buscarse una mujer que igualase a la abuela en virtudes, bondad, laboriosidad y simpatía en su familia, que Clara era, siendo una de las mayores, la más querida de todas, pues ella no se pertenecía a sí propia, sino a las hermanas y [a su] madre. Sin inclinación jamás de casarse, había desechado varios partidos brillantes del pueblo y habían sido inútiles las gestiones del rico labrador López, que luego casó con la otra hermana Ramo- na, y del indiano Durán, que deslumbraba al pueblo con el boato que había traído de América ; nada más que [a] su madre y hermanitas quería Clara, y sólo al oír hablar el mismo lenguaje que tanto simpatizaba, con sus afecciones y religión de familia, al joven oficial la tarde de su llegada había sentido la santa joven correr por su organismo el fluido electromagnético de los que tienen idénticas propensiones y simpatías. Así es que se encontró, sin saber cómo, en su inocente alma una nueva y desconocida emoción que le produjeron las palabras del arrogante y sensible mancebo, y era que estaba destinado ab initio para que la bella palmera nacida en Alcalá cambiase, confundiéndose sus olores y perfumes con los que exhalaban los pétalos de las bayas del olmo o roble de las Castillas. El tío y el sobrino, en contacto y amistad con Abansen y recibidos como se merecían en casa de las Maltesas, donde fueron en adelante bien acogidos, pasando largas horas en pláticas juiciosas y agradables con las respetables señoras, cuya medre, sentada gravemente en su asiento y con su grueso llavero en la cintura, era la jefa y monarca de aquella rica y respetable casa. Un año escaso hacía que había muerto el padre de las niñas y todavía arrastraban éstas el luto de tan venerable varón, que aunque de una antigua y noble casa de la ciudad de Albalete, había salido en su juventud de ella y después de largos viajes y excursiones tras del comercio a que estos isleños levantinos se dedican, en especial todos los segundones, que según una antigua costumbre del país, se han de esparcir por el mundo por no caber en su reducida y poblada isla, ocupada, como se sabe, entonces por la primera y más arrogante orden militar del cristianismo. Don Pablo Cerri y Giulai, después de varios viajes que duraron lo que su juventud, se había establecido definitivamente en Alcalá, donde al frente de una bien surtida casa de comercio, la única del pueblo entonces, que su crédito y honradez le ganara había ido comprando la mitad del caserío de la villa y labrado otras suntuosas y grandes en la villa de Puerto Real. Había casado y se había fijado en Alcalá, renunciando volver a Malta, en cuya isla y su historia venía figurando su familia ejerciendo cargos y funciones honoríficas de la capital y en la célebre orden, y en su religión y filas habían militado algunos de sus parientes, arraigándose definitivamente y enlazándose con una hija del pueblo, Doña Isabel Periáñez y Baó, célebre por su beldad y gran virtud, y formando tan bella pareja un hermoso caudal y una familia de ocho hijos nutridos en la escuela de sus padres y que eran, por su belleza, educación recogida y piadosa y ricas dotes, los mejores partidos del pueblo, yéndose casando todas [sus hijas] menos Isabel, que se había encerrado en el convento de monjas de Santa Clara: el Corregidor del pueblo, Don Martín Balmaño y Galindo, favorito del Duque de Medinaceli por sus servicios en su Casa, había casado, como hemos dicho, con Gertrudis, el capitán Don José Abansen con Josefa, el rico labrador López, pretendiente de Clara, con Ramona, un entendido médico llamado Don Lorenzo Rodríguez con Juana y un rico comerciante de familia maltesa y deudo de Don Pablo Cerri con María de los Santos, estando reservadas Clara y Leonor para otros dos militares, uno que llegó a Capitán General del Ejército, el célebre Villacampa, y la otra, que si no hubiera muerto nuestro abuelo tan joven, tal vez habría sido elevado también a prodigiosa altura, entendido su mérito y fina educación, su probado valor y suficiencia en la gran lucha que a poco habría de empezar y donde habría entrado de coronel, mientras que Villacampa entró en ella de alférez. Esto habría sido lo probable atendiendo a los antecedentes de este Puelles, que era un militar tras quien se veía al colegial salmantino próximo a ser abogado, al alumno de la célebre Universidad, mientras que Villacampa no pasaba de ser un fornido y gigantesco gayán que había empezado su carrera de distinguido y que más por ser sobrino de Abansen que por su descuidada educación y bruscos modales había entrado en la familia distinguida y rica de las Maltesas ; seis pies de altura y cuatro chistes oportunos le habían valido en su principio el amor de la hermosa Leonor cuando vino a ver por primera vez a su tío materno Abansen. Todo lo demás fue ornarle la suerte, y tan ajenos los de la familia estaban de ella y del destino que ésta le iba a deparar, que casi [se] resistieron al casamiento de ésta con el subteniente de los Ligeros de Aragón por hallar al oficial algo ligero de cascos. Mas anudando nuestros hilos, que con estas disgresiones hemos perdido, diremos que al concluirse la media cuarentena que tuvo el Regimiento Valenciano en Alcalá y tener que marcharse a Algeciras perdió nuestro abuelo su quietud y [al] quedar la espalda [vuelta] al pueblo volvía su cara incesantemente hacia los sitios donde quedaba su bella y modesta Clara, la mayor a sus ojos, y no era ilusión de su mente repentina, pues otra más sencilla y bondadosa difícilmente pudiera hallarse. En su despedida le había ofrecido y jurado amor eterno que confirmaba en su tierna y continua correspondencia desde Algeciras, donde lo dejaremos ahora con el tío Joaquín de Puelles y Tariego, hermano de nuestra bisabuela Catalina, la célebre ‘malva de olor’, que al morir joven en Pampliega había dejado cinco hijos, algunos pequeños y a medio criar y a todos con escasa fortuna, y era Don Joaquín un galán de tales prendas y tan bizarro y valiente, que será preciso dedicarle algunos cortos renglones. Desde muy joven había habían emprendido él y su hermano Julián la carrera de las armas, y habiendo entrado de niños en el Colegio de Ocaña, que era la escuela de los frailes mínimos de la Victoria, al igual que la célebre Brienne en Francia, donde se educaba en este mismo tiempo el gran Napoleón. Desde allí salieron el uno a Guardias de Corps, donde le hemos visto tan halagado, y el más pequeño, Joaquín, a servir en varios cuerpos hasta que se creó el brillante de Valencia, donde fue destinado de teniente, pues ya hemos dicho que se formó con cuadros entre- sacados de los oficiales más brillantes de todo el Ejército ; en él hizo la campaña de Francia junto con su sobrino, llegando a capitán primero, jerarquía que entonces existía en la milicia, y mandando la compañía de granaderos continuó siempre en él hasta el año de 1807, que ya de teniente coronel pasó a América formando parte de aquellos ejércitos, obteniendo en ellos otros grados hasta obtener en 1810 el gobierno de Caracas, en cuyo punto, al estallar la insurrección de las colonias y resistiéndose al frente de la guarnición del castillo cuando se vio obligado a encerrarse en él el tiempo más que suficiente para que se le socorriera por parte del gobierno de la metrópoli, sin permitir entregarlo a los insurgentes, los que [se] apoderaron del fuerte después de un largo y tenaz sitio, asaltándolo y pasando a cuchillo [a] su valeros guarnición y [al] heroico Brigadier Gobernador en el año de 1814, teniendo 50 años de edad empleados en el servicio de su patria. Había casado antes de su malhadado gobierno con una rica señora del país, que después de la catástrofe y de [la] pérdida de la colonia se estableció en La Habana con cinco hijos, que viven hoy parte de ellos bien acomodados en Cuba, donde tienen sus haciendas ; un hijo de una de estos acaudalados señores del apellido Pérez Puelles vino a educarse al Colegio Real de Sevilla en 1851, sin que por hoy tengamos más noticias de esta rama de Puelles americanos, de estos hijos de un valiente tan desgraciado como galán y caballero. Su otro hermano, Don Julián, el bizarro guardia, al estallar la tormenta del año ocho siguió en su Cuerpo, que se batió en Ocaña, y al extinguirse [éste] después de la derrota siguió al Duque del infantado, su particular e íntimo amigo, encargándose de las cajas de aquel ejército con el carácter de Comisario Ordenador e Intendente, pues en es tiempo se pasaba indistintamente de las filas a la administración de la hacienda militar, y después de haber seguido la suerte de la guerra, al terminarse ésta quedó de cuartel en Valladolid, donde murió poco después que su hermano, sin que sepamos tampoco si el hermoso y gentil guardia se avino a casarse después de haber sido el Tenorio y Lovelace de su época. Destacado en tanto nuestro abuelo, y volviéndonos a él, en la Isla Verde de la Bahía de Algeciras, suspiraba por su Clara, y revolviendo su imaginación para ver de conseguir su mano, pues simple teniente como era, ni estaba en proporción de la joven, ni alcanzaba su mezquino sueldo de 400 reales que entonces era la paga para sostener una familia naciente, y tenía que seguir a su Cuerpo. Retirarse e irse a vivir a la sombra de su suegra y sin opción a retiro alguno ni tener ejercicio ni caudal alguno le parecía bochornoso, [y] aguardar a ser capitán en una época en que se eternizaban las carreras era insoportable, y sin saber qué hacerse y puesta la mano en la mejilla pasaba embebido las horas sentado sobre un cañón y mirando el gigantesco Peñón que dominan los ingleses para nuestra mengua, revolviendo en su mente sombría pensamientos desesperados ; así lo escribía en sus cartas y así se concibe es- tuviera, atendido el gran amor que a su amada profesaba. En completa abstracción y melancolía se le iba todo el tiempo que en Algeciras estaba, llegando a tanto su mal que le corroía y su abatimiento a tanto, que su primo y [el] tío Joaquín, viéndole de aquel modo, y esparciéndose en aquel tiempo partidas para perseguir contrabandistas y malhechores, suplicó al coronel le destacase con una y lo mandase a Alcalá. Ebrio de entusiasmo nuestro abuelo y sin avisarle a su amada nada, tomando veinte granaderos de su compañía lucida, se puso en marcha al instante para el pueblo deseado y al que no creía volver. Tres meses fugaces fueron los que duró su comisión, pues embebido en su amor se deslizaban los días con su angelical amada, que sin perder en nada sus hábitos y sencillas costumbres y absorbida en sus cuidados domésticos, seguía siendo la infantil criatura de candor y de inocencia. Era tal ésta, que muchas noches que tenía que hablarle a su entusiasta amador por las rejas de la calle solía quedarse dormida sobre la silla en que se sentaba, mientras que nuestro abuelo, envuelto en su capote y acompañado de su asistente, cansado de rondar y [de] dar palmadas y toses inútiles, mandaba a éste [a] por su guitarra, a que era gran aficionado, y después de algunos preludios que despertaban [a] la vecindad entera, le cantaba entre otras coplas alusivas un motete muy sabido: Eres madre del sueño, paloma mía : siempre que vengo a verte te hallo dormida. Así y todo, el pobre de nuestro joven se lo pasaba muchas noches en claro y los días en turbio como el Ingenioso Hidalgo, pues no había forma de que su Clara dejara sus infantiles hábitos, enamorándose con esto doblemente su corazón. Sin embargo era feliz, tan dichoso como puede serlo el hombre que tropieza en su carrera [con] un angel de beldad y de belleza, y tan ciegamente se apasionó de ella, que atropellando razones de conveniencia y no teniendo en mientes todas las que antes le habían sujetado, consultó con Abansen y se decidió a casarse impetrando la Real Licencia. Era precisa condición a los subalternos para obtener esta gracia el que los dotasen sus mujeres, y en un hombre de su temple no quería por más que fuese costumbre el avenirse a este terreno. Mas Abansen, que veía lo incurable y frenético de su pasión, lo convencía de que este paso no podía rebajarle tampoco, atendido a que la joven tenía su dote y caudal por la muerte de su padre y que estando ella también en este sentido, no podía serle sino muy agradable el caso, mas [que] sin embargo de todo consultase con su madre, a quien le correspondía decidir en este empeño. Más que librar un combate asaltando una batería fue este paso para Don Francisco ; hubiera dado la mitad de su vida por ser capitán entonces y no suplicar a la noble matrona que accediese a sus deseos. Sin embargo se aferró en su pensamiento, y acompañado de Abansen, a quien miraba como a [un] padre y que luego más tarde habría de desempeñar este cargo con sus hijos, y en breves y sentidas razones mostró su petición. Tan comedido, ruboso y elocuente se mostró, que la buena señora, que comprendió su pasión, no teniendo nada que oponer a tan cabal caballero, y contando con el consentimiento de su Clarita, se avino a conceder. Si trémulo y cortado estaba el novio, más sofocada y pudorosa estaba la prometida, que llena de rubor y de vergüenza condescendió con el silencio y ese rubor que imprime al rostro el candor y la inocencia. Y fue tanta la alegría de nuestro abuelo, que creyó volverse loco. “Nada, señora, puedo ofrecerle más”, exclamaba dirigiéndose a su madre, “que mi corto e insignificante grado para la que tanto vale, pero si fuera general yo ofrecería mi faja y bastón a sus pies con el mismo entusiasmo, o mejor si cabe, pues me creería más aproximado a merecer el tesoro que me vais a entregar”. Desde aquel día no sosegó el joven para obtener el Real Permiso, y mientras que éste llegaba le fue preciso volver a Algeciras, mientras que Clara tenía que acompañar a su hermana Gertrudis a Cañete la Real, donde iba de Corregidora. Avenidos a este plan, transcurrieron varios meses, que parecieron siglos a nuestro progenitor, volviendo en el entretanto su regimiento de nuevo a Cádiz retornando por Vega y no tocando en Alcalá, que estaba desierto para él con la ausencia de su Clara. Próximos ya los días para efectuarse su enlace deseado vino ésta de Cañete con su hermana inseparable, mientras que se aguardaba al entusiasta galán, que escribía desde Cádiz llegar de un momento a otro. Y en efecto, una noche lluviosa y oscura como el caos de los últimos días de Abril de 1801, a una hora desusada trotaba su caballo violentado por la Calle Real abajo un gentil mancebo lleno todo de lodo, y destilando agua por todo su cuerpo se apeaba de él dándole la rienda a un hombre del país que liado a un sayal le acompañaba. El joven era nuestro abuelo, que habiendo salido de Cádiz aquella mañana con su asistente asido a la cola de su caballo trayendo la licencia para casarse, se le había quedado apeado éste en el camino, cerrándosele la noche sin conocer las veredas, [y] guiándose sólo por los instintos del caballo había llegado al río Barbate avenido y cuya pasada estaba entonces por frente del Molino de los Frailes, por cuya hijuela subía ésta, y lloviendo a mares y bajando un torrente por los estrechos caminos que suben del olivar, en vez de tomar el caballo la ruta, había tomado la zanja del Vallado de la Hacienda, que también iba llena de agua, estrechándose el paso a proporción que subía, y no pudiendo ya adelantar más hubo de conocer su error, pues en balde fue, porque atracado el caballo en la gavia, no pudo revolverse y quedó tendido dentro de ella, cogiendo a su jinete debajo [y] pasando por encima todo un arroyo desbordado. Viendo el abuelo que le era imposible deshacerse de los estribos y salir de su cabalgadura, sintiendo que se helaba, y la presa del torrente contenida por sus cuerpos le iba a ahogar en vísperas de su enlace, invocando a su santa madre para que lo hiciera con la de Dios empezó a gritar pidiendo pronto un auxilio. En medio de estas lobregueces y desiertos, en una noche tan terrible y lluviosa, había sin embargo un hombre que velaba por ventura dentro de la Casa del Molino a tiro largo de fusil de la zanja mencionada ; este hombre creyó oír lejanas voces de socorro, y en vez de atemorizarse como otros acostumbran se lanzó apresurado llevado de su buen instinto y corazón, y marchando a tientas sobre el sitio donde las oía, y cuál sería su sorpresa al encontrarse a un ser humano y a un caballo en confuso pelotón, ciegos casi con la arena y las aguas del arroyo. Haciendo un esfuerzo extraordinario e implorando la protección de la Virgen levantó al joven en sus robustos brazos y arrastró al caballero logrando sacar[le] de debajo de su cabalgadura, y tirándole ambos de la cola y con el agua a la rodilla lo pusieron en pie sacándolo paso a paso para atrás del estrecho y anegado callejón. Un abrazo afectuosísimo fue por lo pronto la recompensa de esta noble acción que Don Francisco diera al joven que lo salvara, y conducido por éste a la Casa del Molino, se enjugó en su chimenea del aterimiento que sentía ; mas deseoso de llegar al pueblo montó de nuevo en el caballo y conducido por su guía llegó del modo que hemos visto a la puerta de su Clara. “A este joven le debo mi vida”, exclamó después de verla, “y nuestra gratitud para con él será eterna”. Y eterna fue, porque mientras vivió él y su mujer y sus hijos y sus nietos, todos le rendimos tributo de una amistad inalterable al entonces Juan Perales y a quien más tarde conocimos por Don Juan Perales, uno de los hombres más honrados y religiosos que hemos conocido y cuyas manos reverenció tanto siempre nuestro padre que nos lo mostraba cuando niños diciéndonos: “He ahí al hombre que salvó la vida de mi padre cuatro días antes de casarse ; he ahí al anciano a quien le debemos él y nosotros la existencia. Si no hubiera acudido a la zanja donde estaba medio ahogado vuestro abuelo y lo sacaran sus brazos, todos dormiríamos hoy el sueño de la nada. Es preciso, pues, que mientras haya Puelles en Alcalá aprecien a él y a su descendencia, pues sin él no los habría”. Albergado en casa de sus antiguos patrones y repuesto de sus trabajos a los cuatro días siguientes, el 2 de Abril de 1801 casó nuestro abuelo y se hospedaron en la casa de su madre, habiendo habido la particularidad notable de que queriendo celebrar un marino de la familia de los Manzanos, de quien era grande amigo nuestro progenitor, el deseado enlace de su íntimo camarada, mandó también al día siguiente un toro de su brava ganadería, siendo tan asombroso y fiero el dicho animal y haciendo tales prodigios, que más que toro pareció un tigre carnicero desencadenado, dejando memoria eterna el Toro de la Cruz, o sea, el Toro Rubio de los Manzanos, que tal vez sin este motivo habría ido pacífico a cortarse al matadero de Cádiz. En tanto que pasaron estos días felices adormidos en su amor, el regimiento había marchado a Sevilla, donde fueles preciso incorporarse a los dos recién casados, continuando para Extremadura, cuyas líneas fronterizas fueron a guarnecer. En Coria, antigua ciudad don- de reside el Obispo de la parte Norte de Extremadura, nació el 24 de Marzo de 1803 nuestro tío Antonio, el hijo mayor de este dichoso matrimonio, siendo su padrino el tío Joaquín y echándole el agua en el sagrario de la catedral de la misma Don Benito Lobato Caballero. Al año siguiente nació en Badajoz una de las principales plazas de armas del Reino y capital de la Extremadura, nuestro padre en 10 de Julio de 1804, a quien tuvo en su brazos su dicho tío y lo bautizó el capellán del regimiento en la Iglesia de Santa María la Real, llamado Don Vicente Sirvent. Este segundo hijo, a quien se puso [por nombre] José, colmó la dicha del matrimonio, pero ¡ah!, que había de durar muy poco tanta felicidad, y llevaba ésta en sí el signo de ser muy grande para que pudiese ser duradera. ¡¡Cuán ajeno estaba la dichosa pareja cuando en brazos de su amor y teniendo los dos preciosos niños contra su pecho, el mayor que apenas se tenía de pie, y el pequeñito en mantillas, que una gran desgracia amenazaba aquella situación feliz y que iban a desvanecerse todos los sueños de oro de sus ilusiones!! Era a mediados de Noviembre de 1804, y habiendo comisionado el coronel Don Lino Vicente a su subalterno pasase éste al pueblo de Villanueva de la Serena, [a] una jornada corta de Mérida, a recoger unos fardos para efectuar la paga del Cuerpo al finalizar el mes, salió nuestro abuelo con parte de su compañía para el punto indicado al día siguiente, y después de abrazar a su Clara y estrechar a sus hijos sobre su corazón. Era la primera vez que los había dejado un día de su lado desde que se casó con ella ; gruesas lágrimas brotaban de los ojos del opuesto oficial al apretar contra su pecho los objetos más tiernos y queridos a su alma, y lágrimas fervientes también corrían de los ojos de su esposa. El niño mayor de año y medio, no comprendiendo esta escena, pujaba al verlos llorar mientras al chiquito dormido cabrían las alas del ángel de la inocencia. Parecía que presentían aquellos sencillos corazones la gran desgracia que sobre su cabeza se cernía y la lloraban de antemano. Animado por el tío Joaquín, que se apareció de pronto y que rompió en chistes al ver aquel cuadro tan patético, ajeno también su corazón de los presentimientos tristes de los jóvenes esposos, a empujones los apartó, recordándoles sus deberes y la entereza que debiera tener de hombre y militar, partiendo el destacamento a grandes pasos hacia Villanueva. Llegado éste allí con su joven oficial, se dio éste tal prisa en su cometido, que a los tres días había cumplido su objeto, y teniendo empaquetados los fondos destinados a su Cuerpo se acostó temprano la noche del 18 para emprender su marcha de madrugada , pero era la última de su vida, porque antes de promediarse ésta se despertó con un terrible dolor, tan violento y atroz que fueron inútiles todos los auxilios que sus patronos, médicos y asistentes les prodigaron, y antes de las cuatro horas de haber empezado éste se hizo tan voraz y fiero que dio fin a aquella preciosa existencia de edad de 29 años y meses, habiéndose segado en flor una vida tan trabajada en el servicio y que tanta falta le había de hacer a sus inocentes hijos. Sus últimas palabras a su asistente Antolín fueron para ellos y su esposa, que ajena de la catástrofe que en aquella noche se obraba en un teatro diferente, dormía con el sueño del justo rodeada y ceñida por los bracitos de sus pequeñuelos. Consternados quedaron todos los soldados, que en este tiempo se iban reuniendo al son del ronco tambor que los llamaba para la marcha, al oír que su jefe estaba agonizante, y con el afán de marchar, retirándose mudos y llorosos de nuevo a sus alojamientos al saber que había expirado.. Un cabo andador partió al momento veloz a avisar la fatal noticia al coronel y familia, y antes de mediar el día recibía[n] la viuda y el tío Joaquín el golpe fatal de la embajada, siendo tanta la sorpresa y desolación que produjo, que en aquel mismo instante toda la pobre familia entera, escoltada por la compañía entera, se trasladó a Villanueva, donde llegaron al alba. No es posible pintar la terrible escena que se siguió al llegar nuestra abuela con sus niños del pecho y de la mano al pie del lecho mortuorio donde [llacía], vestido de toda gala, pálido y contraído su semblante, en cuya espaciosa y blanca frente aún se veía plegada una arruga que de continuo se le hacía al recuerdo de su esposa y de sus tiernos infantes. Terribles y nunca vistos fueron los extremos de la viuda, que no permitía apartarse de aquel cuerpo inanimado, haciendo llorar a los viejos granaderos que reverentes custodiaban el cadáver de su jefe con armas a la funerala, mientras los demás se agrupaban a despedirse del hombre a quien habían obedecido tanto tiempo. Puso término a esta lúgubre escena el cortejo funeral que en este tiempo acudía a darle a aquel cuerpo inanimado los últimos honores que se le tributan en el mundo al cristiano y al guerrero. Todas las clases altas de la población con toda la clerecía y pendones formaban el suntuoso entierro, llevando las cintas el féretro las personas más distinguidas y caracterizadas de la villa, afectadas con una desgracia tan grande, presidiendo el duelo las autoridades civiles y militares con el tío Joaquín al frente de su hermosa compañía, que marchaba por cuartas con sus fusiles vueltos al suelo, siguiendo en lentos y acompasados pasos el ronco sonido de los tambores enlutados. Ecos tan tristes y lúgubres que siempre le parecían estar sonando en el corazón y oído de nuestra madre Clara, que convulsa los oyó para no borrársele jamás los tristes ecos con que respondían a su llanto, los últimos gemidos del amor de su esposo. En esta forma siguió el cortejo fúnebre hasta la iglesia castrense, donde abierta una bóveda que se destinaba en ella a los militares y después de las descargas de ordenanza, dejaron el hermoso cuerpo del oficial granadero y donde descansarían sus cenizas por toda la duración que el mundo hubiese de tener. Albergada y esmeradamente cuidada la familia donde se había alojado nuestro abuelo, que apoderada de los niños los tuvieron todo el tiempo que duró el duelo que nuestra inconsolable abuela tuvo y donde las señoras del pueblo, compadecidas y afectadas de aquella lamentable situación, acudieron a acompañarla, y pasando los días de costumbre, regresaron viuda y huérfanos a la capital seguidos de sus granaderos. Decidida a volverse a su pueblo y [a] acojerse de nuevo al seno de su madre, nuestra abuela fue despedida de los jefes, oficiales y señoras de éstos, ofreciéndose a acompañarla su amiga y paisana Doña Angela de Prado, que hija de Alcalá, también había casado con un capitán del Cuerpo llamado Don José Lugo y seguía igualmente como ellas la ruta del regimiento. Unida a ésta y al tío Joaquín, que con una pequeña escolta la seguía, salieron de Badajoz la pobre viuda con sus niños y asistentes, llegando a los ocho días a la casa de su madre, donde la aguardaban otras escenas tiernísimas, pues sin saber nada en ella y ajenos por completo de la desgracia, una tarde al oscurecer vieron llegar a la puerta aquel confuso tropel de bestias y de soldados, recibiendo en sus brazos la familia a la buena y desgraciada de Clara, que con sus huerfanitos venía a buscar el refugio de su madre y guarecerse bajo sus alas con sus polluelos de su infortunio y desamparo. Patética y magnífica fue la efusión de todos los corazones, pues derramando mares de llanto se abalanzaban todos sobre la viuda y [los] niños, y aquel heroico Abansen, que había librado tantos combates y arrostrado tantos peligros con la serenidad del héroe cristiano, no pudiendo contener más su dolor rompió en lágrimas sentidas, y estrechando al más pequeñito de los huérfanos, nuestro padre, le levantó por encima de su cabeza exclamando dolorida y desgarrada su alma: “Juro a Dios, niños de mi corazón, que seréis mis hijos en adelante y que os serviré de padre ; de hoy más me consagro para siempre y por completo a ustedes”. Y lo cumplió tan religiosamente como a continuación veremos, pues en vez
de retirarse a su país, donde tenía familia de hermanos (era de la
ciudad de Huesca, en Aragón), después de muerta su joven esposa,
renunciando volver al servicio de plazas a que tenía opción, quedó para
siempre identificado a sus huérfanos como ofreció. Así terminó aquella
epopeya e idilio pastoril de amores que seis años antes había empezado
en aquella misma casa y con los mismos actores , uno tan sólo faltaba a
quien todos rendían llanto, el que caía resbalado puro y ardiente sobre
los rostros de los tiernos niños, sus hijos, que venían a reemplazarlo.
Habiendo llenado su misión el tío Joaquín pasados algunos días,
repuesto de sus emociones, sufrió la última al abrazar por postrera vez
a su parienta y sobrinos, regresando a su Cuerpo para no volverlos a ver más
e ir a morir defendiendo a su patria en el recinto del castillo de
Caracas, en cuyo torreón estuvo enarbolado hasta el instante de su muerte
la roja y gualda bandera de Castilla. _______________________________________ Se refiere a Urraca I (c. 1080-1126), reina de Castilla y de León, que heredó el trono a la muerte de su padre Alfonso VI (1109). Urraca, viuda de Raimundo de Borgoña, con quien había tenido al futuro Alfonso VII, se casó ese mismo año con el rey de Aragón Alfonso I el Batallador. Este matrimonio provocó una aguda crisis política que desembocó en una auténtica guerra civil entre los partidarios de la reina y los del rey aragonés. Al calor de esta agitación se desencadenaron importantes movimientos antiseñoriales como los de Santiago y Sahagún. En 1114 Alfonso I repudió a Urraca y volvió a Aragón. En Galicia, y aprovechando la situación de crisis general, se desarrolló una rebelión de carácter independentista protagonizada por el obispo Diego Gelmírez y el magnate Diego Froilaz. [Encarta ’98 CD-Rom] [VOLVER]
En 1065, al morir
Fernando I, los dominios de Castilla y de León se dividieron entre sus hi-
jos. A Sancho le correspondió el reino de Castilla, mientras que sus
hermanos García y Alfonso recibieron respectivamente Galicia y León.
Esta herencia llevaba aparejada la semilla de la discordia. Sancho arrebató
el reino de Galicia a García (1071). Un año después derrotó a Alfonso
y se coronó rey de León. Pero su victoria fue efímera. Cuando intentaba
sofocar una revuelta nobiliaria en Zamora, ciudad que se encontraba bajo
el señorío de su hermana Urraca, fue asesinado por Bellido Dolfos
(1072). La muerte de Sancho II (apodado ‘el Fuerte’) permitió a
Alfonso VI volver a unificar los reinos de Castilla y de León. Sospechoso
de ser el instigador de la muerte de su hermano, Alfonso fue obligado a
prestar juramento expurgatorio en la iglesia de Santa Gadea (Burgos) ante
la presencia de Rodrigo Díaz de Vivar, ‘el Cid’. [ibid.]
La palmera datilera (phoenix
dactylifera) es autóctona de toda la franja subtropical que se
extiende desde la India hasta Canarias. No hay, por tanto, ninguna razón
para pensar que las palmeras andaluzas fueran, como aquí se dice,
introducidas en esa región por los árabes ; probablemente ya estarían
allí cuando éstos llegaron a la Península. También es común, sobre
todo en el área mediterránea de nuestro país, el ‘palmito’, una
palmera de tronco corto, ramificado, y hojas en abanico, que cultivada
convenientemente puede alcanzar una altura de hasta 3 m. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pp. 7.420-22]
Se trata de Abd al-Rahman III
(891-961), emir y fundador del califato de Córdoba. Cuando accedió al
Gobierno, Al-Andalus se encontraba desintegrado en numerosos poderes
autónomos.
El nuevo emir consiguió restablecer el orden y la autoridad de los
Omeyas. En el año 929, Abd al Rahman III se proclamó califa, sucesor del
profeta y príncipe de los creyentes, lo que supuso la independencia
religiosa de Al-Andalus. Abd al-Rahman III ejerció un poder absoluto,
auxiliado por una administración eficaz y un ejército vigoroso de
mercenarios. Con él Al-Andalus vivió una época de paz y prosperidad. Córdoba
fue ampliada y enriquecida. Por orden suya se inició la construcción de
la ciudad-palacio de Medinat al-Zahara al noreste de la capital (936). [Encarta
’98 CD-Rom] Se refiere, evidentemente, a Medina Sidonia. [VOLVER]
Manuel de Puelles se está refiriendo aquí a Pierre Terrail,
señor de Bayard (1476-1524), llamado, efectivamente, el
caballero sin miedo y sin tacha. Fue paje del duque Carlos I de Saboya
y pasó al servicio del rey de Francia Carlos VIII y se distinguió en
diversas ocasiones durante la campaña de Italia. Con ocasión de la
conquista de Nápoles, Bayard luchó contra Gonzalo Fernández de Córdoba
en el sitio de Canosa (1502) ; cuenta la leyenda que en la retirada
francesa defendió él solo contra 200 españoles el puente de Garellano.
Tras varias otras luchas bajo Francisco I, murió en la campaña
organizada por dicho monarca para recuperar el Milanesado. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 1.083]
Abraham se casó con
su hermanastra Saray, o Sara. Abandonaron Ur junto a su sobrino Lot y su
familia, por inspiración divina y se dirigieron a Harán. De allí se
trasladaron a Canaán, y más tarde a Egipto, pero Abraham fue expulsado
de allí por presentar a Saray, su mujer, como su hermana. En cuanto a
Abigail, figura en el Antiguo Testamento como esposa de Nabal. Tras
negarse éste a suministrar alimentos a David (el futuro rey de Israel y
Judá) cuando éste permaneció errante en el desierto, Abigail intervino
y persuadió a David para que no castigara a su marido. Su conducta sedujo
tanto a David, que poco después de la repentina muerte de Nabal contrajo
matrimonio con ella (1 Sam. 25). [Encarta ’98 CD-Rom]
Por
lo que sigue, debe estarse refiriendo a la ciudad de La Valetta,
capital de la isla de Malta. Tras ser expulsados de la isla de Rodas en 1522 por los otomanos, los Caballeros Hospitalarios, a quienes se refiere sin duda este pasaje, no encontraron un lugar donde radicarse hasta 1530, año en que les fue cedida la isla de Malta. Una vez convertidos en gobernantes de esa isla, los Caballeros de Malta, como comenzaron a ser llamados, dirigieron su defensa ante la invasión otomana en 1565. La Orden, que había sido fundada al final de la 1a Cruzada junto con la de los Templarios, figuró en la historia europea hasta bastante entrado el siglo XIX. Durante la Reforma, los Caballeros de Malta perdieron sus propiedades en Inglaterra y en Alemania, y durante la Revolución Francesa, también sus bienes en Francia. A pesar de que Rusia les había prometido protección, los franceses, bajo el gobierno de Napoleón, se apoderaron de Malta. La Orden cambió su sede a Trieste en 1798 y a Roma en 1834. En aquel entonces, los rusos ya habían confiscado todas las propiedades que la Orden tenía en sus territorios. [VOLVER]
Se refiere con toda seguridad a Pedro
Villacampa (1776-1845), que durante la Guerra de la Independencia fue
ascendido a mariscal de campo. En 1820 fue nombrado capitán general de
Cataluña, y en 1823 se ocupó de la defensa de Cádiz y Sevilla. Con la
restauración de Fernando VII (1823) huyó a Malta y Túnez, de donde
regresó a España en 1833. En 1838 fue designado capitán general de
Mallorca, y en 1843 fue senador por Huesca. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 10.296] El 19 de abril de 1810 marcó el inicio de la revolución venezolana; Vicente Emparán fue destituido de su cargo de gobernador y capitán general de Venezuela. El primer Congreso se instaló el 2 de marzo de 1811 y nombró un triunvirato compuesto por Cristóbal Mendoza, Juan de Escalona y Baltasar Padrón. Pero esta primera república pereció por la reacción de los realistas. El 25 de julio de 1812 Miranda capituló. Simón Bolívar, que estaba en el exilio en Nueva Granada, invadió Venezuela por San Antonio del Táchira, y en la denominada ‘Campaña admirable’, conquistó Caracas (6 de agosto de 1813). La brutal presencia del es- pañol José Tomás Rodríguez Boves en la guerra, al frente de las tropas realistas, acabó con el esfuerzo patriota por sostener el gobierno instaurado y las reformas que se habían iniciado. En Diciembre de 1814 se perdió la II República y los patriotas se exiliaron de nuevo. [Encarta ’98 CD-Rom] [VOLVER]
La batalla de Ocaña constituyó un decisivo hecho de armas
de la Guerra de la Independencia, donde el ejército español de Areizaga
fue derrotado por las fuerzas del mariscal Soult el 19 de Noviembre de
1809. En Octubre de ese mismo año la Junta Central había decidido
organizar un gran ejército para reconquistar la capital. Las tropas españolas,
tras avanzar sobre Ocaña y atravesar el Tajo, decidieron no atacar a los
franceses a causa de las malas condiciones atmosféricas ; Soult aprovechó
el momento para lanzarse sobre ellos. La Junta Central quedó totalmente
desprestigiada y pronto tuvo que abandonar el poder político a la primera
Regencia. El camino hacia Andalucía quedaba abierto para José I, que
entró en Córdoba en Enero de 1810. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pp. 7.140-41]
La madre de su mujer, es decir, su suegra. |