HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES

 

Segunda Parte.

Capítulo 10

 

Paso y estancia de la facción de Gómez en Alcalá. Peligro en que se vio nuestro padre. Estado de nuestra casa.-

 

 

            En este tiempo una avalancha de batallones facciosos se descolgó de las provincias del Norte bajo el mando de su caudillo Don Miguel Gómez, el que unido a Cabrera, Quiles y Serrador, jefes de las facciones aragonesas, en la confluencia de Castilla con el antiguo reino, dejando a un lado la Corte se encaminaron hacia las hermosas Andalucías, vírgenes de los destrozos de la guerra y que alimentaba ella sola por todas las demás provincias de hombres, dinero, vestuario y caballos a los ejércitos de la reina. En este rico y feraz territorio se extendió aquella horda, que arrastraba tras de sí la escoria de las cárceles y presidios y todo género de hombres perdidos, que se arrojaban a aquel cauce o turbión que arrasaba, como las huellas de Atila, todo lo que pisaba. Sorprendida[s] Córdoba y Almadén, después de dar un rodeo por las hermosas villas que esta provincia tiene en su centro, en donde se separó Cabrera con parte de la facción aragonesa, se dirigió Gómez a Ronda y su serranía, donde creía encontrar antiguos parciales, y haciendo un círculo en su marcha igual al que forma la situación del Campo de Gibraltar, detenido un día en Algeciras y rodeado de fuertes divisiones que se le habían acercado mientras que se metía en este embudo y que casi le iban a cerrar la salida, se encaminó, ya dudoso del resultado de su expedición y después de embarcar a la Junta de Córdoba en la bahía de Gibraltar, donde fue hecha prisionera, metiéndose por el hueco que le dejaban dos divisiones que de cerca le seguían de lo más florido del Ejército nacional, por las Sierras de los Barrios cayó sobre Alcalá con un inmenso batir e infinita impedimenta en la madrugada del 20 de Noviembre de 1836.

            Aunque alarmados sus habitantes y principales vecinos de la marcha que llevaba la facción, fue tal y tan sorprendente el efecto que les produjo el parte que les llegó de estar cerca las avanzadas facciosas, que apenas tuvieron sus más comprometidos habitantes tiempo de dejarse caer sobre las sillas de sus caballos prevenidos y enfrenados toda la noche , era preciso escapar de aquella horda de enemigos, en número de 15.000 hombres, que iban a inundar la población a los pocos momentos. Hacía una niebla tan cerrada y espesa que no se distinguían las personas a tiro de pistola, no oyéndose más que las pisadas de los caballos y los crujidos de los arneses. Al llegar nuestro padre con más de 20 fugitivos a la Cruz o Puerto del Prado se pararon en la loma por ver si oían o divisaban algo de lo que en el pueblo pasaba, imprudente curiosidad, porque abrigados y cubiertos con la niebla, se vieron pronto rodeados y envueltos por una avanzada facciosa de Caballería de más de 40 hombres, que arrojándose sobre los incautos paisanos lanza en ristre, los acosaron largo tiempo y alcanzaron y mataron a un pobre anciano de los linderos del Prado, rico labrador a quien todos conocíamos llamado Don Antonio Alvarez, salvándose nuestro padre, abuelo y el que había de ser más tarde nuestro cuñado Mariano Delgado de Mendoza y Simó mediante un gran esfuerzo hecho por sus caballos, que se metieron en el curso del río Fraja, mientras que un osado nacional llamado Alonso Marchante les disparó un tiro y les hizo cara de nuevo con su escopeta recién cargada.

            Dispersos, en entretanto fueron reuniéndose en grupos aislados hasta que, seguros de que la facción se había quedado todo aquel día en el pueblo, se tranquilizaron tras del gran susto que habían llevado, estando más en agitación por lo que el pueblo podía alcanzar, donde habían permanecido los objetos más queridos. En él habían quedado solas las pobres señoras y mujeres con los mozos viejos de confianza, ancianos en su mayor parte, pues los jóvenes, temerosos de ser arrastrados a la guerra, se habían fugado a los montes. Todo aquel día estuvo entrando la facción carlista, compuesta de 12 batallones disciplinados y 14 o 16 bandas o turbas sin ordenar, viniendo sin uniformes y con chuzos y escopetas de todas clases y calibres. Los escuadrones de Caballería, fuera de tres o cuatro navarros, eran pelotones de caballos en pelo o con albardas, formando los estribos con soguijos y llevando por lanzas parrochas o palos con clavos y por cascos pañuelos atados. Tras de éstos venía después una cola de tunos sin armas, algunos recién sacados de las cárceles y presidios o incorporados por el afán del latrocinio. En nuestra casa, que se había quedado a cargo del hacedor o jefe de la labor José Antonio del Puerto, se había alojado el Intendente de Ejército y encargado de las cajas, depositándose en ella 20 o 30 millones de reales que en cofre y arcones llevaban sacados de Córdoba y demás poblaciones de importancia donde habían echado grandes contribuciones, y como la tropa no apercibía más que lo que ella se apropiaba, iban intactas y en estado ascendente. El general, conocido de la familia por haber estado alojado en nuestra casa cuando era comandante del rey, estaba aposentado en casa del clérigo Villamieta, a cuyo resguardo se pusieron las principales señoras del pueblo ; de allí, con un salvoconducto que Gómez les diera y acompañadas de su principal ayudante, Don Juan Paradas, su cuñado, bajaron éstas de nuevo a su casa, donde las recibió placentero el ya insinuado intendente, el viejo Marqués de Bobeda. Las demás casas fueron invadidas por compañías enteras, quedando caballos, mulas y equipajes en medio de las calles por ser imposible alojarse dentro de las casas del pueblo.

24 horas ocupó la facción la población, pues aquella mañana siguiente desapareció de madrugada yéndose hacia Arcos, y entrándose casi pisándole la retaguardia el general Rivero con una magnífica división de la Guardia Real de todas [las] armas, el Regimiento de Húsares, y otra porción de cuerpos escogidos. Asombro causaba el contraste que formaban los harapos de los defensores del absolutismo con los brillantes atavíos de arneses, corazas y bruñidos cascos de los defensores de la libertad, sujetos al llegar al pueblo por el general Rivero, que se alojó en nuestra casa, impidiendo que 3.000 hermosos y briosos caballos no hubieran cortado en toda la extensión el Valle del Fraja, por donde aún se veía arrastrarse la masa facciosa, que hubiera sido envuelta y despedazada, habiéndose dado dos combates en el mismo día del de Majaceite, el uno cortando la retirada de la salida de Alcalá, donde su hubiera deshecho la retaguardia, y otro en el mismo día a la cabeza o vanguardia, que hubiera sujetado Narváez desde las lomas que ciñe el Majaceite, donde los aguardaba. Es lo cierto que se perdió la ocasión de haber desbandado y aniquilado [a] la facción, estrujada por delante y por detrás por dos cuerpos numerosos y brillantes que la tuvieron cercada, sin que se hubiera escapado por el flanco a dormir a Villamartín, y de allí, corriéndose por Osuna, Alcaudete y la Mancha Real, otra vez a sus guaridas del Norte, donde Gómez, cargado de despojos, fue preso a su llegada en el castillo de Guevara por haberse hecho sospechoso de entregar su ejército al dejarse acorralar en el Campo de Gibraltar.

Mas volviendo a nuestro pueblo, que quedó desprovisto y asolado de todo con el paso de 30.000 hombres hambrientos en dos días, recuperada ya su quietud volvió a entregarse a sus ordinarias tareas, entrando nuestro padre y familia de nuevo en sus afanes y cuidados, principiando en seco para no dilatar más una sementera que tenía que ser doble de larga por el tiro y dureza de la tierra, la pequeñez de los días y la corta fuerza del ganado. En aquel mismo año había nacido nuestro hermano Francisco de Asís, componiéndose en un todo de una familia de siete hijos, o sea, cinco varones y dos hembras.-

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Miguel Gómez Damas (1785-1849) luchó en las campañas realistas del Trienio Constitucional y en la 1a Guerra Carlista, a las órdenes de Zumalacárregui, de quien fue Jefe de Estado Mayor. En 1834 fue nombrado Comandante General de Vizcaya. El 26 de Junio de 1836 dio comienzo a su célebre ‘expedición’, que le iba a llevar, en un período de unos seis meses, por tierras de Asturias, Galicia, Extremadura, Andalucía y La Mancha, en una audaz correría que, pese a su espectacularidad, no tuvo la menor utilidad práctica. Emigró a Francia al término de la guerra, y en 1847, al comienzo de la 2a Guerra Carlista penetró en Andalucía desde Gibraltar, intentando en vano promover una insurrección. [ibid., pg. 4.453] [VOLVER]

Ramón Cabrera y Griñó (1806-1877), conocido como ‘el tigre del Maestrazgo’ por su extrema crueldad, se sumó a las partidas carlistas que actuaban en dicha comarca en 1833. Se unió a la expedición del general Gómez en 1836 y le acompañó en sus correrías por Andalucía y Extremadura, hasta que, al llegar a Cáceres, Gómez le ordenó regresar sin más que una pequeña escolta. Tras haber sido sorprendido y herido en el camino, pudo llegar de vuelta al Maestrazgo, donde recomenzó su labor ; en esta nueva etapa de su actuación se produjeron dos de los hechos más sanguinarios de su carrera: la muerte a bayonetazos de los prisioneros de San Mateo y los fusilamientos de Burjasot, que se dice fueron contemplados por Cabrera en medio de una orgía. [ibid., pg. 1.494] [VOLVER]

Los cortesanos carlistas, contra la opinión de los militares profesionales, se habían decantado, tras un nuevo fracaso frente a Bilbao, por iniciar un nuevo tipo de guerra, las llamadas expediciones, que tenían como principal objetivo ayudar a los territorios de presunta opinión adicta y liberar al País Vasco, donde hasta ese momento se habían librado los más cruentos combates, de la esquilmación. La primera ‘expedición’ fue la de Guergué, que logró establecer contacto con las partidas carlistas del Pirineo catalán, pero que no pudo crear un frente en la zona. La siguió la expedición del general Gómez, a la que se refiere el texto, que salió de Orduña el 26 de Junio de 1836 y recorrió casi toda la Península huyendo de los ejércitos isabelinos, pero que no consiguió tampoco alzar nuevas zonas. Siguieron otras dos expediciones, igualmente infructuosas. [VOLVER]

A pesar de que los liberales, de los cuales sin duda formaba parte nuestro antepasado, llamaban a los carlistas ‘hordas de miserables’, ‘populacho excitado y fanatizado’, y a Don Carlos se le denominaba ‘pretendido soberano de los barrios bajos’, la composición de sus fuerzas militares no era en realidad tan patibularia como aquí se intenta reflejar, ni muchísimo menos. La bandera del ‘legitimismo’ aglutinó en realidad (las listas de las levas así lo demuestran) a diversos sectores sociales que se sentían –con razón o sin ella- más o menos amenazados negativamente por la implantación del liberalismo en nuestro país: (a) Grupos en vías de proletarización (artesanos y pequeños propietarios rurales) ; (b) Grupos ya proletarizados (jornaleros) ; (c) Sectores que no habían podido o no habían sabido adaptarse a la nueva realidad económica (pequeña nobleza, sectores del bajo clero afectados por la desamortización, etc.) ; (d) Algunos miembros de la nobleza, militares de grado medio e intelectuales antiilustrados. La alta nobleza, salvo un grupo muy minoritario, no apoyó en términos generales la causa carlista, porque, similarmente a lo ocurrido en el caso alemán (alianza entre los ‘junker’ y ciertos sectores de la burguesía) y a diferencia de la aristocracia francesa, se sintió favorecida en el plano económico y en el político durante el cambio de régimen. [FONTANA, Josep, 1980, “Crisi camperola i revolta carlina”, en Recerques, no 10, Barcelona, pp. 7-17] [VOLVER]

Cabrera –que, dicho sea de paso, no era aragonés, sino catalán- se había separado, según nuestras fuentes, en Cáceres y no en la provincia de Córdoba, como aquí se indica. [VOLVER]

[ATRAS]