HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES
Segunda Parte.
Capítulo 13
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Año de 1840, en que se termina la guerra de Aragón ; se señala en el sitio de Morella un pariente nuestro. Pronunciamiento de Septiembre. Compra de los donadíos y traspaso de la labor de Villanueva. Situación de todo hasta el año de 1843. Pronunciamiento de este año, y mi viaje a Madrid, donde conocí a la familia del tío Felipe.-
Al empezar el año 1840 debemos ocuparnos de la feliz terminación
de la
Guerra Civil
de los 7 Años, que en éste
mismo finó, no tan sólo por lo que se merece la importancia del suceso
como por haberse aparecido dentro del recinto de la terrible
Morella
un Coronel del arma de Artillería que se señaló en el mando de esta
fuerza, oficial facultativo de relevante mérito y de una fidelidad
ejemplar a esta desgraciada causa que entonces tantos abandonaron,
siguiendo a su jefe a la emigración, de los pocos que lograron evadirse
cuando se apostillaron los muros y abrieron las brechas de la desesperada
y pertinaz plaza, llamado Don Gregorio de Puelles, sin que podamos aún
todavía tener averiguado si era de las ramas que se esparcieron por el
territorio de Valladolid, hermanas de nuestro tatarabuelo, o del tronío
frondoso de los de Labastida, retoño brioso de donde han provenido todas.
Sea de donde quiera que fuese este mismo brillante oficial, lo vemos más
adelante aparecer de nuevo con un alto empleo que le condujo a ser víctima
de su causa en el servicio del príncipe a quien se adhirió.
Tomada Morella y Cantavieja con los demás fuertes del Maestrazgo,
se retiró Cabrera hacia Cataluña, donde le quedaban aún algunas plazas
y batallones, mas dispersos éstos y tomadas aquellas por 100.000 hombres,
aguerridos soldados que mandaba Espartero, hecho ya en este tiempo Duque
de la Victoria y de Morella y Generalísimo,
terminó
la campaña pasando el denodado caudillo a Barcelona, donde se hallaba
la Real Familia y la artera Regenta, que contaba con un general niño
mimado de la fortuna para destituir la libertad o amenguarla, ya que no se
necesitaba de los esfuerzos de la nación para que quedara afianzado el
trono de su hija. Era una idea
digna de una Borbona de pura raza y de la familia
de Nápoles, que también habían ensayado estos cambios ; mas
Espartero rechazó la tiranía pérfida y previno a su Ejército y a la
noble nación del lazo que se le tendía, jurándole con este motivo odio
eterno la Regenta.
Rotas las hostilidades
entre la Corte y la nación, no era dudosa la victoria, atendido al lado
que favorecía el liberal Ejército y su entusiasta caudillo, pero faltaba
un motivo para el rompimiento, y éste vino al cabo. Al tratarse de
plantear una nueva Ley de Ayuntamientos barrenando y destruyendo la
popular doceañista, el pueblo, la Milicia Nacional y el Municipio de
Madrid se alzaron proclamando los sagrados principios que se querían
cercenar tras los peligros y sacrificios cruentos hechos por la nación.
Todas las demás capitales de España la imitaron, y la Regente, en su
despecho, renunciando a su cargo se embarcó
en Valencia, arribando a Marsella y apostrofando de ingratos y des
leales a los que debían llamárselo a ella. La Regencia provisional que
la sustituyó, [estaba]
compuesta del mismo Ministerio que heredó el poder, convocó nuevas
Cortes donde estuviesen en toda su plenitud representados todos los
partidos, y que al reunirse habrían de elegir al caudillo victorioso y
modesto Regente,
al popular Espartero, y
tutor y guardador de las regias huérfanas al sublime orador y puro
patriota Don Agustín Argüelles, llamado ya
en esta época el
‘patriarca de la libertad’, pues fueron los ecos de
su majestuosa elocuencia los que se oyeron primero resonar en la tribuna
de San Felipe de Cádiz y responder a los de los cañones franceses de
Puerto Real.
En nuestro Alcalá fue
acogido este pronunciamiento con entusiasmo, entrando de nuevo el partido
sensato liberal y tomando las riendas de la municipalidad el verdadero y
genuino que la había representado, tomando ensanche todo lo que eran
inmunidades para el ciudadano. Nuestro padre, que simpatizaba con todo lo
que era grande y digno, y así comprendía [a]
todos los movimientos nacionales, aferrado a su sistema no quiso tomar
parte tampoco en la nueva era que se inauguraba, aunque sin dejar de
armonizar con su alma entusiasta y juvenil, y cuando se veía excitado por
algunos, contestaba a los que le hablaban sobre el particular: “Aró
quien aró ; ya en adelante no estoy bueno más que para gruñir”.
Esto lo decía a los 36 años de su edad, cuando muchos principian a
figurar y a ambicionar. Pero aquella naturaleza había sido muy precoz y
se resentía de cansada y envejecida en la primavera de sus más bellos días.
Concluyó el año 1840 y empezó el siguiente con
[la]
compra que principió a hacer tanto éste como nuestro abuelo Salas de fincas
de [des]amortización, que
hasta aquella época no se habían empezado las ventas y operaciones ;
casas y tierras se compraban por los dos, pues los demás de la población
o no querían o no se atrevían, creyendo aventurar en su resultado.
Pero otro proyecto
mayor maduraba éste en su cerebro: quería recogerse en ganadería, que
no le cabía ya en su terreno, y comprar los dos cortijos que labraba y
que habían pasado al dominio de su verdadera dueña, la viuda de Arriaga,
señora acaudalada de Sevilla, cuyo marido los había comprado al viejo
marqués el año de 1822, y al caer aquel Gobierno, el régimen que le
sucedió, que quiso deshacer el curso del tiempo, en una de sus bárbaras
e inquisitoriales disposiciones trató de derribar todo lo construido, y
aprovechándose de esta monstruosidad el nuevo Marqués se incautó otra
vez de los bienes y hasta de las rentas que había cobrado Arriaga, quedándose
de esta forma con tierras y valores. Así estuvieron estas posesiones
hasta que su viuda, al restablecerse la Ley de Desvinculación, reclamó
sus cortijos, entrando en posesión de ellos, apresurándose a ofrecerlos
en venta al colono actual. Fue una suerte que le proporcionaba su estrella
a nuestro padre el que se le deparase esta ocasión de hacerse con 18
caballerías de tierra cercadas, que hacían más de 200 años que habían
salido del dominio de sus vecinos. Llevado de esta gran idea se apareció
en Sevilla antes de finalizarse aquel año de 1841, y sorprendiendo a sus
dos hijos Manuel y Antonio, que estaban en ella estudiando, les dijo: “Vengo a compraros dos cortijos que eran de Campo Real, y vengo a
comprarlos sin dinero”. Y en efecto, sin él los compró y se trajo
para acá el poder para venderse por un vecino del pueblo a quien la señora
apoderó, pues la bondadosa viuda, prendada del despejo y honradez de su
colono, le recogió pagarés por valor de 10.000 duros, en que
precisamente los compró, pagaderos en cuatro años y con el módico interés
de un 6% mientras no se realizaran los pagos.
Pero no paró en esto
solo su gran paso, sino que ocultando su secreto, que traía en una
maleta, haciendo una marcha de 17 leguas conmigo y un mozo que nos acompañaba
llegamos a Alcalá el día 20 de Diciembre a las 11 de la noche, y
sorprendiendo agradablemente a la familia con la novedad de saber estaba
asegurado en adelante el bienestar y porvenir de sus hijos con la compra
de las tierras, y teniendo que pagarse por los derechos de 2% al Estado más
de 10.000 reales, cuyo derecho subastaba el Ayuntamiento en aquella época
de un año para otro, era preciso tomarlo en el año entrante por los dos
o tresmil reales en que se subastaba, y de este modo quedaba una ganancia
líquida visible en esta sola negociación de más de 10.000 reales,
habiendo de realizar en el entretanto un pago de 2.000 duros de entrada.
Para todo esto se necesitaba un genio y [una]
organización especial que no ha tenido ni tendrá ninguno de nosotros,
pues los inconvenientes y dificultades para él eran un incentivo poderoso
que lo enardecía aún más para arrostrarlos, pero todo esto cegaba las
fuentes de su organismo y vitalidad y relajaba y reblandecía las fibras
de su cerebro, a punto de estallar o trastornarse. En fin, tales trazas se
dio, tantos sacrificios se impuso, que en los primeros días del año tenía
asegurada su compra y hecho el pago de su primer plazo y [de]
su derecho del 2% que él mismo se dató al quedarse con la renta,
vendiendo hasta el último grano de trigo existente y quedando todo el
gasto y el tráfago sobre las ventas aventuradas de hierbas y de ganados.
En todo este año de
1842 que siguió continuó comprando y haciendo los pagos de las fincas de
[des]amortización, entre ellas
algunas casas, no pudiendo todavía hacerse con las liazas que rodeaban
sus dos nuevos cortijos, por estar detenidos estos expedientes por interés
del mismo colono, y para apremiarla ideó al finar aquel año otro
proyecto grande y que asombra en medio de sus ahogos, pues las cosechas
venían escasas. Había una labor lindera a la suya en el Prado de Don
Fernando Villanueva, que abarcando todas las liazas de [des]amortización
que a ella tocan subía a cerca de cinco caballerías, las que le rodeaban
y no lo dejaban bien extenderse. Detenidas de venderse por lo que ya hemos
indicado, eran un verdadero tropiezo que no se podía rebasar por ningún
lado, estando las tierras de Mocaylén circundadas en su mayor parte y la
Caballería del Puerto de los Yesos, que nuestro padre había comprado dos
años antes a Don Leandro Muñoz, vecino de Medina, siendo la cabida de
este cortijo con estas agregaciones de tres caballerías y media, y
dejando dentro de su perímetro un cuadro de tierras de otras dos caballerías
y media de [des]amortización,
que formaban el cerro gordo de Las Salinillas y del Algarrobillo,
procedentes de monjas y capellanías.
Otras dos medias en las
Cuestas de los Santos y 40 fanegas del Mayorazgo de Milla formaban cinco
caballerías largas que como tablero de damas atravesaban en todas
direcciones y estaban interpoladas con las tierras del donadío, y era
donde Villanueva tenía parte de su labor, teniendo las otras dos partes
en el rancho de Tablada, situado [a]
un tiro largo de bala de las tierras de Mocaylén sobre el río del Alamo
y compuesto de otras dos caballerías, y por último, otro cortijito
lindando con el término de Jerez, de tres largas caballerías, o cerca de
200 fanegas, de primera o superior calidad llamado La Garganta de la
Horadada, y que habiendo sido de la fábrica parroquial, dependían también
entonces de la [des]amortización. Todos estos terrenos era preciso traspasar con
sus pertrechos, enseres y ganadería para ver de recabar el pensamiento de
cuadrar las tierras de Mocaylén en tanto que no salían a subasta,
Pues, sin embargo de
las dificultades que esto ofrecía, decidido nuestro padre a arrostrarlas,
logró avenirse con Villanueva, a quien por medio de peritos aforados se
le apreció su labor y dotación de ganados, logrando cerrar y formalizar
una escritura de traspaso en virtud de la cual nuestro padre en el hueco
de dos años debía satisfacerle la suma que el traspaso montaba, dándole
en el entretanto el 8% de utilidad a estos valores. Así pudo redondear en
el año de 1842 una labor de tres cortijos grandes y dos ranchos, pues ya
tenía tomado en este tiempo el de Casa Blanca, en el centro de la campiña,
con dos caballerías y media, y queriendo redondearse por completo y
habiendo dejado en este mismo tiempo nuestro abuelo Salas su labor, dedicándose
al reposo después de 50 años de una vida azarosa y trabajada en su
ejercicio, en el que había sido incansable, logrando redondear un caudal
de más de un millón de reales en hermosas fincas rústicas y urbanas y
dedicándose exclusivamente al laboreo de una viña extensa que había
plantado y cultivaba al uso y con sirvientes de Jerez, reuniendo nuestro
padre dos cortijos más, el de La Joya y La Campiña, con 12 caballerías
largas, formando el todo una extensión de 30 caballerías, o séanse una
cabida de 2.000 fanegas de tierra de labor, la tercera parte propietaria y
las otras dos renteras, pagando por su arrendamiento más de 3.000 duros
por los dichos cortijos, dehesas y majadas de bellotas, pero abarcando una
décima parte de lo mejor de los terrenos de la labor del término y de
los más bien acondicionados ranchos.
De los siete cortijos
se hicieron tres grandes grupos de cerca de 700 fanegas cada uno con su
guarda a caballo y su casero donde debían estar las tres hojas que harían
cerca de 1.000 fanegas de simiente. Uno era de La Campiña, que constaba
del cortijo de este nombre con los dos ranchos de la Ora y Casa Blanca, el
segundo, Pelagallos con sus tierras, las de La Joya y la dehesa de Las
Correderas, y el último, Mocaylén, con Tablada y la dehesa del Pradillo.
Por separado teníamos majadas de bellotas en la sierra y monte bajo con
pastos y ramones para las cabras en el Torero y Peso. Estas hojas de labor
necesitaban 200 bueyes, que se habían reunido con el traspaso de
Villanueva, pero los 1.500 puercos y cerca de 2.000 ovejas con más de 100
vacas que por separado había era preciso realizarlos para hacer los pagos
a proporción que fueran viniendo, y sólo sostener los bueyes, las 80
yeguas y la borricada y riatas de mulos para la labor y expendición de
los granos al mercado de Algeciras, no podía desearse otra cosa, vendiéndose
los manchones, entonces ya muy procurados en Alcalá, mientras que no se
reponía de nuevo la ganadería pequeña y el ganado vacuno. Para ver de
suministrar y dotar esta labor se necesitaban 40 temporiles al menos y 60
jornaleros casi de continuo, que representaban un desembolso diario de 400
reales próximos, o séanse más de 8.000 duros al año, cuya regla viene
bien con la que nuestro padre echaba de que se necesitaba un gasto de 200
reales próximos para costear cada fanega de trigo que se siembra.
Si toco y hablo de
estas minuciosidades y datos es para dar una corta idea del gran tráfago
y gasto que ocasionaba el planteamiento y sostén de una labor de esta
importancia, en una casa donde se costeaban cuatro carreras y en un pueblo
donde no se conocían los recursos que proporciona el crédito bien
adquirido y representado y donde en conclusión no se había desarrollado
el tráfico ni el comercio, apartado y cortado como se encuentra de la
zona de los negocios y de la vida. La venta de manchones y la de ganado,
los productos de las lecherías y de los alquileres de las casas era
preciso que subviniesen a estas necesidades, pues todo el trigo se
necesitaba para la simiente y para el pan de tanto sirviente. Pues a todo
este conjunto y a cada cosa en particular atendía aquella gran cabeza que
sólo se paraba algunas horas de la noche en este mismo sitio donde yo
ahora escribo y reseño sus exacciones gigantescas, desvelándose por la
madrugada y levantándose con los pájaros para recorrer el extenso círculo
que abarcaba su labor, volviéndose al pueblo temprano después de
revistarlo todo para despachar una crecida correspondencia y darle
movimiento al todas las ruedas de la máquina.
En el hueco de la prima
noche venía el hacedor, que estaba constantemente a caballo, a dar el
parte de lo que hubiera ocurrido tras la requisa de la mañana y a listar
cosas y tomar instrucciones para el siguiente día ; durante la prima
noche no se vaciaba el despacho o escritorio de sirvientes, arrieros y
corredores. Y nuestra madre, al frente de este gran arsenal de amasijos,
almacenes, batías y ruido, dirigía por su parte el régimen interior,
sin dejar por eso de atender al cuidado de sus hijos. Tres mozas y dos
amasadores y caballericeros podían humanamente llevar el trabajo material
de la casa, y sin embargo ésta, a semejanza de una gran nave a quien el
viento hincha sus velas por la popa, bogaba majestuosa por el proceloso
mar ayudada de la Providencia y del ojo y tacto de mano de su timonel. Los
plazos se iban pagando, los jornales de los sirvientes eran satisfechos y
las carreras de los cuatro niños, dos en la Universidad y otros dos en el
Colegio Militar de Madrid ; todo se continuaba sin que los años pasaran
de medianos y el precio de los ganados inferior, y sin que hubiese en
ocasiones en la caja de la casa 50 duros de reserva. Pero nuestro padre,
como todo hombre inspirado, contaba con su estrella, que no le había de
faltar.
En
este año de 1843 nació nuestra primera sobrina y nieta suya, María
Delgado y Puelles, siendo objeto de gran contento y broma para nuestro
padre de verse abuelo a los 38 años y sirviéndole de gran pena a poco la
muerte de su hijo Ramón, que de 9 años es casos sucumbió [por] efecto de la más terrible de las enfermedades, el mal de
piedra u orina, que le hizo pasar infinitos tormentos de 6 años continuos
y antes de concluir con aquella temprana existencia, siendo de una
inteligencia y alcances sorprendentes. Debía terminarse ese año 43 con
al revolución moderada o pronunciamiento de López,
en que tras una mentida ilusión de concordia los más exaltados del
Partido Progresista tendieron la mano a los del bando moderado para
combatir la Regencia del Duque, dando por resultado tan imprudente alianza
que el partido retrógrado, auxiliado de la Camarilla, tras de volcar al
Regente, se apoderase del mando y dispersase y persiguiese a muerte a los
mismos que le habían tendido la mano. A los cuatro meses de la traición
de Ardoz, que abrió las puertas de Madrid a la coalición y que obligó
a Espartero a embarcarse en el ‘Malabar’, estaban López y Olózaga,
los jefes reconocidos de los Ministerios que se siguieron, el uno preso y
el otro prófugo, mientras que Narváez y todo lo más reaccionario del
Partido Moderado ahogaban en sangre cualquier movimiento
liberal que estallaba, como los de Alicante, Cartagena o Zaragoza. Había
sido una verdadera zancadilla que si no hubiera sido tan villana como de
sangrientas consecuencias para los incautos que se dejaron celar, era
digna de risa y de eterno ejemplo de imprecisión y poco tacto. Al irse a
terminar aquel año, que nada trastornó en nuestro pueblo, fui a cursar
el último año de mi carrera a Madrid, donde debía recibirme de Abogado
y conocer una rama de parientes que nunca habíamos tratado más que por
carta.-
__________________________________
La
1a
Guerra Carlista (1833-1840).
Debido
a su situación geográfica, dominando las vías de comunicación entre el
Bajo Aragón y el Mediterráneo, Morella (prov. de Castellón de la Plana)
ha sido plaza de gran importancia militar. Conquistada en 1114 por Alfonso
I, que la abandonó muy pronto, pasó definitivamente a los crisitanos al
ser tomada por Blasco de Alagón (1232), pasando a ser señorío real bajo
Jaime I en 1250. En 1414 se reunieron en ella Benedicto XIII y Fernando de
Antequera para intentar solucionar el cisma. En las disputas internas se
mantuvo siempre al lado de los reyes, teniendo una activa participación
en la querra de las Germanías, a quienes apoyaban las aldeas dependientes
de esta ciudad. En 1685 se produjo un levantamiento de los campesinos, que
consiguieron apoderarse de la población. Durante la Guerra de Sucesión
fue conquistada por el bando del Archiduque Carlos en 1710 y recuperada
por los Borbones al año siguiente. En la 1a
Guerra Carlista, por fin, desempeñó un papel de gran importancia
militar: en 1833, gracias a la traición del gobernador de la plaza, fue
tomada por los facciosos, que se vieron obligados a abandonarla a los
pocos días. Cabrera la ocupó, tras un largo asedio, en 1838, y la
convirtió en su cuartel general ; el general Oraa fracasó en su intento
de recuperarla, lo que logró finalmente Espartero en 1840. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 6.731]
Tras la derrota de Aranzueque decidió
Cabrera regresar al maestrazgo, apoderándose por sorpresa de Morella
(1838) y la convirtió en capital de su pequeño feudo montañés, donde
trató de organizar los rudimentos de un Estado y de una Administración.
Derrotó a Oraa, que intentaba reconquistar la plaza y fue recompensado
con el ascenso a teniente general y el título de Conde de Morella. El fin
de la guerra del Norte, con el ‘abrazo de Vergara’, permitió al
Gobierno concentrar sus tropas contra Cabrera, quien enfermo de gravedad
en estos momentos tuvo que ver cómo Espartero tomaba Morella, y hubo de
marchar con sus hombres hacia el norte, tratando de refugiarse primero en
Berga y acabando por atravesar la frontera francesa (6 de Julio de 1840).
[ibid., pg. 1.494]
Por la Convención de Calasanza (20 de
Mayo de 1815) el reino de Napoles fue restituido a los Borbones tras las
guerras napoleónicas. Tras su segunda restauración, Fernando IV decidió
suprimir la autonomía siciliano y se tituló Fernando I de las Dos
Sicilias, reino que se había establecido oficialmente tras el Congreso de
Viena. En los 40 años que duró el nuevo reino se agudizaron el
movimiento autonomista siciliano y el liberal frente al absolutismo
centralizador de la monarquía. Fernando no pudo dominar la revolución de
1820 y se vio obligado a prometer una Constitución. Pero al año
siguiente, con la ayuda de la Santa Alianza, impuso su autoridad. Su hijo
Francisco I (1825-1830) restableció la Constitución liberal que él
mismo había promulgado en 1812 como Regente y que su padre había bolido
en 1816. Esta carta Magna sería nuevamente abolida por su sucesor,
Fernando II (1830-1859) en 1848, continuando el absolutismo en Nápoles
hasta que la capital fue conquistada por Garibaldi en 1860.
[ibid.,
pg. 6.882]
La Ley de Ayuntamientos propuesta por el
entonces Presidente del Gobierno, el moderado Pérez de Castro, derogaba,
efectivamente, la de Calatrava. Mientras se debatía esta Ley, la Regente
se trasladó a Barcelona en compañía de sus hijas. Allí se entrevistó
con Espartero, y el general le pidió que no aceptase el nuevo texto legal
; María Cristina, sin embargo, lo firmó en cuanto llegó a sus manos,
enfrentándose a aquél. Las revueltas que, como recalca el autor, se
produjeron a consecuencia de semejante decisión (Revolución de 1840)
hicieron dimitir al Gobierno. La Regente tuvo que buscar un nuevo Primer
Ministro y recurrió a Antonio González, el cual no quiso aceptar las
condiciones que aquella le ponía ; entonces no tuvo más remedio que
solicitar a Espartero que formase Gobierno. Este propuso a María Cristina
una ‘co-rregencia’ que ésta no aceptó, viéndose obligada entonces a
abandonar el país, finalizando de esta forma su mandato.
En
su Gobierno, Espartero colocó a personas de segunda fila ; él era ante
todo un militar y necesitaba a gente a la que pudiera mandar, cosa que los
líderes progresistas nunca habría aceptado. Se produjo, a consecuencia
de ello, una escisión en las filas progresistas ; Espartero se ganó,
asimismo, el odio de todos los demás sectores, y al final optó por
trabajar con una coalición moderado-progresista. Como Presidente del
Gobierno eligió a Antonio González, y Mendizábal le apoyó hasta el
final de su mandato. Quitó, además, de Palacio a los grandes que habían
rodeado a María Cristina y colocó a sus hombres en torno a la futura
reina, mientras que aquélla seguía intrigando en París.
Agustín
Argüelles (1776-1843) fue diputado en las Cortes de Cádiz, en las que
tuvo papel muy destacado. Su elocuencia le valió el calificativo de
‘divino’. Fernando VII ordenó que se le apresara en 1814 y le condenó
a ocho años de encarcelamiento en el penal de Ceuta. La revolución de
1820 lo puso en libertad y lo elevó al cargo de Ministro de la Gobernación.
Al caer el régimen constitucional en 1823 tuvo que emigrar a Gran Bretaña,
donde permaneció hasta que la muerte de Fernando VII le permitió
regresar y reemprender su carrera política. Se pensó en él como
candidato a la Regencia, que al fin fue confiada a Espartero ; entretanto
se nombró a Argüelles tutor de la futura reina Isabel II y de su
hermana, ambas menores de edad. Desempeñó este cometido con singular
honradez, sin percibir la remuneración fijada, y murió pobre como había
vivido. [Nueva Enciclopedia Larousse,
op. cit., pg. 671]
La economía del país iba cada vez peor,
y la solución que intentó Espartero fue la de proceder a la venta de los
bienes desamortizados: obras pías, capellanías y órdenes catedralicias.
Suprimió también a las órdenes de misioneros, que habían sido
respetadas por Mendizábal, y exigió que los clérigos jurasen fidelidad
al Gobierno ; todas estas medidas venían detalladas en un Proyecto
de Jurisdicción de la Iglesia. En 1841 el Ministro de Gracia y
Justicia, Alonso Martínez, protestó por las irregularidades que se
estaban cometiendo con la institución eclesiástica, y el Papa, por su
parte, denunció a su vez la situación de la Iglesia española. Durante
el Gobierno Espartero se intensificó asimismo, bajo presión de
Inglaterra, la tendencia hacia el librecambismo, aunque con la oposición
declarada de la burguesía catalana, más partidaria del proteccionismo,
mientras que la gaditana, dedicada más que nada al comercio, secundaba la
política económica gubernamental, como se refleja en el texto. De
acuerdo con esto, en 1841 se aplicó un arancel que variaba según los
diferentes tipos de productos ; el resultado de esta medida no pudo ser más
desastroso: dos años más tarde, en 1843, de 60 factorías sederas sólo
quedaban 16 (todos los telares de Reus, por ejemplo, tuvieron que cerrar),
lo cual explica la renuencia de los industriales catalanes, a los que se
unieron pronto los progresistas, que se sentían marginados, los
moderados, que habían sido apartados del poder y la Iglesia, por las
razones antes mencionadas.
Joaquín
María López (1802.1855) fue Ministro de la Gobernación en el Gobierno
Calatrava y figuró entre los miembros avanzados del progresismo que se
opusieron a Espartero. Presidió el ‘Gobierno de 10 días’ de Mayo de
1843, en que figuraban Fermín Caballero y el general Serrano, que agravó
la posición del Regente. Encabezó la coalición de progresistas y
moderados que derribó a Espartero y fue encargado de presidir el Gobierno
provisional (Julio-Noviembre de 1843) que anticipó la mayoría de edad de
Isabel II. Cedió el poder a Olózaga, pero éste cayó a los pocos días
víctima de una conjura palaciega, y el progresismo quedó apartado del
poder para un largo período. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit. pg. 5.908]
Se
trata en realidad de la localidad de Torrejón de Ardoz., donde el 22 de
Julio de 1843 se produjo un choque decisivo entre las tropas
gubernamentales y las de la coalición antiesparterista. Triunfante el
levantamiento contra Espartero en Cataluña y en otras ciudades del resto
de España, Narváez se puso al frente de un cuerpo de ejército y se
dirigió hacia Madrid. En Torrejón de Ardoz entró en contacto con las
tropas esparteristas, mandadas por Seoane, que tras un breve tiroteo se
pasaron a los insurrectos. Este choque precipitó la caída de Espartero,
que a los pocos días se vio forzado a abandonar el país. Le sustituyó
un Gobierno de coalición, simple compás de espera al advenimiento de los
moderados, como bien refleja nuestro autor. [ibid.,
pp. 9.768-69]
La economía del país, como ya hemos
apuntado, iba de mal en peor ; sin embargo, lo que realmente colmó el
vaso fueron las revueltas catalanas del otoño de 1842, motivadas por el
sentimiento foralista, por el cierre de las fábricas y por cierto
asociacionismo obrero inspirado en el ‘socialismo utópico’. Espartero
mandó bombardear Barcelona en 1843, y esto equivalió a firmar su propia
sentencia. En Madrid, mientras tanto, había entrado a formar Gobierno
Juan Ignacio López, quien de entrada puso la condición de que se
instituyese una Administración sin favoritismos (neutralidad en las
elecciones y libertad de prensa) y que se eliminase a los militares que
controlaban el Gobierno. Espartero se negó de plano, y López presento
acto seguido la dimisión ; su sucesor en el cargo no pudo hacer nada y se
vio obligado a disolver las Cortes, que estuvieron sin funcionar los meses
de Mayo y Junio de ese año. Los militares opuestos a Espartero se
sublevaron en Barcelona y en Sevilla, organizándose, junto con los
moderados y los progresistas, bajo el mando de Narváez, O’Donnell y
Serrano. Espartero se vio incapaz sofocar la rebelióm, viéndose obligado
a huir a Inglaterra en el mes de Julio. |