HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES

 

Segunda Parte.

Capítulo 14

 

Año de 1844. Recibimiento de Abogado y estancia mía en Madrid. Accidente que sucedió a nuestro padre. Muerte de nuestra abuela Doña Clara Cerri. Compra de tierras.-

 

 

            Si minucioso y prolijos parecen ser todos estos datos y pasos que tras el hombre notable que nos dio el ser vamos dando, reflexionemos que no podemos excusarlo tampoco si hemos de retratarlos, aunque sea ligeramente, para una posteridad que no alcanzó a ver este portento y a quien es menester explicar el origen y causa que lo fue su bienestar ; además, entre nosotros mismos los más pequeños apenas alcanzaron a vislumbrar este año en su curso, teniendo sólo una imperfecta idea de todo. Por esta razón yo, que lo alcancé a ver y que me empapé al par del mismo que lo creara, les debo estas noticias, que son en conclusión más fáciles de leer que de escribirse y ordenarse con exactitud. Continuando mi narración, debo decir que antes de finalizar el año y al principiar el Curso de 1843 al 44 nuestro buen padre me mandó a terminar la carrera de Abogado a Madrid, donde estaban de cadetes José María y Joaquín Eusebio, quedando Antonio en Sevilla. Al abrazar[la] en mi despedida hallé muy enflaquecidos y demacrados los brazos de nuestra abuela Clara, que contaba ya más de 76 años y a quien habían minado su naturaleza de acero las continuas penas y disgustos que las pérdidas de los objetos más queridos a su alma le prodigaron. Un presentimiento triste de que iba a ser el último abrazo que iba a recibir estrechando aquel pecho con quien yo me había apoyado toda mi confianza me asaltó de repente y me hizo derramar lágrimas, y no eran infundados mis temores, porque no debía volverla a ver más.

            Puesto en marcha para la Corte, llegué a ella en los últimos días de Octubre de 1843, cuando todavía estaba el Partido Progresista en el poder y le ocupaba de Presidente el elocuentísimo López, bandera con su programa decantado de aquel descabellado pronunciamiento. Vi de cerca en la tribuna y en la calle [a] aquellos hombres, que de lejos me parecían gigantes y que menguaba su talla mientras de más cerca se veían y los hombreaba uno. Madrid era un Babel que me aturdía los primeros días, hasta que me acostumbré a su peculiar ruido y a ese movimiento continuo que agita la población, que pasa su vida en las plazas y en los cafés. No hablaré de un personaje de entonces, monumentos, costumbre y fisonomía, porque todo varía en ella cada año y se  renueva, no siendo nada estable, ni edificios, ni aún los empedrados, que se reedifican y renuevan cada lustro. Aquel es un mar agitado cuya superficie presenta siempre diferente forma y vista, y allí se encuentra, además de los hombres, el oro de toda España, que refluye como a su centro como la sangre de las arterias al corazón.

            Visité a mi parentela o familia del tío Felipe, encontrando en él a un anciano lle-no de años y de conocimientos de mundo ocupado en el sibaritismo de su vida, que él trataba lo mejor posible de prolongar y de rodear de comodidades ; era, como yo anteriormente he manifestado, un verdadero discípulo del siglo XVIII, lleno de oro y de caprichos. Su hermano Manuel, solterón y ya también caduco, era un santo varón limitado en ideas y que no sabía hacer más que lo que su hermano le ordenaba ; era su secretario y el verdadero agente de los negocios y pasos que le encomendaba el hermano, a quien ya por este tiempo se le iban retirando sus grandes comisiones por la descentralización de los negocios. Nuestra tía María, la mujer de Don Felipe, era una vieja currutaca y presumida que había sido bella en su juventud y que había perdido el pelo, o de vieja o de habérselo peinado demasiado ; no probándole Madrid, pasaba la mayor parte del tiempo en una hacienda que tenía en Pozuelo de Alarcón. Felipe, su hijo, abogado y simpático por su viveza y el despego, era un mozo duro a quien su padre, antes de morir y dejarle una inmensa fortuna en casas y numerario, quería verlo de por sí y no [le] daba más que lo que se ganaba con sus créditos e informes en la Audiencia, donde concurría diariamente, no atreviéndose el muchacho a casar con una joven bellísima de quien estaba prendado llamada Matilde Qaiser, hija de un coronel de la antigua Guardia Suiza, por no [con]fiar en su padre para atenderlo en sus nuevas necesidades. Encarnación de Puelles estaba recién casada con Don Eugenio de Castro, joven empleado en Loterías dentro de la dirección del ramo, y era una buena muchacha, pero de escaso mérito personal. La otra hija, Teresa, estaba recién muerta y la lloraba un novio que aún visitaba la casa llamado Rodríguez, que desde Burgos, de donde era, había venido a casarse, encontrándose en vez de un tálamo de flores un féretro sombrío con los restos de su amada.

Tal era el cuadro que presentaba nuestra rama de familia y cuya vida y costumbres eran en un todo diferentes a las que yo había visto en mi hogar. Eran seres con distintas propensiones y apegos que los nuestros ; tal vez sea esto achaque de los hábitos de la Corte, ello es que a mi no me gustaba tan frío egoísmo, tan mezquino y marcado escepticismo. En brazos de mis hermanos, los alumnos del Colegio Militar, que se alojaban en el antiguo Cuartel de Guardias, hallé el rastro de nuestro peculiar cariño y la distinta atmósfera en que nos habíamos criado, y hablando de nuestra casa y del cariño de nuestros padres y hermanos hablábamos casi siempre cuando nos reuníamos. Desde aquel año, siguiendo mis cursos en la Universidad y estudiando al par la Corte, me decidí yo a indagar y reunir todos los datos y noticias que pudiera juntar sobre nuestra familia, estudio a[l] que ya desde pequeño me encontraba yo inclinado, y no quise perder la buena ocasión que se ofrecía, los legajos y antiguos papeles del tío y las bibliotecas y archivos de la Corte. Nuestro tío conservaba del suyo anterior Don Marcelo una porción de carpetas que estaban enterradas en el polvo y que él no se había tomado el trabajo de desatar, pues sólo sabía la historia incompleta de dos o tres generaciones a quien casi había dado con su mano ; de lo demás no se cuidaba para nada, en medio de ser muy orgulloso y estar envanecido con su origen y teniendo su escudo de armas junto a la puerta con un rotulón que decía: Este escudo que ves de los señores de Puelles es”. Yo, pues, que quería saber de dónde veníamos y qué habíamos sido antes de ahora, por lo mismo que habíamos estado cortados siempre de toda la familia, me iba a poner en camino de saberlo, y he aquí el origen de este historia ; si yo no hubiera tropezado con los legajos de tío Marcelo, no habría podido jamás ordenar las generaciones de Ampudia, como no pude clarificar las de Autol hasta que [el] sabio benedictino Bermejo me suministró los materiales. De allí y con prolijos afanes me traje yo todos los materiales que en su construcción he empleado, que serán en buen hora de poco provecho, pero que son de indubitado origen, de comprobación exacta y de escrupulosa verdad, y si no tienen el mérito de su narración, tienen el del trabajo de la ordenación, que desafío pueda ninguna otra familia presentar una historia completa de 12 generaciones fijas y otras anteriores probables.

Pero concretándome de nuevo al año que mencionamos, debo decir que durante él siguió nuestro padre sus graves tareas y cuidados acudiendo solícito al pago de sus plazos y obligaciones y a subvenir con decoro a nuestra manutención y equipo de tres en Madrid y uno en Sevilla, dándole no tanto su caudal sino su fecunda imaginación y fuerza de voluntad abundantes recursos para todo. Una buena cosecha le compensó aquel año sin afanes y le libró de vender parte de su ganadería, a que se veía obligado para llevar sus compromisos. Al mediar aquel verano, en que yo quedé en Madrid para recibirme, tuvo la desgracia de que se le rompiera una pierna de la coz de un caballo grande que teníamos para la cubrición de las yeguas al acercarse a él con el suyo a la salida del Palmar de Notares, donde alcanzó a las recuas y donde venía el padre cargado de trigo, pues en eso se ocupaba el semental durante el verano. Roto el hueso por completo, tuvo que venir en una camilla hecha al efecto y rodeado de toda la familia, que acudió a la fatal nueva cerca de una legua de donde sucedió, echando más de 80 días en su cura y restablecimiento, encontrándolo yo con muletas a mi vuelta.

Al terminar su cura acaeció la muerte de nuestra santa abuela, que sintiéndose un poco indispuesta una mañana, se quedó contra su voluntad en la cama, y queriendo que la preparasen y medicinasen más del alma que del cuerpo y después de prevenirse cristianamente como el santo viajero que sale en busca de la Jerusalén celestial, sin molestar ni dar ruido alguno se sumergió a los tres días en un profundo sueño tranquilo y apacible como el de los justos del que no volvió más a despertar, quedándose con el color y [la] sonrisa de dormida su angelical fisonomía. Así voló para siempre al Empíreo la que no tuvo en el mundo más culto que el de la religión y el del cariño de su familia, sin cuidarse de nada par su persona, dejando en su modestia dos o tres vestiditos sencillos y un pequeñísimo ajuar de cosas que nos repartimos como si fuesen reliquias de una santa. Acaeció su muerte el 11 de Octubre de 1844 y contando la buena señora con 76 años no cumplidos de una existencia dedicada en tan largo período a llenar cumplidamente sus deberes religiosos y sociales, criando a sus pechos a dos hijos, bregando y cuidando de diez nietos y ocho sobrinos, pues como digo fue toda su vida por su índole y carácter especial la llueca cariñosa y nodriza que abrigaba bajo sus alas toda su prole y la de sus hermanas. Sobrevivió a su amado esposo, a quien roció con lágrimas en Villanueva de la Serena, 40 años menos dos meses, y los recuerdos de su acendrada caridad fueron tan durables, que 12 o 14 niños y ancianos que acudían a la puerta por la limosna que ella acostumbraba a dar [continuaron] nombrando e implorando a Doña Clara en sus súplicas, por el hábito que ya tenían contraído.

Tres días después de este triste suceso me recibía yo de Abogado en Madrid aje-no al luto y tristeza en que nuestra casa estaba sumida. Recogido mi título y listo mi equipaje regresé a los brazos de mi amada familia, a quien encontré sumida en el dolor y cubierta de luto, hallando a nuestro padre apoyado sobre sus muletas y encanecido y seco con sus penas y sus trabajos. Empezaba a declinar visiblemente aquella encina robusta, que parecía se encorvaba de 40 años aquella cabeza digna de una corona y resplandeciente de belleza y de numen que, agobiada y todo, aún bosquejaba y abrigaba grandes pensamientos y empresas en germen o embrión.-

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Keiser, en realidad. [VOLVER]

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