HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES
Segunda Parte.
Capítulo 16
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Ultimo año de la vida de nuestro padre. Casamiento
de Antonio. Vuelta
mía a Madrid. Muerte de nuestro hermano José. Compra última hecha por
nuestro padre ; extraña enfermedad y su muerte. Sus funerales, su
sepulcro.-
Al mediar este año de 1848 y a la vuelta de Antonio de vacaciones
de Sevilla se prendó de una rica huérfana, hija del fuerte labrador Don
Juan Dalmau, de procedencia y raza catalana ; nuestro padre, que además
de la bondad de la joven encontraba que era un buen porvenir para su hijo
y para la descendencia que pudiera tener, lejos de oponerse le apoyó,
pues contaba [con] que sin
alterar el curso natural de los sucesos, éste le había de proporcionar,
así como a su prole, una existencia cómoda e importante sin que tuviera
que pasar por las alternativas y trabajos que a él le había costado los
mejores días de su vida para recabar su logro. Y tan decidido se mostró
a favor de este enlace, que se le consintió aún antes de terminar su
carrera, que hasta los dos años no debía terminar para que tampoco
tuviera nunca que servir a un Gobierno miserable y desleal al que quería
que yo, en vez de acatar, le hiciese cruda guerra, e indicándole a mí
otro casamiento que luego más tarde había yo de hacer con una bella y
modesta prima hermana nuestra, también de gran porvenir. Tras todo se
develaba y ocupaba aquella cabeza tan firme y aquel corazón tan sensible
y amante de sus hijos: “Nosotros
vamos para viejos, Francisca”, decía a nuestra madre, “y
es menester ver antes de morir a
nuestros niños que tal ensayan
las lecciones que le[s] hemos
dado y mirarlos volar por sus propias alas para alcanzar su bien y el de
los otros más chicos, que tal vez no logren alcanzarnos”. Eran
puntales previsores y salvos, hijos de su ternura, que querían dar y
poner [a] aquella descendencia
por cuyo bienestar se habían sacrificado y precipitado sus dos
existencias, agotadas y marchitas al mediar su vida.
Al
principio del 1849 fui yo a Madrid a probar y ensayar mis fuerzas en el
estudio de la prensa, a que me arrastraba mi numen y particular inclinación,
volviendo en el mismo los cadetes del Colegio de Toledo, pues tanto José
María como Joaquín Eusebio habían enfermado, o cuando menos estaban
propensos a adquirir una dolencia inherente a la familia de mi madre y que
la clareado y segado en flor de continuo. Nuestro padre acogió bien a sus
dos hijos estrechándolos entre sus brazos y llorando anticipadamente al
José, en cuyo semblante demacrado se veían impresas ya las huellas del
mal que le devoraba y que iba a arrebatar a aquel hermoso joven, que
estaba terminando su carrera y que [con]
una talla gigantesca y un carácter el más parecido al suyo iba a
extinguirse tan precoz existencia. El Joaquín, temeroso de que no
incurriera en el mismo mal a que por su constitución se hallaba propenso
también, se propuso seguir la labor, a la que mostraba gran afición. Yo
de nuevo volví a Madrid, donde me proponía, lejos de servir a un
Gobierno que aborrecía, hacerle la guerra y la oposición en la prensa y
asociarme de camino a una comisión que los vecinos del pueblo mandaron
para gestionar ante el Consejo Real la nulidad de las ventas de las
dehesas. Y en efecto, yo logré mi natural deseo y entré escribiendo en
el periódico avanzado La Reforma, que dirigía en aquella época Don
Mariano Pérez Lázaro, pero sin darme esto fruto ni ventaja positiva,
como sucede regularmente a los redactores de los periódicos de oposición.
Un poco de himno y oropel de gloria era todo lo que podía sacar, pues sus
empresas, breadas y explotadas a fuerza de multas, no pueden ofrecer otra
cosa, al revés de los del Gobierno, harto
lujosamente subvencionados. En este palenque hice yo una guerra cruda
e incesante al poder y a su satélite Sánchez Mendoza, que resguardado y
en connivencia con él nos había despojado de nuestro hermoso patrimonio,
como a Esaú, por un plato de lentejas.
En
la familia de Madrid encontré las novedades de la muerte de Doña Mónica,
la mujer del tío Felipe, y las dos ancianas estaban ya caducando, pero
sin dejar sus peculiares costumbres, [y]
el Manuel yendo a su Café de Levante todas las noches, donde se habla[ba] constantemente de alzas y bajas del papel y de las oscilaciones
de la política y del Gobierno, de que los corredores que allí concurrían
se ocupaban de continuo. El tío Felipe [seguía]
sin dejar su sillón de brazos y su velador por delante, donde tenía
siempre desplegados el Diario de Madrid, sin gafas, y su caja de rapé
superior ; allí le servían los más exquisitos manjares en platos y
vajilla de masilla y relumbrante plata y [un]
chocolate hermano del que también tomaban en Palacio. Cerca de su mano
estaba un armario y [una]
taquilla llena de extrañas cerraduras donde tendría sus juros, sus
numerosas acciones de banco y de mina. En lo demás, al cabo de los cuatro
años la casa permanecía sorda y estacionaria ; parecía que la había
dejado de ver la noche antes y que Doña Mónica estaba en Pozuelo como
acostumbraba. Felipito, ya enseñando canas, suspirando por realizar sus
ensueños con la rubia Matilde ; Encarnación había muerto también, y su
única hija, una pequeña niña de tres años, estaba a cargo de su suegra
o abuela paterna, pues su padre, Eugenio de Castro, se había ido con un
empleo a Cuba. Allí encontré también a Blas Reguera, hijo de la poco
afortunada tía nuestra Doña Victoria, que casó en Barbadillo, el cual,
como todos sus hermanos, había corrido una suerte muy azarosa y
desgraciada, sirviendo después de mil aventuras una plaza de oficial de
Correos con un escaso sueldo que no alcanzaba a cubrir las necesidades de
una crecida familia que ha-bía dejado en Zaragoza, donde había casado.
Al tío Felipe lo ví mal inclinado hacia la nieta Castro Puelles, a quien
decía no podía mirar nunca como a Felipe, y hablaba a las claras de
favorecer a éste en lo que pudiera y mejorarlo también en lo visible.,
porque él no consideraba en sus extraña conciencia pudieran tener
iguales derechos. No sé lo que habrá pasado después de su muerte,
acaecida un año después, pero es probable que éste cargar al sucederle
con el santo y la limosna, porque entraba esto en las ideas de su padre,
que estaba muy poco por las hembras y muy mucho por los varones de su
apellido. Al morir el tío Manuel dos años después que su hermano
supimos que había partido sus ahorrillo entre sus dos sobrinos presentes
Felipe y Blas Reguera, acabándose en este último la generación de los
Puelles y Puelles, hermanos de nuestro abuelo.
A
fin de Mayo de aquel año recibí yo en Madrid la desagradable nueva de la
muerte de mi querido hermano José. Moría el tercer varón de la familia
víctima de la tisis que sacó del Colegio Militar ; murió de 19 años y
diez meses después de inocularse en la terrible enfermedad que estaba
segando las ramas de la hermana de nuestra madre, los Sánchez Salas, que
habían sucumbido la mitad y habían de perecer casi todos en lo más
florido de su edad. Con la pena que esto me produjo estuve a punto de
haberme incorporado en clase cronista por el mismo periódico donde yo
escribía en la expedición española que pasaba a Italia comandada por el
general Fernández de Córdova, a quien fui
recomendado por Valcárcel, el amigo de nuestro padre, que estaba al
frente de la casa del Duque de Medinaceli y a cuya casa y tertulia asistía
yo diariamente. Mi padre, y en particular mi madre, me disuadieron del
proyecto ; parecía que uno preveía que era preciso me abrazara por última
vez, y la otra que iba a necesitar de mis consuelos y ayuda. Habiéndome
yo también sentido malo y algo lleno de aprensión, con toses e
insomnios, me volví a Alcalá a principios de Septiembre, donde hallé a
nuestro padre muy decaído y viejo y llorando a menudo como un niño
recordando a su hijo José, que decía no poder desechar un momento de su
memoria. Contaba mi madre que de noche le oía sollozar entre sueños y
exclamar: “Este hijo me quita la vida”.
A
pesar de todo, por su natural propensión a hacer algo útil, compraba las
dos haces que le faltaban para cuadrar su predilecto cortijo de Barbate, y
eran el Algarrobillo, o séanse las 44 fanegas del vínculo de Juan de
mesa, no parando hasta que se trajo él mismo a su amo, Martín Giménez,
de medina a las ancas de una hermosa burra negra que había dado en montar
desde que se rompió la pierna, y celebró su escritura. El otro haz, de
igual cabida, era de un mayorazgo de Málaga llamado Milla, a quien también
se le escrituró y tenía que pagar aquellas pascuas. Solía bajar los más
de los días al Prado, donde estaba la hoja de la sementera de aquel año
muy adelantada, pues se auguraba magnífico, como lo fue después, en
efecto, y de día se entretenía comprando puercos gordos a los gataneros
a sacar el dinero, trayendo un comercio y entretenimiento más que
productivo, recreativo para él, pues era su paseo, donde constantemente
tenía 30 o 40 puercos ; puesto en la esquina de Santo Domingo se pasaba
los ratos entretenidos con la gente que le rodeaba, y siempre le
escuchaban con interés y respeto.
A
mí, entretanto, me había [encargado]
el hato de cabras y había hablado con el abuelo Salas para que me
arrendase una manada de ovejas, que yo mismo pasé a comprar a Lebrija, y
que unido esto al olivar de Valdegamas que yo tenía arrendado del abuelo
y que sembré con una yunta que me prestó mi padre, componían mi
entretenimiento por entonces. Tomaba tanto interés por mis cosas, que
todas las noches me preguntaba por el adelanto de la siembra en mi
preojual, y cuando me traían ovejas muertas de barquilla decía: “Cuánto
más valiera que fueran de las de acá”. Aquel año antes había
formado en una de nuestras casas de la Plaza de la Cruz una posadilla
decente con cuartos y buenas camas, que hasta entonces no había habido,
ni [ha] vuelto a haber en aquel
pueblo, y de la que sacó en sus principios regulares productos. Aunque
meditabundo y triste, alimentaba su imaginación, nunca en calma, con
grandes proyectos y hablaba de que habiendo redondeado su tierras,
necesitaba irle[s] haciendo
caseríos y almacenes, pues los frágiles chozos que formaba le salían más
caros por causa del peligro de los fuegos y los continuos levantes que se
las desbarataban, humedeciéndose mucho trigo cuando los llenaba de
granos, y con este objeto había principiado a acopiar vigas y tablas,
cuando a los tres días de haber venido nuestro hermano Antonio de Sevilla
a pasar las vacaciones de Pascua del 49 se sintió de pronto atacado de un
fuerte dolor de cabeza, y en particular de oído, que nosotros, que estábamos
hechos a verle padecer continuamente de estos órganos, no le dimos toda
la importancia que tenía.
Mas el dolor, lejos de amenguar, crecía más y más, subiendo
aquella marejada terrible que le hizo dar en cama al siguiente día.
Nuestra madre lloraba a mares que se derretía, pues decía que preveía
una horrible desgracia que él mismo se había vaticinado noches antes.
Los médicos todos del pueblo le asistían, y no creyéndolos bastante, yo
mismo fui a Medina y traje al más entendido de sus profesores, sin que
tampoco acertara a disminuirle su dolor, que sólo pudieron acallar propinándole
una dosis crecida de opio, pero la calma que le produjo al pronto le hizo
romper de seguido en un continuado delirio. Tres días con sus noches de
invierno estuvo articulando frases y períodos interrumpidos, pero
ordenados y exactos en su principio, pero que se entrecortaban y confundían
cada vez más, a semejanza de las vueltas que da un minutero o péndulo
que va a perder el arreglo de su marcha y tras largas y variadas sacudidas
cae en la paralización absoluta. En los tres días de delirio habló y
vació de aquella cabeza todos los pensamientos e ideas que allí se
encontraban esculpidas y aglomeradas en desordenado montón. Tan pronto
rompía con todo dolor y contrición haciendo una confesión contrita de
culpas y pecados como se pasaba a hablar de sus hijos y su madre, de su
labor y sirvientes, de sus empresas y proyectos, y era que se dibujaban en
aquella majestuosa imaginación como en una linterna mágica las últimas
penumbras de las ideas que le asaltaron siempre y que el ya roto timón de
la voluntad, que da el orden para encadenarlas, se había destruido por
completo y era incapaz de obrar.
Por último, debilitándose por grados y al modo que se aminora y
extingue la luz de una bujía, cayó en un estupor completo que duró
otros dos días, y al punto de lñas ánimas de la noche memorable del 15
de Diciembre de 1849, sábado, abriendo sus rasgados ojos, que velaban dos
gruesas lágrimas, expiró y lanzó a su Dios aquella grande y vigorosa
alma que le había hecho ser el gigante de los hombres de su tiempo, aquel
Napoleón y prodigio de inteligencia y actividad, aquel varón, en fin,
sin igual en honradez, ternura y amor sin igual para sus hijos, dejando un
caudal de cerca de dos millones que con un corto pie o base él solo había
formado, ocho hijos criados y dos con sus carreras terminadas y una
aureola gloriosa e imperecedera de honor y de actitud y laboriosidad pocas
veces vista. Anonadados y como en profundo estupor quedamos del peso de
nuestro dolor ; de tal modo de las lágrimas y ayes desgarradores pasamos
a la insensibilidad y casi al idiotismo, porque los grandes sentimientos y
emociones ofuscan y anonadan la razón. Un magnífico entierro, y
brillante cual cabía, se le dispuso ; en él se vieron todos los niños
de las escuelas, todas las hermandades, rodeando su féretro, los
sirvientes enlutados, que alternaban en su conducción, y todos los pobres
con sus humildes andrajos, hombreándose con los más ricos labradores,
que conducían las cristas, precedidos todos
después por un inmenso pueblo de todas clases y condiciones que al seguir
su cadáver comprendía la extensión de la falta del primer prócer de la
población y hacía justicia a aquel hombre eminente como patricio sin
tacha y como padre y jefe de la familia sin igual. Un sepulcro provisional
al lado del de su hijo José María, recientemente construido también, le
cubrió provisionalmente, levantando nosotros a poco sobre aquellas dos
tumbas o cañones, que no nos atrevimos a que se le tocara, una sencilla
pero alta y elegante bóveda coronada por una delgada aguja incrustada de
azulejos que reflejan bruñidos los rayos del sol y que nos indica desde
cualquier punto que la divisemos, que bajo ella y su cruz enlutada duermen
todos los seres queridos de la familia y que su jefe principal, desde las
alturas, reflejará también sus miradas sobre nosotros también. Dos
cipreses jóvenes se levantan a sus lados, cerrando este enterramiento una
reja de hierro que resguarda una lápida donde yo inscribí esta leyenda
que me sugirió la idea de su muerte: Yedra y encina asidas fuertemente
crecieron en la
selva de la vida,
y al secarse la yedra prontamente
secó la encina do nació prendida.
tal es la imagen fiel que aquí la gente
hallará en estos huesos esculpida:
un hijo fue la yedra, que al sacerse
hizo al padre, o la encina, desgajarse.
19 de Mayo y 15 de Diciembre 1849.
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Los periodistas españoles protestaron
reiteradamente contra las limitaciones de la libertad de prensa reconocida
en la Constitución. Con todo, y a pesar de la legislación restrictiva,
se mantuvo en general una tolerancia para la expresión del pensamiento.
La leyes, por otra parte, recelosas y llenas de cautelas frente al
creciente poder de penetración de la prensa, pudieron frenar, pero no
impedir, su tendencia a la expansión, que tiene como causa, entre otros
factores, el aumento de alfabetización y consiguientemente de público
lector y la politización creciente y cada vez más diversificada de éste.
Todos los partidos, fracciones o disidencias aspiraban a tener un órgano
en la prensa. A completar este complejo panorama ideológico venían los
periódicos de ideología obrerista, asociacionista y socialista utópica,
con los cuales se ensañaba especialmente la política represiva. [SEOANE,
María Cruz, 1989, Historia del
periodismo en España (2. El siglo XIX), Madrid, Alianza, pg. 199]
Fernando Fernández de Córdova, marqués
de Mendigorria (1809-1883), ingresó en el ejército en 1824 y comenzó a
destacar en la 1a Guerra Carlista. Se sublevó contra Espartero en 1843,
aplastó unos incidentes populares en Madrid (1845) y fue Ministro de la
Guerra en 1847. En 1848 fue nombrado Capitán General de Cataluña, pero
la dureza de las represiones practicadas, con gran número de
fusilamientos, aconsejó relevarle, confiándosele el mando de la expedición
militar española que en 1849 acudió a Roma en auxilio de Pío IX, que
había sido expulsado por Mazzini, quien instauró la república en
aquella ciudad.
La única forma de ‘preceder’ es antes,
y no después ; la palabra, por tanto, no puede ser otra que seguidos. |