HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES
Segunda Parte.
Capítulo 17
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Viudedad y dolor de nuestra madre. Gran cosecha de
aquel año. Construcción del Corral y Cortijo de Mocaylén. Año seco que
se siguió y morriña en los ganados. Luchas con la autoridad y causas que
nos siguieron. Más casamientos nuestros. Revolución y cólera del 54.
Muerte de nuestro abuelo y repartición de su caudal hecho en los Santos.-
Quiero y ofrezco ser breve y compendioso en lo que nos resta que
escribir tras la muerte de nuestro padre, que nos dejó como a la sombra,
pues nuestro sol se había hundido para siempre en el océano de la
muerte, y esto lo hago por varias cosas: primera, porque todo el período
de poesía ha terminado ; en adelante, faltó de su numen sobrehumano para
acertar a dirigir nuestra casa ; segundo, porque tengo que hablar de mis
propias obras, bien tenues y pequeñas en proporción de los gigantescos
pasos de nuestro padre, y última y principal, porque de aquí en adelante
todos los elementos que tendieron a al unión y aglomeración de habían
de trocar ahora en contrario[s], inclinándose estos mismos a la división y separación,
desmembrando la gran casa, pues roto el lazo o anillo que unía al haz, éste
por su propio peso debía tender a caer sobre los lados y dividirse.
Nuestra madre, que debió volver a anudar y empalmar en lo posible la
rotura del 15 de Diciembre, no quiso desde esa fecha más que el retiro y
la quietud donde entregarse a sus oraciones y largas abstracciones de lo
que pasaba en el suelo y a su lado, hasta tal punto, que si no hubiera
sido por el cuido y asistencia de los dos últimos niños pequeños,
Francisco e Isidro, que apenas llegaban a los 12 años el mayor y a los 9
el más pequeño, se hubiera retirado a las monjas o al menos al Beaterío
donde estaba nuestra Juanita, y concluyendo por someterse a su pesar a
seguir en el siglo por no contribuir al desmembramiento por completo del
caudal, a que era muy opuesta siguiendo las tradiciones de nuestro padre,
que predicaba de continuo una bella y patriarcal utopía de unión de
humanos bajo un solo jefe y régimen siguiendo el orden natural
irrealizable en la forma por más que hermoso y seductor en la esencia.
Nuestra madre, ciega entusiasta de esta idea, creyó en conciencia
y con arreglo a estos principios declinar en mí como su hijo mayor la
dirección que de derecho le pertenecía, y creía en su fervoroso anhelo
por seguir este noble principio que apartarse un ápice de él era
menoscabar sus prerrogativas, y sobre todo y más sensible para su
enamorado, aunque yerto corazón, separarse de la senda ordenada por
nuestro padre, que decía siempre: “Mis hijos a nuestra muerte unidos y todos unos para su bien o para su
mal”. Pero esto era irrealizable, [como]
he dicho antes ; había yernos e hijos casados que se podían creer
ofendidos o postergados siendo tal vez más capaces o cuando menos más
afor tunados en sus empresas, y aunque al principio se prestaban
todos a la idea, habría de concluir por llamarse a su lado, y si, lo que
era de prever, nuestra santa madre faltaba pronto para nuestra mayor
desgracia, porque estaba padecida del cuerpo y minada de dolor y amargura
su alma con el doble golpe de su esposo e hijo José, iba a venirse por
completo a tierra la obra de la recomendada y útil unidad e iba a
convertirse en otra Babel o Campo de Agramonte
la constitución y organismo de nuestra casa. Sin embargo, decididos por
lo pronto a continuar unidos, hicimos por pura fórmula la partición, de
donde resultaba cerca de un millón a nuestra madre y más de medio [a] nosotros, apreciado todo con ligeros valores, en lo que no se
alcanzaba prejuicio, pues eran iguales todas las bases y repartidas en
proporción a su mole: casas, tierras, ganados y granos.
Para
manifestar la idea de unión que nos presidía quisimos levantar
monumentos que la recordasen ; uno era el sepulcro de nuestra familia
sobre los huesos calientes de nuestro padre y hermano, destinado para
todos, el otro la construcción de un corral para 200 puercos que
necesitaba la casa y cuyas crías se estaban desgraciando por falta de un
local espacioso y ventilado y que no estuviese plagado, como el viejo, de
chinchorros y humedades. Este último edificio se comprende sería casi
reusado el día que se partiese el caudal, pero entonces en vez de extenso
corral, pasarían algunas de sus cuatro piezas a otros usos. Habiéndose
concluido la sementera dos días después de la muerte de nuestro padre y
presentándose el campo magnífico y poco costoso de escardar por ser un
invierno seco, nos dedicamos Antonio, que tenía que terminar su carrera,
que debía darle el caudal concluida, y mariano, nuestro cuñado, y yo
como mayores a cuidar del campo y del despacho de los negocios. Habíanse
partido las casas, y estos dos hermanos entraron en la participación de
las suyas desde luego para subvencionarse el gasto que no nos hacían de
manutención y vestidos ; todo lo demás debía quedar y producir
incorporado.
Pagamos
aquel mismo año las tierras de Milla, los plazos que faltaban de [des]a-mortización y algunas otras cosas, acabando la construcción
del Baroto,, en donde quedaron 6 casas en alberca, reedificando la casa de
la Calle de los Pozos y la de enfrente a la nuestra, que dedicábamos a
Antonio para que se viniera también a vivir junto a nosotros. Alquilamos
también la Silla decimal, pues se venía encima una cosecha pocas veces
vista de abundante, aunque los trigos estaban, a resultas de esto, por
menos de 35 reales. Empezó Agosto y nosotros a llenar los almacenes de la
Silla, pues 1.500 carretadas de haces que había dado la hoja debían
producir 8.000 fanegas de trigo próximamente ; cerca de 7.000 teníamos
ya almacenadas, cuando a la conclusión de unos fuertísimos levantes que
vinieron en fin de dicho mes y cuyos días se perdieron de trillar y
aventar, quedando ya tan sólo las granzas y los suelos, empezó a llover
tan reciamente al empezar Septiembre, estando 10 días lloviendo a mares y
saliéndose de madre todos los ríos y arroyos, que la era no se podía
levantar porque con la humedad y [el]
calor se echó a nacer, salvándose sólo 400 fanegas de trigo hinchado de
las granzas que sirvieron para el pan, perdiéndose el suelo, que sólo
disfrutaron los puercos, en que comieron dos meses, saliendo hechos de
carne ; se puede evaluar en más de 500 fanegas de trigo las que se
perdieron del todo, y un hermoso pajar que le cogió en alberca. Nuestro padre había tenido en esta parte mejor suerte, pues era raro el año que en sus muchas eras no se le mojaban algunas, pero hacía tiempo bueno para enjugarlas después y levantarlas del todo, hinchándose algo el trigo, pero la mojada nuestra fue un diluvio desconocido ; no nos cupo igual fortuna. Se hizo cuanto humanamente fue posible, pues yo no salí de la era desde el primer día que llovió hasta su final, rodeado de sirvientes a docenas, pero al enjugarse por un lado cuando volvíamos las granzas, volvió a llover con más furia, perdiéndose lo migado. Quedamos después de todo tranquilos, aunque disgustados, como el que ha cumplido con su deber por más que el azar le haya contrariado , si nosotros hubiéramos previsto aquello, se hubiese trillado y aventado los días de recio levante, como siempre después continuamos haciendo, y no que no estorbamos que los aperadores, por espíritu de rutina y creyendo hacer un acierto, disponían a la gente y dejaban la era sola, ocupándolos en otras faenas de menos interés.
A
resultas de esto y en medio de que debíamos pedirle a Dios que siempre
nos las mojara si habían de seguir viniendo años tan feraces, surgieron
algunos disgustos, y Mariano, nuestro cuñado, dejándonos arrendadas sus
tierras, que se señalaron en Pelagallos, apartó yeguas, ovejas y trigo
hasta la parte que le había cabido en su acción de socio. Al año
siguiente se emprendió y llevó a cabo la obra del Cortijo, teniendo ya
el corral concluido, porque nuestra madre, a quien gustaba mucho el campo
y que disfrutaba algunas temporadas [allí], quería una casa cómoda y decente. Unido esto a que tenía
que ser el almacén general de los demás cortijos, que estaban por hacer
los que no estaban en ruinas, y el refugio y hospital de bueyes y yeguas,
juntamente con la borricada y reatas de mulos, se le hubieron de dar las
vastas y grandes proporciones que hoy tiene y que se merecía por ser el
cuadro más hermoso de tierra que hay en Alcalá después de las célebres
Covatillas ; era la puerta del caudal, como le llamaba nuestro malogrado
padre, que la engarzó a él, así como el cortijito de La Oraa era el
diamante o rubí.
Ambos
le habían cabido a nuestra madre, y dentro de la parte de ésta había
sobra do dinero para que se le pudiera hacer sus joyas todas las
obras que se quisieran, además [de]
que ella quería una cosa buena, así es que las cales, maderas y todos
los materiales que se emplearon fueron excelentes, pero sin dejar de ser
todo lo económico posible, pues echábamos las caleras a jornal, saliendo
la dicha a menos de 12 reales el casi, cuando vale el doble al menos,
clareando los caudales de Bobeda y La Salinilla de piedra parecida a
cantería, y traían nuestras dos reatas de mulos las vigas y tablas del término
de Jimena, en Los Hoyos de Buenas Noches, donde teníamos concertada una
sierra, comprándolo por la tercera parte de su valor hoy, siendo los albañiles
muchachos que yo había sacado de los peones diestros, y las tejas y
ladrillos de una fábrica que yo también había planteado ; sólo así se
concibe que se hubieran hecho paredes para cubrirse con más de 40.000
tejas que cobijaban el cortijo y [los]
corrales, sin incluir las casas que habíamos concluido en el Barrio y que
nosotros concluimos en aquellos dos años escasos, invirtiendo 3.000 duros
en lo que de seguro se debieran gastar ocho, pues todo es de cal y canto y
debía de petrificarse como ésta. Al terminar el año de 1851, que fue
regular, pero que se despedía con una seca y sin que hubiera otoño, cojiéndole
a los ganados muy flacos, casó nuestro hermano Joaquín Ensebio con
nuestra prima Eloísa Centeno, nieta, como él, de nuestro bisabuelo Don
Juan de Salas Gómez, tomando éste su casa y parte de su legítima para
labor de sostenerse, pero sin dejar de estar en lo demás unido a la
familia.
Continuando
nosotros con muestra oposición a las parcialidades de Don Rafael Sánchez
Mendoza, que se sucedía en el mando, choqué yo con el Alcalde de aquel año,
ingrato a muchos favores que de nuestra familia había recibido y que se
complacía en atormentarnos con abrir una vereda por medio de la inmensa
extensión de las tierras de Barbate, de incalculable perjuicio, llegando
su ojeriza hasta el punto de privarnos también del voto electoral cuando
yo representaba la casa, primera contribuyente, y Antonio una décuple
cantidad de la marcada, pagando entre los dos más del 1.000 duros, o séanse,
una décima parte de lo que pagaba el conjunto del cuerpo electoral todo.
De sus resultas tuvimos una gresca en una reunión en que nos hallábamos
juntos dentro de la Botica junto a nuestra casa, y echándo[se]la[s]
el Alcalde de tal, recurrió al desconocido medio de suponer que le habíamos
cometido desacato, cuando en aquellos momentos no podía ser Alcalde el
que estaba jugando con los naipes jugadas de azar y envite, formándonos
una ruidosa causa y queriéndonos prender públicamente con la fuerza de
la Guardia Civil, por lo que tuvimos que refugiarnos en Medina, donde
estuvimos más de dos meses detenidos y con el carácter de presos, de
donde nos volvimos absueltos, pero habiéndonos gastado seis o sietemil
reales y quedando nuestro enemigo colmado de ridículo y de rabia, que
después le habríamos de pagar con una generosidad poco común. En este tiempo, en que estuvimos en Sevilla para defender nuestra causa, hablamos y nos ofreció Las Covatillas las mismas condesa viuda, que al poco tiempo tuvo necesidad de vender a la misma casa de Varela, que había venido poseyéndola en arrendamiento desde los últimos de nuestra familia materna. Vueltos de nuestro destierro asistimos a una morriña de los ganados menudos y parte del vacuno y yeguar, que perecía por falta de hierbas y bellotas, siendo tal el decaimiento de los ganados que tuvimos que acabar la sementera que habíamos empezado con 50 yuntas rebeseras y seis de mulos y cuatro de bueyes, pues los animales todos no podían tenerse en pie. Antonio en este mismo año, que había plantado una bonita labor en fraja en los dos ranchos de las Cortinas y Fieles venidos, a resultas de la quema de los pastos de su dehesa del Buho había padecido mucho en sus ganados, quedándose sin yeguas y casi sin ganado vacuno y traspasándonos al año siguiente su labor, aburrido con los desastres y reveses que en su principio tuviera. Al fin de este año de 1853 pasó nuestra madre a Cádiz y Sevilla para distraer a Aurora, que echaba esputos de sangre y que estaba llena de aprensión de la enfermedad hereditaria en la línea materna ; llevaba también la idea de encargarse de la educación de los tres niños pequeños, uno, el Francisco, que estaba en Sevilla en el Colegio Real desde el año 50, instalándose definitivamente en Cádiz nuestra familia con Juana, Isidro y María de los Santos, quedando la casa conmigo y mi amada prima Belén, con quien me había yo casado al finarse aquel año con breve costos, pues era prima hermana nuestra y nieta, como nosotros, del abuelo Francisco.
Esta
joven estaba indicada por nuestro padre para mí, enamorado de sus bellas
prendas del físico, y además de su angelical y bello semblante le
recomendaba aún más su acendrada virtud y una educación religiosa ejemplar
que nos decidieron a engarzarla en nuestro linaje, donde también había
de durar poco, pues llevaba ya en sí el germen de la tisis, hereditaria,
como hemos dicho, en la familia. Esta indicación marcada de casarnos sin
salir de nuestro linaje, que ya venía de muy atrás en la familia, nos
valió el oportuno nombre de la Casa de Austria. De nuestros estados y
balances, hechos con fidelidad cada año, resultaba que a pesar de la
división que se iba obrando, de las morriñas por que pasamos y de las
alternativas de dos años endebles y costosos estábamos en bonanza y alza
e íbamos creciendo a toda prisa. Teníamos una unión envidiable, y
siguiendo el camino que nos trazó nuestro padre de economía y orden, creíamos
que a vuelta de algunos años nuestra madre sola volvería a reunir de por
sí, como tenía, todo el caudal en conjunto.
No
habíamos comprado más nuevas fincas que la roza del Pradillo, pero habíamos
acabado de pagar todo lo que se debía, reconstruido y ensanchado la casa
materna, preparando obras en las demás y los cortijos otros, que estaban
destruidos por completo, cuando acaeció el célebre Pronunciamiento
del 54, en que nos pusimos al frente del pueblo, y corriendo el
peligro de ser fusilados, pues nos anticipamos a todos los pueblos de la
provincia, quedando yo al frente de dicho alzamiento
con el carácter de Presidente, y Antonio en la Junta de Provincia con el
carácter de diputado representante de ella.
No
caben en cortos renglones todos los azares y sobresaltos que nos ocasionó
y tuvo que pasar nuestra pobre familia en todo el tiempo que duró el [pronunciamiento] y en el cual salvamos las vidas e intereses de
nuestros más marcados enemigos, que tanta guerra nos habían hecho,
porque éramos inmaculados en vida y honra y enérgicos, resueltos y lúcidos
en nuestros actos y palabras, sin sacar de todo más que la satisfacción
de vernos siempre honrados y aplaudidos, como igualmente premiados por el
Gobierno liberal que se entronizó con el ínclito Espartero a su frente
con las Cruces de Caballero de Carlos III con que decoró nuestros pechos
llenos hasta entonces y rebozando de patriotismo y honor, y el verme
indicado yo para Diputado de las Constituyentes, en que sin trabajar ni
poner yo [de] mi partenada alcancé 1.300 y pico votos por la provincia,
quedando en el lugar inmediato y próximo después de los que salieron
elegidos, y sobre todo y lo que nos halagaba más, el que nuestra madre,
que vivía en el cariño de sus hijos, se manifestase, como la de los
Gracos, enorgullecida de ellos y asegurara para animarnos y llenarnos de
noble emulación el que también lo estaría nuestro padre si viviera al
ver lo bien que imitábamos y seguíamos sus pasos.
Tras
el pronunciamiento vino el cólera, aterrador y mortífero como nunca, en
el que Antonio, hecho Alcalde apenas cumplidos los 25 años, al frente de
un pueblo abandonado de sus moradores, que huían medrosos al campo, y
contagiado grandemente del terrible mal, que hacía víctimas a montones,
sucumbiendo en el corto período cerca de 500, desplegase un celo, una
eficacia y un valor tan sorprendentes, que admiraba en un joven de su
edad. Yo era el Jefe de la Milicia Nacional de ambas armas y me había
propuesto ayudarle y no dejar su lado ; me fue preciso por mandato
terminante de mi madre trasladarme con ella y toda la familia a Los
Santos, donde se había refugiado toda ella y las principales del pueblo.
Estando nosotros allí, y Antonio haciendo heroicidades en la villa, nos
vimos envueltos y atacados de nuevo por los enemigos nuestros y de la
población, que parecían amilanados y que asaltaron aquella situación
tan digna urdiendo una trama infernal de que habíamos hecho fuego a la
persona y escolta de un agente de elecciones que había mandado el infame
y alevoso Gobernador Don Francisco Ríos Rosas,
hombre sin conciencia ni pudor que arrastrándose a los pies de un
Gobierno liberal, estaba tramando su ruina y maleando una elección que en
aquel sentido se estaba preparando. Dio por resultado la negra alevosía
de los farsantes que aquella vil intriga surtió efecto y que fuimos
destituidos en el pleno triunfo de nuestras ideas por los hombres de las
contrarias, barajados y amalgamados ya entre nosotros con los uniformes de
la Milicia y con los mandos más importantes, siendo envueltos y
encausados los miembros más dignos de aquel municipio de héroes que
luchaban con el cólera y de aquella Milicia modelo que vigilaba y rondaba
el pueblo de noche, haciéndose, más que instituto militar, orden
hospitalaria y religiosa, sustituyéndonos con los sectarios de nuestro
cacique feudal, camarada de Ríos Rosas y que había dado el santo y seña
a los suyos de acogerse a la bandera progresista y trabajar como si
hubieran sido constructores de barricadas para alzarse con el mando.
No quiero en escritos que han de leer otras generaciones dejar
sembrados odios y rencores que los sepulcros deben olvidar y apartar de sí,
porque nuestra descendencia crea oír desde estos religiosos sitios ecos
que despierten la discordia entre los que nos han de suceder, que les
sobrarán con los suyos propios ocasión para enturbiar la paz de sus
hogares, pero quede consignado como testimonio solemne que tanto a nuestro
padre como a nosotros se nos hizo siempre cruda guerra e injusto y aleve
tiro por los peores hombres de nuestra época, marcados por haber sido los
que más daño hicieron al vecindario. Bajamos del poder popular de Real
Orden por tres meses escasos que se nos siguió una causa militar de peor
género que las civiles, pues está la vida y el crédito de cualquier
honrada persona sujeta al dictamen de un fiscal visionario y de unos
jueces ignorantes y rígidos que en su ciega obediencia y ningún criterio
se ciñen ciegamente a la observancia de un Código mucho más fuerte en
sus disposiciones que el de Dracón. Antes de
tres meses éramos alzados de nuevo ambos sobre el pavés por 2.000 votos
de una población agradecida y entusiasta que miraba en nosotros a los
dignos hijos de nuestro padre. Aquél les había repartido las suertes ;
nosotros les íbamos a dar los terrenos montuosos con el nombre de rozas,
no reservándonos ni entonces ni ahora una perlojada de terreno, pues todo
el que tenemos ha sido comprado con gotas de sangre de ambas generaciones.
A
principios del cólera había muerto nuestro abuelo Don Francisco de
Salas, dejándonos a los 80 años dedicados a una vida laboriosa y lleno
siempre de los más generosos pensamientos e ideas, un apellido y un
caudal muy respetable que mal apreciado ascendía a un millón de reales,
fruto de sus afanes y de los de su padre, y entrando nosotros en la
participación de una tercera parte que a nuestra madre le cupo y que no
debía tampoco disfrutar ella. Cerró sus ojos, y resignada a los decretos
de Dios, que le arrebataba unas tras otras las prendas más queridas a su
alma, aguardaba por su parte el golpe último que le era resopectivo, no
teniendo más ejercicio que sus tareas religiosas, a que se dedicó de
lleno, y el bien de sus hijos, de quien[es]
veía se iba a separar muy pronto, pues la minaba una terrible enfermedad
de un cáncer uterino que la demacraba visiblemente. En los Santos, y
mientras ella, en el camarín suntuoso de la Virgen, se abstraía del
mundo y de sus quimeras, que presentía iba pronto a dejar, nosotros hacíamos
buena y pacíficamente las partes de aquella honrosa herencia, donde no
había un real que no fuera el fruto de afanes y de trabajos, dejando
nuestro abuelo, además, salpicado el suelo del vecindario de sus
beneficios y caridades, siendo el último la dotación a perpetuo de la
misa de la aurora, conocida por la de Jesús, para la cual dejó su
hermosa huerta de Fraja en la administración de la rama de su sobrino
Salas, casado con la menor de sus nietas, Francisca Arriola y Salas, tocándose
la rareza de que el hombre, que estuvo siempre contra los principios [des]amortizadores,
dejara una disposición de este género, contraria y en oposición de la
Ley, y que respetaremos los actuales descendientes no sólo por su noble y
religiosa mira, sino también porque para nosotros es sagrado e inviolable
su último pensamiento, pero no tardará probablemente mucho tiempo en que
otras generaciones nacidas de las actuales destruyan este fideicomiso
laical, debiendo tener presente, si llega este caso, [que]
pertenece la hermosa finca pro
indivo a las tres ramas de Puelles Salas, Sánchez Salas y Arriola
Salas, que fueron sus genuinos y naturales descendientes como hijos de sus
tres hijas Francisca, María Antonio e Ysabel, muerta a poco de casar-se y
madre de dos niñas que son los troncos de los Franco Arriola y de los
Salas Arriola.
Dividido
su caudal en tres lotes iguales entre nuestra madre, nuestra tía María
Antonia, madre de mi esposa Belén, y las dos huérfanas hijas de la
hermana mayor, Isabel, casadas ya entonces, fue llamada ésta para que
sacase su lote respectivo, y tomando una papeleta al azar, se volvió a
sus rezos y oraciones sin cuidarse de lo demás. Esta par te,
providencialmente, iba favorecida en 2.000 duros en que nuestro abuelo por
mi error había perjudicado a nuestra madre sin desearlo, únicamente
porque le parecía había sacado mejor partido de sus préstamos, mientras
que a los otros nada le había suplido, habiendo nosotros pagándole éstos,
mientras que los demás se lo quedaron a deber ; era un castigo por un
lamentable error que se le imponía al laborioso y exacto y que redundaba
en beneficio de las nietas, cuyo padre ni lo había sabido conservar y había
malversado su primitivo dote ; pero en esa parte, apreciada a ciencia,
conciencia y voluntad de todos, que no sabían a quién podía tocar,
llevaba en sus dos molinos, valuados en 45.000 reales y 30.000 más que
ellos valían ; los otros 10.000 más iban en las tierras de Mansera,
apreciadas en 20 y que valían más de 30.000 reales. A nosotros nos
tocaron olivares, molinos, casas, viñas, el Cortijo de Fraja y parte del
de la Campiña, con la caballería suelta de Mansera, valuado todo en unos
15.000 duros, pero que subían de 20 al igual de las otras, porque se habían
valuado en su primitivo aprecio, y éstos casi habían doblado su valor.
Así y con este orden y satisfacción de todos se terminó una partición
modelo, no tanto por el vasto caudal que se repartía, sino por los
acordes, unidos y satisfechos que salieron los cuatro partícipes. En
ellas me cupo, como en otros anteriores, de ordenar las bases y
gradaciones, y fueron breves, justas y sencillas ; era cierto don especial
que yo había heredado de mi padre.-
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El partido de los agramonteses,
antiguo bando nobiliario de Navarra bajo la jefatura del señor de
Agramont, disputó la hegemonía de dicho reino a los beamonteses. Sus
rivalidades condujeron en 1438 a una guerra civil de extraordinaria
crueldad. Los agramonteses fueron, por otro lado, el principal sostén de
Juan II en sus luchas contra Castilla ; también le apoyaron en la guerra
civil contra su hijo, el Príncipe de Viana, e intervinieron a su favor al
producirse el levantamiento de Cataluña (1462-1472). Durante el reinado
de Fernando el Católico, la ayuda prestada por los agramonteses fue
decisiva para la anexión de Navarra a la corona castellana. [Nueva
Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 171]
La
Revolución de 1854, liderada por O’Donnell, fue motivada entre otras
causas por la corrupción que se registró en torno al Plan
de Ferrocarriles ; resulta que las compañías que supuestamente iban
a ceder al Estado dinero a fondo perdido para extender las líneas sobre
suelo estatal o eran ilegales, o no existían. O’Donnell, un puritano,
convenció a otros progresistas de la necesidad de organizar un
levantamiento. El resultado inmediato del Pronunciamiento de O’Donnell
fue el llamado Bienio progresista, una época interesante para el país, ya que los
cambios que se produjeron en el transcurso de la misma fueron
irreversibles. La nueva Constitución de 1856 establecía la libertad
religiosa sin consultar previamente a la Santa Sede, rompiéndose las
relaciones Iglesia-Estado, ocasión que aprovechó Madoz para presentar
una nueva Ley de Desamortización, publicando simultáneamente un
documento del Gobierno en el que se afirmaba que era el Papado quien había
roto las relaciones unilateralmente.
El Manifiesto
de Manzaneros, que ofrecía restablecer la Milicia Nacional, consiguió
levantar a la gente. El Ministro Sartorius se vio obligado a dimitir,
decisión en la que seguramente influyeron también los cónsules de los
países extranjeros, sobre todo británicos y franceses. La reina encargó
al Duque de Rivas y a Fernández de Córdova formar Gobierno ; como
consecuencia de ello, en Madrid comenzaron a prender fuego a diversos
establecimientos. Se formó entonces una Junta de Salvación Nacional
mayoritariamente progresista y una Junta
del Sur (la mencionada en el texto) de mayoría demócrata, y las dos
no consiguieron ponerse de acuerdo ; fue entonces cuando la reina decidió
volver a llamar a Espartero, quien expulsó a la reina madre. El Bienio
Progresista acababa de comenzar.
Antonio de los Ríos Rosas (1812-1873), y no Francisco, como pone el
texto, militó
desde 1837 en las filas de los moderados, pero sin sujetarse a la dirección
de un jefe de fila, puesto que una exigencia de honradez le hizo
mantenerse alejado de la habitual corrupción administrativa. Fue Ministro
de Gobernación en el fugaz Gobierno del Duque de Rivas y proporcionó a O’Donnell la base política sobre la que se constituyó la Unión
Liberal. Tras el golpe de Estado que puso fin al Bienio Progresista volvió
a ser Ministro de Gobernación, esta vez bajo la presidencia de
O’Donnell. Como Embajador en Roma gestionó los acuerdos entre el
Vaticano y el Gobierno español. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 8.562]
Antes de este legislador ateniense (fines
del siglo VII
A.D.C.) el pueblo se hallaba a merced de la nobleza (los eupátridas),
la cual administraba justicia en nombre del derecho consuetudinario de la
época heroica, interpretado a la medida de sus intereses. Dracón, que
ostentaba la dignidad de ‘tesmoteta’, se encargó de redactar un código
de leyes que restableciera la calma en la república. No modificó la
forma de Gobierno, y la celebridad de su código se debe sobre todo al
rigor de las penas. Representó, sin embargo, un gran progreso en relación
con la barbarie de la justicia primitiva ; así, dejó de ser punible el
homicidio involuntario. Se esforzó, sobre todo, por suprimir las guerras
privadas entre familias y las venganzas a favor del poder judicial del
Estado.
[ibid.,
pg. 3.073] |