HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES

 

Segunda Parte.

Capítulo 17

 

Viudedad y dolor de nuestra madre. Gran cosecha de aquel año. Construcción del Corral y Cortijo de Mocaylén. Año seco que se siguió y morriña en los ganados. Luchas con la autoridad y causas que nos siguieron. Más casamientos nuestros. Revolución y cólera del 54. Muerte de nuestro abuelo y repartición de su caudal hecho en los Santos.-

 

 

            Quiero y ofrezco ser breve y compendioso en lo que nos resta que escribir tras la muerte de nuestro padre, que nos dejó como a la sombra, pues nuestro sol se había hundido para siempre en el océano de la muerte, y esto lo hago por varias cosas: primera, porque todo el período de poesía ha terminado ; en adelante, faltó de su numen sobrehumano para acertar a dirigir nuestra casa ; segundo, porque tengo que hablar de mis propias obras, bien tenues y pequeñas en proporción de los gigantescos pasos de nuestro padre, y última y principal, porque de aquí en adelante todos los elementos que tendieron a al unión y aglomeración de habían de trocar ahora en contrario[s], inclinándose estos mismos a la división y separación, desmembrando la gran casa, pues roto el lazo o anillo que unía al haz, éste por su propio peso debía tender a caer sobre los lados y dividirse. Nuestra madre, que debió volver a anudar y empalmar en lo posible la rotura del 15 de Diciembre, no quiso desde esa fecha más que el retiro y la quietud donde entregarse a sus oraciones y largas abstracciones de lo que pasaba en el suelo y a su lado, hasta tal punto, que si no hubiera sido por el cuido y asistencia de los dos últimos niños pequeños, Francisco e Isidro, que apenas llegaban a los 12 años el mayor y a los 9 el más pequeño, se hubiera retirado a las monjas o al menos al Beaterío donde estaba nuestra Juanita, y concluyendo por someterse a su pesar a seguir en el siglo por no contribuir al desmembramiento por completo del caudal, a que era muy opuesta siguiendo las tradiciones de nuestro padre, que predicaba de continuo una bella y patriarcal utopía de unión de humanos bajo un solo jefe y régimen siguiendo el orden natural irrealizable en la forma por más que hermoso y seductor en la esencia.

            Nuestra madre, ciega entusiasta de esta idea, creyó en conciencia y con arreglo a estos principios declinar en mí como su hijo mayor la dirección que de derecho le pertenecía, y creía en su fervoroso anhelo por seguir este noble principio que apartarse un ápice de él era menoscabar sus prerrogativas, y sobre todo y más sensible para su enamorado, aunque yerto corazón, separarse de la senda ordenada por nuestro padre, que decía siempre: “Mis hijos a nuestra muerte unidos y todos unos para su bien o para su mal”. Pero esto era irrealizable, [como] he dicho antes ; había yernos e hijos casados que se podían creer ofendidos o postergados siendo tal vez más capaces o cuando menos más afor tunados en sus empresas, y aunque al principio se prestaban todos a la idea, habría de concluir por llamarse a su lado, y si, lo que era de prever, nuestra santa madre faltaba pronto para nuestra mayor desgracia, porque estaba padecida del cuerpo y minada de dolor y amargura su alma con el doble golpe de su esposo e hijo José, iba a venirse por completo a tierra la obra de la recomendada y útil unidad e iba a convertirse en otra Babel o Campo de Agramonte la constitución y organismo de nuestra casa. Sin embargo, decididos por lo pronto a continuar unidos, hicimos por pura fórmula la partición, de donde resultaba cerca de un millón a nuestra madre y más de medio [a] nosotros, apreciado todo con ligeros valores, en lo que no se alcanzaba prejuicio, pues eran iguales todas las bases y repartidas en proporción a su mole: casas, tierras, ganados y granos.

Para manifestar la idea de unión que nos presidía quisimos levantar monumentos que la recordasen ; uno era el sepulcro de nuestra familia sobre los huesos calientes de nuestro padre y hermano, destinado para todos, el otro la construcción de un corral para 200 puercos que necesitaba la casa y cuyas crías se estaban desgraciando por falta de un local espacioso y ventilado y que no estuviese plagado, como el viejo, de chinchorros y humedades. Este último edificio se comprende sería casi reusado el día que se partiese el caudal, pero entonces en vez de extenso corral, pasarían algunas de sus cuatro piezas a otros usos. Habiéndose concluido la sementera dos días después de la muerte de nuestro padre y presentándose el campo magnífico y poco costoso de escardar por ser un invierno seco, nos dedicamos Antonio, que tenía que terminar su carrera, que debía darle el caudal concluida, y mariano, nuestro cuñado, y yo como mayores a cuidar del campo y del despacho de los negocios. Habíanse partido las casas, y estos dos hermanos entraron en la participación de las suyas desde luego para subvencionarse el gasto que no nos hacían de manutención y vestidos ; todo lo demás debía quedar y producir incorporado.

Pagamos aquel mismo año las tierras de Milla, los plazos que faltaban de [des]a-mortización y algunas otras cosas, acabando la construcción del Baroto,, en donde quedaron 6 casas en alberca, reedificando la casa de la Calle de los Pozos y la de enfrente a la nuestra, que dedicábamos a Antonio para que se viniera también a vivir junto a nosotros. Alquilamos también la Silla decimal, pues se venía encima una cosecha pocas veces vista de abundante, aunque los trigos estaban, a resultas de esto, por menos de 35 reales. Empezó Agosto y nosotros a llenar los almacenes de la Silla, pues 1.500 carretadas de haces que había dado la hoja debían producir 8.000 fanegas de trigo próximamente ; cerca de 7.000 teníamos ya almacenadas, cuando a la conclusión de unos fuertísimos levantes que vinieron en fin de dicho mes y cuyos días se perdieron de trillar y aventar, quedando ya tan sólo las granzas y los suelos, empezó a llover tan reciamente al empezar Septiembre, estando 10 días lloviendo a mares y saliéndose de madre todos los ríos y arroyos, que la era no se podía levantar porque con la humedad y [el] calor se echó a nacer, salvándose sólo 400 fanegas de trigo hinchado de las granzas que sirvieron para el pan, perdiéndose el suelo, que sólo disfrutaron los puercos, en que comieron dos meses, saliendo hechos de carne ; se puede evaluar en más de 500 fanegas de trigo las que se perdieron del todo, y un hermoso pajar que le cogió en alberca.

Nuestro padre había tenido en esta parte mejor suerte, pues era raro el año que en sus muchas eras no se le mojaban algunas, pero hacía tiempo bueno para enjugarlas después y levantarlas del todo, hinchándose algo el trigo, pero la mojada nuestra fue un diluvio desconocido ; no nos cupo igual fortuna. Se hizo cuanto humanamente fue posible, pues yo no salí de la era desde el primer día que llovió hasta su final, rodeado de sirvientes a docenas, pero al enjugarse por un lado cuando volvíamos las granzas, volvió a llover con más furia, perdiéndose lo migado. Quedamos después de todo tranquilos, aunque disgustados, como el que ha cumplido con su deber por más que el azar le haya contrariado , si nosotros hubiéramos previsto aquello, se hubiese trillado y aventado los días de recio levante, como siempre después continuamos haciendo, y no que no estorbamos que los aperadores, por espíritu de rutina y creyendo hacer un acierto, disponían a la gente y dejaban la era sola, ocupándolos en otras faenas de menos interés.

A resultas de esto y en medio de que debíamos pedirle a Dios que siempre nos las mojara si habían de seguir viniendo años tan feraces, surgieron algunos disgustos, y Mariano, nuestro cuñado, dejándonos arrendadas sus tierras, que se señalaron en Pelagallos, apartó yeguas, ovejas y trigo hasta la parte que le había cabido en su acción de socio. Al año siguiente se emprendió y llevó a cabo la obra del Cortijo, teniendo ya el corral concluido, porque nuestra madre, a quien gustaba mucho el campo y que disfrutaba algunas temporadas [allí], quería una casa cómoda y decente. Unido esto a que tenía que ser el almacén general de los demás cortijos, que estaban por hacer los que no estaban en ruinas, y el refugio y hospital de bueyes y yeguas, juntamente con la borricada y reatas de mulos, se le hubieron de dar las vastas y grandes proporciones que hoy tiene y que se merecía por ser el cuadro más hermoso de tierra que hay en Alcalá después de las célebres Covatillas ; era la puerta del caudal, como le llamaba nuestro malogrado padre, que la engarzó a él, así como el cortijito de La Oraa era el diamante o rubí.

Ambos le habían cabido a nuestra madre, y dentro de la parte de ésta había sobra do dinero para que se le pudiera hacer sus joyas todas las obras que se quisieran, además [de] que ella quería una cosa buena, así es que las cales, maderas y todos los materiales que se emplearon fueron excelentes, pero sin dejar de ser todo lo económico posible, pues echábamos las caleras a jornal, saliendo la dicha a menos de 12 reales el casi, cuando vale el doble al menos, clareando los caudales de Bobeda y La Salinilla de piedra parecida a cantería, y traían nuestras dos reatas de mulos las vigas y tablas del término de Jimena, en Los Hoyos de Buenas Noches, donde teníamos concertada una sierra, comprándolo por la tercera parte de su valor hoy, siendo los albañiles muchachos que yo había sacado de los peones diestros, y las tejas y ladrillos de una fábrica que yo también había planteado ; sólo así se concibe que se hubieran hecho paredes para cubrirse con más de 40.000 tejas que cobijaban el cortijo y [los] corrales, sin incluir las casas que habíamos concluido en el Barrio y que nosotros concluimos en aquellos dos años escasos, invirtiendo 3.000 duros en lo que de seguro se debieran gastar ocho, pues todo es de cal y canto y debía de petrificarse como ésta. Al terminar el año de 1851, que fue regular, pero que se despedía con una seca y sin que hubiera otoño, cojiéndole a los ganados muy flacos, casó nuestro hermano Joaquín Ensebio con nuestra prima Eloísa Centeno, nieta, como él, de nuestro bisabuelo Don Juan de Salas Gómez, tomando éste su casa y parte de su legítima para labor de sostenerse, pero sin dejar de estar en lo demás unido a la familia.

Continuando nosotros con muestra oposición a las parcialidades de Don Rafael Sánchez Mendoza, que se sucedía en el mando, choqué yo con el Alcalde de aquel año, ingrato a muchos favores que de nuestra familia había recibido y que se complacía en atormentarnos con abrir una vereda por medio de la inmensa extensión de las tierras de Barbate, de incalculable perjuicio, llegando su ojeriza hasta el punto de privarnos también del voto electoral cuando yo representaba la casa, primera contribuyente, y Antonio una décuple cantidad de la marcada, pagando entre los dos más del 1.000 duros, o séanse, una décima parte de lo que pagaba el conjunto del cuerpo electoral todo. De sus resultas tuvimos una gresca en una reunión en que nos hallábamos juntos dentro de la Botica junto a nuestra casa, y echándo[se]la[s] el Alcalde de tal, recurrió al desconocido medio de suponer que le habíamos cometido desacato, cuando en aquellos momentos no podía ser Alcalde el que estaba jugando con los naipes jugadas de azar y envite, formándonos una ruidosa causa y queriéndonos prender públicamente con la fuerza de la Guardia Civil, por lo que tuvimos que refugiarnos en Medina, donde estuvimos más de dos meses detenidos y con el carácter de presos, de donde nos volvimos absueltos, pero habiéndonos gastado seis o sietemil reales y quedando nuestro enemigo colmado de ridículo y de rabia, que después le habríamos de pagar con una generosidad poco común.

En este tiempo, en que estuvimos en Sevilla para defender nuestra causa, hablamos y nos ofreció Las Covatillas las mismas condesa viuda, que al poco tiempo tuvo necesidad de vender a la misma casa de Varela, que había venido poseyéndola en arrendamiento desde los últimos de nuestra familia materna. Vueltos de nuestro destierro asistimos a una morriña de los ganados menudos y parte del vacuno y yeguar, que perecía por falta de hierbas y bellotas, siendo tal el decaimiento de los ganados que tuvimos que acabar la sementera que habíamos empezado con 50 yuntas rebeseras y seis de mulos y cuatro de bueyes, pues los animales todos no podían tenerse en pie. Antonio en este mismo año, que había plantado una bonita labor en fraja en los dos ranchos de las Cortinas y Fieles venidos, a resultas de la quema de los pastos de su dehesa del Buho había padecido mucho en sus ganados, quedándose sin yeguas y casi sin ganado vacuno y traspasándonos al año siguiente su labor, aburrido con los desastres y reveses que en su principio tuviera. Al fin de este año de 1853 pasó nuestra madre a Cádiz y Sevilla para distraer a Aurora, que echaba esputos de sangre y que estaba llena de aprensión de la enfermedad hereditaria en la línea materna ; llevaba también la idea de encargarse de la educación de los tres niños pequeños, uno, el Francisco, que estaba en Sevilla en el Colegio Real desde el año 50, instalándose definitivamente en Cádiz nuestra familia con Juana, Isidro y María de los Santos, quedando la casa conmigo y mi amada prima Belén, con quien me había yo casado al finarse aquel año con breve costos, pues era prima hermana nuestra y nieta, como nosotros, del abuelo Francisco.

Esta joven estaba indicada por nuestro padre para mí, enamorado de sus bellas prendas del físico, y además de su angelical y bello semblante le recomendaba aún más su acendrada virtud y una educación religiosa ejemplar que nos decidieron a engarzarla en nuestro linaje, donde también había de durar poco, pues llevaba ya en sí el germen de la tisis, hereditaria, como hemos dicho, en la familia. Esta indicación marcada de casarnos sin salir de nuestro linaje, que ya venía de muy atrás en la familia, nos valió el oportuno nombre de la Casa de Austria. De nuestros estados y balances, hechos con fidelidad cada año, resultaba que a pesar de la división que se iba obrando, de las morriñas por que pasamos y de las alternativas de dos años endebles y costosos estábamos en bonanza y alza e íbamos creciendo a toda prisa. Teníamos una unión envidiable, y siguiendo el camino que nos trazó nuestro padre de economía y orden, creíamos que a vuelta de algunos años nuestra madre sola volvería a reunir de por sí, como tenía, todo el caudal en conjunto.

No habíamos comprado más nuevas fincas que la roza del Pradillo, pero habíamos acabado de pagar todo lo que se debía, reconstruido y ensanchado la casa materna, preparando obras en las demás y los cortijos otros, que estaban destruidos por completo, cuando acaeció el célebre Pronunciamiento del 54, en que nos pusimos al frente del pueblo, y corriendo el peligro de ser fusilados, pues nos anticipamos a todos los pueblos de la provincia, quedando yo al frente de dicho alzamiento con el carácter de Presidente, y Antonio en la Junta de Provincia con el carácter de diputado representante de ella.

No caben en cortos renglones todos los azares y sobresaltos que nos ocasionó y tuvo que pasar nuestra pobre familia en todo el tiempo que duró el [pronunciamiento] y en el cual salvamos las vidas e intereses de nuestros más marcados enemigos, que tanta guerra nos habían hecho, porque éramos inmaculados en vida y honra y enérgicos, resueltos y lúcidos en nuestros actos y palabras, sin sacar de todo más que la satisfacción de vernos siempre honrados y aplaudidos, como igualmente premiados por el Gobierno liberal que se entronizó con el ínclito Espartero a su frente con las Cruces de Caballero de Carlos III con que decoró nuestros pechos llenos hasta entonces y rebozando de patriotismo y honor, y el verme indicado yo para Diputado de las Constituyentes, en que sin trabajar ni poner yo [de] mi partenada alcancé 1.300 y pico votos por la provincia, quedando en el lugar inmediato y próximo después de los que salieron elegidos, y sobre todo y lo que nos halagaba más, el que nuestra madre, que vivía en el cariño de sus hijos, se manifestase, como la de los Gracos, enorgullecida de ellos y asegurara para animarnos y llenarnos de noble emulación el que también lo estaría nuestro padre si viviera al ver lo bien que imitábamos y seguíamos sus pasos.

Tras el pronunciamiento vino el cólera, aterrador y mortífero como nunca, en el que Antonio, hecho Alcalde apenas cumplidos los 25 años, al frente de un pueblo abandonado de sus moradores, que huían medrosos al campo, y contagiado grandemente del terrible mal, que hacía víctimas a montones, sucumbiendo en el corto período cerca de 500, desplegase un celo, una eficacia y un valor tan sorprendentes, que admiraba en un joven de su edad. Yo era el Jefe de la Milicia Nacional de ambas armas y me había propuesto ayudarle y no dejar su lado ; me fue preciso por mandato terminante de mi madre trasladarme con ella y toda la familia a Los Santos, donde se había refugiado toda ella y las principales del pueblo. Estando nosotros allí, y Antonio haciendo heroicidades en la villa, nos vimos envueltos y atacados de nuevo por los enemigos nuestros y de la población, que parecían amilanados y que asaltaron aquella situación tan digna urdiendo una trama infernal de que habíamos hecho fuego a la persona y escolta de un agente de elecciones que había mandado el infame y alevoso Gobernador Don Francisco Ríos Rosas, hombre sin conciencia ni pudor que arrastrándose a los pies de un Gobierno liberal, estaba tramando su ruina y maleando una elección que en aquel sentido se estaba preparando. Dio por resultado la negra alevosía de los farsantes que aquella vil intriga surtió efecto y que fuimos destituidos en el pleno triunfo de nuestras ideas por los hombres de las contrarias, barajados y amalgamados ya entre nosotros con los uniformes de la Milicia y con los mandos más importantes, siendo envueltos y encausados los miembros más dignos de aquel municipio de héroes que luchaban con el cólera y de aquella Milicia modelo que vigilaba y rondaba el pueblo de noche, haciéndose, más que instituto militar, orden hospitalaria y religiosa, sustituyéndonos con los sectarios de nuestro cacique feudal, camarada de Ríos Rosas y que había dado el santo y seña a los suyos de acogerse a la bandera progresista y trabajar como si hubieran sido constructores de barricadas para alzarse con el mando.

            No quiero en escritos que han de leer otras generaciones dejar sembrados odios y rencores que los sepulcros deben olvidar y apartar de sí, porque nuestra descendencia crea oír desde estos religiosos sitios ecos que despierten la discordia entre los que nos han de suceder, que les sobrarán con los suyos propios ocasión para enturbiar la paz de sus hogares, pero quede consignado como testimonio solemne que tanto a nuestro padre como a nosotros se nos hizo siempre cruda guerra e injusto y aleve tiro por los peores hombres de nuestra época, marcados por haber sido los que más daño hicieron al vecindario. Bajamos del poder popular de Real Orden por tres meses escasos que se nos siguió una causa militar de peor género que las civiles, pues está la vida y el crédito de cualquier honrada persona sujeta al dictamen de un fiscal visionario y de unos jueces ignorantes y rígidos que en su ciega obediencia y ningún criterio se ciñen ciegamente a la observancia de un Código mucho más fuerte en sus disposiciones que el de Dracón. Antes de tres meses éramos alzados de nuevo ambos sobre el pavés por 2.000 votos de una población agradecida y entusiasta que miraba en nosotros a los dignos hijos de nuestro padre. Aquél les había repartido las suertes ; nosotros les íbamos a dar los terrenos montuosos con el nombre de rozas, no reservándonos ni entonces ni ahora una perlojada de terreno, pues todo el que tenemos ha sido comprado con gotas de sangre de ambas generaciones.

A principios del cólera había muerto nuestro abuelo Don Francisco de Salas, dejándonos a los 80 años dedicados a una vida laboriosa y lleno siempre de los más generosos pensamientos e ideas, un apellido y un caudal muy respetable que mal apreciado ascendía a un millón de reales, fruto de sus afanes y de los de su padre, y entrando nosotros en la participación de una tercera parte que a nuestra madre le cupo y que no debía tampoco disfrutar ella. Cerró sus ojos, y resignada a los decretos de Dios, que le arrebataba unas tras otras las prendas más queridas a su alma, aguardaba por su parte el golpe último que le era resopectivo, no teniendo más ejercicio que sus tareas religiosas, a que se dedicó de lleno, y el bien de sus hijos, de quien[es] veía se iba a separar muy pronto, pues la minaba una terrible enfermedad de un cáncer uterino que la demacraba visiblemente. En los Santos, y mientras ella, en el camarín suntuoso de la Virgen, se abstraía del mundo y de sus quimeras, que presentía iba pronto a dejar, nosotros hacíamos buena y pacíficamente las partes de aquella honrosa herencia, donde no había un real que no fuera el fruto de afanes y de trabajos, dejando nuestro abuelo, además, salpicado el suelo del vecindario de sus beneficios y caridades, siendo el último la dotación a perpetuo de la misa de la aurora, conocida por la de Jesús, para la cual dejó su hermosa huerta de Fraja en la administración de la rama de su sobrino Salas, casado con la menor de sus nietas, Francisca Arriola y Salas, tocándose la rareza de que el hombre, que estuvo siempre contra los principios [des]amortizadores, dejara una disposición de este género, contraria y en oposición de la Ley, y que respetaremos los actuales descendientes no sólo por su noble y religiosa mira, sino también porque para nosotros es sagrado e inviolable su último pensamiento, pero no tardará probablemente mucho tiempo en que otras generaciones nacidas de las actuales destruyan este fideicomiso laical, debiendo tener presente, si llega este caso, [que] pertenece la hermosa finca pro indivo a las tres ramas de Puelles Salas, Sánchez Salas y Arriola Salas, que fueron sus genuinos y naturales descendientes como hijos de sus tres hijas Francisca, María Antonio e Ysabel, muerta a poco de casar-se y madre de dos niñas que son los troncos de los Franco Arriola y de los Salas Arriola.

Dividido su caudal en tres lotes iguales entre nuestra madre, nuestra tía María Antonia, madre de mi esposa Belén, y las dos huérfanas hijas de la hermana mayor, Isabel, casadas ya entonces, fue llamada ésta para que sacase su lote respectivo, y tomando una papeleta al azar, se volvió a sus rezos y oraciones sin cuidarse de lo demás. Esta par te, providencialmente, iba favorecida en 2.000 duros en que nuestro abuelo por mi error había perjudicado a nuestra madre sin desearlo, únicamente porque le parecía había sacado mejor partido de sus préstamos, mientras que a los otros nada le había suplido, habiendo nosotros pagándole éstos, mientras que los demás se lo quedaron a deber ; era un castigo por un lamentable error que se le imponía al laborioso y exacto y que redundaba en beneficio de las nietas, cuyo padre ni lo había sabido conservar y había malversado su primitivo dote ; pero en esa parte, apreciada a ciencia, conciencia y voluntad de todos, que no sabían a quién podía tocar, llevaba en sus dos molinos, valuados en 45.000 reales y 30.000 más que ellos valían ; los otros 10.000 más iban en las tierras de Mansera, apreciadas en 20 y que valían más de 30.000 reales. A nosotros nos tocaron olivares, molinos, casas, viñas, el Cortijo de Fraja y parte del de la Campiña, con la caballería suelta de Mansera, valuado todo en unos 15.000 duros, pero que subían de 20 al igual de las otras, porque se habían valuado en su primitivo aprecio, y éstos casi habían doblado su valor. Así y con este orden y satisfacción de todos se terminó una partición modelo, no tanto por el vasto caudal que se repartía, sino por los acordes, unidos y satisfechos que salieron los cuatro partícipes. En ellas me cupo, como en otros anteriores, de ordenar las bases y gradaciones, y fueron breves, justas y sencillas ; era cierto don especial que yo había heredado de mi padre.-

____________________________________

El partido de los agramonteses, antiguo bando nobiliario de Navarra bajo la jefatura del señor de Agramont, disputó la hegemonía de dicho reino a los beamonteses. Sus rivalidades condujeron en 1438 a una guerra civil de extraordinaria crueldad. Los agramonteses fueron, por otro lado, el principal sostén de Juan II en sus luchas contra Castilla ; también le apoyaron en la guerra civil contra su hijo, el Príncipe de Viana, e intervinieron a su favor al producirse el levantamiento de Cataluña (1462-1472). Durante el reinado de Fernando el Católico, la ayuda prestada por los agramonteses fue decisiva para la anexión de Navarra a la corona castellana. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 171] [VOLVER]

La Revolución de 1854, liderada por O’Donnell, fue motivada entre otras causas por la corrupción que se registró en torno al Plan de Ferrocarriles ; resulta que las compañías que supuestamente iban a ceder al Estado dinero a fondo perdido para extender las líneas sobre suelo estatal o eran ilegales, o no existían. O’Donnell, un puritano, convenció a otros progresistas de la necesidad de organizar un levantamiento. El resultado inmediato del Pronunciamiento de O’Donnell fue el llamado Bienio progresista, una época interesante para el país, ya que los cambios que se produjeron en el transcurso de la misma fueron irreversibles. La nueva Constitución de 1856 establecía la libertad religiosa sin consultar previamente a la Santa Sede, rompiéndose las relaciones Iglesia-Estado, ocasión que aprovechó Madoz para presentar una nueva Ley de Desamortización, publicando simultáneamente un documento del Gobierno en el que se afirmaba que era el Papado quien había roto las relaciones unilateralmente. [VOLVER]

El Manifiesto de Manzaneros, que ofrecía restablecer la Milicia Nacional, consiguió levantar a la gente. El Ministro Sartorius se vio obligado a dimitir, decisión en la que seguramente influyeron también los cónsules de los países extranjeros, sobre todo británicos y franceses. La reina encargó al Duque de Rivas y a Fernández de Córdova formar Gobierno ; como consecuencia de ello, en Madrid comenzaron a prender fuego a diversos establecimientos. Se formó entonces una Junta de Salvación Nacional mayoritariamente progresista y una Junta del Sur (la mencionada en el texto) de mayoría demócrata, y las dos no consiguieron ponerse de acuerdo ; fue entonces cuando la reina decidió volver a llamar a Espartero, quien expulsó a la reina madre. El Bienio Progresista acababa de comenzar. [VOLVER]

Antonio de los Ríos Rosas (1812-1873), y no Francisco, como pone el texto, militó desde 1837 en las filas de los moderados, pero sin sujetarse a la dirección de un jefe de fila, puesto que una exigencia de honradez le hizo mantenerse alejado de la habitual corrupción administrativa. Fue Ministro de Gobernación en el fugaz Gobierno del Duque de Rivas y proporcionó a O’Donnell la base política sobre la que se constituyó la Unión Liberal. Tras el golpe de Estado que puso fin al Bienio Progresista volvió a ser Ministro de Gobernación, esta vez bajo la presidencia de O’Donnell. Como Embajador en Roma gestionó los acuerdos entre el Vaticano y el Gobierno español. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 8.562] [VOLVER]

Antes de este legislador ateniense (fines del siglo VII A.D.C.) el pueblo se hallaba a merced de la nobleza (los eupátridas), la cual administraba justicia en nombre del derecho consuetudinario de la época heroica, interpretado a la medida de sus intereses. Dracón, que ostentaba la dignidad de ‘tesmoteta’, se encargó de redactar un código de leyes que restableciera la calma en la república. No modificó la forma de Gobierno, y la celebridad de su código se debe sobre todo al rigor de las penas. Representó, sin embargo, un gran progreso en relación con la barbarie de la justicia primitiva ; así, dejó de ser punible el homicidio involuntario. Se esforzó, sobre todo, por suprimir las guerras privadas entre familias y las venganzas a favor del poder judicial del Estado. [ibid., pg. 3.073] [VOLVER]

[ATRAS]