HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES
Segunda Parte.
Capítulo 18
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Enfermedad y muerte de nuestra madre en Cádiz. Particiones definitivas.
Muerte de Belén y de María de los Santos. Situación triste de la casa.
Nuevos casamientos de los niños. Epílogo y suspensión de la historia.-
Terminada [la partición] y puestos en posesión de los bienes de la
testamentaria las hijas y nietas del finado, nuestro abuelo, agravándose
en tanto nuestra madre cada vez más, nos fue preciso llevarla a Cádiz
con la idea de someterla a la curación por los célebres y entendidos
profesores que en el dicho Colegio hay. ¡Ojalá nunca lo hubiéramos
intentado!, pues es una enfermedad incurable que se debe dejar rodar y
someterse sólo a cierto régimen higiénico, precipitándose y agravándose
cuando se adopta la curación, como así sucedió, pues a poco de llegar a
ella se postró y agravó de tal manera que ya no podía tenerse en pie y
tenía que estar en cama o en silla de brazos, queriendo, aunque tarde,
volverse al lado de sus hijos y a su ‘casita’, como ella decía, para
poder juntar sus huesos con los de los objetos queridos a su corazón.
Todo había de ser inútil, pues no se [la] podía trasladar más que del modo indicado, estando tan débil
y estancada por la carencia completa de apetito, que llegó éste a
extinguirse del todo, quedando inerte y sin fuerzas. Un mes antes de su
fatal postración había casado nuestra hermana segunda María, que la
acompañaba de continuo, con Don Manuel Espinosa Ramos, joven médico que
esperaba, en su celo por su futura suegra, curarla. A Cádiz concurriríamos
semanalmente unos y otros a consolar y abrazar [a]
aquella santa señora, que estaba resignada ya a su muerte y nos bendecía
a los bordes de su entreabierto sepulcro, que sólo repugnaba por no ser
el de su esposo y sus hijos.
Reunidos por su expreso mandato todos cuatro días antes de su
muerte, apoyada sobre las almohadas de su lecho con la entereza y unción
que da solamente una vida intachable y sembrada de buenas y laboriosas
obras, nos dijo a todos, que llorábamos rodeando su lecho: “Quiero
que ustedes sean los que hagan mi testamento ; pesad y tened en cuenta, lo
que debiera hacer yo, sobre la mayor o menor ventaja que cada cual pueda
haber reportado de lo que a todos pertenece por igual y repartidlo dándome
a mí solamente un humildísimo entierro, que es, y vuestras oraciones y
ruegos por mí a Dios, lo que sólo necesito. Tomad, hijos míos, esos
bienes perecederos y mezquinos que solamente nos han proporcionado a
vuestros abuelos, padres y a mí medio siglo de quebrantos y de desvelos,
y hacedlos partes entre vosotros y disfrutadlos lo mejor y más santamente
que podáis con la bendición de ellos y mía. Sacad en adelante sin
disiparlos en loanas, pues son gotas de sangre y de sudor congeladas, el
mejor fruto que podáis de ellos en bien, sobre todo, de vuestras almas y
de todo el que podáis hacer por
vuestros semejantes. Yo no he sacado de ellos más que amarguras y la
triste satisfacción de daros buenos consejos para que no os afanéis más
que lo preciso para una prudente administración, sin cargar jamás
vuestra conciencia, porque la vida es un pequeño período que se nos va
anhelando, y en [el] dintel del
sepulcro donde me encuentro es donde se ve con la luz de la verdad lo poco
que es y vale todo lo mundano. Os prohibo
y ruego que no me toquéis más ni me habléis de las cosas terrenales,
que ya no me pertenecen y que con tanto gusto me desprendo de ellas para sólo
ocuparme de lo que más me interesa, que es coger una tablita en el piélago
insondable de la muerte que me sostenga y me arribe al puerto deseado de
mi eterna salvación y ventura, donde espero hallar [a] mis padres, mis hermanas, mis hijos, mi esposo y madre Clara, a quien
me parece he visto esta noche abriéndome sitio junto a sí”. Y
después de abrazarnos y besarnos repetidas veces como quien se va a
despedir para un eterno viaje, inundándonos con sus lágrimas se encomendó
al cuidado de un sacerdote para que la auxiliara y no la dejara un momento
hasta volar su alma de aquella prisión terrenal por donde pugnaba en
salir.
A la una de la tarde del 13 de Marzo de 1855 se exaló aquel espíritu
puro, quedando sus ojos entreabiertos y como dormidos en un éxtasis. Este
fue el término envidiable de la madre de nuestro corazón, de la compañera
fiel y prudente que desvivió toda su vida por su esposo y por sus hijos ;
así debía acabar santa y cristianamente la que vivió 52 años sembrados
todos de las flores de sus virtudes y de su modestia. Tres vestidos dejó
por todo ajuar, y unos zapatillos que se apresuró a recoger nuestra buena
hermana Aurora como se recogen las reliquias de una santa, la que dejaba
terrenos y bienes para formar una aldea. Su suntuoso entierro, que no
pudimos acompañar y que fuimos acordes en hacerle aún infringiendo sus
órdenes, entierro donde iba representada la Diputación Provincial por
nuestro tío Matías, uno de sus miembros, y otra porción de personas
notables, se verificó la tarde del dicho día, dándole un abrigo
provisional en el cementerio de Extramuros, que ella no quiso ni apeteció
nunca porque no era el mismo del de su esposo, hijos y familia. Pronto le
daremos lado y hueco junto a los nuestros aquí para cumplir su última
voluntad, para nosotros soberana, de un pecho que a todos nos alimentó o
lactó y que necesitamos tener a nuestro lado en el sueño de la muerte
como lo tuvimos en el de la infancia y sima [?]. Concluido[s] sus
funerales y duelo voló aquella bandaditas de palomas amedrantadas por el
tiro del cazador que deja yerta a su común madre hacia nuestra casa y
tierra natal, donde hallamos mudos y sin voz los sitios donde se
albergaban antes los objetos más queridos. Nos era imposible reponernos
de un dolor tan acerbo y de un pesar que debe durar en nosotros lo que
nuestra existencia, ligada a la suya como las ramas del árbol de quien
recogió su savia ; todos sin distinción, hijos y yernos, quedamos
sumidos en una especie de atonía que nos hacía mirar con indiferencia
bienes y cosas que nos representaban tan lúgubres recuerdos.
Pasados
muchos meses de nuestra vuelta empezamos, porque era absolutamente
preciso, a ocuparnos de una partición definitiva que no se podía
retardar, pues no nos era posible continuar en adelante cinco casas de
familia con sus instintos y hábitos particulares cada una, por más que
fuésemos modelos de buenos hermanos, porque de esto a ser socios en un
caudal de labor hay un paso y distancia inconmensurables. Así es que de
común acuerdo, concluido Agosto, que fue harto menguado por cierto, pues
un año excesivamente húmedo neutralizó la esperanza de una buena
cosecha que tuvimos en su nacimiento a la vista, apreciando y dando a todo
unos valores proporcionados y bajos, como después se ha podido ver, pero
tan iguales entre sí que dudamos si hacer los lotes a la suerte o atender
cada uno al que más cuadrase a sus deseos y gustos. Para hacer la
definitiva partición se rehizo la antigua y aportó de nuevo cada parte
todo lo que había tomado, y teniendo por base el testamento de nuestra
madre y el ab intestato de
nuestro padre fuimos llenando las hijuelas de cada cual en proporción de
las ventajas que cada cual reportara ; las niñas sacaban unas más y
otras menos en relación también de los beneficios que tuvieran a los
rayos del sol del cariño de nuestros padres, y los varones, los mayores
con carrera concluida se les graduaba mil duros de ventaja percibidos en
la parte de libros, matrículas y costos de grado, pues los alimentos o
mesadas natural era el que los percibieran en sus casas a no haberlos
seguido, [y] los más pequeños eran subsanados en esta proporción y según a
la altura en que les alcanzaba en su educación respectiva. Todos los
nietos eran llamados a un legado de una baquita pequeña, y a las antiguas
sirvientes sus ajuares respectivos. En fin, en San Miguel de aquel mismo año
quedó corriente y terminada la partición, que debía ser judicial y
aprobada después por el Juzgado por haber cuatro menores, dando por
resultado el que partimos dos millones aproximadamente, saliendo cada uno
con más de 10.000 duros y algunos con 12, pues los aprecios eran todos
susceptibles de mejora, que no se hicieron por estar todos equiparados y
abultar la importancia de los bienes.
Aurora,
nuestra hermana mayor, tomó la tercera parte del Cortijo de Pelagallos, o
séase el cerro de este nombre y los Granujales con su gran era empedrada,
componiendo cerca de tres caballerías de tierra de primer orden, porción
de casas y granos, con las Alegrías, y una manada de ovejas. Antonio, la
mitad del Cortijo de Barbate, o séase toda la parte que queda a un lado
de la cañada que va al Puerto de los Yeros por la linde del Arroyo de la
Alcornoquera, con tres y media caballerías, mitad del hermoso caserío y
corral, su casa del pueblo y otras más chicas, con la misma adición de
ganadería y gra-nos. Joaquín Eusebio, la tercera parte de Pelagallos que
toca con Peña Arpada, llamada Arcojola y Alamillo, con cerca de tres
caballerías el rancho y cercado de Pelagallos con iguales añadidos de
buenas casas y ganados, granos y enseres. María de los Santos llevó el
Cortijo de Fraja, recién heredado del abuelo, con tres y media caballerías
de tierra y su caserío, casa principal donde estuvo la posada, otras
varias, ganados, muebles y enseres. Francisco de Asís, que no había
terminado su carrera, el diamante del caudal, o séase el Cortijo de la
Oraa, con cerca de 200 fanegas de tierra, y su cortijo nuevo que se le
hizo, mitad de la casa principal y algunas otras, con su dotación de
ganados, granos y enseres. Juana Ramona, favorecida con mejora, la parte
de Pelagallos llamada Matabueyes y el hato con tres caballerías y otra más
en los retamales del verdugo de pasto y monte, con sus casas y demás. El
más beneficiado de todos, Isidro, sacó el cuadro hermoso del Cortijo de
Mocaylén de la cañada arriba hasta la Loma, con tres caballerías y
media de primera clase, mitad del caserío y corral a medias con Antonio,
y de la casa principal con Francisco y sus añadidos, y mi parte, que fue
la más desparramada y deslucida, se compuso de la mitad de la Dehesa de
los Santos, por demontar entonces, compuesta de cerca de tres caballerías,
los dos molinos herencia del abuelo, que vendía poco a Aurora invirtiendo
en viñas, el olivar de Valdegomar, la roza del Pradillo, la parte de viña
del abuelo y una casa en pleito que debían todos subsanarme, caso de
perderse, con os ganados, granos y crecidísimos enseres de toda la labor.
Tal
fue en compendio la obra que nosotros hicimos, y deshicimos por otro lado,
y que había sido el trabajo de dos generaciones aplicadas y constantes en
su formación ; si como nosotros fuimos muchos, hubiéramos sido pocos, se
habrían quedado caudales de fundamento, mas así y todo teníamos unos
con otros cerca de un doblón de rentas cada uno para poder vivir y
sostener nuestras cargas holgadamente en razón a los gastos que ofrece la
población. Nosotros, no malgastando y llevando adelante el régimen que
habíamos visto ensayarse entre nosotros con tanto acierto, debíamos
todos merced a aquellos esfuerzos tener asegurada para siempre nuestra
subsistencia, y con doble más motivo en cuanto a que todo lo que tomábamos
tenía y debía de ir acreciendo en valor por grados, como después se ha
visto. Una sola cosa quedó indivisible y lo estará para siempre mientras
subsista, y era el monumento o bóveda que encierra las cenizas de
nuestros padres y donde todos tenemos el derecho de depositar las nuestras
hasta que el viento de los siglos o generaciones descuidadas que nos
sucedan las avienten o remuevan todas juntas, como debemos y queremos
estar.
Terminado
todo lo que concernía a particiones y aprobadas éstas en Medina por una
gruesa suma importó todo el expediente y asientos en la oficina de
hipotecas, aunque lo dimos listo y acabado en borrador todo todo el
trabajo sin tener más que ponerlo en limpio y protocolizarlo. Cada cual
se ocupó en sus propios negocios en adelante, quedando yo al frente de
tres niños como tutor y guardador de ellos nombrado por mi madre, y
habiendo pasado el Francisco a continuar sus estudios a un colegio de Cádiz
en clave de externo, habiendo pedido la gracia de Cadete para Isidro en el
Regimiento de Murcia, de guarnición en el mismo punto, después de
haberse aburrido de estar en otro colegio de Sevilla, quedé yo con mi
hermana Juana, de quince años, al frente de la casa, que de tantas
personas como contenía antes había quedado desierta y vacía, viviéndola
solamente dos hermanos y mi mujer y prima, que ya en este tiempo,
declarada también su enfermedad, fue preciso llevar fuera, trasladándola
a Cádiz, Sanlúcar y Puerto Real en un año memorable por sus
interminables lluvias, que fue el fin de 1855 y todo el principio de 1856,
que nos hizo trabajar doble en una sementera costosísima e interminable,
dando por resultado perderse las simientes que llegaron a salir a luz y
enfermar sus raíces, concluyendo por quedar hechos manchones que no se
pudieron segar.
Aquejado
yo de una gran dolencia o enfermedad a resultas de una gran mojada, estuve
en la cama también sin poder atender en sus viajes a mi buena prima y
consorte, que desahuciada del todo se vino al fin a Alcalá en un claro
que dejó de llover. Ambos en nuestros lechos con un leve tabique de por
medio, estábamos consumiéndonos, ella con una enfermedad incurable que
la arrastraba por días al sepulcro, yo con un padecimiento y fatigas
extrañas que me hacían arrojar lo poco que comía y que me dejó tan
consumido como a ella. En 25 de Mayo de aquel año de 1856 ella, con la
paz y sueño de los justos, voló al cielo, de donde procedía, de 30 años
de edad y tres y medio de casada, si haber dejado fruto de una unión tan
igual y feliz en el corto tiempo que duró. Todo iba, pues, desapareciendo
para nosotros, y las piedras que constituían el edificio sólido al
parecer se desmoronaban y caían. Fue tan angelical y amante de las
flores, que siempre estuvo rodeada de ellas, teniendo a su lado ramilletes
sinnúmero o ciñéndoselas para dormir a sus sienes, y cuando murió, no
sabiendo qué atributos darle a tanta virtud y belleza cegada en flor,
también coronamos su lecho fúnebre y todo lo que le rodeaba de olorosas
flores que la primavera en toda su lozanía le brindaba también.
Encerrada dentro de la bóveda, se le puso a sus cenizas esta sencilla
composición que me inspiró su primer amor y que comprendía su breve
carrera y vida:
Palmera
hermosa exalando olores,
cándido
cisne en la región del hielo,
casta
y tierna paloma en tus amores,
ángel
más que mujer fuiste en el suelo.
Apasionada
amante de las flores,
te
creó el Hacedor y desde el cielo
antes
que te agostases mejor quiso
trasplantarte
¡oh flor bella! al paraíso.
25
de Mayo de 1856.
Un lúcido acompañamiento seguía su entierro suntuoso que cerraba
la Milicia Nacional en pelotón y sin armas, despidiendo y honrando a la
que había sido su bella comandante. Todo cuanto en nuestras manos estuvo
se hizo para salvarla ; todo se agotó, no pudiendo revocar el Decreto que
la Providencia había dado sobre ella, ni variar el organismo peculiar y
hereditario con que la dotó el Altísimo. ¡¡¡Oh, tal vez al remontarse
al cielo, que su candor y piedad natural tenía merecido, fue para gozar
de dichas anticipadas que nada del mundo puede comparar!!!
Aquel
verano, o séanse dos meses después, fue ametrallada y dispersa la
Asamblea Nacional, desarmada la Milicia en todo el reino a consecuencia
del triunfo de la reacción militar contra el desprevenido e incauto Gobierno
liberal del Duque de la Victoria. Siempre el Partido Liberal a quien
el trono miraba de mal ojo, era víctima generosa de éste por su
credulidad y confianza. Por revoluciones necesarias y en [las] que se mostraba siempre magnánimo subía, y por reacciones del
Ejército en que se desplegaba toda la tirantez y [el]
encono propios del partido retrógrado bajaba y se derrumbaba sin
escarmentar ni aprender nunca. En Alcalá se entronizó de nuevo el
partido de Don Rafael, que tuvo la degradación de votar a su corifeo por
diputado porque ya no le querían en su distrito de Arcos. Hasta ese punto
se llevaba la bajeza y la deslealtad al suelo patrio, y nosotros, aunque
retirados de la política, votamos con fervor a su contrario, fuera el que
fuera y aunque hubiéramos de perder. porque no nos importaba el ganar,
sino el mostrarnos dignos de nuestra raza, principios y de nuestro pueblo.
Al
año siguiente, en que hubo una gran carestía efecto de la ruina de las
cosechas en el anterior, nos asociamos Antonio y yo en la labor por no
tener fuerza ni granos para poder yo empañar la hoja, y fue regular,
cubriendo el gasto que la simiente y los panes hechos con trigo extranjero
que tuvimos todo el año que comprar nos había costado- En el mismo año,
el día 9 de Junio y al cumplirse poco más de uno de la muerte de Belén,
nuestra hermana María de los Santos, atacada de mismo mal o parecido, fue
víctima también de él, dejando un tierno niño de dos años escasos,
Don Francisco Espinosa y Puelles, heredero por su desgracia de aquella
rama y bonito caudal. 24 años justos y un mes llevaba de vida, siendo
también, sin que sea visto el exagerarlo, otro modelo digno de copiar de
virtudes y de gracias y otra víctima inocente del nuestro hereditario
mal. Nosotros, que estábamos ya petrificados de padecer estos
sentimientos del alma, no hicimos más que aumentar el raudal de lágrimas
que sin consuelo habíamos ya vertido en tan corto tiempo ; su pobre niño,
a quien tanto lloraba ella presintiendo su muerte cercana, nos pone por
delante cada vez que le vemos el semblante o recuerdo imperecedero de las
prenda e infortunios de una hermana tan querida. ¡¡Quiera Dios que ella
vele por él desde la gloria y lo haga más feliz que fue la que libró
tan corta existencia, interrumpida por el dolor y la desgracia que nos
envolvía como un fúnebre sudario!! Con ella ha terminado por ahora el
catálogo de nuestras pérdidas, y plegue a Dios también que yo no vuelva
a escribir más ; antes mi nombre sea el primero que se inscribe en
adelante en el negro álbum de la muerte.
Continuando,
pues, en mis males, que me tenían casi postrado, convalecí algo de ellos
a fines de 1858 de una manera casi milagrosa, habiéndome quemado los
segadores en aquel verano una hermosa sementera que aquel año tenía, y
al mediar aquel mismo año casó Juanita Ramona con su primo o pariente
retirado Don Juan de Salas Vázquez, abogado y entonces fiscal del Juzgado
de medina, hijo del primo Don Matías, diputado provincial, joven y con un
gran porvenir si tiene la suerte de lograrlo. Nuestro pequeño Isidro dejó
también sus cordones y el servicio, donde atendido su organismo debía
haber privado ; después de haber hecho grandes gastos y dispendios se
vino al pueblo desde Málaga, casándose con una bella aunque pobre niña
de allí llamada Doña Rosalía Pastor, ajena de tal enlace, y a los que
Dios quiera dar la suficiente luz para dirigir su hacienda, fruto de
tantos sudores y que nadie podrá restablecer una vez perdida, pues también
tiene una hija, como van teniendo los demás. Francisco y yo, viéndonos
solos del todo, buscamos compañeras de esta vida tan enojosa y desierta.
El encontró por su parte una bellísima y juiciosa consorte en una hija
del grande amigo que tuvo nuestro padre el entendido y acomodado abogado y
labrador Don Pedro de Castro, avecindado en Villamartín, huérfana ya
también, y se instaló al lado de su suegra viuda, teniendo al año una
preciosa niña, Francisca de Puelles y Castro, cabeza de otra nueva
estirpe. Yo me asocié en mi suerte a una huerfanita bella y honrada que
había conocido en Cádiz y que debe restañecer con sus manos delicadas y
con su bondad y ternura las grandes heridas que en mi pobre corazón están
abiertas ... Dudo que lo consiga, porque sólo Dios y la muerte pueden
curarlas, porque él es la sola fuente del consuelo y de la esperanza que
se va acabando en mí con la juventud ...
He
llegado por fin a las últimas páginas de esta obra que he trazado de los
sucesos que nos han traído a la situación actual desde el siglo XIII, en
que brotamos de un linaje real, o cuando menos quitando la parte de
sombras que envuelven la genealogía de aquel tiempo de una raza de
guerreros riojanos alaveses. Siglo a siglo he seguido sus pasos amojonando
el camino tan largo y molesto de andar con los hitos o mojones de piedra
de los hechos más evidenciados y dignos ; me han faltado las fuerzas
algunas veces, pero he querido continuarlo porque no podía avenirme a que
perdieran noticias tan genuinas y puras que tanto trabajo me han costado
recoger y que son de mucha valía para nosotros, dígase lo que se quiera,
porque pocas familias pueden presentarlas tan completas y correctas y
porque enseñan y muestran al par las variaciones y alternativas por que
pasan los linajes en el transcurso de los siglos. ¿Quién sabe el que
continuará esta crónica, o si se relegará al olvido? Si alguno de
nuestros descendientes la tropieza y la desenvuelve y sacude del polvo
para aumentarla algunas páginas, ya que no sean gloriosas, plegue a Dios
al menos que nunca sean indignas de sus progenitores y de hombres que
tuvieron en tanta estima el honor y el crédito de su raza. Es un sello
distinto el que hasta aquí nos ha caracterizado, y quiera Dios, repito,
que nunca se pierda aunque desaparezcan los bienes todos, que ya por dos o
tres veces se han disipado por desgracias y reveses de los tiempos o por
prodigalidades de alguno de sus individuos.
Si
hemos dejado de tener el señorío de una bella comarca, de poseer dos
ricos mayorazgos y un marquesado en los primeros y medios siglos de
nuestra existencia, que no perdamos también el decoro y la dignidad,
prendas de inestimable precio. Si se confiscaron las heredades de Ircio,
Miranda y Altavel por seguir las Guerras de las Comunidades y se disiparon
en prodigalidades los bienes de Ampudia y los viñedos de Valloria por Don
Diego Puelles Santos, que se conserve inmaculada la honra que éstos
siempre supieron sostener, y si por último se han de derogar y agotar sin
fruto los sudores del gigante que nos procreó y su santa compañera, que
sepamos grabar al menos en sus metas las nociones de sus virtudes y el
ejemplo de su limpia fama, ya que no podemos transmitirles sus heredades y
campos regados con su sudor y su sangre, que a semejanza de tiernos pelícanos,
nos las daban puras y a costa de su propia vida, que abreviaron, los que
nos miran desde la región de los sepulcros, entreabiertos también para
nosotros. Su apellido y su crédito no nos pertenecen ; es una cosa
usufructuaria como quedan las más ricas joyas, y debemos conservarlas
limpias y guardadas como ellos las llevaron y no las hubieron de
transmitir. Pobres o ricos, en altas o modestas situaciones, animémosnos
siempre con su ejemplo y el nombre inmaculado de un antiguo y preclaro
linaje para enaltecer estos timbres. Ocho ramas han brotado en este suelo
tan trabajado por sus pasos y sudores ; algunas no germinarán y quedarán
secas e infecundas, como la mía, pero las que florezcan tal vez lean en
este libro y aprendan a respetarse y a seguir la senda que les trazó y a
copiar los modelos que les esculpo en todas las situaciones iguales o
parecidas que ellos a su vez alcanzaron a tener también. Tengan sobre
todo la hermandad y caridad que debe unir a todos los hombres entre sí y
doble y particularmente los que descienden de su linaje, y si acaso algún
día las ramas de Castilla, Galicia y Madrid tropiezan con la nuestra,
como Don Pedro de Puelles y Alviel, el de Labastida con la de Doña María
de Puelles Torres en Ampudia, que no se rehusen de nuestro entronque y
digan [que] hemos bastardeado,
juzgándonos indignos de llamarnos por el común apellido.
Poseamos
los tesoros de los Incas, como el desgraciado Pedro de Puelles Hurtado, el
gobernador de Quito, o la modesta pobreza de Ribadeo o Campasas
actualmente, seamos favoritos de príncipes, como el defensor de Torrijas,
o sirvamos en un Regimiento de simples voluntarios, como Don Bonifacio y
el Don Justo de Puelles, que llegó al colmo de la locura, en particular,
permanezcamos siempre dignos y puros de esas manchas indelebles que
imprimen carácter y que se expían o labran en los cadalsos y presidios.
Las riquezas Dios las da y quita, así como las posiciones , sólo suele
dejar y conservar por un arcano de su sabiduría muchas veces los
caracteres y rasgos de las razas y linajes ; el modo de conservar puro
este tipo es el de elegir en los enlaces mujeres, porque ellas traen en
sus vientres las virtudes y los vicios de sus descendientes, como suelen
reproducir los vicios y defectos físicos, la belleza, robustez y hasta el
virus de las enfermedades. Cuidemos, pues, de estas cualidades e imbuyan
también a sus hijos en conservar estas honrosas tradiciones y doctrinas.
Las ramas más afortunadas y los individuos más favorecidos por la
fortuna, creo que cuidarán por su propio honor y nombre del interés de
las que estén menos halagadas. Y así como preveemos que los hombres han
de llegar al punto, efecto de la cultura y de la bondad de la doctrina
evangélica, de estrechar sus vínculos de santa fraternidad, con cuánta
mayor razón la de los miembros de un linaje que proceden de un tronco
que, como Jacob al expirar, predecía para sus hijos y nietos, siguiendo
el impulso que les dio días largos y venturosos, y por el contrario,
breves y nefastos si se apartaban de su doctrina evangélica: “Y es el amor que se deben tener todos, y en particular los que son de un
linaje”.-
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La radicalización del movimiento
revolucionario de 1854 hizo que Isabel II decidiera llamar al Gobierno a
Espartero, pensando que los sublevados considerarían el regreso del jefe
progresista como una victoria propia y que ello permitiría contener y
desarmar a los revolucionarios. Así ocurrió, y Espartero se mantuvo en
el poder (mediatizado por O’Donnell y su Unión Liberal) hasta que
Isabel II, considerando alejado el peligro, decidió prescindir de él y
confiar el Gobierno directamente a O’Donnell. [ibid.,
pg. 1.185] El moderado O’Donnell, por otra parte, que se había hecho
con el poder, como decimos, el 14 de Julio de 1856 con el control del Ejército
y el apoyo de Isabel II, tuvo que ceder poco después su cargo a Narváez
al negarse a acceder a las exigencias clericales de la reina.
[ibid.,
pg. 7.159] |