HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES
Segunda Parte.
Capítulo 2
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Niñez de los huérfanos Puelles en casa de su
abuela materna. Su preceptor Abansen ; raras prendas del capitán
veterano y su prestigio en el pueblo. Casamiento de Villacampa, su
sobrino. Nombramiento de los niños para cadetes. Guerra de la
Independencia ; episodios de Alcalá. Prisioneros de Bailén.-
Acogidos los niños y su joven madre en la casa de la abuela pasados aquellos primeros días de emoción y de llanto y ordenada de nuevo la sencilla y patriarcal vida de la buena gente, reducida a llenar las ‘niñas’, como su madre las llamaba, cada una el turno de sus respectivos cargos y funciones, cuidando la Clara de sus niños, que halagados y festejados por todas y pasando de brazo en brazo sonreían inocentes haciendo las gracias de su edad, las costuras, sus reuniones de lectura piadosa o instructiva que les hacía Abansen, y un largo rezo que éste, al frente de todas, arrodillado, seguía a la casa terminaban aquellos días serenos y apacibles como sus conciencias, sencillos y puros como sus almas. La misa mayor y unos cortos paseos los días de fiesta a los Pozos o [a la] hermita de San José, situada en los Parrales, eran todas sus excursiones, concluyendo la tarde con una visita al locutorio de las monjas de Santa Clara a fin de ver y hablarle a su hermanita Ysabel, que, como hemos dicho, hacía ocho años que había tomado el hábito y [el] velo negro de la orden bajo la advocación de la hermana y madre Sor San José y que se unió estrechamente a otra monja con quien había profesado el mismo día, llamada Sor Soledad de Salas, tía de la familia con quien más tarde habría de enlazarse la nuestra, la que pasaba por sus virtudes como la santa del convento. La monjita, que en medio de su fervor religioso echaba de menos el amor de familia tan violento [?] de la casa de los Cerris o [de las] Maltesas y el trato de su madre y hermanitas, acogía gozosa estas semanales visitas, y no pudiendo abrazarles, recibía en cambio y como de costumbre [a] sus dos preciosos sobrinos, que entraban por los huecos del torno y que eran agasajados por la tía y [por la] comunidad con besos, escapularios y dulces, trayendo sobre sus rostros al devolverlos afuera marcados los ósculos de la entusiasta monja, que los miraba con particular predilección. Así se pasaron los cuatro primeros años sin haberse interrumpido esta quietud y [esta] apacible vida más que por el casamiento de la hermosa Leonor, la más pequeña de todas, con Villacampa, sobrino carnal de Abansen, yéndose ésta con su marido a su regimiento de Ligeros de Aragón, y por la llegada de Gertrudis de la villa de Espesa, donde había muerto el Corregidor Belmaño, trayéndose también al nido materno de las Maltesas dos nuevos polluelos que le habían quedado de su unión con Don Martín, Mariquita, de 10 años, y José, de 8, los que fueron acogidos igualmente que la Clara y señalándose habitaciones como a ella, pues la casa era capaz para todos, y el orden y el arreglo que en ella presidía la hacían mayor y más cómoda, que lo era ya de suyo. Todo estaba, pues, bajo la dirección de la varonil y digna abuela, y a la semejanza de una laboriosa colmena, todas y todos seguían el régimen y [la] marcha que les trazaba su reina, sirviéndole de asesor y cojuez el digno capitán, tan acreedor a comandar con la noble matrona, que austera y llena de dignidad no dejaba que nadie dejase [de] ocupar su puesto ni [que] la reemplazasen en sus cargos, que ella sabía llevar con sus sesenta años cumplidos con la exactitud y [la] entereza peculiares a su carácter. La administración del centenar de sus casas del pueblo y de las hermosas de Puerto Real, percepción de sus rentas y el cuido de una bonita viña para regalo de su familia, que consumía todos sus frutos, formando un crecido fondo de reserva que destinaba al complemento de las dotes de sus hijas y del porvenir de sus nietos. Los productos de las legítimas de éstas hacía que éstas las guardasen a su vez para sí comprando nuevas fincas con que aumentar su bienestar respectivo. Abansen destinaba su sueldo, según él se había impuesto, a vestir y equipar a sus Puellecitos, que ya despechados y crecidos habían pasado a ocupar un sitio en su cuarto particular y al lado de su cama, donde se le pasaban días enteros gozando con sus gracias y haciéndoles pronunciar a sus balbucientes lenguas los dogmas sagrados y más sencillos de la religión y de los deberes que de hombres tenían que llevar. Y aquel varón tan austero como contento con su ejercicio privado y público de resplandecientes virtudes, no satisfecho de sí propio, contaba nuestro padre que en tiempos de Cuaresma o cuando la Iglesia vestía el luto de la penitencia, después que al parecer dejaba dormiditos a sus ángeles, arrodillado junto a un crucifijo de bronce que a la cabecera de su cama tenía, recogidos y en silencio todos los moradores de la casa, cuántas noches lo haría sin poderse dar razón de ello, azotarse cruel- mente entonando versículos de Miserere y pidiendo piedad por él y por las víctimas que en sus campañas pudiera haber hecho con sus armas. Salpicada de sangre aparecía por la mañana toda su ropa y disciplina, que él se apresuraba a lavar, y los niños quedaban mudos de estupor al ver tanto fervor y virtudes religiosas. Un día recordaba mi padre haberse escapado con su hermano al patio de la Victoria, donde estaban unos mozuelos medio hombres jugando a las chapas y a los naipes, que ellos no comprendían, y llegando tras [de] ellos y en su busca Don José Abansen, viéndolos embebidos en aquellas escenas, cerró la puerta del patio del convento, y enarbolando una caña de indias que llevaba, después de haber roto las barajas de los mozalbetes, cerro con ellos a palos y cintarazos hasta que los arremolinó como una pavada, concluyendo todos por hincarse de rodillas y pedirle llorosos el perdón, ofreciendo no volver más a jugar. Abansen, teniendo a sus niños de la mano, a quienes también había dado algunos coscorrones, los dejó a todos en aquella postura continuando blandiendo el bastón sobre sus cabezas, y principió [a] explicarles en sentidos conceptos la ruina, miseria y crímenes a que los naipes han traído en todos tiempos y lugares a los hombres de todas clases y estados, que enviciados en ellos y empezando por un sencillo recreo habían concluido por aventurar en ellos y perder sus casas, prostituir [a] sus mujeres y sus hijas, y precipitándose por la escala descendente del crimen, de quien el juego es el primero y más resbaladizo escalón, concluir por llevar sus miembros a ser presa de un grillete eterno y oprobioso y otros, los más, a suicidarse o a ensartar sus cabezas en un cordel por manos del verdugo. Llanto y gemidos producía este patético discurso a los arrinconados y postrados mozuelos, bajando los frailes, que escuchaban y veían tan tierno cuadro, a terminarlo abrazando al santo veterano lleno de canas y cicatrices, que de este modo edificaba a los mismos sacerdotes. Cuántas veces este mismo singular hombre cambiaba sus finas camisas por los trapos de los mendigos, [y] volviendo a casa de su madre como con placer y honor, llamaba a su suegra abrochado y embozado en su ferreruelo, no pudiendo jamás, no pudiendo jamás estar repuesto de [la] ropa que repartía y de la que despojaba donde quiera que hallaba un menesteroso desabrigado, llevando por doquier un cortejo de pobres que lo aclamaban por su padre y que los consolaba de sus trabajos con las celebres palabras [de]: “Para vosotros, si perseveráis en la virtud y lleváis con resignación vuestros trabajos, se ha hecho el reino de los cielos ; pedidle a Dios, hijos predilectos de él, me dé a mí un corto lugar en él, aunque no tenga vuestros merecimientos”. En fin, eran tantas y tan relevantes sus virtudes y méritos, que en la villa se hacían lenguas de ellas, y fue aquel varón el más respetado y privilegiado de todos los de su tiempo. Su cana cabeza, que coronaba un austero semblante, su postura marcial y desembarazada, su continente todo y su sencillo, pero severo y limpio traje imponían tanto, que donde quiera que se mostraba el cuáquero o cristiano de la Edad de Oro no se veían más que cabezas descubiertas [y] rostros risueños y reverentes. Tal fue el hombre que prohijó y educó a nuestro padre a quien éste le debía su educación, su forma de letra, sus ideas y hasta sus opiniones políticas ; todo, hasta sus casas, se lo dejó al niño que envuelto en los pañales adoptó la noche de su llegada y de quien éste jamás se cansaba de hablar y bendecir, diciéndonos: “Yo debería ser un santo, si santos deben ser los que se crían y educan con el contacto de ellos, y yo puedo asegurar que tuve parte de las corte celestial en la casa donde me crié y educaron”.
No eran dignos en verdad de otra cosa los Príncipes de esta degenerada y cruel familia, pero era menester, antes de recurrir a este medio, emplear otros más sagaces, y una vez equivocado el camino en el modo de tomarlo debió el gigantesco hombre, que sostenía sobre sus espaldas, como otro Atlante, el peso del mundo abarcando con sus brazos el globo, prodigioso meteoro que corría una órbita señalada de antemano por Dios, y que en su orgullo creía como los Titanes [poder] escalar el cielo amontonando montañas, debió, digo, haber hecho con astucia lo que a viva fuerza no habría de conseguir. Porque habían pasado [ya] aquellos siglos oprobiosos en que los pueblos se enajenaban y traspasaban como mana- das de ovejas, y la misma Francia le había marcado a España, su hermana latina, la senda de la redención y el modo de romper el yugo de los tiranos con solo estas dos palabras que había puesto en sus banderas: “La unión es la fuerza”. Y, en efecto, se ensayó este específico con tal virtud, que dio un resultado sorprendente. Alcalá, a larga distancia de las luchas y del foco de estos acontecimientos, cuidando sus rebaños en sus extensos terrenos incultos y cubiertos de maleza, no se cuidaba tanto de ellas, y no sólo porque no las comprendía, pues dormía el sueño sosegado de la ignorancia y [del] quietismo, sino porque no tenían tampoco elementos para contrariarlas. Sin embargo, reverente a su Gobierno, entregaba sumisa su contingente de sangre y de caudales, formando cuando estalló el movimiento nacional una Junta Patriótica a cuyo frente se hallaba Abansen, que preveía, como hombre lleno de experiencia, los grandes reveses e infortunios que nos aguardaban en expiación de nuestros delitos, por más que fuese la causa de la nación sagrada y justa: “Yo ayudaré en lo que pueda”, decía, “puesto que he quedado inútil para lanzarme de nuevo a los campos de batalla, y en caso de reveses, yo dulcificaré con mis esfuerzos y conocimientos de la lengua francesa los males de mi pueblo adoptivo, porque de cualquier modo a amigos y a enemigos se va a deparar la ocasión de hacer mucho bien”. Y, en efecto, aferrado a este sistema y proveyendo no habría de tardar mucho en ponerlo en práctica, cuidó de aprovechar todas las situaciones de hacerse de los medios que al logro de sus deseos le encaminaban. Había llegado en este tiempo al pueblo un grueso pelotón de oficiales franceses [hechos] prisioneros en Bailén a los que se había codeado indignamente dos a dos y paseado en triunfo por los pueblos, faltando villanamente a la capitulación, en que se convino trasladarlos embarcados a Francia desde el puerto de Cádiz. Tenían [a] estos infelices desnudos y hambrientos en los lóbregos claustros deshabitados de la parte baja de Santo Domingo, rugiendo como fiera e increpando a sus guardadores terriblemente por su inhumanidad y falta de fe. Nuestro Abansen, a quien en su escrupulosa conciencia pesaban estos excesos de las pasiones políticas, condenándolos abiertamente, compadecido y afectado de estos desgraciados y valientes caballeros, seguido de otros hombres humanos provistos de ropa y alimentos se hizo abrir la puerta de aquellas mazmorras y en puro y castizo francés saludó reverente al más condecorado superior de los prisioneros, ofreciéndole en cortas y sentidas palabras aquellas ofrendas de la población afectada en nombre de la humanidad y por el valor desgraciado. Sorprendido el general francés de aquel nuevo lenguaje que revelaba nobleza, acogió gozoso al mensajero y [lo] estrechó entre sus brazos agradeciendo aquel corto presente de los vecinos y de su digno representante, el capitán. Desde aquel día no se pasaba uno sin que Abansen no visitase y animase a los oficiales del Imperio, distrayéndolos de sus melancólicas ideas con la animación de sus conversaciones y sus esperanzas de que se iba a verificar pronto un canje de prisioneros que les iba a proporcionar el regreso a su patria y a sus banderas, acompañando esto de cierto lenguaje sentencioso, contándole varios episodios de sus campañas, que tan del gusto eran de los que las habían hecho tan memorables, concluyendo por trabar una estrecha amistad con sus camaradas de profesión. Los que conocían su virtud y acendrado patriotismo respetaban aquellos pasos y tratos, pues comprendían eran inspirados por la compasión que debe producir siempre el valor aherrojado y en desgracia. Pero tras ir donde le conducía su noble y sentido corazón llevaba Abansen el doble fin de hacerse del reconocimiento de los prisioneros y recogerles una certificación emisora de todos donde se mostrara la gratitud a que habían quedado obligados para con su camarada y vecindario, con que poder algún día siniestro sacar gran partido de ella, como en efecto aconteció a poco, como veremos en el curso de esta verídica historia. Y fue la que dieron tan cumplida y satisfactoria que él la guardó como un tesoro y un medicamento santo por si llegaba lo que era ya de esperar, atendiendo a que el mismo Emperador había empezado aquella corta y célebre campaña en [la] que al frente de sus más aguerridas legiones había entrado en Madrid, con dos o tres batallas, como la de Tudela y la de Espinosa, que le habían despejado el terreno, franqueándole sus puertas. La capital misma no le opuso resistencia, y sus mejores generales y mariscales marchaban a paso redoblado a invadir las provincias andaluzas, que eran las únicas que quedaban por conquistar. Pero pasemos a otra cosa que pasó en este tiempo y que no debemos dejar atrás. Habiendo la Suprema Junta de Gobierno, residente entonces en Sevilla, dado un grado general al Ejército sin exceptuar [a] ninguna clase por la campaña gloriosa del año 1808, consideró a Abansen en activo servicio por estar agregado de capitán a la Compañía de Escopeteros de Gibraltar, prestando el servicio de vigías de la plaza. Abansen, que se vio sorprendido por este nombramiento que no esperaba, hizo una exposición reverente a la Junta Suprema en [la] que pedía con el mayor ahinco que el grado que se había dignado ésta darle se permutase por las gracias y nombramientos de cadetes con plazas fijas en un regimiento de infantería con socorro de pan y prest a favor de sus sobrinos y ahijados Don Antonio y Don José María de Puelles y Cerri, que habían quedado huérfanos en la lactancia al cargo de una pobre viuda de un militar pundonoroso y digno, arrebatado hacía cinco años. Llamó tanto la atención de la Junta este memorial ejemplar, que a vuelta de correo recibió [Abansen] con el alborozo mayor del mundo los nombramientos de sus jóvenes sobrinos de cadetes del Regimiento de Campo Mayor residente en Cádiz, con el prest y pan que por reglamento le correspondía como si estuviesen en servicio activo.
Lágrimas
de ternura y efusión derramaba el anciano al ver que perdiendo un grado
suyo iba a sentar la base de las carreras de sus amados niños, porque
como él decía, “qué le importará
a mi cuerpo dentro de poco, que lo recogerá el sepulcro, que vaya adornado con galones en la manga o
charreteras en el hombro, en tanto que estos dignos huérfanos de un
militar mal recompensado y postergado en su carrera podrán emprender ésta
con una antigüedad que debe valerles mucho”. Y porque la Gertrudis, su cuñada, se mostraba agraviada porque no había
pedido igual gracia para su mayorcito. “no
seas injusta”, le decía, “ni
me hagas que me arrepienta de mi conducta, pues tu niño no es huérfano
de militar, sino de un empleado del Duque ; este es un grado que le
pertenecía a su padre. Ni tampoco conviene la milicia a los instintos de
tu niño ; mételo a fraile o a cocinero, profesiones que están reñidas
con la sobriedad y tirantez de la milicia. Déjame, que yo sé lo que me
hago, y no te apartes de mi consejo, pues tendrías que sentir”. Y,
en efecto, profetizaba cosas que habían de pasarle a su pobre madre,
tomando[le] el niño con esto un
rencor y envidia que le duró tanto como su vida. Pero no paró en esto la
bondad de nuestro Abansen, sino que [ya] achacoso tomó sus haberes y pasó a Cádiz, donde empleó cinco
o seis pagas a comprarle a sus queridos niños, teniendo a la vista el
figurín del lujoso uniforme de los Cazadores de Campo Mayor, tres mudas
de éste de gala, media gala y diario, sacando por gracia especial del Depósito
de Armas del Arsenal dos diminutas carabinas y sus correspondientes
fornituras y sables para irlos instruyendo, y gozoso retornó a su amada
casa con el equipo completo, haciendo que al domingo siguiente fueran a
jurar fidelidad al rey y a la patria en el ofertorio de la misa ante el
Corregidor del pueblo, sirviéndoles de padrino él mismo, recordando esta
ceremonia pocas veces vista la antigua de armar
caballeros y ceñirles la espada a los aspirantes a las armas. __________________________________
La
base de la fe de la comunidad de cristianos protestantes denominada
Sociedad de Amigos, más conocidos como cuáqueros, está en creer que la
revelación divina es inmediata e individual y que todas las personas
pueden sentir la palabra de Dios en sus almas si hacen todos los esfuerzos
para oírla y actuar conforme a ella; esta revelación puede recibir el
nombre de ‘luz de adentro’, ‘Cristo dentro’ o ‘luz interior’.
Los primeros cuáqueros identificaban este espíritu con el Cristo histórico.
En su intento por emular a su modelo, los cuáqueros tratan de eliminar
todo tipo de lujo y buscan la simplicidad en el vestir, en sus modales y
en su hablar. Hasta los últimos años del siglo XIX mantuvieron ciertas
formas de expresión más informales, cuyo empleo servía para nivelar el
trato entre las distintas clases sociales, demostrando así el verdadero
sentimiento de compañerismo integral que estaba impreso en las enseñanzas
de los cuáqueros. [Encarta ’98
CD-Rom]
La
batalla de Bailén (19 de julio de 1808) fue la primera victoria española
en la guerra de la Independencia. Ante el avance de los franceses por
Andalucía, el general Francisco Javier Castaños improvisó un ejército
con tropas enviadas por las juntas de defensa de Granada y Sevilla,
campesinos mal armados y sin preparación (‘garrochistas’). El Ejército
francés, mandado por Dupont, tenía unos efectivos iguales, pero estaba
formado por curtidos veteranos. La estrategia española [ver
mapa] consistió en atacar al enemigo situado en Andújar, maniobrar
sobre sus laterales y cortar sus socorros. A este fin, dos divisiones se
dirigieron a Bailén (Jaén), mientras la de Castaños avanzaba hacía Andújar.
Dupont sufrió una gran derrota, con 2.000 muertos. Su efecto fue la
salida del rey José Bonaparte de Madrid y la demostración de que los
franceses no eran invencibles. [ibid.]
¿Qué fue realmente la Guerra de la Independencia, un
episodio más de la pugna de Inglaterra y España contra Francia, o un
enfrentamiento entre estos dos últimos países? Algunos historiadores
–sobre todo los extranjeros- pretenden que se trató de un capítulo
inscrito en las luchas internacionales de la época, mientras que otros
–los españoles particularmente- opinan que se trató de un conflicto
peculiar de nuestro país. La realidad es que ambas posturas tienen razón
a su modo, ya que Napoleón lo que quería era soslayar el bloqueo marítimo
y a tal fin, al comprobar la debilidad de la monarquía española, decidió
sustituir al monarca. También se ha dicho que el levantamiento contra
Napoleón fue una gesta colectiva, un movimiento liderado por el pueblo en
todas sus escalas sociales ; en ese sentido la pregunta es: ¿ese
movimiento popular de rechazo fue espontáneo o dirigido? La respuesta es
que en algunos lugares fue espontáneo y en otros no tanto ; sí lo fue,
desde luego, el despliegue. Otro de los puntos en debate es el de si la
guerra respondió a planteamientos exclusivamente bélicos, o más bien a
razones ideológicas: ¿qué era más importante, echar al francés o
instituir el liberalismo?. En relación con las posibles inducciones, se
sabe, por otra parte, que los ingleses apoyaron activamente el
levantamiento en algunas zonas como Cádiz, Sevilla, Valencia y el Levante
en general, mientras que el alzamiento fue más espontáneo en Madrid,
donde el pueblo estaba harto de la presencia ubicua de las tropas
francesas, a las que, por si fuera poco, tenían que facilitar hospedaje.
Napoleón
pretendía, por supuesto, sustituir la idea de España en función de sus
intereses imperiales. Quería, en definitiva, atacar a España antes de
que ésta fuera atacada por Inglaterra, y asegurarse la colaboración española
poniendo en el trono a uno de sus familiares. Carlos IV renunció,
efectivamente, el 5 de Mayo a favor de Napoleón, y Fernando VII renunció
a su vez en Bayona a sus derechos sobre el trono español, que Napoleón
procedió acto seguido a ofrecer a su hermano. Al abandonar los reyes el
país se constituyeron unas Juntas de Regencia para que gobernaran en su ausencia. Carlos IV
pidió a Napoleón que la integridad del territorio español fuera
respetada y que éste no fuese anexionado a Francia, escudándose para
ello en razones de índole religiosa. Atlas, en la mitología griega hijo del titán Jápeto y de la ninfa Clímene y hermano de Prometeo, luchó con los titanes en la guerra contra las deidades olímpicas. Como castigo, fue condenado a cargar para siempre en sus espaldas la Tierra y el firmamento y en sus hombros la gran columna que los separaba. Como la figura de Atlas soportando el peso de la tierra solía usarse en las portadas de las primeras colecciones de mapas, su nombre acabó siendo aplicado a un volumen de mapas. Atlantes, la forma plural de Atlas, es el término clásico en arquitectura para la figura esculpida de un hombre que, usado como columna, sostiene una estructura superior. [Encarta ’98 CD-Rom] [VOLVER]
Los Titanes eran en la mitología
griega los doce hijos de Urano y Gea, el Cielo y la Tierra, y algunos de
sus propios hijos. A menudo llamados los ‘dioses mayores’, fueron
durante mucho tiempo los supremos gobernadores del universo y poseían una
estatura descomunal y una fuerza considerable. Cronos, el más importante
de los titanes, gobernó el universo hasta que su hijo Zeus lo destronó y
asumió el poder. Otros titanes y titánidas importantes eran Océano, el
río que corre alrededor de la tierra; Tetis, su mujer; Mnemosine, la
diosa de la memoria; Temis, la diosa de la justicia divina; Hiperión, el
padre del sol, la luna y la aurora; Jápeto, el padre de Prometeo, quien
creó a los seres mortales; y Atlas, que cargaba el mundo sobre sus
hombros. De todos los titanes, sólo Prometeo y Océano se aliaron con
Zeus contra Cronos. En consecuencia, ellos recibieron honores y se condenó
a los demás a morar en el Tártaro. Sin embargo, Zeus acabó reconciliándose
con los titanes, y Cronos fue rey durante la edad de oro. [ibid.] Los que defienden, como aquí se hace, la postura de que la Guerra de la Independencia fue una ‘guerra revolucionaria’ no disponen de demasiados puntos de apoyo, ya que la consideración de los hechos deja evidente que el pueblo español no luchaba por su liberación, sino por la vuelta de su monarca, por la religión y por el país, aunque esta claro que en todo ello también participaron los liberales, con el objetivo común de expulsar a los franceses. [VOLVER] Un convenio honroso para la repatriación de estas tropas imperiales derrotadas fue concertado, pero, so pretexto de falta de barcos, no pudo ser cumplido del todo, por lo que más de 10.000 soldados y oficiales napoleónicos quedaron prisioneros en Cádiz, para ser deportados después a la isla de Cabrera hasta el final de la guerra. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 5.148] [VOLVER]
Napoleón,
sorprendido por la derrota de Bailén, que echaba por tierra el mito de su
imbatibilidad, decidió emplearse a fondo. Vino personalmente a España al
frente de un impresionante Ejército de 150.000 hombres. Daban comienzo
las campañas de 1809, con suerte adversa para las tropas españolas y sus
aliadas luso-británicas. En este contexto surgió la guerra de
guerrillas, invención española a fin de hostigar continuamente y a través
de los medios más diversos a los franceses. El resultado fue que buena
parte del Ejército francés tuvo que emplearse en labores de policía.
Era la guerra total, que provocó una sofisticada guerra de nervios. [Encarta
’98 CD-Rom]
En la
Europa medieval se denominaba ‘caballero’ a un guerrero a caballo que servía al rey
o a otro señor feudal como contrapartida habitual por la tenencia de una
parcela de tierra, aunque también por dinero, como tropa mercenaria. El
caballero era por lo general un hombre de noble cuna que, habiendo servido
como paje y escudero, era luego ceremonialmente ascendido por sus
superiores al rango de caballero. Durante la ceremonia el aspirante solía
prestar juramento de ser valiente, leal y cortés, así como de proteger a
los indefensos. |