HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES

 

Segunda Parte.

Capítulo 3

 

Los franceses en Alcalá. Asesinato de los Dragones por los serranos ; saqueos y vejámenes que sufrió el pueblo. Traslación de la familia a Cádiz. Terminación de la guerra y pérdidas y gastos que ocasionó. Situación y estado de la casa.-

 

 

 

            Terminaba el año 1809 y se inauguraba con funestos auspicios el de 1810 después de perdida la batalla de Ocaña habían sido franqueados los desfiladeros de Sierra Morena, y apostillándolos los ejércitos imperiales, se habían derramado por toda Andalucía, llegando con sus águilas victoriosas hasta las marismas de la Isla de León y la Península Gaditana, donde se había refugiado el Gobierno Supremo, que en tal apuro y desesperada situación había convocado Cortes Generales para resignarles el mando y que le alentasen con sus disposiciones. Soult, Victor y después Mortier, tres de los más brillantes mariscales de Francia, habían puesto sitio a Cádiz cortándola por tierra, empezando un largo y célebre bloqueo y un continuo bombardeo que hacían sobre la fortísima plaza, único refugio y baluarte de la deshecha y agonizante monarquía. El tiro de los cañones franceses resonaba claro y estrepitoso en los ámbitos del pueblo cuando corría el poniente, pues no dista éste de Puerto Real, donde estaban las baterías sitiadoras, más que siete leguas escasas, y estos lúgubres sonidos parecían, retumbar en las concavidades de nuestras montañas, lo últimos gemidos y estertores de nuestra moribunda patria.

            Afligido como nadie, el bueno de Abansen acataba sin embargo los decretos de la Providencia, que nos había ofrecido aquel castigo de su inflexible justicia, y aguardaba resignado sus designios buscando siempre ocasión de hacer algún servicio al prójimo o una obra meritoria a los ojos del que disponía de los imperios de la tierra. Abstraído con la educación de sus niños, a quienes les enseñaba la ordenanza y el manejo de las armas, y siguiendo ocupando su puesto de Comandante de las Armas, que poca ocupación le daba, una tarde oyó tropel de caballos y los sonoros ecos de los clarines, y asomándose a la puerta de su casa vio que pasaba y formaba delante de la misma un lucido escuadrón de gigantescos Dragones, tan imponentes y magníficos, que Abansen, apasionado a las armas y a los hombres de guerra con quien[es] se había criado, quedó admirado de verlos. Un bizarro jefe les dio la orden de desmonte, que en un momento ejecutaron quedando hombres, caballos y armas en pavoroso silencio, cosa rara en las formaciones de caballería. Caballos normandos de cortada cola y crin y mayores de ocho cuartos, que se podía andar por debajo de sus vientres, eran sus cabalgaduras, y rostros curtidos y poblados de espesas barbas eran los de los guerreros de la Francia. Ciegos instrumentos de una disciplina que no se ha conocido otra igual antes ni después en el mundo, aquellos gigantes armados parecían autómatas o estatuas de piedra con sus caballos petrificados como las caprichosas figuras que se ven de incrustaciones en una caverna de estalactitas.

            El coronel francés, que traía informes ya de la posición y carácter de Abansen, se aproximó a éste y en mal pronunciado español le empezó a hablar deferente, mas contestándole nuestro tío respetuosamente como convenía a su grado en su propio idioma, éste le estrechó la mano con efusión y empleó con él un lenguaje animado que escuchaban los vecinos, que poblaban ya la plaza a la rara novedad. Los niños, que estaban en traje militar de diario. Con sus gorras cuarteleras, ávidos de novedad se aproximaban al jefe francés, llegándole al ribete de sus botas de montar, y miraban [a] aquel hombre que tocaba con el plumero de su casco los barrotes del balcón. Reparando él en tanto en los infantes, y sabiendo que eran sobrinos del anciano,  se bajó a ellos como el mismo [a] a los suyos, que los había dejado de su misma edad en su patria, los abrazó estrechamente, y elevándolos a la altura los besaba espinándoles su caritas, mientras que el público, que veía esta tierna escena, y no viendo en los franceses [a] a aquellos fieros salvajes que les pintaban adrede, se iba por grados aproximando a la tropa, y saciando su curiosidad excitada en alto grado, pues eran los primeros que veían armados, pues los oficiales de Bailén que habían visto desnudos tomando el sol en el cortinal de Santo Domingo no eran más que sus sombras. Viendo en el entretanto el jefe de escuadrón que los niños se iban haciendo ya a sus caricias, siguiendo con ellos sobre sus hombros los paseó por las filas de sus soldados y caballos, en cuyas guarniciones y arreos bruñidos, como igualmente los cascos y chapas amarillas de los Dragones reflejaban los rayos del sol poniente. Satisfechas quedaron las señoras con el modo ingenioso y fino que había empleado el comandante de atraerse la amistad y [las] simpatías, pues decían con fundamento que los hombres que miman así a los niños no podían ser feroces ni sanguinarios. Por último se acomodó el escuadrón de caballería en las posadas y casas particulares, quedando los niños todos de la población tan amigos de los Dragones, que les seguían por todos lados al oír sonar sus espuelas, diciéndoles a voces una palabra que empleaban los niños Puelles voceando desde sus balcones cuando pasaban aquellos: “Messieurs, merci donne vous”, que equivale a las españolas “señores, os doy las gracias”.

            Al día siguiente, reconocidas y dejadas las autoridades constituidas sin más variación que la de reconocer y jurar por Rey de España y de las Indias a José I, partió el escuadrón francés con fuerza de 200 caballos, dejando un corto destacamento de 40 soldados en el pueblo con dos oficiales, un clarín y dos sargentos. Se creían en un país amigo y en un pueblo pacífico, sin contar ni saber que estaban próximos también a una sierra poblada de cobardes asesinos. Habían pasado una docena de días [desde] que los franceses ocupaban la población, y éstos principiaron a hacer amistad y trabar relaciones con los paisanos, y en particular con los patronos, siendo al parecer tan grande y seria su confianza, que una guardia que al principio tuvieron a la entrada del pueblo habían concluido por retirarla, ajenos a la catástrofe que les aguardaba. Erase una mañana lluviosa y cargada de cerrazón o neblina, cuando una banda de 500 o 600 hombres con trabucos, puñales y hachas se internaron silenciosos en el pueblo, desembocando de repente por la Calle de los Pozos guiados por otros que conocían ya las calles, sucios, harapientos y en completa embriaguez , en un instante de derramaron cual banda de buitres por la población, y cercando las casas donde se alojaban los Dragones, y en especial las avenidas y puertas de las posadas donde éstos tenían los caballos, principiaron a asesinar como corderos a los que se presentaban a medio armar en medio de [una] gran gritería , otros que iban saliendo de sus alojamientos se defendían como leones respaldados contra alguna pared y formando un ancho círculo con sus sables, teniendo a raya [a] la banda de hienas, pero éstas, disparándoles con sus trabucos a boca de jarro una rociada de balas, los despedazaban y en seguida, haciendo pedazos sus palpitantes y hercúleos [corazones] mientras los arrastraban por el empedrado, o ensartaban sus cabezas en las puntas de los chuzos, figurando una procesión en [la] que beodos entonaban un cantar bárbaro parecido a los de los entierros.

            El jefe principal del destacamento había cogido sus pistolas, y llevando a su asistente al lado con sus caballos en pelo, se había abierto paso por entre las turbas de forajidos derribando dos con sus certeros tiros y trastornando a otros con sus mandobles y cuchilladas, y saliendo del pueblo se había situado en el prado, donde se iban reuniendo los pocos que en el barrio alto, oída la bullanga del de abajo, podían salir por la cúspide del pueblo, donde el triste clarín tocaba en plañidero tono el botasilla y retirada. El segundo oficial, que estaba alojado en [la] Casa del Caballero o de la Perea, precisamente la que hoy es nuestra, y que miraba [a] la familia como cosa propia llamando ‘madre’ a la dueña, saliendo a la calle a los primeros tiros y apercibiéndose de las escenas que se preparaban, volvió rápido sobre su casa para recoger sus caballos y encontró ésta cerrada y que sus patronos le hacían fuego desde las ventanas. Sorprendido de tan negra villanía, sacó su sable y se preparó a morir como un valiente cercado de lobos carniceros, encomendándole a su asistente al ver la felonía de sus inhospitalarios patrones que si sucumbía tomara venganza de ella. Y el tierno joven, que tal vez había dejado una madre desamparada en su país y que en estos momentos lo estaría recordando, abriendo un ancho círculo con su sable entre los ‘brigantes’, como ellos los llamaban, trató de abrirse camino, pero cerrado éste con los puñales de los asesinos, vino a caer a la puerta de las Maltesas, exánime y desangrado por veinte heridas, al grito de “¡Viva el Emperador!”, palabras sublimes que arrojaban de su boca estos héroes dando con gusto por su ilustre jefe la última gota de su sangre generosa.

            Abansen, sorprendido con esta gritería y ruido infernal, ciñéndose el sable y poniéndose deprisa su ‘petit’ uniforme, trató de lanzarse a la calle, paro al ver que en vez de soldados era una horda de asesinos haraposos y beodos, comprendiendo todo lo horrible del cuadro y que sólo Dios podía poner término a aquel espantoso conflicto, sujeto y detenido por la familia, toda trémula y afligida, se volvió de nuevo, y derramando lágrimas de furor se detuvo en ella, donde le aguardaban grandes peligros. Al ver caer al joven oficial en el escalón de su puerta y que después de muerto lo estaban desnudando y haciéndolo pedazos, no pudiendo resistir más, asomado a una reja baja de la casa trató de excitar sentimientos generosos a favor de estos infelices que iban a ser víctima de estos caníbales. Mas nunca lo hubiera intentado, pues apodando de traidor y afrancesado al que no era más un hombre humano y genero- so, trataron las turbas de introducirse en la casa, que era una de las más ricas del pueblo, para saquearla. Y, en efecto, forzado el portón y cargados con los miembros palpitantes de los Dragones se introdujeron en ella sembrando el horror y el espanto en aquel nido de palomas, que arremolinadas en la sala alta teniendo a Abansen oculto entre sus brazos y rodeado de sus niños imploraban la misericordia divina, y ésta acudió en su defensa cuando parecía que no velaba ya por los suyos.

            Los frailes de la Victoria, avisados del gran peligro que corría la familia Maltesa y de los asesinatos que a sangre fría y sin resistencia se estaban perpetrando en las casas donde algunos Dragones desprevenidos o cortados se habían amparado, saliendo con sus estolas y hasta con capas pluviales, trataron de contener estos desmanes, llegando en tan buena ocasión a la casa de Abansen, que sin esto habría sido asesinado, porque en vez de acobardarse le decía a las turbas: “Afrancesado yo, miserables, que tengo el cuerpo lleno de cicatrices y de heridas no cerradas, batiéndome con ellos en el Pirineo, mientras que vosotros, caribes inhumanos y sangrientos buitres, estaríais tal vez en los presidios y cárceles que sin duda habréis escalado para venir aquí. Vosotros, que asesináis y amedrentáis pobres mujeres, ¿por qué no váis a los ejércitos de la nación a batiros de frente, si sóis tan patriotas, en vez de asolar y destruir pueblos indefensos que abandonaréis cobardes después de haberlos saqueado y antes [de] que asome un escuadrón de enemigos, que no osáis mirar de cerca y que hoy estáis asesinando después de verlo rendido o batiéndoos ciento contra uno? Yo moriré a vuestras manos y derramaré esta sangre bajo vuestros jiferos, sangre que tantas veces ha corrido en los campos de batalla”. Y rompiendo su camisa les enseñaba la tabla de pecho, donde se veía una larga cicatriz hecha por la punta de una bayoneta. Pero no fueron sus heroicos apóstrofes ni su elocuencia bravía las que le salvaron, sino los esfuerzos y gritos de los religiosos del convento, que conminando con una excomunión y castigo visible de Dios, los hicieron desocupar la casa tan respetada, regándose los bandidos por el resto del pueblo, saqueando [a] sus moradores y arrastrando los cadáveres, que amontonaron en la plaza rugiendo como fieras. Todo aquel día horrible duró la bacanal y sangrienta orgía de los serranos, y aquella noche lúgubre en que no pararon en sus cantares y aullidos, como manada de lobos bamboleándose y cargados de los despojos del saqueo y [de] la rapiña, temiendo el dormir dentro de la población, la abandonaron cobardes y desaparecieron en las gargantas de la sierra por donde bajaron a semejanza de la nube de langosta, que abre su vuelo y vuelve sobre el sitio de donde vino después de arrasar una comarca.

Tal fue el sangriento drama y horrible episodio con que los ‘serranos’ y ‘jimenatos’ inauguraron sus proezas en la bajada a las campiñas, perdiendo el pacífico pueblo para siempre en el concepto de los franceses, que en adelante miraban [a] la población con el recelo de una caverna de fieras a un nido de buitres, persiguiendo y molestando a un vecindario que temeroso de crueles represalias se huye a los montes y espesuras, donde se guarecían inocentes como estaban temiéndole al castigo, que no habría de tardar en aparecer. En efecto, a los dos días siguientes no acabados de cumplir, una división francesa al mando de un general de brigada cercó el pueblo, y encontrándolo solo y abandonado, degollaron sin piedad a los pocos hombres que tropezaron en las calles y empezaron a saquear algunas casas, entre ellas la de los Caballeros o Perea, los patrones inhumanos que cerraron sus puertas e hicieron fuego sobre su hijo asesinado en sus umbrales. Esta casa, que iban a quemar y arrasar hasta los cimientos, se salvó del justo castigo a los ruegos de Abansen y del clero, que explicaron e hicieron ver [que] se iba a incendiar el pueblo entero atendida la estrechez de las calles, y ya que no pudieron dar con sus viles habitadores, sacaron todas las puertas y ventanas e hicieron una hoguera en la Plaza de la Cruz con ellas y con todo lo que la casa contenía, dejando a ésta baldía y destrozada para público escarmiento.

Los restos de sus compañeros asesinados, conducidos a hombros de sus gastadores sobre unos trofeos hechos con lanzas cruzadas fueron después, después de hacerles los honores militares, enterrados en el cortinal del convento de Santo Domingo al pie de unas palmeras que allí había, que en su intento debían ser las coronas permanentes de gloria que les pertenecían a unos bravos que habiendo recorrido todos los campos de batalla de Europa y Egipto sin encontrar resistencia frente a sus enemigos se habían visto después asesinados, por una imprevisión de su jefe, a manos de una cuadrilla soez y cobarde. No hace muchos años que yo tuve ocasión de remover las cenizas de estos valientes, encontrando sus esqueletos gigantescos bajo el polvo donde atiende la palmera, que ha quedado en raíces, siendo para mí un motivo de lúgubre meditación el pensar que aquellos hercúleos huesos, que habían sostenido tantos combates y librado tantas batallas habían de encontrarse en un sitio donde no les cupo ni la gloria de combatir tan siquiera, último consuelo que debe satisfacer a los bravos. Recogidos religiosamente del sitio que ocupaban y era preciso remover, fueron puestos al otro lado de la palmera para que ésta siempre siguiera dándole[s] la umbra apetecida, y que tal vez en los arenales de la Siria y del Egipto habrían dado a las sudorosas frentes de alguno de ellos. Así y casi con las mismas palabras le oí referir a mi padre y abuelo tan terrible catástrofe, que era la primera cosa que recordaba él como principal, pues contaba seis años cuando acaeció y le salpicaron con sangre, habiéndole causado tanta impresión y horror la horrible hecatombe y el miedo que ellos y su familia toda sufrieron, que desde entonces decía que le había tomado aversión y manía a los ‘serranos’ y ‘jimenatos’, factores de ellas.

Con varia suerte siguió Alcalá durante el bloqueo y sitio de Cádiz, pues tan pronto la invadían los franceses para explorar el terreno desde Medina, donde estaban permanentes y tenían un cuerpo de observación, como los partidarios o brigantes merodeadores de la Sierra, o bandas de tropa que salían del campamento formado bajo el Peñón de Gibraltar. Fortalecido el Castillo, que desde entonces se armó y municionó, fue tomado por los franceses a las tropas del coronel Abad, que lo guarnecía con el Regimiento de Carmona ; allí se hicieron fuertes en adelante, encerrándose en su recinto para resguardarse de una población sospechosa y fácil de ser invadida. En él se encerraban las compañías francesas cuando el pueblo se veía inundado por doble fuerza, haciendo hogueras entonces en la plataforma para que divisados desde Medina, a donde corrían de esta manera los partes y novedades, pudieran saberlas y socorrerles. Asi lo tuvieron hasta una definitiva retirada. que con la esperanza en volver que siempre tenían contando con el númen y la estrella de Napoleón, lo volaron para no tenerlo que volver a ganar.

            Pero dejándolos a ellos y volviendo a la familia, debemos decir que en su casa se amparaban siempre que los franceses entraban de nuevo y se retocaban de sus iras todas las mujeres y niños del pueblo, que se repartían entre esta casa y la de Villanueva cuando no cabían en las iglesias, pues se encontraban aún más seguros que en ésta. Y Abansen sacando su certificado en francés de los prisioneros de Bailén, ponía [a] uno de sus sobrinitos de guardia en la puerta con el papel en el baquetero de la carabina a guisa de parte de un centinela, y al llegar los franceses y ver aquel cuadro de un niño dando la guardia a las mujeres y viejos y el salvoconducto que presentando sus armas el muchacho le notaba, respetaban la casa, abrazando al centinela. De este modo ingenioso se servía Abansen para hacer un asilo sagrado de sus penates. Mas los sucesos se atropellaban en el entretanto: era el año de 1811 ; la resistencia, que al pronto parecía imposible, se iba organizando, y donde quiera que dejaban un claro los cuerpos franceses brotaba un batallón o una partida como por ensalmo. En Aragón, después de la rendición de la inmortal Zaragoza, Villacampa, escapado de una columna de prisioneros hechos en ella, unido con otros jefes, había levantado cuerpos y libraba combates y batallas con un continuo sistema de guerrillas que le valieron porción de grados y honores, llegando a formar un ejército respetable tan valiente y aguerrido como constitucional y adicto al nuevo sistema de Gobierno que la nación, huérfana de un príncipe, se había dado. En Asturias y Galicia, Valencia y Cataluña pululaban los guerrilleros, que enardecían la resistencia, y un Ejército de importancia se iba formando en el entretanto al abrigo de la plaza de Gibraltar, robustecido con otro de ingleses, con quienes marchaba de auxiliar para hacer levantar el si- tio de Cádiz y que dio la acción del pinar de Chiclana sin conseguir el objeto.

            Abansen fue en este tiempo mandado llamar al Campo de Gibraltar para aleccionar reclutas, ya que su edad y achaques no le permitían seguirlos a la campaña, y cumpliendo con su deber y antes de abandonar el materno nido, quiso poner a recaudo las personas más comprometidas de la casa, que iba a quedar sin defensa faltando él, para franceses no tan terribles como las bandas insubordinadas de brigantes, que saqueaban el pueblo siempre que tenían coyuntura de entrar, siéndolo en primer lugar Leonor, su cuñada, que se encontraba ya casi de repente a la altura de generala, siendo digna de serlo por su bizarría y nobles prendas, y las otras niñas, no escasas de mérito y jóvenes aún todavía ; de acuerdo, pues, con su madre se determinó trasladarse toda la familia a Cádiz por Algeciras mientras durasen tan graves conflictos. Tomada esta grave resolución que la madre común sugirió y mandó poner en plan- ta entregando a sus niñas y yerno una gruesa suma de dinero para su sostenimiento en Cádiz durante su permanencia y para que ésta se dieran un hogar proporcionado a la importancia que la suerte le había deparado a la Leonor en un pueblo en [el] que todo costaba oro por su situación de cercado y la aglomeración de personajes que en él había, partiendo la caravana que dirigía Abansen de señoras y niños llegaron a Algeciras, desde donde los acompañó embarcados hasta dejarlos instalados en Cádiz en una decente casa, volviéndose a su tarea de instructor y quedándose sola[s] la varonil y anciana madre y la monjita Sor Isabel, que en este tiempo le permitieron salir, pues toda la comunidad se repartió en el pueblo. Instalados los niños en Cádiz con sus madres y tías, fueron a los colegios de su edad y empezaron a ilustrarse y a ver de cerca los graves personajes históricos que en ella entonces se hallaban, así como las importantes escenas que se representaban en su recinto, siendo su casa motivo de las enhorabuenas que la ‘generalita’ tenía [a] cada instante por las victorias de su marido, de que se hacía lengua la prensa, un círculo frecuentado de hombres de gobierno, de la Diputación y del clero.

            Cuántas veces le oímos a nuestro padre lo que le llamaba la atención [el] ver hablando con su tía Leonor obispos y generales, mientras que en la puerta los cuerpos del Ejército la festejaban con serenatas de sus bandas militares cuando llegaba la nueva de algún ruidoso triunfo, en tanto que la [tan] sencilla como hermosa alcalareña, con la dignidad y [el] aplomo que da la misma modestia y virtud, se ejercitaba en estos actos tan diferentes a sus infantiles costumbres. Pero esta grandeza y elevación en que se encontraban las Cerris no les ofrecía por lo pronto ventaja alguna, y por el contrario era una ocasión de sacrificios y gastos considerables, puesto que su buena madre les encargaba no dejasen de ocupar dignamente sus puestos a que la fortuna las había elevado, y siendo motivo de que se consumiesen más de 20.000 duros que ella había economizado, lo que nunca, como veremos, le fue compensado a sus demás hijas, porque el general gastaba por allá su paga cuando no pedía auxilio a su mujer. Los niños Puelles eran tan pequeños que tampoco podían sacar partido de estas circunstancias que le[s] rodeaban en su favor ; ellos eran todo lo que podían ser a su edad. El Bermaño fue el que pudo sacar, como sacó, otros cordones. Cuántas veces, abrazándolos a todos, la Leonor les decía: “Hijos míos, si por algo estoy contenta con mi suerte, es por- que espero con ella proporcionaros la vuestra, pues al lado de mi Pedro de Edecanes subiréis rápidamente y compensaré a nuestra madre el gasto que ocasiono en estas circunstancias a la familia”.

            Y así debiera [de] haber sucedido naturalmente si la desgracia que los perseguía no hubiera neutralizado tan bellas como verdaderas palabras. Concluido el sitio por la retirada y derrotas que sufrieron los franceses a resultas de otra mayor y más importante que había sufrido Napoleón en los helados bosques de la Rusia, teniendo que sacar parte de sus ejércitos de la Península para hacer frente al millón de hombres que seguían sus quebrantados cuadros, conoció y lloró como otro Aníbal su error de la guerra de España, que fue el gran despropósito de todas sus empresas, y posesionados los españoles de su capital, volvió la familia toda a Alcalá con los niños, donde éstos encontraron a su abuela y a su tía Isabel encartonadas y constantes en sus tareas como antes de marchar. Acomodados de nuevo a la sencillez del pueblo, esperaban grandes logros con la fortuna de Villacampa, pero hubo la negra de que habiéndose adherido éste a la causa constitucional que había jurado y de la que era sinceramente partidario, y puesta a su cargo la Capitanía General de Madrid, el primer mando de la época, volcado este sistema por el célebre Decreto expedido en Valencia por el rey, del 4 de Mayo, vendiéndose los jefes a la nueva causa [y] abjurando de su dignidad los diputados conocidos por ‘persas’, después viéndose los hombres dignos sacrificados por un rey ingrato que felicitaba a Napoleón desde su residencia en Francia cuando conseguía un triunfo de sus súbditos, vendidos y aherrojados en inmundos calabozos, cúpole a Villacampa, que permaneció siempre digno, la desgracia de que fueran sus servicios recompensados con una oscura prisión en la ciudad de Barcelona, donde lejos de necesitar edecanes y de remesar fondos para pagar a la pobre familia, que se había desgastado con su mujer, necesitaba de nuevos auxilios por parte de los mismos, como en efecto le franquearon.

            Y la anciana Maltesa sacaba de la lucha gloriosa que había terminado, [tras] haber consumido sus ahorros de veinte años, verse con sus magníficas casas de Puerto Real demolidas ; los franceses habían establecido allí unas baterías por ser las más a propósito y cercanas para el objeto [al] que las destinaron, y tener por conclusión que costear en su jerarquía a un general prisionero, y a su mujer en Cádiz, donde volvió para gestionar por su marido. Más de dos millones largos calculaba la anciana tenía de menos en su caudal a resultas de tan deplorables sucesos, perjudicando a cada una de sus hijas en más de un cuarto de millón ; mas sin embargo éstas se mantuvieron complacidas por el amor que a Leonorcita tenían: “Ella os compensará grandemente”, decía la madre común, “el día que su esposo vuelva a su natural esfera”. “Nosotras estamos contentas de cualquier modo”, decían las niñas. “Déjele usted, madre, y señálele lo mejor como corresponde a su rango y a su desgracia, que ella es muy buena y siempre hará por nuestros hijos, mayormente cuando Leoor no tiene ninguno, y quiere a los nuestros como suyos”. En estos coloquios del cariño fraternal pasaban las hermanas y la madre viendo crecer a sus niños, que ya en este tiempo era preciso mandar a la Isla para aleccionarse en los ramos de su profesión: nuevos gastos.

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Los adversos acontecimientos de 1809 provocaron una crisis en la Junta, refugiada en Cádiz, que decidió crear una Regencia compuesta por 5 miembros, presidida por el obispo de Orense. En Enero de 1810 se hizo por fin una convocatoria de Cortes con dos cámaras, a las que la Regencia traspasó sus poderes el día 30 de ese mismo mes ; el 4 de Febrero Murat puso cerco a la ciudad de Cádiz, una situación que duraría hasta finales de 1812. La Regencia, por su parte, hizo ratificar la convocatoria de Cortes que se había hecho en Julio del año anterior, esta vez con una sola cámara ; los parlamentarios, burlando el bloqueo francés, fueron llegando durante el verano. La primera sesión se celebró el 24 de Septiembre ; en ella se les tomó juramento a los diputados, quienes se comprometieron a defender la totalidad del territorio nacional y a liberarlo de sus opresores. [VOLVER]

Se trataba en realidad de guerrilleros. El término ‘guerrilla’ surgió, en efecto, a comienzos del siglo XIX durante la Guerra de la Independencia española cuando, junto a las fuerzas regulares de la Corona, las fuerzas irregulares y los paisanos se alzaron en armas contra los ejércitos franceses de ocupación. Entre los más famosos guerrilleros españoles de la época destacaron Xavier Mina, el cura Merino y el Empecinado, entre otros. La práctica de la guerra de guerrillas es, sin embargo, muy antigua; la Biblia cuenta, por ejemplo, cómo los israelitas conquistaron Canaán, bajo el mando de Josué, mediante el acoso y la emboscada del enemigo. Más tarde, la resistencia judía a la dominación extranjera produjo una serie de feroces operaciones guerrilleras contra los romanos durante el siglo I ; el punto culminante de esa revuelta se alcanzó bajo el mando de la secta de los zelotas con el ataque a Masada y la masacre de la guarnición romana, que en el año 66 ya se encontraba allí. La historia europea da cuenta de un tipo de guerra similar a la guerrilla desde el siglo XII, en que los galeses, armados con arcos largos, defendieron sus fronteras contra los invasores normandos. A través de los siglos las revueltas campesinas contra la opresión se han caracterizado con frecuencia por la puesta en práctica de tácticas guerrilleras. Una de las guerrillas más sangrientas fue la revuelta campesina de 1793-1796 en la Vendée, en Francia occidental, contra el Gobierno revolucionario y en apoyo de la Iglesia Católica Romana. [Encarta ’98 CD-Rom] [VOLVER]

Se conocía como afrancesados a los partidarios del monarca José I, hermano de Napoleón Bonaparte y rey de España desde 1808 a 1813, tras las abdicaciones de Bayona de Carlos IV y Fernando VII en la primavera de 1808. Entre los afrancesados, o ‘josefinos’, defensores del accidentalismo dinástico, se inscribió un sector heredero de la Ilustración, convencido de la viabilidad reformista en el terreno político y socioeconómico del Estatuto de Bayona de 1808, una vía de tránsito moderado hacia el liberalismo. Junto a este grupo, en el que inicialmente se hallaban figuras políticas de la talla de Francisco Cabarrús, Azanza, Moratín, Mariano Luis de Urquijo o Francisco Javier de Burgos, aparecieron también meros oportunistas denominados ‘juramentados’, en su mayoría aristócratas, alto clero y personas próximas al poder sin mayores convicciones. El retorno a España de Fernando VII en 1814 supuso, con- tra lo prometido en el Tratado de Valençay (11 de diciembre de 1813), la depuración política de los afrancesados que no habían cruzado los Pirineos, acusados de colaboracionistas y objeto de una generalizada represión (inhabilitación pública, destierro, confiscación de bienes, etc.). [ibid.] [VOLVER]

Los ejércitos napoleónicos jamás pisaron el suelo de Siria ; sí que estuvieron, efectivamente, en Egipto. [VOLVER]

Contra la opinión de Napoleón, que consideraba como esencial la expulsión de los británicos, el rey José I y sus generales se inclinaron por una campaña más espectacular y lucida: la invasión de Andalucía. Así, pues, entraron triunfalmente en Jaén, Córdoba y Sevilla en los primeros meses de 1810. También continuó José I su gira triunfal por Granada y Málaga, pero la proyectada toma de Cádiz por sorpresa se frustró, ya que el duque de Alburquerque se había adelantado a guarnecerla con 9.000 infantes, mientras que la escuadra británica garantizaba el aprovisionamiento por mar. Victor intentó expugnar esta ciudad, en la que se habían refugiado las autoridades españolas, como se ha visto ; su bloqueo terrestre, empero, dilatado por casi tres años, resultó infructuoso al fin. Durante ese tiempo el reducto de Cádiz si vio hostigado duramente por las fuerzas de Victor y de Soult, no pudiendo comunicarse sino por mar con el resto de la Península. En un intento de romper el bloqueo, un numeroso contingente español (el ‘campamento’ del Peñón a que se refiere el texto, seguramente) desembarcó en Tarifa para atacar la retaguardia de Victor, y el 3 de Marzo de 1811 se entabló la batalla de Chiclana. Soult se vio obligado a retroceder hacia el interior de Andalucía, sobre todo tras ser vencido nuevamente por Wellington en la Albuera el día 16 de Mayo de ese mismo año. A partir de entonces la iniciativa de la guerra la llevaron los británicos, y los franceses se fueron retirando poco a poco. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pp. 5.148-49] [VOLVER]

Se refiere el autor, por supuesto, a la Constitución de Cádiz de 1812, que convirtió a España en uno de los primeros países del mundo en adentrarse por la senda del liberalismo político-constitucional, un camino abierto por Estados Unidos y Francia con sus textos pioneros de 1787 y 1791. El contexto bélico de la Guerra de la Independencia y la tenue reforma política inherente al Estatuto de Bayona de 1808, no impidieron que una minoría de españoles intentara aprovechar la delicadeza del momento para, en lugar de reclamar el retorno de Fernando VII y del Antiguo Régimen, acabar de una vez con él y dar auténtica réplica constitucional a la aludida Carta otorgada napoleónica. Estos ‘doceañistas’, y de manera especial Agustín de Argüelles, fueron los responsables de la redacción y puesta a punto del texto aprobado por las Cortes de Cádiz el 19 de Marzo de 1812, mítico arranque del constitucionalismo en España. [VOLVER]

Los napoleónicos llamaban ‘brigantes’ a las guerrillas españolas (no muy apreciadas por nuestro antepasado, como puede comprobarse) que auxiliaban a las tropas de Wellington en su lucha contra el ejército francés, hostigándolo desde la retaguardia. El apelativo tiene en realidad procedencia británica y se refiere a una etnia de origen céltico que habitaba al Sur de Escocia en la época del dominio romano de Britania y que protagonizó un episodio parecido al de sus homónimos carpetovetónicos. Tras la retirada romana en el año 409 d.C., sus territorios fueron atacados sistemáticamente por los pictos, y los brigantes lograron rechazar dicha invasión con la ayuda de los sajones ; el paralelismo entre ambos acontecimientos es evidente. [Encarta ’98 CD-Rom] [VOLVER]

Según nuestras fuentes, Pedro Villacampa nunca fue Capitán General de Madrid, sino de Cataluña y más tarde de Mallorca. [vid supra] [VOLVER]

El Manifiesto de los Persas, representación firmada en Madrid por 69 diputados de las Cortes ordinarias con fecha 12 de abril de 1814, fue entregado a Fernando VII en Valencia a finales de dicho mes. Bernardo Mozo de Rosales, marqués de Mataflorida, y los restantes firmantes, 34 de ellos eclesiásticos, recibieron por su alineamiento antiliberal sendas prebendas y contribuyeron a justificar el mencionado ‘Decreto de Valencia’ del 4 de Mayo, mediante el cual Fernando VII anulaba la obra constitucional de las Cortes de Cádiz y retornaba al más puro absolutismo monárquico. La oportunidad política del Manifiesto, cuyo exótico nombre alude a los párrafos iniciales del texto, ha suscitado cierto debate entre los investigadores sobre sus auténticas motivaciones, si bien existe un criterio unánime respecto a su endeblez teórica y nula calidad literaria. [Encarta ’98 CD-Rom] [VOLVER]

[ATRAS]