HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES
Segunda Parte.
Capítulo 4
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Ingreso de los cadetes en el Colegio de San
Fernando. Retratos físicos y morales de los dos hermanos Puelles.
Primeras tareas a que se dedicó nuestro padre ; muerte y herencia de su
abuelo Felipe. Muerte de Abansen y de la abuela. Antecedentes de la
familia de nuestra madre ; su horfandad, sus amores de niños. Ensayos
de nuestro padre en los toros.-
A la Academia Militar de San Fernando fue el tío Antonio al
cumplir los 13 años, mientras que nuestro padre, que no tenía más que
11, se quedó con la familia, siendo la alegría de la casa con su
donaire y gentileza. Formando un contraste con su hermano mayor, que era
de muy corta estatura, extremadamente blanco y [con]
ojos y pelo negros como el azabache, era nuestro padre de una estatura
colosal, pues llegó a alcanzar nueve pulgadas más de los cinco pies, y
tan derecho y proporcionado que no se le advertía una falta: trigueño
muy claro tocando en sonrosado, [con]
una frente alta y bruñida como el marfil, de nariz aguileña y un poquito
prominente con un lugar o berruga pequeña en ella cerca del entrecejo,
barba partida y una boca rimeña y graciosa por demás, presentaba un
conjunto de perfección y belleza varonil ; sus ojos pardos y tocados en
melados cargaditos y coronados de una negra y luciente ceja tenían tal
atractivo en la expresión y brillo de su mirada, que no era fácil olvidar nunca los destellos y derrames de su vista. Unido todo esto en un
corazón de paloma y una gracia sorprendente en su conversación formaban
un todo tan completo, que era difícil igualar. Sentencioso y oportuno,
festivo y con grandes arranques de genio, blando y juguetón como un niño,
pero terrible e iracundo cuando se incomodaba, era un juego encontrado de
naturaleza, de perfecciones y de arrebatos que lo caracterizaban y le hacían
ser diferente de los hombres de su tiempo, a los que les llevaba aún más
diferencia en valor, importancia y hermosura varonil que [lo
que] les superaba en su talla. Y el hombre que arrebataba y ejercía
la fascinación que da la superioridad y el númen sobre los demás entre
sus iguales, ¿que partido y prestigio no tendría con las mujeres, que
son las que más saben apreciar el conjunto de estas naturalezas
privilegiadas?
Mas doblemos la hoja sobre este particular para no tocar un punto
en que pudiéramos incurrir en vez de elogios en el extremo de faltarle
al respeto que se merece como padre y como polvo a que se encuentra el
gentil y nunca bien descrito joven hoy reducido. ¡¡¡Frías cenizas
veneradas que quisiéramos encerrar, como Artemisa,
la reina de Caria, las de su es- poso, en una urna de oro, recibid
este tributo reverente de un hijo a quien
le es grata la muerte sólo por el gusto de acompañarlas y de que se
confundan de nuevo con las de donde salieron!!! ¡¡¡Y tú, genio y
alma imperecedera de la región de la luz y del eterno reposo donde nada
bien sabes todo lo sincero y puro de mi entusiasmo!!!
Pero
anudando mi hilo, decía que quedando nuestro padre al lado de su abuela y
madre, creyéndose en edad de ser útil, ideó un medio que no se le
ocurre a ninguno de sus años. Y fue que viendo que se necesitaba de un
recaudador para cobrar las casas numerosas y un vigilante para las
continuas obras que éstas necesitaban, pidió a su abuela encargarse de
todo, sin perder, como él decía, las horas de estudio. Hechizada la
abuelita con aquella disposición precoz, y más que nada con sus bellos
sentimientos, que le hacían comprender que era preciso servir de algo y
ayudar a sus madres, accedió como por ensayo, quedando tan satisfecha
con la fe y [el] celo que empleó,
que le confirmaron su cargo todo el tiempo de su juventud. Instruyéndose
perfectamente en el mecanismo de las obras de albañilería que en adelante habría de dirigir, celaba con ardoroso afán a los operarios,
cuidaba de la bondad y exactitud de los materiales que se invertían, dándole
a su abuela todas las noches una exacta cuenta escrita de todo, sin que
por eso en el demás día le instruyera de todo lo concerniente a su cargo
y dirección. Su abuela, encantada de la precoz inteligencia y
laboriosidad del niño, pagaba su diligencia con algunos realillos que éste
guardaba con afán con el objeto y fin que luego diremos.
En
este tiempo, y eran principios de 1814, tuvo nuestra madre Clara carta en
que le noticiaba su cuñado Felipe desde Madrid donde vivía la muerte de
su padre y nuestro bisabuelo Don Felipe de Puelles Montero, acaecida en
Burgos en el mismo año, donde tras una larga cesantía y persecuciones
por su civismo a favor de la causa nacional había dejado en muebles,
alhajas y dineros una corta herencia de 23.000 reales, de [los]
que deducidos los gastos de un decente funeral y lutos, con una mejora de
quinto que había dejado a favor de su hija Josefa, moza soltera, que
quedaba sin abrigo en el mundo, venían a caberles a sus cin- co ramas
3.000 reales escasos y un crédito de más de 600 reales contra la pobre
de la tía Victoria, que había casado en Barbadillo a disgusto oposición
de su padre con un tal Don Bartolomé Regnesa, de nación portuguesa, mozo
apuesto y fino por demás, pero desmedra- do por completo de fortuna,
encontrándose la pobre de la tía lejos de su padre, que había jurado
no volverla más a ver, pero que sin embargo, sabiendo su pobreza y la
numerosa familia que Dios le iba concediendo, le había suministrado ocho
o nuevemil reales. Una letra con su importe de la legítima de los niños
y un testimonio fehaciente de la partición hecha en Burgos con las últimas
bendiciones del anciano abuelo fue lo que recibieron los pobres huérfanos
de su ascendencia paterna. La honrada y noble familia castellana, que a la
muerte de su jefe se había dispersado por completo, pasando el Don
Manuel, joven todavía por ser el último hijo de Doña Catalina, con su
hermano Felipe donde luego lo encontraremos, quedando la Victoria, que
de allí a poco falleció en Barbadillo con una numerosa y pobre prole de
Regnesa Puelles de que también nos ocuparemos, y pasando la Doña Josefa,
soltera dura, a residir a Toro, donde pasó el resto de su vida al lado de
unos parientes Puelles y donde murió el año de 1830, sin que tengamos de
nuevo que ocuparnos de ella. De este modo se dispersaron el caer [el]
nido donde nuestro abuelo Francisco había nacido y que quedó desabrigado
desde la muerte de su joven y bella madre.
Aunque
no conocían más que de oídas nuera y nietos al bueno de su abuelo el
castellano, lo sintieron en lo que cabía, y haciéndole unas honras
sencillas en que invirtieron una parte de la suma recibida, y en los lutos
de ordenanza que escrupulosamente cumplieron, con el resto de la herencia
insignificante hizo nuestra abuela Clara dos partecitas iguales, mandando un nuevo equipo y uniforme a su Antonio, que estaba en su Colegio, y
reservándole al José su insignificante porción. Mas éste, que por
instrucción natural comprendía que el dinero parado nada bueno produce,
en su corta experiencia y práctica de mundo discurrió un modo de
manejarlo que él mismo refería: “Yo había visto en aquel tiempo comprar a mi abuela cargas de tablas y
cuartones al por mayor o docenas para el surtido de sus obras, y de cuyo
depósito sacaban de continuo los carpinteros del pueblo para su surtido y
en calidad de préstamo, entonces se me ocurrió la idea de que haciendo yo un
regular acopio y empleíto de estas maderas podría venderlas por piezas
separadas a estos mismos con tal que mi abuela no se las prestara más. Y
en efecto, decidido y conformes en que ésta se las negaría en adelante
escusándose de hacer favores, tomando el fondito de mi abuelo Puelles y
lo que yo tenía ahorrado de los agasajos de la otra, empecé a comprar
tablas, cuartones y vigas de todas clases y tamaños, formando un depósito
de alguna consideración en una cuadra o vivienda baja de la misma casa
que ocupaban las gallinas, y cubriéndolas con esteras viejas para que no me las ensuciasen,
instalé en ella mi almacén”.
Este
ingenioso y sencillo comercio le producía casi el doble de lo que
costaba, pues haciendo cada vez mayores acopios de pino, aliso y quejigo
concluyeron por surtir a los carpinteros y albañiles de él, y
aprovechando los madereros, de modo que de una cosa al principio
insignificante el niño de doce años empezó por redoblar su corto
capital en medio de los aplausos y elogios de su abuela, tías y madre,
que le pronosticaban había de ser un hombre capitalista el que sin
conocimiento ni práctica de nada se inauguraba de este modo y formaba
pensamientos y planes tan certeros. Estos fondos los destinaba nuestro
buen padre al objeto laudable de hacerse su equipo y costearse la media
pensión que tenía que pasar al Colegio donde tenía pronto que ir, y no
quería apurar a la pobre de su madre, que había quedado, decía, muy
atrasada con los azares de los tiempos. Crecía el manejo del niño-hombre,
pues con sus doce años levantaba ya toda la cabeza sobre todos los de su
edad y tiempo, y desviándose por completo de los juegos infantiles, era
desde esa época uno de tantos hombres alternando con los hechos y
derechos, porque aquella naturaleza estaba desarrollada casi, indicando
con esto que iba a ser una exhalación o meteoro de muy corta duración,
como desgraciadamente y para nosotros lo fue.
Cuidando
de su casa y de su tío Abansen, que en este tiempo, atacado de reuma, no
hacía más que rezar y hablar como un catedrático, iba sintiéndose y
tomando el hombre-niño nociones del mundo y de las cosas emanadas de
aquella boca tan autorizada y de aquellos labios que jamás se habían
empañado con una mentira. Embargada la mano de su tío, nuestro padre
empezó a seguir la corta correspondencia de la familia, notada al
principio por el viejo capitán, pero que al ver éste que era inútil
aquel trabajo, pues su niño tenía un númen especial y una oratoria y
giro diferentes de lo aprendido que brotaba de su cerebro como bulle el
agua de un venero o cascada, a diferencia de la nuestra, hija contrahecha
del arte y de la imitación que jamás puede llegar a aquella, puesto que
[por lo que] tiene de limada
carece de [la] facundia y de [la]
brillantez que tiene todo lo que es natural y emanación del genio. Y tan
es así, que nosotros, sus hijos, aleccionados con los principios y
reglas, no podremos nunca co- piar aquella inmensa elaboración de
conceptos que dejó en sus escritos y apuntes, donde como por adivinación
se ven las más pulidas frases, los más expresivos conceptos, los más enérgicos
períodos. El no sabía decirnos qué maestros había seguido, ni qué
nombre tenían aquellas figuras retóricas, porque no las sabía y eran
emanación de su propio y fecundo númen.
¡Ah,
no es ilusión ni gusto de exagerar el decir que si a nuestro padre se le
hubiese dado instrucción literaria habría sido un gigante como orador y
como escritor, pues sin recibir ninguna de esta clase seducía y era
perfecto y brillante cuanto hacía hablar a su lengua, cuanto bosquejaba
con su pluma, teniendo un talento mímico o de imitación tan prodigioso
que remedaba a la perfección los gestos, expresiones y tonos de voz de
todo lo que él calificaba de bueno o extravagante! Sus facciones y sus
talentos especiales, como sus instintos y sus defectos, no ha podido
ninguno de nosotros sacar, pudiéndose decir sin que haya en esto
falsedad, porque nosotros lo reconocemos y hablamos de sobra, que
repartidos entre sus hijos estas dotes naturales así como sus
facciones, era menester sacar lo mejor de todos [los] ocho para volver a juntar una cosa parecida a lo que él solo
poseía por completo. Antonio daría su eco de voz, su tersa frente y su
formalidad instintiva, Aurora el perfil de su semblante y la bondad de su
corazón, Emilio sus golpes de pujavante o arranques, Isidro la variedad
de ideas en su cerebro y ligereza de movimientos, Francisco su
sensibilidad exquisita y su caballerosidad, Juanita el gracejo de su
rostro, y yo el, el más desheredado de todos, por haber sacado mayor
participación de las cosas de nuestra madre, algo de mi vena y entusiasmo
poéticos ; pero pálidos destellos y sombras de aquella organización
tan privilegiada y poderosa que era preciso que se neutralizara y
destruyera antes de llegar a la vejez, porque era de fino y elástico
acero y tenían que saltar algunas de sus piezas destruyendo a las demás
a la manera que estalla una caldera de vapor a medio uso dejando todos los
resortes buenos y servibles por falta de respiración en la válvula.
Si algún
día se leen estos toscos perfiles que les diseña el que lo siguió y vio
28 años, dudarán de la verdad de la copia, porque nunca podrán formarse
una idea ni aún remota de este fénix singular, que tal vez se
reproduzca en algunos de sus descendientes como suele suceder en las
facciones, pero que de todo lo que alcanzamos a ver hasta ahora no se
descubre un solo destello, más que. Como digo, cualidades solas,
cortadas, que a semejanza de las piezas y fincas de su caudal están
representando en cada uno el origen y foco de donde pro- ceden y refluyen.
Pero era tan buen padre y tan excesivamente amante de sus hijos, que en
medio de conocer a fondo sus caracteres y organismos y hasta de vaticinar
de sus respectivos porvenires ; atendiendo a sus proposiciones, les
parecían todos y en conjunto acabados y dignos, enorgulleciéndose de
ellos y considerándolos casi como de distinta masa y procedencia de
todos. Era en lo único que por un exceso de su paternal amor solía
desvariar su tan sólido juicio, falta disculpable y de muy fácil
aplicación si se tiene en cuenta que procedía de una exquisita
sensibilidad de sus órganos del cerebro y de las vísceras del corazón
tan perfectamente amoroso, dando un conjunto por resultado de un alma
apasionada.
Mas
volviendo a mi relato, que dejé al entusiasmarme con tan noble objeto,
diré que de este modo transcurría la existencia del niño arrullada con
las ternezas de su madre, abuela y tías, y ensayando sus cortas fuerzas
en empresas superiores a su edad, mientras su hermano Antonio cursaba con
provecho sus años en su colegio militar. Dos años pasaron, del 1815 al
1817, en esta pacífica vida, cuando por este tiempo intentó Abansen, y
antes de verse del todo postrado, pasar a su país natal a despedirse de
su parentela y recoger unos cortos bienes que allí tenía, y despidiéndose
de su amada familia y de su querido niño, tocó sólo por abrazarlos en
el Colegio a los que en él estaban, y después de recomendarles aplicación
y celo en el servicio a que se habían dedicado, continuó a Cádiz, alojándose
en casa de su hermana y sobrina Leonor, donde atacado de nuevo del mal que
venía padeciendo, después de haber dispuesto de unas casitas y cortos
bienes que tenía a favor de su amado sobrino José María de Puelles
–“Por el amor que siempre le he
tenido y le tengo” son palabras textuales del testamento- y de
devolver a la masa común de la madre los bienes dotales que había
recibido de su mujer Doña Josefa Cerri, que murió sin hijos a finales
del siglo anterior en Madrid, donde le cogió de guarnición con su
Regimiento de Aragón, y de haber preparado su alma como se previene un
previsor viajero para un largo y desconocido camino, expiró la noche del
28 de Diciembre de 1817 a las 7 de la noche, llegando la noticia a Alcalá
a la noche siguiente después de estar enterrado, [lo] que impidió que se precipitara sobre su ataúd a nuestro buen
padre, donde quería haber marchado para haber vuelto a besar y regar con
ardiente llanto aquella mano generosa y aquellos restos tan queridos
cuya memoria quedó incrustada en su corazón toda su vida. Después de
hacerle unas suntuosas honras y aplicarle multitud de misas, que oían él
y toda su familia vestidos de rigurosísimo luto y que continuaron con
todo el rigor y [el] tiempo que
se prescribe para un padre como lo fue el nuestro, antes del año y de
cumplirse el luto de Abansen vino a renovarse éste con la pérdida
irreparable también de la anciana abuela, Doña Isabel Periáñez y Baoz,
que murió de 80 años de edad dejando un vacío y hueco en la familia que
nadie podía en adelante reparar, esparciéndose con este último suceso
la desolación en todos los que se anidaban en la antes tan dichosa y
tranquila casa.
Pasó
esta percepción que sus hermanas le hicieron a la parte de la generala,
pues constaba que como era la más decente y capaz para su albergue cuando
al pueblo volviera, se acomodarían entretanto todas en ella sin darle
valores ni aprecios, pues buenamente creían que volvería a los hijos de
todas después de su muerte. Este fue un mal grave y de mucha consideración
por lo resultó después. En este tiempo del año 1819, en que nuestro
padre había administrado los bienes de su abuela dándole ésta algunos
cortos agasajos, que unidos al manejo y empleo de sus maderas componían
alguna corta cosa, y teniendo 15 años escasos, tuvo ocasión de ver y
tratar a la familia labradora de Don Francisco de Salas, que de los barrios altos donde había siempre vivido se había trasladado a habitar las
casa conocida por la de la Polaca, sita en la mitad de las Calle Real y
que conocemos hoy por la de Miguel el Pañero. Era entonces un bueno y
extenso edificio, pues no se le habían derrumbado los cuerpos de atrás
que miran al Lario. Era la familia de Salas oriunda de la villa de
Benarcaz, en la Serranía, que hacia mediados del siglo pasado había
venido a establecerse en ésta por no haber extensión en su limitado término
natal para el cultivo, como le había sucedido a otras muchas de la misma
procedencia, pues siendo nuestro término tan vasto y despoblado, alberga
y admite de continuo nuevos pobladores.
Don
Juan de Salas Gómez se había trasladado, como digo, a ella, y habiendo
labrado el Cortijo de las Covadillas y después el del Cermeño, había
terminado sus días dejando a su viuda Doña Isabel Monacho y a sus hijos
Francisco y María un hermoso caudal en labor y ganadería, que ambos
siguieron, aquella con su marido, Don Juan de los Ríos Morales, siendo
tronco de una numerosísima parentela de Ríos Salas, mientras que Don
Francisco, casado con otra, Doña María de Salas Almagro, del mismo
pueblo de Benarcaz, pero [de]
diferente familia de Salas, pues los de él eran de Málaga, mientras que
los de su mujer procedían de Grazalema. Era esta señora, su mujer, de
recomendables prendas y virtudes y de tan buen semblante y color que la
llamaban ‘la coloradita’, siendo padres de cinco graciosas niñas, notadas en el pueblo por su buen porvenir y por su estanza honesta y
recogida junto con sus atractivos naturales, siendo todas trigueñas
claras y tan agraciadas y simpáticas, que al perder a su madre, que
siempre las tuvo guardadas bajo sus alas, apareció aquella bandadita de
niñas de gracioso semblante y angelical mirar vestidas de negro y que
concurrían todas las mañanas a la iglesia de la Victoria a rezarle
sufragios a su amada madre, llamando la atención este precioso grupo, que
parecían forasteras en el barrio y se confundían entre sí. De una de
ellas, la de en medio, llamada Francisca Vicenta, quedó tan prendado
nuestro padre, que renunciando a sus ideas de marchar al Colegio
militar, ciegamente enamorado de ella empezó a seguir sus pasos y rondar
su casa, escribiéndole tiernos y conceptuosos billetes que no sabía cómo
entregar.
El
arrogante joven, que aún no había cumplido los quince años, y la
graciosa doncella, que bordeaba los dieciséis, eran por su edad dos niños,
pero unidos debían ser dos gigantes de inteligencia y laboriosidad.
Nada de particular ofrecen los amores de nuestros padres, que duraron un
año escaso, más que el haberse sentado en ellos la envidia y [el]
celo de los hombres y mujeres de aquella época, pues eran ambos tipos tan
bellos cada cual en su clase, que seguramente no se encontraban otros
iguales en el pueblo. Nuestro padre ya lo hemos descrito, y era como
hombre hermoso ; nuestra madre, como mujer, habría quien las excediese
en blancura de cutis, perfección de perfil y morbidez de formas, pero
nadie la igualaba en [la] gracia de aquel semblante trigueño rojo y aquel juego de ojos y
boca, siendo tan redonda y bien proporcionada en sus formas que parecía
hecha a torno. De mediana estatura y algo entregruesa, pero de breve
cintura y de un pie diminuto, parecía el tipo árabe de las beldades del
Icmeno de Persia. Pero más que todo tenía una gracia especial y gráfica
que arrebataba a todos los que la conocieron, y la Francisca Vicenta de
Salas era citada como una de las jóvenes de más mérito de su tiempo.
Varios y buenos partidos se le ofrecieron a la huérfana, pero ella optó
y se apasionó también de nuestro padre, porque ni el uno ni el otro habían
conocido antes otro amor y porque nació éste por intuición desde que
estaban en el umbral de la vida. Fueron dos almas que al empezar a sentir
sus primeras emociones se encontraron en un mismo camino y ya nunca
debieron separarse más que por la muerte. Mas oigamos a nuestro padre,
que es la mejor y más genuina autoridad, contarnos el principio de su
amor:
“Estaba
recién muerta mi abuela y no hacía mucho tampoco de la muerte de mi
querido tío Abansen, dos personas que representaban verdaderamente y
fueron para mí la autoridad de padres, pues mi madre, Clara, por su
bondad especial y los mimos con que me criaba, representaba el papel de
hermana mayor o nodriza cariñosa. Yo afectado y verdaderamente sentido de
un golpe a la vez doble y tan grande, no hacía más para buscar consuelo
que asistir a todas las misas que se decían en la Victoria, donde
postrado rezaba y lloraba como un chiquillo en la Capilla del Sagrario,
encima del sepulcro de mi abuelo el maltés, que mi abuela me había
acostumbrado a tomar por reclinatorio de mis rodillas desde muy niño ;
sobre este sitio recordaba yo sus palabras y acciones, que se dibujaban en
mi mente como imágenes de fuego haciéndome conocer la extensión de una falta.
Coincidió en ese tiempo la muerte de Doña María de Salas, y la familia de aquella señora,
que yo apenas conocía más que de oídas, al morir su madre se habían
trasladado a nuestro barrio huyendo también de impresiones dolorosas e instalándose en la casa
de la Polaca dieron en frecuentar la iglesia de la Victoria aquellas jóvenes
de doce a veinte años, todas enlutadas y modestas , con una tía retirada llamada Doña María Recio,
para oír misas que desde bien temprano empezaban y que oían con
fervorosa devoción. El primer día que yo las vi quedé agradablemente
sorprendido de la uniformidad de sus trajes, su religiosidad y [la] compostura
de las niñas, que parecían un grupo de
colegialas o novicias ; gruesas lágrimas brotaban de sus ojos a los
cantos de Requiem que entonaban los frailes a una misa de difuntos que
aquel día se celebraba, cuyo llanto se hizo contagioso para mí también,
que echaba de menos y me recordaba este lúgubre cantar personas
recientemente perdidas como a ellas, estableciéndose desde aquel momento
entre nosotros una corriente eléctrica de simpatía y asimilación: reparándolas
más de cerca, eran tan iguales [y]
parecidas en sus semblantes como en sus trajes, y yo las equivocaba sin
saber en quién fijarme”.
“Era
la cara de su padre una cara inabordable donde no entraba nadie fuera de
sus parientes y sirvientes de la labor, permaneciendo cerradas sus
ventanas constanteente, y decidido yo a hacerme lugar en ella, la
fondaba varios días en que veía salir [a]
su padre al campo, pero todo era inútil, y no era cosa de entrarme como
tranquilizado
por [la] iglesia, no teniendo más arbitrio que madrugar y aguardar en ésta
todas las mañanas la llegada de las niñas con sus velitos echados. Después
de haber vuelto a fijar la atención en todos al darles yo el agua bendita
una mañana me decidí por la más gruesita, que parecía la de en medio
de edad y a la que llamaban Francisca, la que una vez encaminada la
encontraba con dobles hechizos, y sobre todo con una viveza y gracia
singular. Escribía retirado a mi casa perfumados y tiernos billetes, pero
ni tenía valor para entregarlos, ni encontraba proporción, y hasta me
parecía una inconveniencia hacerlo en la iglesia ; por último, decidido y preocupado con esta
eterna idea, pasé a la casa de la tía Recio, mujer del aperador y
parienta de las niñas, y ella, que comprendió y había advertido mi situación, me salió al encuentro animándome
con sus palabras [y] manifestándome [haber
hecho] mi causa suya, en medio de
que tan terrible era por su carácter la actitud de un padre que había
prohibido hablar en su casa de nada que concerniera a amores y
que las velaba constantemente. Le entregué mi cara protestándole de mi
entusiasmo y aguardé con la impaciencia que era de suponer ; a los pocos
días
me contestó mi niña con ciertas evasivas y reparos, pero esto me tocaba
a mí allanarlos, y tanto insté y tan contentamente me instalé frente a
su casa, que alguna que otra vez
lograba el
verla y recibía de la tía las contestaciones a mis largos relatos”.
“Había
yo visto que cuando venían toros solían las jóvenes asomarse a verlos,
y yo, que también era aficionado a verlos de lejos, como era consiguiente
atendida mi educación, y propuesto a lucirme cuando llegar el caso, tomé
la resolución original de pasarme al Matadero, y dándole unos puros a
Marcelo, entregado en él, le dije me ensayara en el capeo dentro del
corral con un resucho cuartero bravucón que aquel día había entrado en
el vivero y que estaba escuchando nuestra conversación, disponiéndose para morir o hacer un desavío
si lo dejaban suelto. Admirado quedó el carnicero de mi pretensión, y
ofreciéndome cordearlo en conciencia, dándome algunas instrucciones en su expresivo lenguaje,
largó la cuerda, abrí una capichuela vieja que yo tomé del mismo, y
recordando la intención que me había propuesto, recibí al resucho, que
se lanzó furioso sobre mí. Tenía yo la ventaja de mis largos brazos
para sacudir el lance y el aplomo y ojo de vista para calentar que
mientras más dejara entrar al bicho en la capa o más se aproximase a ésta
era más segura y vistosa la suerte del lance, pues [éste]
tiene que salir completamente limpio en razón a que el animal tiene que
seguir una línea recta en aquella dirección y que no le es fácil
cambiar una vez metida la cabeza en el trapo. Por conclusión, tan bien
apliqué las reglas y lo que mi propio discurso me sugirió, que perdiendo
el miedo por completo dominé al animal y lo mareé yendo y viniendo cuantas veces quiso,
concluyendo por pararse”. Gritaba Marcelo sudoroso: ‘Bien, Don José, ya puede usted dar
lecciones’, satisfecho y creído
de que yo iba a publicar la bondad y [la]
excelencia de sus doctrinas y a celebrar a mi maestro, que casi me quería
abrazar de contento, asegurándome podía haber lanceado aunque fuera al
toro rubio de la Cruz que mandaron los Manzanos para la celebración del
casamiento de mi padre y de que él se acordaba bien, pues lo había
dejado cojo. Salí del Matadero hecho todo un chirlo y maestro de
tauromaquia, afición que yo no perdí nunca y que me ha servido de
bastante después, cuando emprendí la marchantería de la que entonces estaba yo muy distante y que sólo
emprendí por lucirme a tus ojos, Francisca”.
"Y
en efecto, yo iba a ver bien pronto sorprendiendo a mi niña, si era
querido de su corazón, lo que no había tenido ocasión de oírlo de su
boca. Callé y encargué a Marcelo el secreto de mi nueva
habilidad, y sabiendo traían a los dos días un toro de seis años de Don
Pedro de la Corte con fama de bravo, me aposté cuando sentí la bulla que
le precedía en frente de mi hechizo: salió ésta con sus hermanas al
balcón, cuando el feroz toro, berreando, asomaba por la Plazuela de Blaza,
y yo, que estaba decidido a lucirme y a sorprender a todo el mundo,
ignorante de mi atrevimiento dejé que huyera la gente y me quedé solo en
medio de la calle de cara al bicho feroz, a quien pocos se habían
atrevido a mirar de cerca. En este mismo tiempo se había asomado el padre
de las niñas, que sabía yo era gran aficionado y práctico, y lejos de
desanimarme, creía de este modo recabar más su interés y hacerme el héroe
de la fiesta. Grandes gritos oía yo de las ventanas, voceando todos
asustados de ver al señorito, a quien creían distraído con su embeleso
y que iba a hacer el triste papel de los muñecos o ‘judas’ que
cuelgan, cuando terciando mi capa y encomendándome a la Virgen, le saqué
un lance a mi toro con tanta oportunidad y acierto, que los gritos se
volvieron de admiración ; rehecho el toro de nuevo, lo volvía recibir
hasta cinco o seis veces, en que cansado de aquel juego siguió su calle
abajo”.
“No
es describible los aplausos y vivas que me prodigaban todos sorprendidos
de aquella habilidad, que yo, para más admirado, decía no haber hecho
nunca, porque no podía desmentirme más que Marcelo, y [a] ése
lo tenía yo seguro para que callase y no dijera [que]
era yo su discípulo último, que tentado lo veía yo de publicarlo en su
satisfacción y gozo, haciéndosele
la boca agua por decirlo y de ensuciar lo migado [?],
teniendo yo que llevar un dedo a la mía y hacerle una guiñada para que
no me lo echara a perder con sus alabanzas.
Repuesto algo de esta emoción miraba a mi balcón y veía en él a
vuestra madres, que trémula, convulsa e inquieta parecía toda ojos para
satisfacerse de que yo estaba ileso de los cuernos de la fiera. Mi suegro
hablaba con animación y entusiasmo, y se conocía que era de mí y de mis
bríos de lo que se ocupaban con elogio, y esto me
satisfacía y me halagaba más que un cetro o una corona que me hubieran
dado entonces”.
“Saludé a sus niñas con cierto embarazo, pero con disimulo, y fui a
darle a la pobre de mi madre, a quien ya había llegado el rumor de las
hazañas de su hijo, otras sorprendente escena. Estaba la buena señora pálida
y temblando asomada a su balcón en una situación tal, que me daba lástima
al verla tanto padecer: ‘Niño, niño’,
me gritaban ella y mi tía Gertrudis, ‘vente
a casa, no seas loco’, y se
precipitaron a la puerta para recogerme de la calle, que era hasta donde
podían manifestar su destiento y desatino, pero yo quería darles la
última desazón y el convencimiento de que era práctico. Volví a llamar
al toro, que rebrudeaba en nuestra puerta, y a darle otros tres o cuatro
pases, cayendo después en los brazos de mi madre y tía, que estaban en
el portón casi accidentadas. Era la primera vez que mi madre me pegó con
su mano hueca y floja, y que al caer sobre mi espalda diciéndome ‘Tunante,
retunante’ parecían nuevos
halagos de su angelical amor. Así terminó mi inauguración de torero y
así quedé convencido de lo que me interesaba, de que me amaba mi
Francisca, y tenía su padre un buen concepto de mi disposición y
soltura, como igualmente el vecindario, que sólo me había visto como un
alfeñique vestido de cadetito agarrado de Abansen o [de]
las sayas de mis tías. Desde aquel día se abría para mí la nueva era
de peligros y afanes que me proponía seguir y a obrar como hombre”. _________________________________
Artemisa
II, reina de Halicarnaso, fue hermana y esposa de Mausolo, sátrapa de
Caria, en cuyo honor hizo construir un magnífico sepulcro el año 353
a.C. ; el monumento, conocido como Mausoleo,
contaba entre las siete maravillas del mundo. Estaba adornado por columnas jónicas y coronado con una pirámide escalonada, en cuya cima había
un carro triunfal. Los frisos, que representaban los combates de los
griegos contra los centauros y las ama- zonas y una carrera de carros,
eran obra de Escopas, Briaxis, Leócares y Timoteo, quienes trabajaron
en equipo con los arquitectos Pitio y Sátiro. Destruido por un
temblor de tierra, sus piedras fueron empleadas de nuevo por los
caballeros de Rodas en la construcción del castillo de Bodrum. Los
escasos fragmentos que quedan de esta magna obra se conservan en el Museo
Británico. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pp. 723, 6.321] |