HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES

 

Segunda Parte.

Capítulo 5

 

Renuncia nuestro padre a la milicia ; se ensaya en la labor, en las suertes y rancho de la Urraca. Sus manejos diplomáticos femeninos. Su casamiento y su primer peojual.-

 

 

 

            Para no ser interminables manifestaremos que continuando los amores que tan bien se habían principiado, lejos nuestro padre de pensar en el Colegio a que era ya preciso acudir, disponía de un corazón de tal forma, que creyendo le hacía preciso en su pasión volver la espalda a esta carrera que la desgracia de la prisión de Villacampa presentaba menos risueña y halagadora, redoblando sus esfuerzos y soñando ser labrador y traficante de todo, le convenía ensayarse y ver de cerca cosas que nunca había mirado más que de lejos, como era el campo. Al efecto, sin más consejero y guía que su propio instinto y el númen que le aguijoneaba, trabó amistad con un vecino suyo llamado Luis Corbacho, que tenía un ranchito en el tejar o Urraca más allá de los Pozos, sitio ameno y deleitoso a un tiro de bala de éstos y en lo que hoy es el cortejito de Salinas. Decidido nuestro cadete a aprender de todo, después de consultar y tomar la venia de su madre, a quien siempre consultaba, se levantaba al albasear, y sin querer llevar nada de los regalos de su casa, pues quería acostumbrarse a las comidas frugales del campo, se iba con su buen vecino Luis a la Urraca, y estando aún en la época de los barbechos y escaldas, le pidió una yunta que le enseñaron a uncir, y poniéndole un arado empezó a manejarlo y a romper la tierra con la soltura y destreza que en todo él manifestaba y con la facilidad con que se ejecuta todo lo que se quiere aprender.

            Enterado bien de la ará, del modo de templar y conducir la yunta y del corte y rumbo de las bezemas, del modo de tomar las tierras designales y de figura irregular y de esparcir las semillas, escardaba algunos ratos los trigos distrayendo a todos los operarios con sus chistes y oportunidades, que veían en el niño-hombre un portento de gracia y disposición ; en los huecos de los cigarros pertrechado de un manojo de palmas secas, empezó a hacer tomizas y empleitas de todas clases y dimensiones, enterándose del modo de hacer las costuras y llevando a su madre por gran finura y al cabo de algunos días una escoba y un reor o soplillo, con caireles aquella y con guarniciones negras de pluma teñidas de torvisca, siendo aún más que curioso tan largo y suelto en ellas, que volaba, y atascándose de noche en su casa, llenó ésta de espuertas, reores y ecuachos, apurando la palma de sus conocidos y asegurando hacia otro año su prevención. De aquel tiempo aún conservamos esportillitas y cucuruchos para encerrar plata gruesa tan pulidos y perfectos, que parecen obra de un anciano práctico en vez de de un niño tan joven y cuyas delicadas manos no habían calzado más que guantes, ni se habían rozado más que con los terciopelos y gasas de los trajes de sus tías.

De noche regresaba a su casa rendido de sus ensayos y montado algunas veces en la burra del vecino a los brazos de su madre y tía, que le aguardaban desoladas y teniéndoles preparados mil agasajos y primores, que nuestro labriego comía con doble apetito y gana, lanzándose después a la calle ávido de saber por su confidenta nuevas de su amada, con quien alguna que otra noche tenía la suerte de hablar, saliendo más prendado de sus dotes y en cuya conversación se tocaba y giraba sobre sus ensayos y grandes planes que pintaba aquella imaginación risueña. El bello ideal de los jóvenes amantes era una labor, ganados de todas clases y una casa donde albergarse y desde donde celaran ayudándose mutuamente aquel caudal en embrión. En estas pláticas e ilusiones se les pasaban las horas , teniendo que recogerse para volver él de nuevo a sus tareas agrícolas y dejando mientras se hallaba en ellas a cargo de su madre el despacho de sus maderas con los precios de tarifa. Vino el verano y en él se acabó de perfeccionar en su educación labradora aprendiendo a segar, que era en su juicio lo más trabajoso que se hacía en el campo por la inclinación que es menester dar al cuerpo sin fijar la posición: el atar los haces o panes al gualtrapeo, cargar la carreta, tender y volver la parva, aventarla y trincarla, concluyendo su curso agrario completo teórico-práctico con la formación de un pajar, su techa y construcción de un rancho y el modo de formar baldos y lebres con las ramas. Instruido ya competentemente, juzgó inútil las escuela y abandonando su urraca y tejar, lo dejó para siempre, no olvidando nunca cuando pasaba por dicho lugar de mostrarnos, si íbamos con él, su academia y al catedrático que continuaba labrando aquellas tierras que él había arado y donde no había una labrada que él no hubiera pisado con su planta.

 Una coincidencia favorable le había de proporcionar este mismo año de 1818 que sus dones fueran favorecidos y auxiliados por demás. Doña Gertrudis Cerri, su tía y viuda y del Corregidor Camaño, que vivía con su hermana Clara, preciosa mujer de su tiempo y de poco más de cuarenta años, fresca y de bellísimos colores, con una fama inmaculada, había sido pretendida por aquel entonces con todo ahinco por el rico viudo Don Francisco de Salas, padre de su amada, siendo esto motivo para que estrechasen más de cerca las relaciones de las dos familias y se llegara más pronto al punto deseado. Nuestro padre, que era diplomático por instinto y que comprendió todo el partido que de esta coyuntura se podía sacar, contribuía a animar a su tía, que dudaba aún todavía de su decisión, exigiéndole su sobrino por todo favor, caso de no admitirlo, que le ayudase por su parte para obtener la mano de la niña, que por ser demasiado jóvenes los dos temía no accediese el padre. No podían Talleyrand ni Metternich haber desempeñado tan perfectamente su papel para coordinar un tratado prevaleciéndose de ciertas favorables circunstancias como lo llevó a cabo él, logrando que antes de dos meses tocas el resultado de concertarse las dos bodas, y lo que es más, al ver el talento y despejo especial del joven plenipotenciario, éste adquirió tal influencia con su futuro suegro, que duró toda la vida.

Desde ese momento el niño comenzó a frecuentar la casa, ganándose tanto partido en ella que era la alegría de todos, concluyendo en fuerza de habilidad y donosura por hacer aceptable a todas las niñas una madrastra en su bella y buena tía, y ésta unas hijas en aquellas, cosa en la práctica tan difícil, que casi raya en lo imposible ; sin embargo, encomendando este asunto al tacto de nuestro padre fue lo bastante para resolver pronto y bien este gran problema social ; hasta ese punto llegaba su talento especial, más de admirar atendiendo al carácter brusco del suegro, a lo dengoso, consentido y amigo de contemplaciones de la que había de ser su mujer, al sostenido y tirante del de las niñas, pero hecho alañador y soldador de mil dificultades y tropiezos que cada instante tenían que surgir, puso término a su empresa enlazando con el matrimonio a los dos viudos y dejándose después ir tras ellos para el suyo una vez abierto el camino.

Verificose éste de los padres a finales de 1819, y después de las diligencias y gastos de dispensas y demás, que costeó nuestro padre, se enlazó él también con su amada Francisca el día 6 de Enero de 1820, contando él la edad de 15 años y medio y ella la de 17, según consta en la primera hoja del Libro o Album Registro que conservamos escrito de su mano para el nacimiento de sus hijos, y [que] inauguró él con este tan deseado y feliz suceso. Y aquella mañana siguiente despertaron casados los dos niños que en vez de prepararse para ir a la escuela y academia como iban otros de su edad en aquel tiempo, tenían que emprender un curso de vida tal que los habría de dejar memorables, instalándose en casa de su madre, la casa de la tía Leonor, donde la abuela Clara residía sola ya desde que su hermana Gertrudis se había casado con el Salas y que se instalaran en la casa de junto, o de las Ortizas, que heredó de esta señoras la excorregidora, ahijada de ellas. El joven matrimonio, tras de los primeros días dedicados al goce de su amor y de su puro entusiasmo, emprendieron de consuno la obra que se proponían llevar a cabo. Entregado en una pequeña parte de la legítima materna de nuestra abuela Doña María de Salas, y que hasta el verano siguiente no lo habrían de realizar, ascendiendo todo a 33.000 reales, llevando de su afan labrar y dedicar sus anteriores ensayos agrícolas en su propia hacienda, emprendió, aunque ya pasado el tiempo, la siembra de un terrazgo en un terreno denominado las Escotofias, sitio frío y poco resistente al agua, deparándole un invierno crudo y lluvioso en demasía.

Enterrado en un lodazal con sus gañanes y sus yuntas, haciendo él de aperador y arriero, venía todas las noches después de recogidos éstos al sueño con una mulita que compró llamada la Coronela con su paja, llevándose por la madrugada para allá sus panes y simientes, los días que veía serenos y bonancibles, en vez de montarse en ella, llevaba a su joven esposa, que cabalgaba sueltamente, yéndose él complacido tirando de su cabestro. Pero no bastando a alimentar su afán este entretenimiento, empezaron a girar sus fondos, y repartidos por cuenta de granos de la próxima recolección, en que se proponían almacenar su empleo. Así transcurrió todo aquel invierno y primavera, haciendo su escarda y todo lo que concernía a la estación, llegando al verano, donde en cambio de su penoso trajín no recogieron más que tres simientes de su desgraciado peojual. Un poco desanimados de su primer tentativa, pero sin desmayar de todo punto en sus demás empresas, empezaron a recoger sus empleos y a llenar su almacenito con el trigo que compraron, ya que el del peojual no era bastante para alfombrar su suelo.

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Charles Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838), famoso hombre de estado y diplomático francés, se disitinguió durante la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, siendo también, como representante de Francia, responsable de la mayoría de las resoluciones tomadas en el Congreso de Viena (1814-15). [Encarta ’97 CD-Rom] [VOLVER]

El Príncipe Klemens Wenzel Nepomuk Lothar von Metternich (1773-1859), estadista y diplomático austríaco, constituyó la figura dominante de la política europea entre 1814 y 1848. Se opuso decididamente al liberalismo, al nacionalismo, y a la revolución ; su ideal consistía en una monarquía que compartiese el poder con las clases privilegiadas tradicionales de la sociedad. Fue un hombre de orden en un mundo cada vez más desordenado de valores rápidamente cambiantes. Indolente por naturaleza, se responsabilizó a menudo de decisiones que no había tomado personalmente. Algunos le juzgan un reaccionario que intentó poner freno al progreso democrático ; otros, por el contrario, lo consideran una fuerza constructiva, mal comprendido tanto por sus contemporáneos como posteriormente por los historiadores. [ibid.] [VOLVER]

[ATRAS]