HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES

 

Segunda Parte.

Capítulo 6

 

Preludios del alzamiento nacional del año 1820. Origen y causas que lo prepararon. Ejército de ultramar acampado en las Correderas de Alcalá. Constitución resucitada. Muerte del tío Antonio de Puelles. Nacimiento de nuestro primer hermano. Se vuelve a entronizar el régimen absoluto por la venida de Angulema. Pasa nuestro padre a Jerez, y el tráfico que tenía. Muerte de la tía Generala.-

 

 

            Graves y trascendentales sucesos habían ocurrido en esta época que nos es imposible dejar atrás y sin reseñar. Restituido el rey de su cautiverio, anulada la Constitución y dispersos y encadenados los jefes principales defensores de éste y de aquélla, cuyas causas habían unido, como le sucedía a Villacampa, roto el dique del despotismo del rey ingrato y levantadas nuestras colonias americanas en odio al tirano que nos regía y huyendo de su perfidia, se habían hecho grandes aprestos de buques y soldados en nuestro litoral para volverlas a someter, y aquel ejército, que echaba de menos [a] sus antiguos jefes y los derechos de la nación conculcados, era presa de una sorda agitación que tenía que estallar antes del embarque. Y, en efecto, preparado el movimiento y diseminados los diversos cuerpos por los pueblos de estos alrededores huyendo de la fiebre amarilla, que principiaba a hacer víctimas, estando una división entera acampada en nuestro pueblo, en el sitio del Llano de las Correderas, conocido desde entonces por el Campo de la Salud, estalló al fin la insurrección en el pueblo de las Cabezas de San Juan, donde se hallaba el Regimiento de Asturias con su célebre coronel Don Rafael del Riego, de imperecedera y gloriosa memoria, el que dando el primer grito de libertad hizo estremecerse y temblar [a] nuestro déspota y a todos los demás sátrapas, sus iguales, que se creían asegurados de sus tronos y pueblos por el célebre Tratado de Viena, llamado de la Santa Alianza, y por el cual se habían repartido como rebaños los habitantes del inmenso Imperio napoleónico al desgajarse [éste] por el propio peso de sus trofeos.

            El grito de las Cabezas resonó como el clarín de Pelayo por toda España, que despertó de su letargo, y ejércitos y pueblos, sacudiendo su estupor, repitieron sus ecos. La división magnífica que acampaba en Alcalá secundó el alzamiento, y poniéndose a su frente el coronel Quiroga, que se hallaba preso por sospechoso de conspiración en el Convento de Santo Domingo y que tenía a su familia albergada en la casa del Olivar de Leria, donde había nacido en aquellos mismos días su hija, la célebre mujer del banquero Lafont, el cual se había visto sorprendido con otros oficiales en las Cuevas de la Coracha, donde se formaban los complots. Poniéndose al frente del movimiento en unión con los comandantes Arco Agüero y Odaliel, amén de Mendizábal, que habría de hacerse luego tan célebre de Ministro, y Beltrán de Lis, residentes todos entonces en Alcalá, destituyeron al general Freire, que se fugó, y después de algunos días trataron de incorporarse al ínclito Riego, que en este tiempo marchaba sobre Madrid, mas haciendo cara a O’Donnell, que continuaba sin pronunciarse en Cádiz, contenida por sus sicarios las guías tras la sangrienta jornada del 10 de Marzo.

Villacampa, que se hallaba incomunicado en la ciudadela de Barcelona, fue puesto a la cabeza de todo el Principado, puesto en aquel entonces de mucha importancia y peligro, atendido el espíritu realista de los montañeses de aquel país. Desde el momento de su libertad mandó por su mujer, de quien hacía porción de años estaba separado por los raros azares de su vida. Partió Doña Leonor apresuradamente para Barcelona desde Cádiz, donde se fijó en residencia llevándose a sus tres sobrinos María Belmaño y Gertrudis e Isabel López, hijas de Doña Ramona, a aposentarse en el palacio de los antiguos condes de Barcelona, morada de los Capitanes Generales, y no yendo los demás sobrinos porque estaban terminando sus cursos académicos, y nuestro padre porque ya casado no estaba más que por seguir el plan que se había formado, no dejando a su mujer y próximo hijo, que aguardaba por todas las dignidades de la tierra. Dejemos a la tía y primas instalarse en el Palacio de los Cancilleres y volvamos a tío Antonio, que habiendo terminado su curso y preparándose para irse a Barcelona al lado de su tío, vino al pueblo a despedirse de su madre y hermano ajeno de que no habría de salir tampoco más de él por lo que vamos a referir.

Había quedado en Alcalá como amante o como marido de una beldad de aquel tiempo en ella, Doña Gertrudis Durán, un joven capitán llamado Don Benito Ventura, que a la llegada de nuestro tío [como] alumno salido del Colegio trabó con él gran amistad ; dos días después de este conocimiento se vio atacado el Ventura de la terrible epidemia conocida por ‘fiebre amarilla`’, y el tío Antonio, sin miedo ni temor alguno, a impulso[s] de su generoso instinto, viéndole solo en una población desconocida y que huía a tan aterrador contagio, levado, pues, de su ardiente caridad, se instaló junto a su lecho y lo cuidaba como a un hermano, no pudiendo con su celo humano, pero indiscreto, salvar al joven capitán de la muerte. Aflijido al ver aquella temprana existencia extinguirse se retiró nuestro buen tío a su casa aquella noche del suceso, no pudiéndose levantar a la mañana siguiente por haber amanecido con una fiebre [que] le devoraba. Llamados los médicos y atribulada la corta familia con lo terrible del mal inoculado en el joven y persuadidos de la verdad que sentaban entonces los médicos de [que] el agua era inmortal para este mal, oían al pobre doliente pedirla a voces porque se ardía y no podérsela dar ; este espectáculo le desgarraba a todos el alma, y más vien[do] que iban a ser inútiles todas las precauciones y medicamentos que le aplicaban, pues a las 12 horas de haber cerrado los ojos a un amigo, nuestro tío expiraba también víctima de su fervoroso celo. Terrible y cruel escena fue la que siguió, al ver nuestro padre y abuela que el único hermano que había tenido, y aquella el mayor de sus hijos, les era arrebatado a los 17 años y meses, renunciando a un porvenir lisonjero y quedando nuestro padre privado para siempre de un solo y único hermano.

Mas el gran espíritu y discreción de nuestra madre Francisca puso algún remedio a aquellas desgarradoras escenas en que una madre y un hijo desconsolados se disputaban un yerto cadáver. Repuestos un tanto de su emoción y después de haberle hecho unas suntuosas exequias al que nada había distraído en la misma tarde del 7 de Octubre de 1820, trasladándose en seguida toda la familia a la Ermita de los Santos, que ya en este tiempo estaba invadida de personas que huían de la peste. Siendo [ésta] tan intensa y voraz que al carpintero que tomó las medidas de la caja se [le] enterró al día siguiente que al malogrado y sentido Don Antonio. Fue este nuestro tío tan notable y juicioso en sus actos, que jamás –decía nuestra abuela- tuvo que reñirle por nada, siendo tan prudente y económico que nunca desechaba sus ropas, sino que guardando las usadas para el interior de su casa, decía: “Con esto haré a favor de mi pobre madre algunos ahorros ; ya que nunca he podido hasta ahora ganarle ni ayudarle en nada, quiero ensayar el sistema de destruir lo menos posible, por si acaso no acierto a crear”. Este relato, confirmado por nuestra madre, a quien se le oyó siempre decir, prueba los instintos generosos de aquel pequeñito joven, que se producía ya con la lucidez y juicio de un anciano y que dejaba trazado con su sentencia el camino a aquellos, que desgraciadamente tanto abundan, que no siendo capaces de ganarlo, lo son de destruirlo todo. Así, y heroicamente, se sacrificó a la humanidad y a la amistad el vástago y generoso de nuestra familia en este pueblo, y en las celestes regiones donde su bella alma nadará debió ser en adelante el ángel tutelar de un linaje, y en particular de su único hermano. Así también se malograron los bellos ideales del joven, que creía volar en un ancho mundo al lado de la fortuna, que por un momento parecía sonreírle, con la elevación de su tío y [con] la terminación feliz de sus cursos académicos.

Pero respetemos los altos e incomprensibles juicios de Dios y volvamonos tras la huella de su familia, que se había refugiado en los Santos después de regar con flores el sepulcro del virtuoso niño. En los Santos y a la inmediación de la madre de los aflijidos, dispensadora de los consuelos, encontraron estas pobres almas calma a su dolor, dándole tregua a su llanto ; nuestra abuela, de un carácter extremadamente religioso, así como su nuera, en el camarín de nuestra patrona, donde se anidaron desde su llegada, iban recuperando su ánimo, resignándose humilde y cristianamente nuestra abuela a su muerte, y era que tenía la esperanza de volar pronto tras la parte mayor de su familia, que habitaba ya las regiones de lo ignorado y eternal. Calmada la epidemia con un centenar de víctimas y adelantándose el embarazo de nuestra madre, pasados tres meses de estancia en los Santos no cuidándose de sus negocios, que estuvieron paralizados en este tiempo, volvieron de nuevo al pueblo y se albergaron en su casa solitaria y cubierta con el polvo donde aún estaba marcada la huella del pie de su querido Antonio, y cubierta con el velo de tristeza con que se vistió desde el día en que de ella salieron.

En ella y en el día 17 de Abril de 1821, a los 16 meses de matrimonio, nació el primogénito de la familia, nuestro hermano mayor, a quien en memoria reciente de su malogrado tío, que tan vivamente tenía heridas las imaginaciones de los nuestros, pusieron Antonio también, en vez de Francisco, como correspondía y es de fórmula en el país, siendo tan admirable y nunca visto el portento de su rostro y [el] color de sus cabellos y dejando tan extendida fama de hermoso y gentil, que aún hoy se hacen lenguas de él los que lo conocieron y oyeron llamar ‘el rey de los niños’, porque, en efecto, era cosa fuera de lo común. Sobre una tez de nácar y de rosa de no sabemos qué procedencia, si maltesa o castellana, lucían unos ojos garzos magníficos y un pelo de un color tan especial que no se había visto otro ; era un rubio dorado y rojo, pero sin ser de ninguno de ambos, cuyo pelo, ya mayorcito, caído y rizado naturalmente sobre su nevado cuello era el pánico de todos los que lo veían, sorprendidos de una imagen patente de los ángeles que asisten al trono del Señor. Yo, que no tuve edad para haberlo conocido, y creído que sería exageración del amor de nuestros padres, he hablado sobre ello con otras mil personas que lo vieron, y tal me pintan la cosa y con tal entusiasmo hablan aún del ‘rey de los niños’, que veo se quedaron cortos y que nada exageraron. Pero era tan exageradamente hermoso y fuera de los común que no podía ni debía más que como muestra de las semblantes de los habitadores del Empíreo, y debía, a los 4 años y antes [de] que perdiese su inocencia, volver de nuevo al trono del Rey que lo creó para su gloria.

Vueltos y ocupados de nuevo en sus tareas y aún cortas empresas, se ocupaba el joven matrimonio en girar sus granos y reformar sus casas, construyendo una en la Calle Nueva. En tanto, en el pueblo de había formado una milicia ciudadana con arreglo a la Constitución, y nuestro padre, que estaba nutrido en esta ideas y doctrinas, que fueron las de Abansen y sentía circular en sus venas la sangre generosa y comunera de Pedro y Francisco de Puelles, compañeros de Padilla, y cuyo entusiasma aumentaba su suegro, ardiente doceañista, ingresó en las filas de ésta, siendo elegido por su escasa edad subteniente de caballería, saliendo en este tiempo de partida a perseguir al bandido Zaldívar, antiguo partidario mixturado, como todos los de este nombre, de ladrón y contrabandista y que hallaban una ocasión propicia para apoderarse de lo ajeno y vivir sobre el país. Un entusiasta guardia nacional de infantería del pueblo conocido por el Maestro Clavijo, al correr un parte a Algar había caído en sus manos, y atado al pie de un azebuche había exhalado su vida a fuerza de puñaladas, pero siempre gritando vivas a la libertad. Sus compañeros de todas [las] armas juraron vengarle, y esto les daba muy malos ratos, pues estaban de continuo de correrías y partidas. Montaba nuestro padre un magnífico caballo alazán de su suegro, que éste con gusto le daba para cumplir su servicio, y el niño, que jamás los había manejado, se daba tal forma y traza que por instinto tenía, que salió un perfecto y airoso jinete con pocas lecciones que nuestro abuelo le dio. En tanto continuaban la tía y parte de las sobrinas en Barcelona, desde donde solían mandar algunas telas y sedas que servían para la casa, y en tanto también el primo Belmaño, hastiado ya de servicio y en plena paz anocheció un día en Ronda y no volvió a dar acuerdo de su persona, metiéndose en Alcalá con su asistente, que aún vive, llamado Candelera ; uno y otro fueron baja del Cuerpo en un mismo día, el soldado por desertar, el oficial -no se sabría que calificación darle a su conducta- diremos prófugo o extraviado, porque nunca más [a]pareció, haciendo efímeras las esperanzas de su madre y familia, que creían había si-do algo a la sombra de su tío Villacampa, por quien estaba recomendado altamente. ¡¡Se habían cumplido las profecías y vaticinios sobre él de Don José Abansen antes de los doce años!!

Pero como quiera que esto no pertenece a nuestra historia más que en cuanto tiene relación con la célebre predicción del tío inspirado, era preciso mencionarlo, dejándolo en adelante para no volvernos a ocupar más del compañero de infancia y primo hermano de nuestro padre. Al fin de este año de 1822, y bajo el mismo techo materno de las Maltesas, nació el segundo hijo de dicho matrimonio al oscurecer de la última tarde del postrer día del año, siendo bautizado al día siguiente, primero de Enero de 1823, con el nombre de Manuel María de la Concepción ; este segundo nombre de María en reverencia a la madre de Dios era general en todos nosotros, y este niño era yo, que había de heredar la primogenitura de la familia y del linaje desde la separación de la Casa de Autol en nuestro progenitor Don Diego de Puelles Ponce de León, y había de escribir más tarde las tradiciones e historia de su estirpe. Nuestra tía, la monja Sor Isabel Cerri de San José, colmó de dulces las mesas en mi natalicio, pues por su especial gusto e indicación me pusieron en nombre que llevo y que en rigor me pertenecía de hecho y derecho, pues había nacido y sido bautizado en el día de la Circuncisión del Señor, pues sabido es que la Iglesia cuenta el día religioso y lo reza desde el medio día anterior al otro medio.

Nada de particular alteró el orden de la familia en todo aquel año siguiente, en que se obraron en la nación los célebres sucesos que produjeron el derrumbamiento del sistema constitucional, hecho por los 100.000 franceses de Angulema a resultas del Tratado de Verona, en que reanudaron los reyes sus anteriores nefandos pactos de encadenar de nuevo a las naciones. Las Cortes de retiraron a Cádiz, que era siempre el último asilo de la libertad, trayéndose al rey consigo, y este ejército imberbe y que jamás se había fogueado de los franceses logró casi sin disparar un tiro apoderarse de plazas y fuertes, cuyas puertas les abría el partido clerical y realista. He ahí las consecuencias de la división de los partidos y de la supremacía de la barbarie y de los hábitos del despotismo. Vendida y entregada la ciudad de Alcides, que había desafiado diez años antes las iras del mayor capitán del mundo, fue por felonía entregada a un príncipe ignorante y nulo y a un ejército bizarro.

En vísperas de caer Cádiz se había retirado y vuelto allí la tía Leonor y sus sobrinas, que desde Granada pasaron a ella, y de este mismo punto pasó por Alcalá hacia Cádiz el general, su marido, que se detuvo tres días en ésta con la división de su mando y que estaba minada también, como todos los Cuerpos, por la deslealtad de los oficiales realistas. Después de haberse hospedado en nuestra casa y haberse hacho algunos cortos obsequios abrazando a sus cuñadas y sobrinos partió el personaje para marchar a la emigración y ostracismo que le aguardaban, pues había deairado y hecho un enemigo rencoroso del rey en Sevilla cuando éste le pidio su ayuda, contestándole el entero jefe: “Soy todo vuestro si sois fiel a la Constitución que los dos hemos jurado”. “Bárbaro”, debió decirle el rey en su interior, “para esto no te quería yo”, y se lo guardó en sus adentros, siendo [la del general] una de las cabezas señaladas del verdugo. Conocidas son las tristes escenas que siguieron a la rendición de Cádiz, en que faltando el rey a su fe jurada como tenía de costumbre ; dioles desde el Puerto de Santa María, a donde lo condujeron los constitucionales en vez de haberlo sumergido en la travesía del canal, un Decreto derogando todo lo obrado y manifestando entraba de nuevo en el uso de su soberanía absoluta, entregándole el Gobierno al partido rabioso apostólico, el más cruel y rencoroso de todos los bandos y cuya personificación era Calomarde, oscuro abogado aragonés que había subido a las alturas en alas del sistema que predicaba de sangre y exterminio. Nuevas y numerosas víctimas fueron inmoladas en las aras del tirano, emigrando u ocultándose en las guaridas de las fieras en los montes todos los que se habían señalado. Riego, el inmortal caudillo del alzamiento y Presidente de las Cortes, y otra porción de militares y diputados fueron ahorcados villanamente ; el bravo Martín Díaz ‘el Empecinado’ fue enjaulado como una hiena, y, en fin, la venganza y las persecuciones más atroces se desplegaron sobre todos los que habían servido o acogido bien las ideas liberales.

Cuatro años duró tan recia persecución en toda su tirantez, siendo innumerables las víctimas y teniendo nuestro joven padre que ocultarse muchas veces para no verse hecho blanco de los esbirros que visitaban el pueblo y de sus enemigos, que en nuestra villa no escaseaban. Tentado estuvo de haber emigrado o tomado parte activa en las conspiraciones que se urdían contra aquel horror de cosas, pero le contenía la idea triste de no abandonar y exponer la muerte de sus tres niños, pues le había nacido nuestra hermana Aurora al finalizar el año 1824, a su anciana madre y joven esposa, sin más arrimos todos que él en la tierra. En este tiempo el bello niño primogénito, que había llevado a Cádiz para vacunarse y que sorprendió en ella [a] cuantos lo vieron y fue festejado grandemente por la tía exgenerala, que de disgustos y penas se hallaba postrada y en incompleta inacción, vuelto de un viaje y cuando se creía salvado, fue atacado de una viruela maligna que le arrebató la vida, volando el angel de nuevo a unirse a los coros de querubes de donde Dios, para muestra de su magnificencia, lo tuvo cinco años separado peregrinando por la tierra. Con esto se renovaron las escenas de luto y de tristeza, que el niño, con su gracia y bizarría, había oscurecido y hecho olvidar. Nuestra abuela Clara, con quien dormía y en cuyo santo seno se arrullaba como todos nosotros, estuvo a punto de morir de sentimiento, porque su alma se iba ya gastando a fuerzas de golpes. Por fin, restablecida, volvió, con su hermosa Aurora y su travieso Manuel y otro nuevo Antoñito que apareció a fines del año 26, a emprender de nuevo su descaminada carrera.

Los negocios de la joven pareja se resintieron también de estos trastornos, y desmayaban en ello nuestro buen padre, a quien se le hacía el tiro por los Corregidores de aranceles una terrible contribución, pues entonces ésta era arbitral a los peritos y cerraba las puertas a la justicia si alguna vez recurría a ella para cobrar sus granos, dados generalmente al fiado ; esto envalentonó a sus deudores, y sabiendo que tenían boleto para no pagarle por haber sido ‘negro’, como entonces de llamaban, se alzaron con algunas cantidades o daban igual número de fanegas a las prestadas cuando éstas valían la mitad del precio en que las recibían, diciéndole con insolencia que eran quiebras del oficio, porque en todas partes y ocasiones pululan hombres bajos que sacan partido de todo lo más abyecto y que se alimentan, como los gusanos, de la podredumbre de la sociedad, y si viles eran los Corregidores, que no administraban justicia, velada su estatua por los rencores de los partidos, más infames eran los que, contando con que estaba entronizada la iniquidad por sistema, se quedaban a las claras con lo ajeno.

Todas estas cosas le disgustaron tanto a nuestro padre, que trató de trasladarse a Jerez y dejar una pocilga de tunos, y al efecto, adelantándose a la familia, se estableció en ella y principio a girar en granos y aceites, que era lo que más hacedero hallaba. No tenía en un principio más relaciones que las de su tío Don Hipólito Abela, el comercian-te maltés que había casado con Doña María de los Santos Cerri, tía de nuestro padre, y que habiendo enviudado tenía otra familia de su segunda mujer, la de Echarri. Hombre raro y tacaño Don Hipólito, según nos lo pintaba tan vivamente nuestro padre en la correspondencia de aquel tiempo, no simpatizó con él y buscó en el círculo que frecuentaba de labradores y propietarios con quien negociaba otros hombres más en consonancia con su genio y sus ideas, y los halló, mereciendo la particular predilección, en su pariente, o sea de su mujer, Don Manuel Almagro, establecido en Jerez y en cuyo término labraba tres cortijos de Don Ramón Llorente, otro rico labrador oriundo de la montaña, y el marqués de Campo Real, con quien simpatizó concurriendo al picadero, al que este joven señor era muy aficionado ; de estas relaciones provino más tarde el arrendarle nuestro padre sus cortijos en ésta.

            Ocupado en sus tareas de expender los granos que las dos señoras compraban en ésta y que conducía la arriería de Paterna, por ser un año en que había una gran desnivelación de los precios de Alcalá a Jerez por haberse ajeñado en aquél los trigos, continuó todo el año de 1827 concurriendo a este mismo tiempo a Cádiz, a donde fue a ver el cadáver de su tía Doña Leonor, que murió el 24 de Noviembre de 1826 de 45 años de edad dejando por herederas a las sobrinas María Belmaño y Gertrudis López con la condición de sustituirse, quedando en estas dos ramas todos los derechos de las hermanas que sobrevivieron y que lo habían dotado grandemente de lo suyo propio. Hay que tener en cuenta también que era el dueño usufructuario el emigrado general, pero éste, que se hallaba en Orán cortado de toda comunicación, no se cuidó de nada ni hizo caso, según él decía después, de lo que perteneciera a su mujer, y dejando a las dos niñas hechas dueñas absolutas de una porción de hermosas casas, entre ellas las maternas, de los muebles y joyas de la tía y un grueso depósito de consideración en dinero que Doña Leonor tenía en poder de su cuñado y cajero, el maltés Don Hipólito.. Tal fue el fin de una señora tan virtuosa como desgraciada, que elevada a una grande altura, no le proporcionó ésta más que azares y disgustos toda su vida, pues las campañas de su marido, sus prisiones y emigraciones, y la triste enfermedad que la privó de movimiento llenaron el período corto de su existencia.

            No se le oscureció al claro entendimiento de nuestro padre, que sabía la situación y disgustos de la tía con sus revueltas sobrinas, efecto de sus pasos impremeditados y de la íntima unión de éstas con Abela, habiéndose muerto casi de repente que podía haber habido duende en el negocio ; su corazón, que nunca le engañaba, le indicaba, atendida la conciencia y [el] deber que la tía tenía contraído con sus hermanas, que aquí se encerraba algún misterio, pero cubierto y resguardado por los tres interesados y partícipes, [con lo que] llenadas las formalidades de su testamento, nada se podía hacer. Lo que era verdad [era] que, como decía muy bien nuestro padre, a haber sabido algo de su última dolencia, él se hubiera presentado a recordarle a su buena tía algo de su pobre hermana Clara, que había sido la principal y única víctima, pues sobre su rama recaía una deheredación manifiesta, y estaba seguro, decía, [de] que tal vez no hubieran cargado las sobrinitas tan festejadas y divertidas con el zorro viejo de Don Hipólito. Sea de ello lo que se quiera, sus presentimientos era muy fundados, y en este negocio se encerraba algún misterio, pues no se puede explicar de otro modo, tratándose de la recta conciencia de la tía. Con todo, como hombre prudente y religioso respetó la voluntad de su tía, sintiéndola doblemente más que sus herederas, que continuaron viviendo holgadamente y sin razón que lo motivara, pues eran hijas de familia y vivían, sin madre en Alcalá, en la dicha ciudad de Cádiz entregadas a la molicie, fiestas y relaciones que cultivaban, siendo objeto de crítica. Cerrando este período, que sólo hemos tocado para hablar de una gran duda que siempre tuvo nuestro padre y que cada cual es árbitro de creer a su gusto, debemos decir que por lo que fuera, el testamento de nuestra tía no[s] perjudicaba en cuatro o cinco mil pesos fuertes, tercera parte escasa de lo que entonces debía tener, y éstos no volverán más a nuestra rama, sin los que podremos pasar, como pasó nuestro padre ; pero  quede esto sentado como él lo consignó también.

            De Jerez se trasladaba [nuestro padre] a Alcalá, donde seguía nuestra madre comprando un grano por medio de corredores y viniéndose para trasladarla a aquel punto. Tanto pudieron los ruegos de su madre en él, que no quería, decía, llevar sus huesos a otra parte, que cedió a su pesar, y de luego siempre se arrepentía, porque decía, y con razón, que con sus relaciones y genio particular, que le llamaba a un gran escenario si se queda[ba] en jerez en aquella época, tal vez haría en ella el gran papel que otros hombres que fueron tras de él y sin sus elementos llegaron a alcanzar. Y era de esperar, atendida la rara familia y disposiciones del que casi hablaba, que llevado del ciego amor filial no quiso separarse de su buena y anciana madre, pavesita descolorida y tenue que aguardaba pronto verla volar hacia el cielo. Desde esta época de su vida son mis primeras ideas, y me acuerdo [de] haber vestido mis sacos de luto por nuestra tía Leonor, y sobre todo de los dulces y confituras que de Jerez nos traía nuestro padre de las monjas de madre de Dios, que Aurora y yo guardábamos ávidos bajo las almohadas de nuestras camas.

Yo en adelante podré ser y seré el testimonio vivo de todo cuanto acontezca, pues están tan fijas en mi memoria todo lo que se subsiguió, que lo recuerdo mejor y lo veo con más exactitud que las escenas actuales, que por la confusión de la cabeza y los decantos del corazón, que no toma parte como entonces, parece que no se graban y vuelan fugaces por ella para olvidarlos de seguida también. Las impresiones en nuestra actual edad son parecidas a las huellas o estampaciones que marcan buriles o caracteres ya gastados, que apenas se señalan, mientras que entonces, o la infancia, al estrenarse éstos graban sempiternamente tanto en la cabeza como en el corazón cualquier cosa, por insignificante que sea. Esto y el polvo de la marcha del camino de la vida, que deteniendo[se] en mi cabeza, estas canas que bullen antes de tiempo me indican que pronto llegaré al término de mi peregrinación, a donde no llegó nuestra abuela ni nuestro tío y a cuyos umbrales se quedó nuestro padre, que de esta misma edad mía se encontraba como yo cansado y sin ilusiones, aunque le sobraba la fuerza de voluntad y el buen temple propios de su alma. Pero volviendo a éste, que dejamos persuadiendo a la familia a marchar a Jerez, quedando él a la postre conquistado para quedarse en Alcalá por los llantos de su madre, y no pudiendo vivir sin este objeto que tanto podía para él, comprendió que iba a renunciar a una suerte brillante, pero se resignó obediente a la que únicamente le gobernaba en el mundo, y partiendo de nuevo para ella, realizó sus negocios y granos y se volvió a su casa trayendo su manejo en metálico y parte considerable de él en hermosas vacas de la ganadería de Llorente, que le hizo pago con ellas de sus créditos de trigos que le tomó durante la calamidad de la ajena.

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En el plazo de un mes y medio fueron restablecidas todas las instituciones antiguas, y todas las disposiciones de las Cortes quedaron asimismo derogadas. Los estamentos privilegiados recuperaron única-mente algunos de sus antiguos privilegios, ya que sólo fueron puestos en vigor aquellos que el rey podía aprovechar para sus propósitos. Los dos sectores sociales de la oposición (v.gr., afrancesados y liberales) fueron por igual objeto de represión. No obstante, el monarca se vio pronto obligado a ser más blando con los ‘afrancesados’ que con los ‘liberales ; el 30 de Mayo de 1814 firmó el rey el decreto de expulsión de los primeros, a quienes anteriormente había prometido no perseguir. En 1815 intentó suavizar su postura, proyectando un Decreto de Amnistía en 1816, moción que fue rechazada de plano por el pueblo, que odiaba a los afrancesados ; consiguió en cambio, dar a la luz un Decreto de Ayuda a los Familiares de los Exiliados, y éstos pudieron regresar a España en 1818, aunque siempre bajo el rechazo popular, teniendo que promulgarse en 1819 un Decreto prohibiendo se les molestase. Los liberales, en cambio, fueron tratados mucho más duramente ; algunos, como Argüelles y el Conde de Toreno, fueron condenados a muerte, pe-ro consiguieron escapar, animando de esta forma a sus correligionarios a confabularse para intentar derrocar al rey. [VOLVER]

Los movimientos emancipadores latinoamericanos no ocurrieron de forma aislada, sino que se encuentran insertos en una serie de revoluciones y revueltas que estaban teniendo lugar a nivel planetario desde mediados del siglo XVIII. En el ámbito occidental estos acontecimientos (Independencia Norteamericana, Revolución Francesa y programas reformistas del ‘despotismo ilustrado’) la base ideológica se encuentra en la Ilustración, movimiento de diversas significaciones y relevancia según los distintos países que se originó en Inglaterra y se difundió por toda Europa a partir del nuevo giro político, basado en la crítica a las instituciones tradicionales, que los intelectuales franceses le impusieron. En el ámbito de las colonias americanas tanto españolas como portuguesas, las cada vez mayores restricciones económicas impuestas por la metrópoli, así como las flagrante desigualdad social existente entre peninsulares y criollos exacerbó el descontento de estos últimos hasta provocar su rebelión.  De todas formas, este ‘criollismo’ no constituye la única explicación ; nada o casi nada se habría logrado en la Hispanoamérica en vías de emancipación sin la contribución decisiva de numerosos liberales procedentes de Europa, algunos de ellos llegados allí por contrato, y otros por mor de los avatares políticos de sus respectivos países de origen. En el caso de España se trataba, por supuesto, de aquellos liberales que, ya entrado el siglo XIX, se vieron obligados a abandonar su país por razones de persecución política y tomaron rumbo al Nuevo Mundo ; su labor resultó importantísima a la hora de difundir la ideología liberal, sobre todo a través de la educación. [RAMA, Carlos M., 1982, Historia de las relaciones culturales entre España y la América Latina, Madrid, Siglo XXI, pg. 67] [VOLVER]

Se denominaba así a los gobernadores de las provincias del antiguo Imperio Persa, y por analogía recibe este nombre cualquier personaje que lleve una vida fastuosa o que ejerza una autoridad despótica. Los ‘sátrapas’ auténticos detentaban el poder administrativo y judicial, percibían los impuestos y gozaban de una independencia bastante grande ; eran auxiliados por consejos de persas y notables de la región y vigilados por unos emisarios llamados ‘los ojos y oídos del rey’. Tenían sus propias tropas, pero normalmente no ejercían el mando de las tropas regulares. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 8.960] [VOLVER]

En 1815, en el Congreso de Viena, las potencias absolutistas vencedoras de Napoleón acordaron sofocar el liberalismo allí donde apareciese, aportando las tropas necesarias. Los acuerdos y alianzas que se lograron (básicamente el principio de responsabilidad del poder político, el principio de equilibrio entre las potencias y el principio de intervención) configuraron la nueva Europa tras la reconstrucción del Continente tras la guerra, asegurando la paz futura entre los países participantes en el Congreso. Se trataba de encontrar una fórmula de compromiso que tuviera en cuenta tanto los deseos de los vencedores como las diferentes realidades nacionales, suscitadas por los acontecimientos anteriores. ; no se atendieron, no obstante, los deseos expresados por innumerables pueblos. Bélgica y Holanda llegaron a acuerdos territoriales. Austria se anexionó sin más parte de Polonia y de Italia. Rusia se apropió Finlandia y también de parte de Polonia. Suecia cogió Noruega. Se estableció la neutralidad de Suiza. Inglaterra, por su parte, obtuvo ciertos enclaves marítimos, asentando de esta manera las bases de su futuro Imperio victoriano. La Santa Alianza quedó formada el 26 de Septiembre de 1815, estando constituida inicialmente por Austria, Prusia y Rusia ; más tarde se adherirían el resto de las monarquías absolutas. España firmó los acuerdos en 1817, ya que en 1815 no se podía comprometer a cumplir sus exigencias. [VOLVER]

En 1815 se comenzó a organizar un contingente de tropas para ser enviadas a América en Julio de 1818. El descontento en dicho cuerpo expedicionario estaba generalizado, pues se les pretendía transportar en barcos podridos. Ese malestar fue aprovechado por los liberales, quienes procedieron a fomentar el descontento, que culminó en una rebelión en 1819 ; esta primera conspiración, sin embargo, fracasó al ser descubierta. Riego se puso al mando para organizar un nuevo complot encaminado a conseguir que se implantase en España un régimen constitucional ; triunfó en 1820. Al principio el Ejército rebelde estuvo vagando por Andalucía, perdiendo hombres y sin recibir apoyo alguno, pero pronto empezaron a levantarse las ciudades, haciendo posible el triunfo de la Revolución ; el día 6 de Marzo casi toda España estaba levantada, y el día 7 el rey aceptó por fin jurar la Constitución, nombrándose un nuevo Gobierno constituido –cosa curiosa- totalmente por expresidiarios, ya que todos sus componentes habían sido víctimas de la represión durante el período anterior. [VOLVER]

Se trata de Antonio Quiroga (1784-1841), que en 1818 formaba parte como comandante del ejército expedicionario a que nos estamos refiriendo. Se le escogió para llevar a Madrid la noticia de que el conde de La Bisbal había sofocado un intento revolucionario liberal, y ello le valió el ascenso a coronel. Poco después participó él mismo en los preparativos revolucionarios, sublevándose conjuntamente con Riego en 1820. Ocupó con sus tropas la isla de León y el arsenal de la Carraca, pero fracasó en su intento de apoderarse de Cádiz. El triunfo de la revolución le valió el ascenso a mariscal de campo y el ser nombrado ayudante de campo de rey. Emigró en 1823, residiendo especialmente en Londres. No volvió a España hasta 1834, y entonces fue ascendido a teniente general, desempeñando la Capitanía General de Castilla la Nueva. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 8.236] [VOLVER]

No hemos encontrado noticias sobre Lafont (es posible que su nombre no se escriba realmente así). Tal vez su famosa esposa, presunta hija de Quiroga, no sea otra que María de los Dolores Rafaela Quiroga, llamada Sor Patrocinio o la monja de las llagas, nacida, no en esos días, como dice nuestro autor, sino en 1809, y muerta en 1891. Esta mujer –caso de tratarse de la que decimos ; las fechas coinciden, desde luego- fue juzgada en 1835 por fingir haber adquirido sobrenaturalmente las llagas que evocaban la pasión de Cristo y desterrada a Talavera de la Reina ; al cabo de unos años, sin embargo, regresó a Madrid y consiguió ejercer poderosa influencia sobre Isabel II y su esposo, hasta el punto de derribar el Gobierno de Narváez. En vano la obligó éste a volver a marchar desterrada ; su viaje a Roma (1852) y la atención que le dispensó el Papa aumentaron, si cabe, su prestigio. Su influencia resistió todos los embates políticos y obligó a doblegarse al propio O’Donnell, pero al producirse la revolución de 1868 tuvo que huir al extranjero, donde vivió como seglar. [ibid.] [VOLVER]

Juan Alvarez y Méndez (1790-1853), llamado Mendizábal, ayudó, efectivamente, en 1820 a la sublevación de Riego, si bien no quiso aceptar ningún premio ni cargo del régimen constitucional. Tuvo que emigrar a Inglaterra, y allí prosperó extraordinariamente. El Gobierno español, agotado por la necesidad de hacer frente a la guerra carlista, lo llamó para que pusiera orden en la Hacienda. Fue Ministro de Hacienda (1835), y más tarde Presidente del Gobierno, con facultades casi dictatoriales. La medida más importante que adoptó, y que le hizo famoso, fue la supresión de comunidades religiosas masculinas y la desamortización de sus bienes, pensada con una doble finalidad económica y política. Cayó del poder a principios de 1836, pero volvió a él en Agosto del mismo año a consecuencia del Motín de La Granja, en cuya organización intervino muy directamente. [ibid., pg. 371] [VOLVER]

Se trata de Enrique José O’Donnell (1769-1834), que tras apoyar la causa absolutista en 1814, recibió el mando supremo del mencionado ejército expedicionario. Entró en negociaciones con las sociedades secretas y con los jefes militares que preparaban una insurrección liberal, y poco más tarde les denunció y arrestó personalmente en el Palmar (1819), siendo condecorado por ello, aunque fue relavado del mando. Al producirse la insurrección de Riego, Fernando VII puso a sus órdenes las tropas que se estaban preparando en la Mancha ; pero O’Donnell decidió cambiar de bando y proclamó la Constitución en Ocaña, lo que le valió seguir ostentando elevados cargos durante el trienio constitucional. [VOLVER]

Aunque los liberales tuvieron algunos aciertos, su política tuvo en términos generales muy poco éxito debido, más que nada, al escaso tiempo de que se dispuso para realizarla. En efecto, pronto se produjo un levantamiento de los moderados, produciéndose revueltas en Aragón, el País Vasco, Navarra y Andalucía. El Estado no les dio mucha importancia hasta el año de 1822, fecha en que el rey se puso en contacto con las potencias extranjeras (la Santa Alianza) para pedir auxilio ; éstas, por otra parte, pensaban que el rey de España estaba cautivo de los liberales. En el verano de 1822 se reunió el Congreso de Verona para tratar, entre otros asuntos, la petición de ayuda de Fernando VII. Francia se sintió solidaria con el compromiso allí adoptado de destruir por todos los medios el sistema de gobierno representativo en todos los países de Europa y asumió la ayuda al monarca español, enviando al cuerpo expedicionario conocido como los 100.000 Hijos de San Luis, compuesto por 92.000 franceses y un grupo de moderados españoles. Entraron en España en 1823, cruzando todo el país de Norte a  Sur sin dificultades y con suma rapidez, pues no encontraron resistencia popular ni ejército inglés que se les opusiese, como le había ocurrido a Napoleón 10 años antes ; ni siquiera Cádiz resistió. Al llegar el ejército a Madrid se procedió a formar una Junta Central y una Regencia ; el rey se sintió liberado cuando los invasores llegaron a Jerez, y el 1 de Octubre de 1823 volvió a subir al trono. En una carta escrita oportunamente se desdecía de toda su actuación durante el Trienio Liberal con la justificación de que había estado cautivo y sin libertad de decisión, y exhortaba a los habitantes de España a defender la causa monárquica contra el liberalismo. [VOLVER]

Francisco Tadeo Calomarde (1773-1842), tras una carrera ascendente basada en la intriga y la adulación, llegó en 1823 al cargo de Secretario de la Regencia y a ser nombrado Ministro de Gracia y Justicia por Fernando VI una vez integrado éste en el disfrute del poder absoluto. Desempeñó este cargo durante nueve años, en los cuales fue el alma del Gobierno, hasta el punto de que su nombre aparece siempre liga-do al de la llamada ‘ década ominosa’. Basó su fuerza política en la confianza personal del rey, que toleraba su nepotismo (colocó a sus amigos en todos los cargos civiles y eclesiásticos disponibles) porque le consideraba leal ; pero parece haber tenido contactos con los grupos ultrarrealistas que se proponían derrocar a Fernando VII a favor de su hermano Carlos, si bien luego acompañó al rey a Cataluña para ayudar a sofocar el movimiento de ‘los agraviados’. [VOLVER]

Juan Martín Díaz (1775-1825), llamado el Empecinado, fue el primero que en 1808 organizó una guerrilla a gran escala y se atrevió a operaciones de importancia contra los invasores franceses. La Regencia le nombró mariscal de campo, pero la fama de sus ideas liberales hizo que Fernando VII le postergara. En 1820 secundó la sublevación de Riego y desempeñó diversos cargos durante el Trienio Constitucional. Luchó contra la invasión absolutista, y capturado en Roa en 1823, fue sometido a un terrible cautiverio durante dos años, llegándose a exhibirlo en un tablado o en una jaula para exponerlo a los insultos de los absolutistas. Por fin fue condenado a la horca en 1825, pero cuando era conducido al patíbulo rompió las esposas que lo sujetaban y tuvieron que matarle a bayonetazos ; su cadáver fue colgado de la horca de todas formas. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 3.278] [VOLVER]

[ATRAS]