HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES

 

Segunda Parte.

Capítulo 7

 

Nuestro padre se vuelve y fija en Alcalá. Principia su ganadería y su ejercicio de merchantería ; trabajos y azares de su vida en este tiempo. Se retira de ella y emprende la labor de nuevo.-

 

 

            Teniendo un plantel de hermosas vacas jerezanas y comprendiendo que el ramo de ganadería vacuna, atendida la inmensidad de baldíos y tierras abiertas que entonces en Alcalá había podía dar un gran resultado, se fue [nuestro padre] a Algar, villa próxima, y compró en ella hasta el completo de un magnífico rebaño de ganado, todo talluelo y de una marca diferente a la del país, y tomando abrigo y dormida en la Dehesa de los Aguijones, se situó en ella y en todo el monte de abajo, pintando en ganado todos los terrenos limítrofes, tan abundantes y despoblados de ganadería. Me acuerdo [de] haber ido muchas veces en sus brazos, él a ver sus vacas y yo mis burritos, en que los niños ponen todo su contento, y montados en nuestra mula Coronela, entonces también en la flor de su edad, me mostraba él todas las cosas que a esa edad tanto nos sorprende. Contaba él con mucha risa, que aún me producía mucha vergüenza que en una de esas excursiones se desempeñó de llevarme más, pues yo hube de hacer una gracia de las que hacen los niños de esa edad, y sin prevenirlo, y tuvo él mismo que lavarme y enjugarme al borde de un cristalino arroyuelo bordado con las galas de la primavera.

            Mas nuestro padre, [re]anudando mi relato, no quiso permanecer inactivo ocupado sólo en visitar su rebaño y sin atreverse a emprender en la labor por no tener tierras a su gusto, y mientras estaba en la expectativa de ellas, seducido por los relatos que nuestro abuelo Salas le hacía de cuando siguió un poco de tiempo en su juventud la merchantería y el tráfico de las piaras, viendo a otro caballero que había sido militar llamado Don Luis Rienda dedicado a este trajín, lo puso en planta, y comprando un magnífico caballo de Don Pedro de la Corte llamado ‘el Gallardo’, apostando un tajo de rebaño se lanzó a probar fortuna armado de su garrocha y de sus piareros a la plaza de Cádiz, donde sorprendió a sus petimetres primas con la novedad de su aparición en su nuevo tráfico: “Qué queréis, hijas mías”, les dijo, “es preciso volverle a buscar a mis hijos lo que el escribano que hizo el testamento de tía Leonor le[s] ha quitado con sus plumadas”. Palabras amargas en tono festivo dichas y que revelaban la íntima persuasión en que siempre vivió de haber sido un enjuague éste de enciales y albaceas ; pero expresiones que ellas manifestaron no comprender, porque eran harto duras y severas para sus conciencias.

            Al ver en el matadero a un joven tan gallardo y fino, que era asimismo sobrino carnal de una señora que tanto había figurado en Cádiz, seducidos de su rara inteligencia y [de] su sólido juicio, se mereció las atenciones de todos los empleados del Ayuntamiento, dándole un asiento de preferencia en el salón durante el repeso de los cuartos y hechizando con sus chistosas y oportunas observaciones la atención de todos, llegando a tanto su valor que le cosultaba[n] para establecer bases y reglas, que entonces se iban a plantear en el establecimiento mejor montado de su clase en España. Había en aquella época la rara manía de echar al mar al bicho que aparecía con poco sebo, y tomando la defensa nuestro padre contra este abuso ignorante, hizo comprender palpablemente que los animales están sujetos a la demagración sin necesidad de estar enfermos, unas veces por la escasez de las estaciones y el trabajo de la ara, otras por la muda de los dientes lechales, o por estar recién destetados o cansados de criar, sin que por eso dejen de estar sanos y vigorosos, en tanto que puede haber muchos casos de presentarse animales gordos con la sangre dañada o la epidermis [con] las picadas que llaman de ‘mogaño’, que siempre deben desecharse. Hizo tales argumentos y adujo tantas pruebas con la elocuencia de la verdad, que arrebatado con su expresión dictó él mismo, porque la facultación parte de las disposiciones sanitarias que habían de seguir[se] en adelante. Saliendo de su matadero se vestía como convenía a sus antecedentes y clase y se barajaba en su círculo de amigos de importancia, donde era mirado el joven militar [?] como lo que realmente era.

            Así y en tan azarosa y trabajada vida se llevó todo el tiempo que duró el puerto franco que empezó el siguiente año, aumentándose sensiblemente su capital. Cuántas veces nos decía: “Salía yo de Cádiz al cerrar puertas y creyéndemo más seguro a aquella hora atravesaba los pinares a media noche sin más armas que mi garrocha, que recogía de los ventorrillos donde la dejaba al entrar, y mojado y salpicado de lodo, con el pensamiento embriagador de abrazar a mis hijos, veníaa amanecer en Alcalá sobre uno de los caballos más valientes que se han conocido en este trajín. Y descansando apenas unas horas´volvía a emprender mi viaje, avído de aprovbechar los precios y teniendo yo mismo que garrochear y apiasar mis vacas, que levantarlas si caían y hasta de ayudar a desollar las que se me desgraciaban, envolviendo el pellejo en mi grupa”. Y así pasaban los inviernos, y los días más crudos eran los que aprovechaba mejor para realizar sus negocios, mientras que los antiguos marchantes no se atrevían a moverse y arrostrar tantos quebrantos: “Hijos de mi alma”, decía, “mirad por lo que os pueda dejar, que son gotas de sangre y de sudor congeladas de mi cuerpo, y que no debéis, acordándoos de vuestro padre, que no tiene un real no sea una almorzada del jugo de mi frente”. Pero esta vida tan trabajada y dura no podía durar mucho ; así lo comprendió él cuando se vio atacado de un fuerte dolor de oído que lo puso a los bordes del sepulcro y que tuvo su origen en un somatismo que cogió ese órgano con tantas alboradas frías y rocíos abundantes.-

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Se llama puerto franco aquel en el que entran y salen las naves de cualquier nación sin pagar derechos ellas ni sus mercaderías, con tal que no las introduzcan en el país. [Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano, op. cit., XVI, pg. 582] Las ‘franquicias’ o exención de impuestos en general, o bien de aranceles aduaneros en el caso de determinados puertos (como Cádiz, por ejemplo) o ciudades fronterizas, aparecieron en Europa desde el siglo XI, y en la Península Ibérica a partir del siglo XIII. Su difusión coincidió con el auge económico de las ciudades y se relaciona con los esfuerzos de los burgueses para eliminar las trabas feudales al comercio, a la propiedad y a la circulación ; la roturación de tierras vírgenes, así como la repoblación de los territorios conquistados, solía ir acompañada de franquicias que los reyes o los señores territoriales concedían para atraer a los nuevos pobladores. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 4.143] [VOLVER]

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