HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES

 

Segunda Parte.

Capítulo 8

 

Un ahorcado en Alcalá. Conspiraciones de este tiempo ; riesgo que corrió en ellas. Continuación de sus viajes a Cádiz de tarde en tarde. Lance pesado con el oficial Ibarrola. Nueva enfermedad. Toma el Cortijo del Prado. Episodios tiernos de nuestra niñez.-

 

 

            Pasó en este trajín en el año de 1830, y no fue tanto por lo penoso del ejercicio, sino por haber quebrado algo las ventajas que producía, que no compensaban afanes y riesgos tan crueles. En este tiempo había nacido nuestro Pepito, contándonos ya cuatro hijos y siete de familia, teniendo por única moza una muchacha de poca edad llamada Candelaria para que hiciera los mandados y todo lo que era exterior, llevando nuestra madre por dentro la mayor parte de la labriega, y nuestra abuela el cuidado de los niños, pues todos  de consuno se prestaban gustosos para el bien de estar en adelante, que era toda la ilusión que los halagaba y presidía. Rayaba tan alto la sensibilidad nerviosa y orgánica de nuestro padre, excitada en su niñez tal vez con la carnicería que vio de los dragones, que no quiero dejar de consignar sus ideas sobre el particular. Decía que la vida del hombre era tan preciosa y estimable, que no encontraba en el mundo razón ni motivo alguno fuera de los que tuviera Dios para disponer de ella, pues a él sólo, que la daba, era a quien competía el derecho de quitarla, y que sería el mayor tormento que un hombre pudiese sufrir el de verse manchada su mano de sangre de otro hombre.

            Habiendo ocurrido en aquel tiempo un asesinato de un pobre soldado, a quien mató sin defensa un campesino llamado Diego Pérea Infante, ‘el remellado’ a los lastimosos acentos y desgarrados ayes que el soldado echaba saltó nuestro padre de su lecho y acudió en su auxilio, que fue inútil, pues era tarde y murió en los brazos de nuestro padre. Impresionado fuertemente del lance, corrió tras el asesinato por todo Rioverde, creyéndose con fe y fuerza suficiente para detenerlo y prenderlo, lo que no pudo, pero cogido a poco y abierta una breve causa que lo condenó al patíbulo, que levantaron en la Plaza de la Cruz, el día memorable de la ejecución, al premediar Enero en un día frío y cruel, mi padre, que tan hondamente se había impresionado en su contra, al ver pasar al reo por [de]bajo de sus balcones, trémulo y desfallecido, en brazos de los sacerdotes, no pudiendo contener su dolor y afectado terriblemente, fue preciso retirarlo y darle consuelos como si fuera algo del desgraciado. El asistió a su entierro, lo acompaño a su sepultura y hasta le pesaba haberle deseado el castigo la noche del asesinato. Desde entonces se fortaleció en su idea, que elevó a dogma, de que la vida del hombre es sólo de Dios, y que éste se arroga sin deber ni poder un derecho que no tiene cuando fríamente sentencia o hiere al hombre, si ya rendido.,

            Sin embargo, esta persona tan impresionable a la muerte corrió cien veces este azar en alas de su entusiasmo o de los arrebatos de su genio: los potros más fogosos se complacía en domarlos arrastrándolos algunos en sus caídas, los toros más bravos los derribaba con su garrocha o los capeaba ; o había riñas ni cuestiones donde él no se apareciera para promediar entre los puñales, y lo que es lo último, cuando se fusilaba atrozmente por causas políticas se asoció e inscribió en una conspiración que se fraguó en Tarifa con ramificaciones en Alcalá, porque además de ser éstas sus ideas y que su alma se llenaba de emoción al oír la sola palabra de ‘patria’, estaba sin embargo aterrado de leer en los periódicos las matanzas o asesinatos en masa de Málaga con Torrijos y sus sesenta compañeros, la entrega de Manzanares, el degüello de Chapalangarra, la horca de Márquez, [de] Miyar y de Mariana Pineda, los fusilamientos de Valdés, Porlier y Lacy, y envidiando [a] estos mártires memorables de la tiranía, sólo le detenía el no seguir sus huellas el amor de su familia.

            Corramos, pues, con un velo o crespón negro esta terrible época y pasemos a otra, pero no sin mencionar la gran enfermedad y [el] ataque cerebral que tuvo en esta época que lo puso a las puertas de la muerte y que lo dejó un tanto sordo del oído derecho. Pasada la conspiración de Tarifa, en cuya trama estaba nuestro padre asociado, y que hizo tantas víctimas compañeras del coronel Valdés, había pasado un cuerpo de ejército por Alcalá que mandaba Don Vicente Quesada, General de Andalucía para atajar la sedición de los batallones de infantería de marina que, saliéndose de la isla, se habían pronunciado en Véger. Extirpada y dispersa la columna de los marinos, tornaba Quesada para Sevilla volviendo por Alcalá. Alojado en casa de los Mendoza, cuyo yerno, Martínez, era Corregidor, se le presentó este oficioso varón con una larga lista sacada de yo no sé qué correspondencia donde aparecían apuntados cerca de 100 vecinos de los más lúcidos y granados de la población, entre ellos nuestro abuelo y [nuestro] padre. Mas el general, magnánimo, comprendiendo lo que era en sí este sencillo delito y cansado de ver derramar tanta sangre, mostrándose sorprendido y viendo en la lista a un sobrino y concuñado de su camarada Villacampa, pues con estos sanbenitos le habían colgado con la idea de fijarle más la atención, y fue el ancla de su salvación, pues enterándose de la juventud y larga prole del uno y de la ancianidad del otro, se mostró de pronto alterado y díjole al bueno del Corregidor: “que eran muchos más muchos más, que los que aparecían en esas listas”, y rasgando ésta con el fingido enfado, volviole la espalda todo iracundo al bendito de nuestro amigo.

Despuésde haber salvado a nuestro pueblo con este acto propio de un Marco Aurelio o un Antonino y habiéndose marchado dejó en el pueblo un corto destacamento de soldados del Regimiento del Rey con un subalterno llamado Don Felipe de Ibarrola, sobrino del Ministro de la Guerra de aquella época, [el] Marqués de Zambrano. Joven y amistoso en su trato, trabó nuestro padre amistad con él en el Villar de Chasorro, donde concurrían y en que nuestro padre era uno de los primeros tacos, pues heredó esta afición de Abansen, que había formado una mesita en su casa para la instrucción de sus amados niños. Del Villar, pues, salió un conocimiento que había de tener fatales consecuencias para nuestro padre, pues es de saber que habiéndose éste ido a Cádiz con una de sus piaras, le siguió a poco después el Ibarrola para parar en ella, donde estaba el Regimiento las fiestas de la Semana Santa, y al despedirse de su patrón, nuestro abuelo Salas, en cuya casa lo había alojado el Corregidorcito para vigilarlo más de cerca, se le brindó, por si algo se le ofrecía que hacer en Cádiz y teniendo que girar a ella nuestro abuelo 6.000 reales, creyéndolos más seguros de este modo para salvar el camino del pinar, se los entregó para que se los diese a su yerno Puelles, al que encontraría en casa de sus primas.

            Esto quedó así, y volviéndose el Ibarrola antes de concluirse la Semana Santa, el oficial, cabizbajo, dijo haber entregado a nuestro padre el dinero al encontrarlo en las esquinas de Porriño, y que no le había recogido recibo por creerlo censado atendida su amistad. Satisfecho quedó el abuelo, y al volver nuestro padre a los pocos días, le preguntó su suegro si había colocado el dinero recibido por Ibarrola. Sorprendido quedó éste de la pregunta, pues no lo había visto tan siquiera, ni aún tenía idea de que hubiese estado en Cádiz, tomándolo a broma del joven oficial, pero mandado llamar éste, con el descaro y la avilantez mayor del mundo, como gran práctico que era, sostuvo frente del que llamaba su amigo Pepe que, en efecto, tropezándolo en la Calle del Sacramento junto a las esquinas de Porriño se los había entregado. Ciego y frenético de ira, nuestro padre, al oír semejante superchería, le apodó de infame y mal nacido, expresándose con tal calor que iban a andar a las manos si no los contienen y produciéndole esto tal sofocación, que atacado de nuevo del terrible dolor de oído, cayó en la cama desplomado, viéndose de nuevo en grave peligro. Su naturaleza joven le salvó, pero quedó tan tenue y delicado, que echó muchos meses en restablecerse. El Ibarrola se marchó a poco del pueblo, y aquejado del remordimiento de su mala acción o calumnia, que le podía costar la vida a un joven generoso y padre de una larga familia, confesó al coronel su desacierto de haberse entrado en una casa de juego y haber perdido la suma que le confiaron, que ofreció descontar con la tercera parte del sueldo que nuestro abuelo estaba recibiendo, hasta que a poco, y con motivo de haber surgido la Guerra Civil, el oficial calavera y perdido pasó al campo de Don Carlos, donde se hizo más tarde célebre por sus proezas, sumiendo al cabo en aquella guerra civil y coronando con su muerte descentrada una vida tan desastrada.

            En este mismo tiempo murió nuestra tía, la monja Sor San José, dejando a sus tres hermanos las casas que poseía y que administró siempre la Clara ; restablecido en tanto nuestro enfermo, pero siempre [re]sintiéndose del oído, se dedicó aquel verano a recoger una sementerita que tenía en la Utreras, y decidido a emprender desde luego una labor que tan de gusto era de nuestra madre,  que no había visto otra cosa en su casa, arrendaron aquel año la media de las tierras de Barnate, que entonces pertenecían a las monjas de Santa Clara, y saliendo de alto a bajo del Monte de Maina a la Cañada de Mocaylén. Era el bello ideal de nuestro padre el labrar algún día el Cortijo de este nombre, que llevaba entonces en renta Don Pedro de La Corte del Marqués de Camporeal, y viendo que según el manejo y traza de éste iba a ver pronto logrado su intento, se aproximaban a él contando con entrar pronto en el resto, pues cumplía al año siguiente.

            Me acuerdo que íbamos muchos días a ver desde el Cerro de las Peñas Pardas nuestros cuatro araditos, pareciéndonos los 16 que tenía Don Pedro en Los Canchales de Bobeda una cosa sorprendente y digna de toda envidia, diciéndonos nuestro padre: “¿Ven ustedes esa casa en ruina y que se viene abajo irremisiblemente como la piedra de gran peso que se desgaja de la altura donde se encontraba? Pues tiene aún todavía diez veces más caudal y recursos que la nuestra, y si emprendiera ese padre al frente de sus hijos, que va a ver pronto sirviendo amo, el sistema que nosotros tenemos, a vuelta de dos o tres años de buen gobierno se volverían a rehacer. Pero como quiera que no lo harán, porque no es susceptible Don Pedro de estas ideas, porque no sabe ganarlo y todo se le ha entrado por la puerta con la muerte de los Guardias, sin saber cómo se ganan las cosas ; crée es su ilusión [de] que le será fácil volver a ser rico y sigue en su curso tan ciego del resultado como imprevisto le fue el enriquecerse. Esos caudales que se heredan de chiripa y falseados duran poco”. Y, en efecto, al año siguiente entramos en el cortijo del que ya debía porción de rentas, y nuestros cuatro arados se hicieron los 16, mientras que los 16 se desvanecieron.

            Lloraba yo un día porque nuestro primo José Belmaño había estrenado una rica capota con vuelta de terciopelo y trencillas de seda, mientras que yo tenía una raidita con embozos de bayeta, y para consolarme me decía: “Anda, tonto, no llores , echa tú también tu parte en la alcancía que estamos haciendo, que según vamos unos y otros, cuando tú seas hombre, serás el primero del pueblo, que es para lo que se dirigen nuestros afanes, y tus hijos lo mismo, mientras que él, sis sigue como va, será el último tal vez”. Vaticinio que también se cumplió a los veinte años escasos. Porque era tal su tacto y su buen ojo de vista, que en su claro entendimiento todo lo resolvía con aforismos y sentencias. Y era que, además de disposición natural, seguía de cerca y se embebía con el trato de los hombres que él juzgaba dignos de imitar. De esta clase fue el Corregidor Legorburu, que en este año vino al pueblo y que ha dejado renombre en Alcalá, trayendo una recomendación expresa del tío Felipe, que corrió en Madrid con sacarle un destino, vino a ésta y cultivó la amistad de nuestro padre, único que le trataba con confianza, porque simpatizaban aquellas dos almas jóvenes y del mismo temple e ideas. Al sucumbir aquel bello mancebo vizcaíno de 27 años de edad víctima de la tisis pulmonar perdió en él nuestro padre un amigo querido de quien siempre hablaba con respeto. Era aquella desgracia un desencanto más de su vida.

            Terminaba el año de 1832 ; nuestra labor ocupaba el Cortijo de Mocaylén, que entonces no hacía más que tres caballonás escasas perteneciendo al Marqués y siendo la hoja pequeña para las miras y [la] ambición de nuestro padre, tomó todas las suertes del prado bajo que entonces se subastaban por ser la Dehesa de Potros y que también se avecinan con la hoja del Cortijo, y ocho suertes más en la Moraleja o Dehesa de las Yeguas, subastadas igualmente. Como había pocos bueyes y muchas vacas de la casta jerezana, apartó éste cuarenta de las mejores de novilladas, y potreadas en cuatro o cinco días de trabajo se incorporaron a los bueyes y formaron un apero de 20 arados, que compartió, y pasaron uno a la Dehesa de las Yeguas, y otro se quedó en el prado, donde habiéndose quemado los ranchos de los La Corte, fue preciso levantar una concita en la que es hoy Casa del Corral Viejo ; éste se levantó también una pierna, y comprando nuestro padre 34 puercas a tío Nicolás, labrador de la Algarrobosa, emprendió este ramo de ganadería tan preciso al labrador para recoger sus desperdicios y tan ventajoso en este pueblo, donde la bellota en aquella época se repartía entre los criadores por un valor insignificante. Una manadita de cabras que nuestra abuela heredó de la Maltesa y tenía en renta a un hijo de tío Nicolás se lo recogieron y se armó una cabreriza en la cabeza del servicio de las Alcabalas, lindando con los manchorros del Canchal de Bobeda.

Una fe ciega y una decisión marcada para hacerlo lo arrastraba a emprender este trabajo en que tuvo que desplegar todos sus recursos y algunos que buscó entre sus amigos. Pero Dios compensó grandemente tanto afán y perseverancia, pues con tiempo templado y bonancible se acabaron de sembrar cerca de 300 fanegas de todas [las] semillas y granos, entrando las vacas en un manchón que les tenía reservado con la idea que había formado de ponerse una lechería de esta especie, que hasta entonces no se había planteado en el pueblo. Y en efecto, aquella primavera se vieron sesenta vacas amarradas delante del corral viejo en la cañada dando un río de leche, que puesta al mínimo y desconocido precio de 3 cuartos el cuartillo, no se podía apurar y se tenía que cuajar parte ligada con la de cabra, que bajaban de la loma a unirla con la otra para producir el efecto. El año se presentaba admirable y abundantísimo de hierbas los prados, y los sembrados crecían asombrosos bajo el influjo de una primavera templada, y bajando todos los domingos la familia, comíamos todos en el cortijo lo que se había de gustar en la casa. Y era de verse aquel grupo de los jóvenes esposo, la anciana abuela y cinco niños de todas edades, algunos llevados en brazos de las sirvientas, bajar las laderas de la Zorrera, o Mesa de San Antonio, para ir a sentarse alrededor de una tosca mesa de corcha, comiendo en puchera la nata amarilla y azucarada de la leche, triscando después los niños con los becerritos que balaban amarrados a los rejos, o persiguiendo lo gorrinillos que se bañaban en el dornajo de la calle del corral, o regándose por entre las adelfales del río que bordea ba estos parajes del rejil, en cuyas cristalinas corrientes se miraban alegres, cortando en sus orillas crecidos manojos de juneta para formar zurriagos o tejer guirnaldas con las flores de su ribera con que adornar a la rubia Aurora, volviéndose al oscurecer toda la familia montada en las burras de la lechería a entregarse de nuevo a sus ordinarias tareas después de bendecir a Dios con los sencillos rezos que su abuela les hacía balbucear dándole gracias por sus beneficios.

¡¡¡Bellos y fugaces días de nuestra niñez, que pasasteis para nunca más volver, no dejando de todo más que los sitios que fueron un teatro, hoy mudos y áridos a nuestros ojos, y estos recuerdos imperecederos en nuestro corazón, habiendo arrebatado la corriente del tiempo a todos los demás de los principales actores de tan tiernas escenas, debiendo decir, como el sentido Jorge Manrique:

Recuerde el alma adormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte,

tan callando.!!!

El Omnipotente colmó grandemente todos aquellos afanes, pues fue tan pingüe la cosecha, que salió a más de doce, llenándose nuestros graneros de la casa y algunos más que se buscaron por fuera. En la entrada de aquel mismo verano había comprado [nuestro padre] una yeguadita de una labradora de Medina, Doña Teresa Montero, para trillar sus mieses, y pasando a Chiclana, donde se remataban los diezmos, puso el de su casa como censada y el del partido de la Moraleja, o Dehesa de Yeguas, donde tenía su labor, trayéndose también el de anojos, borregos y puercos, pues le tenía particular predilección a este ramo, y el de las ovejas quería también plantearlo, viéndonos al fin del dichoso verano con nuestros trajes rebozando, y poblada de toda clase de ganadería la extensión de nuestra tierras, en las que ya estábamos estrechos, y fue preciso tomar la Dehesa de los Santos. Aquel mismo San Miguel entró también labrando el Cortijo de Pelagallos, extenso por demás y propio de la misma manera de Campo Real. Sorprendida la población de unos adelantos tan rápidos y sorprendentes, atribuían a legados de la Generala o al hallazgo de un tesoro lo que no era más los frutos que produce la actividad y la economía, recompensados abundantemente por Dios. Y era tanta la codicia y emulación que por él delante de su casa se tomaba, que habiendo habido en aquel tiempo una quiebra escandalosa en los caudales del común, se los ofrecieron a nuestro padre, y aceptando éste, pasaron así seguida[mente] a nuestra casa las arcas de los fondos públicos, el de propio y el de contribuciones, ordenando sus cosas de tal modo y repartiendo sus ho-ras con tal pulcritud, que después de despachar estas oficinas y recaudaciones con su complicada contabilidad le quedaba tiempo para atender a sus co-sas peculiares y hasta labor, sin que ninguno de nosotros pudiéramos ayudarle en nada, y menos que todos nuestra madre y abuela, que harto hacían con cuidar de sus cargos interiores.

Yo, que era el mayor, solía acompañarle algunos días a sus vueltas al campo montado en una jaquita pequeña y rabicana e imponiéndome de todo con la franqueza y amabilidad que como nadie poseía. Cuántas veces me hablaba de su proyectos para el porvenir y de sus trabajos del pasado sin que mi inteligencia, que se estaba desarrollando, pudiera seguir aquel vuelo de águila. En este tiempo iba yo a la clase de Latín de los padres mínimos de la Victoria con la idea de apremiar mis conocimientos para mandarme a cursar a Salamanca, a donde en aquel tiempo se trasladaba un amigo suyo, que era administrador de rentas de esta población, llamado Don Antonio de la Mota, y hubiera ido atendida la fijeza de sus ideas, aunque no contaba más que diez años, si no se hubieran cerrado en este tiempo las Universidades por el Gobierno, que las creía centro de sociedades revolucionarias, y por el cólera y [la] guerra civil, cuyas mortíferas plagas iban a aparecer.-

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A partir de 1824 volvió a activarse la resistencia por parte de los liberales, aunque fueron intentos bastante desorganizados dirigidos desde Inglaterra y Francia ; tales escaramuzas se recrudecieron sensiblemente en 1830 al socaire de los levantamientos liberales que se estaban produciendo por aquel entonces en toda Europa. Tenemos, así, el Levantamiento de la Mina (el que se menciona en el texto) y el de Madrid, y varios focos revoltosos más en Octubre y al finalizar el año. [VOLVER]

José María de Torrijos (1791-1831), militar que se había distinguido durante la Guerra de la Independencia y por su lucha contra el absolutismo, tuvo que exiliarse a Londres tras la invasión de los 100.000 Hijos de San Luis. Regresó a España en 1830 para ponerse al frente de un levantamiento que organizó des de Gibraltar. En 1831 cayó en una celada de los realistas , él y sus compañeros fueron hechos prisioneros y trasladados a Málaga, donde fueron fusilados sin proceso ni condena el día 11 de Diciembre de ese mismo año por orden expresa de Fernando VII. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 9.774] [VOLVER]

Sobrenombre de Joaquín de Pablo, guerrillero durante la Guerra de la Independencia. Al restaurarse el absolutismo en 1823 emigró a Londres, donde se opuso al intento de la Junta de Bayona de poner a Mina al frente de de los emigrados (1830). En Octubre de ese año pasó la frontera española con un grupo de éstos entre los que se encontraba el poeta José de Espronceda ; al topar con el batallón de Eraso, invitó sin éxito a los soldados a que se unieran a su causa. Fue herido y, trasladado a Francia, murió poco después. [ibid., pg. 7.356] [VOLVER]

Antonio de Miyar, librero madrileño, fue detenido el 17 de Marzo de 1831 al caer en manos de los agentes de Calomarde una carta dirigida a un emigrado en que éste se lamentaba de las proscripciones del reino. Encarcelado don otros acusados de conspirar, fue condenado de la horca y ejecutado el 11 de Abril del mismo año pese a las peticiones de clemencia que se dirigieron al rey. [ibid., pg. 8.616] [VOLVER]

Mariana Pineda (1804-1831), heroína liberal inmortalizada por Federico García Lorca, viuda de un rico propietario, de quien tenía dos hijos de corta edad, fue denunciada por haber bordado una bandera morada con las palabras ‘Ley, Libertad, Igualdad’, que se supuso destinada a alguna conspiración liberal. Pedrosa, miembro de la Chancillería de Granada, al parecer enamorado de ella, trató de que delatara a sus compinches, ofreciéndole el perdón, pero al no conseguirlo, la encarceló y posteriormente la condenó a muerte. La bandera que había bordado fue quemada ante ella por el verdugo, y luego fue agarrotada (no ahorcada, como afirma el texto) en medio de la reprobación del pueblo granadino. [ibid., pg. 7.790] [VOLVER]

Cayetano Valdés (1767-1834), tras tomar parte en la batalla del Cabo de San Vicente (1797), en la defensa de Cádiz (1800) y en Trafalgar (1805) fue nombrado capitán general y Gobernador de Cádiz (1812). En 1814 fue encarcelado por su liberalismo, pero recuperó la libertad tras la revolución de 1820. Ocupó el Ministerio de la Guerra, y en 1823 fue miembro de la Regencia de Sevilla que depuso a Fernando VII. Restablecido el absolutismo, fue condenado a muerte, pero huyó a Gran Bretaña (no fue fusilado, por lo tanto, como afirma el texto). Regresó tras la amnistía de 1832. [ibid., pg. 10.071] [VOLVER]

Juan Díaz Porlier, llamado el Marquesito (1788-1815), se encontraba en Madrid al producirse el alzamiento del 2 de Mayo de 1808, y desde los primeros momentos tomó parte en la lucha contra los franceses. Desde la restauración absolutista comenzó a militar a favor del restablecimiento de la Constitución de 1812, por lo que fue detenido y confinado en el castillo de San Antón, en La Coruña, desde donde organizó el pronunciamiento de Septiembre de 1815, que alcanzó fácil éxito en La Coruña y El Ferrol debido al apoyo de la burguesía mercantil y de buena parte del ejército. Cuando avanzaba sobre Santiago, algunos de sus soldados, comprados tal vez por las autoridades y el clero de esa ciudad, se apoderaron de él a traición y lo entregaron a los absolutistas, quienes lo ahorcaron (tampoco fue fusilado, pues). [ibid., pg. 7.956] [VOLVER]

Luis de Lacy (1775-1817), en un principio miembro del ejército invasor francés, cambió de bando al ver lo que estaba sucediendo en el país, distinguiéndose hasta el punto de ser nombrado, terminado el conflicto, Capitán General de Cataluña, y más tarde de Galicia. Al regresar Fernando VII fue destituido. En 1817, de vuelta en Cataluña, se puso en relación con los hermanos Milans del Bosch para sublevarse contra la camarilla absolutista y proclamar la Constitución. Al ser denunciado por ello, se entregó a las autoridades y fue acto seguido condenado a muerte, siendo fusilado en Madrid poco después. Al producirse el triunfo de los liberales en 1820, Lacy fue honrado solemnemente como un héroe nacional. [ibid., pg. 5.621] [VOLVER]

Posiblemente nos encontremos ante un error del autor. Por las fechas, no puede tratarse del Cayetano Valdés mencionado más arriba, y más bien parece estarse refiriendo a José María de Torrijos, el cual, efectivamente, fue fusilado junto con 60 de sus compañeros en 1831, como se ha visto. [VOLVER]

Vicente Jenaro de Quesada (1782-1836), tras distinguirse durante la Guerra de la Independencia, fue nombrado mariscal de campo por Fernando VII en 1814. Durante la revolución de 1820 fue detenido, pero logró huir a Francia, desde donde trabajó a favor de la restauración del absolutismo. Después de pasar a España como general en jefe del Ejército de Navarra (1821-22), regresó a París. Tras la reacción de 1823 ocupó diversas capitanías generales, entre ellas la de Andalucía coincidiendo con el pronunciamiento de Torrijos ; mientras ostentaba la de Castilla la Nueva se produjo el Motín de La Granja (1836). Quesada, destituido, intentó huir, pero fue detenido y asesinado por un grupo de personas que asaltaron la casa en la que estaba preso. [ibid., pg. 8.207] [VOLVER]

Emperador romano de origen ibérico, muy influido por el pensamiento filosófico de los estoicos. Su actitud para con los cristianos, que es a lo que se está refiriendo nuestro autor, fue bastante ambigua: aunque no tomó ninguna medida cualificada contra ellos, dejó siempre libre curso a la ley cuando manifestaban públicamente su fe, permitiendo las persecuciones de Roma (163) y de Lyon (177). Se le puede comparar, por tanto, efectivamente con el general Quesada. [ibid., pg. 6.196] [VOLVER]

Se trata de Antonino Pío, emperador romano y padre adoptivo de su sucesor, Marco Aurelio. Su vida privada fue de una gran sencillez. Otorgó generosamente el derecho de ciudadanía, creó nuevas instituciones alimenticias e intervino directamente en la aplicación de la ley con un criterio liberal. [VOLVER]

Nos estamos refiriendo a la 1a Guerra Carlista (1833-1840). La línea de la Casa de Borbón española descendiente del Infante Carlos María Isidro, hijo de Carlos IV reivindicaba la corona a la muerte de Fer-nando VII, oponiéndose a la entronización de Isabel II, hija del difunto, alegando que la ley sucesoria de 1713 excluía a las hembras del trono, y que tal ley no había sido derogada a pesar de la promulgación de la Pragmática Sanción (1830). El pretendiente, Carlos María Isidro (‘Carlos V’), había admitido sin protesta aquel texto, que le excluía del trono en beneficio de su sobrina Isabel, pero la agitación que provocaban sus partidarios fue en aumento, por lo que el Gobierno optó por alejarlo de Madrid, exiliándolo a Portugal. Aunque las acciones de partidas carlistas se venían registrando intermitentemente desde 1827, se suele señalar como inicio de la contienda el alzamiento del administrador de Correos de Talavera de la Reina la noche del 2 al 3 de Octubre de 1833. Pocos días más tarde se produjeron levantamientos semejantes en diversos puntos de España, sobre todo en Navarra, País Vasco, Cataluña, Aragón, Valencia, Castilla la Vieja y La Mancha. El foco más importante de la insurrección fue Navarra, donde el mando de las tropas carlistas había caído en el coronel Tomás de Zumalacárregui, el más famoso entre los militares sublevados. Carlos María Isidro no se unió al levantamiento hasta 1834. [VOLVER]

El diezmo era una prestación en frutos y ganados que los fieles abonaban a la Iglesia, y que consistía en una décima parte (o en una fracción variable) del producto bruto de las cosechas. El aumento de las producción agrícola y su creciente comercialización hicieron nacer una fuerte oposición a los diezmos, que fueron abolidos por la reforma protestante, mientras que el Concilio de Trento respondió excomulgan do a los que no los pagasen en España. El reformismo ilustrado intentó en algunos casos su abolición, pero ésta no se inició en los países católicos hasta que Francia lo hizo en 1789. En España no se hizo ninguna modificación en este sentido hasta 1821, cuando los diezmos y las primicias fueron reducidos a la mitad, renunciando el Estado a la parte que percibía de los mismos. ; pero en 1823, al caer el régimen constitucional, se volvió a la percepción íntegra, e incluso hubo eclesiásticos que pretendían cobrar los atrasos de los años en que sólo se había pagado la mitad. La opinión era generalmente hostil al diezmo, y en 1837 se acordó su supresión, aunque los apuros de la Hacienda obligaron a diferirla una y otra vez hasta 1841, cuando fueron remplazados por una contribución de culto y clero, preocupándose el Estado de indemnizar a los partícipes legos, ya que no se consideraba justo perjudicar a quienes podían haber adquirido sus derechos por compra. [ibid., pp. 2.947-48] [VOLVER]

[ATRAS]