HISTORIA DE LA FAMILIA DE LOS PUELLES

 

Segunda Parte.

Capítulo 9

 

Principios de la Guerra Civil ; invasión del cólera. Vuelta del Partido Liberal del ostracismo al Gobierno. Influencia de este cambio en Alcalá hasta principios del 36.-

 

 

            Ya hemos visto al fin del capítulo precedente que a un tiempo casi aparecieron en nuestra Península estas dos calamidades terribles, que son los azotes que Dios manda a las naciones cuando quiere que expíen sus delitos. Había precedido a esto la muerte del sanguinario Fernando, que falleció en fin de Septiembre del año 1833, quedando por heredera su hija mayor, nuestra actual reina Isabel, y creyéndose el infante Don Carlos con un derecho anterior basado en la Ley Sálica, que había importado de Francia y querido aclimatar en nuestro país Felipe V, el primero de los Borbones, a quien le había[n] valido este derecho las leyes del país, contrarias a las francesas, excluyendo a la Casa de Austria, que quería fundar en ella su derecho, ley, como decimos, contraria a nuestras tradiciones y venerandos fueros, que había llamado en casos iguales a las Urracas, Berenguelas e Isabeles, tan memorables las últimas ; surgió, pues, una división profunda que ya de atrás se había iniciado entre los dos partidos en que estábamos formados, tomando el Realista Apostólico por bandera al Infante, que era su jefe, y el Liberal e Ilustrado, a cuyo frente se puso la reina viuda regente, a su hija, la huérfana de tres años, e Isabel, segunda de su nombre. Don Carlos, llamado a jurar el nuevo orden de cosas, se excusó y se marchó de la Corte a alzar su bandera, como ya en el año 20 lo había intentado en Cataluña.

La Regenta, viendo formarse la tempestad, no tanto por simpatica como por diplomacia y necesidad, llamó del extranjero a los hombres emigrantes por la libertad, desarmó los cuerpos realistas, y dando una fórmula o remedo de Constitución con el nombre de Estatuto, creación de momento del conocido doceañista Martínez de la Rosa, convocó a la nación por estamentos o Cortes antiguas para la jura de la heredera. Ya en este tiempo se libraban combates y batallas entre ‘carlistas’ y ‘constitucionales’ en las fronteras de Portugal, donde se acogió el Infante en una de sus derrotas, pasando a Londres y volviendo por Francia a ganar la del Pirineo, se instaló en las Provincias Vascas, que se habían levantado por su causa creyéndola identificada con sus fueros y antiguas inmunidades, que esperaban ver vulneradas por los constitucionales para igualar los derechos de las demás provincias. Fieras y furibundas batallas se iban a librar en adelante entre padre e hijos, entre hermanos y hermanos y entre los moradores de una misma comarca y país, siendo esta lucha la peor y más temible de todas, porque los odios se exasperan más si cabe a proporción de la antigua amistad y de los vínculos y recuerdos que enlazaran antes, y debía ser por consecuencia dura y cruel y sin cuartel como entre las hordas de Africa.

Para colmar esta situación angustiosa, el cólera, ese terrible viajero que avanza a jornadas cortas como si fuera un peregrino y cuyo raro y cuyo raro y marcado curso ha motivado las tradiciones y ecos vulgares de que es el judío errante a quien le siguen las pestes y desolaciones, ese aire mefítico que salido de los efluvios del Ganges se extendió por el Indostán, y avanzando como un fuego lento en dos alas pavorosas, con una abrasaba el Asia hasta la parte oriental de la China y el Japón, mientras la otra, recorriendo la Persia y la Siria, salvando el Mar Negro y [el] Caspio se introdujo en Europa de Nordeste a Sur desolando las comarcas y dejando sembrado de cadáveres el vasto campo de los dos continentes. Ese horrible y misterioso enemigo se introdujo siguiendo su curso en nuestra Península, cebándose en las principales ciudades sin dejar atrás tampoco la pobre aldea ni la aislada cabaña del pastor en el más cortado desierto.

En esta situación tan triste y rodeado de tantas calamidades se entronizó el nuevo reinado y se inauguraba también la entrada de nuestra familia en Pelogallo, a cuyo cortijo se amparó huyendo del azote del cielo. En dicha posesión se acomodaron y en sus distintas viviendas y chozas, no sólo nuestra familia, que ya en este tiempo constaba de nueve individuos, sino la de los Belmaños, compuesta también de otra porción de niños de nuestra edad, pues debemos decir que al dejar la milicia nuestro tío había casado con la viuda del capitán Ventura cuya muerte originó las de nuestro tío Antonio. Y además, otras cinco familias numerosas de sirvientes completaban el vecindario del caserío, que se transformó en una poblada aldehuela llena de niños y de gente de todas edades y sexos, volviéndose aquel solitario paraje una colonia bulliciosa y animada donde reinaba la alegría y la ciega fe y confianza en la Providencia que velaba por ella, pues invadiendo la epidemia al pueblo y a otros caseríos llenos de gente, entresacó porción de víctimas, saliendo nosotros ilesos de todo mal y desgracia. Más de tres meses permanecimos en el campo, tres meses placenteros y felices, pues aquellas escenas patriarcales y sencillas de rústica vida, al par que satisfacían nuestros tiernos corazones, dejaban un recuerdo imperecedero en nuestra imaginación.

Sin embargo, un día hubo en estos momentos agradables un acontecimiento de recuerdo y de impresión dolorosa. Jugábamos los niños en los alrededores del cortijo, situado, como es sabido, a orillas del río Alamo, que atraviesa todas sus tierras, y habiendo los mayores construido un hornito entre los tarajales del río a imitación del que funcionaba y abastecía el cortijo, solían en sus juegos encenderlo y cocer en él panecillos pequeños que hacían con pedazos de masa tomados del amasijo. Uno de aquellos días y veces en que corría un fuerte levante se escaparon unas ascuas a los más pequeños, que querían encender el horno sobre unos asientos de pastos que estaban prevenidos para los retechos de las chozas, y levantándose un voraz incendio que se apoderó de las alas de los ranchos, puso en un momento en confusión y espanto a las pacíficas familias que estaban ocupadas en las comidas del mediodía, pues a esta hora se apoderó el fuego del cortijo. No es decible el espanto y griterío que armarían 30 niños llorosos que había habitando dentro y más de 50 personas mayores que aumentaban la confusión sacando muebles y camas a las afueras del patio. Los caballos y los asnos se ahogaban en las cuadras con el humo y el calor, y en este aturdimiento nadie se acordaba de abrirles las puertas y echarlos fuera. Por último, después de salvados los niño y las personas mayores, que era lo esencial, ordenando nuestro padre los trabajos y presidiendo esta lúgubre escena, cuidó de bestias y aves, de pertrechos y de muebles, cortándose el fuego en la bóveda del horno hasta donde llegó y quedando destruido y hecho humeantes casarones el lado del río por donde el fuego se introdujo. Más que la pérdida de intereses fue el sobresalto que a todos aquel suceso produjo por las desgracias personales que por suerte se pudieron evitar, tratándose de cerca de cien personas desprevenidas que dentro de un recinto se albergaban.

            Tras de aquel día único de malandanza volvieron, una vez restablecida la calma y el sosiego, a ocuparse todos de nuevo en sus tareas, ocupándose operarios y albañiles en traer materiales y construir de nuevo la parte quemada, quedando antes del mes del incendio todo de nuevo en su lugar ; entonces todos contribuimos a reparar nuestra inocente falta ocupándonos gustosos en la tarea de construcción, pues dirigiendo nuestro padre los trabajos aprendimos los niños a hacer jiscar o cuerda de tornica de esparto para el punto de las techumbres y encañados., saliendo todos oficiales aprovechados de aquel maestro tan largo y superior como era nuestro jefe ; otros dábamos los puntos o cañas para culatar, estando todo en continuo movimiento y en agitado servicio con el gusto y [la] alegría que se tiene a esa edad cuando uno se crée que va siendo útil en algo. Así transcurrió todo el otoño, y emprendida la sementera y faenas propias de la estación más seductora y bella de todo el año, teniendo nuestra cabreriza en los cerros de Matabueyes con más de mil bichos cabríos que se extendían de día por el perímetro grande del donadío y la gran extensión de baldíos de Los Jardales, poblado entonces de monte bajo, un hato de puercos crecido y numerosos rebaños de ovejas, vacas y yeguas que se habían comprado en más número, llenos los almacenes y trojes y repuestas de numerario las arcas, nada parecía hacer falta a nuestra felicidad, pues salía[mos] del cólera ya acabado ilesos.

            Mas la ambición de extenderse que devoraba a nuestro padre a proporción que crecía la familia y de darle a ésta la solidez de una brillante educación por si faltaban los frágiles y deleznables bienes le hizo pensar en mandarme a mí a Sevilla, cuya Universidad se abría de nuevo a las carreras mayores, y soñando darme la de Abogado, pues en su cariño paternal creía ver tras ella una toga o corregimiento, objeto de sus ensueños para su primogénito, hizo que preparándome mi equipaje y unido a otro joven del pueblo que seguía allí su carrera, marchase yo a él unido e incorporado, estando bajo su cargo, a cursar en aquellas aulas. Y, en efecto, dispuesto lo conveniente, una mañana al promediar el otoño dejé yo, acompañado de nuestro padre y del joven estudiante con los mozos a mi querida familia, que agrupados a la puerta del cortijo me despedían entre abrazos y sollozos de la buena de mi abuela y de los chiquitos, que se abalanzaban a mí sin saberse aún dar cuenta de aquella extraña variación en la vida del que presidía sus juegos. Para mí, que jamás me había apartado del seno de aquella buena familia, y sin tener una idea remota de nada del mundo fuera de los horizontes que abarcaban mi mirada, era aquella variación y cambio de costumbres y de vida una revolución completa que se iba a obrar en mis ideas.

            Pero quedando yo en mi curso de Colegial de Santo Tomás de Aquino, en que tuvieron que inscribirme pues no estaba aún corriente en la lengua latina, cualidad precisa para entrar en la Universidad de Filósofo, diré que nuestro padre en Sevilla no sólo se cuidó de dejarme acomodado y pertrechado de cuanto necesitaba, sino es que también puso en planta una idea y un pensamiento que le embargaba hacía mucho tiempo, y era que quería hacer pujar y proposiciones al gran Cortijo, objeto de todos sus ensueños, de Las Cobatillas, propio entonces del Conde de Monteagudo, residente en Sevilla, cuya posición, por la extensión y fertilidad de sus terrenos, por la variedad y abundancia de éstos y sus aguas y abrigos, se considera por el primer cortijo de España, y al cual habían labrado anteriormente y dividido en pedazos de a más de 1.500 fanegas cada uno nuestro abuelo y bisabuelo maternos los Salas, y su yerno y cuñado prior a la muerte de nuestro bisabuelo.

Era la labor que a nuestro padre convenía, pues había beranas donde podían andar 60 arados tres meses para remover una de sus hojas. [Estaban, además,] sus chaparrales y monte bajo, donde cabían cómodamente cuatro o cincomil cabezas de todas clases de ganado. Este inmenso y magnífico cuadro de tierra, que toca con la Hermita de los Santos por un lado y toda la mojonera de Medina a poniente, que atraviesa el manso Alamo en toda su extensión y que le corta en todas direcciones, estaba arrendado en 30.000 reales, que salía a poco más de medio duro por fanega, y nuestro padre lo puso en 45.000, es decir, a 15, ofreciéndole el mismo Conde, su dueño, entregárselo al cumplir el riquísimo y preponderante Varela, que había sucedido en su labranza a nuestra familia en él. Confiado en esta palabra y lleno de ilusiones con la idea de entronizar una labor digna de él, que hubiera llenado en todo caso con la ayuda de nuestro abuelo, partícipe en el pensamiento y admirador decidido, que labró él y su padre toda su vida, se volvió a Alcalá al cabo de unos días con la satisfacción de dejar a su hijo mayor en el principio del camino de una carrera honrosa y de traerle a los demás los gérmenes de una gran riqueza que quería crear para su bienestar e importancia.

Llegado a su cortijo, ordenó la vuelta de la familia al pueblo y extendió su hoja de barbechos a parte de los terrenos del abuelo en la campiña, ordenando redoblar las crías de ovejas y puercos, cosa que, como es sabido, se hace con el beneficio y echando los padres muy temprano y muy tarde para lograr dos gestaciones y pariciones en el año en los ganados menudos. Así transcurrió todo el año de 1835, harto abundante, por cierto, no sólo en cosechas, sino en sucesos políticos, pues durante él entró de lleno a funcionar el Partido Liberal y un grande hombre, Mendizábal, como Ministro de Hacienda. Este bueno y esclarecido patricio no sólo llenó el Ejército de combatientes con su gran quinta de 100.000 hombres, sino que abasteció el Erario de recursos con sus trascendentales y sabias medidas desamortizadoras, que abrieron las fuentes, ciegas hasta entonces, de la riqueza nacional, que era exclusivo patrimonio en manos muertas y envejecidas en un quietismo fatal. Todo tomó vida y vigor bajo su mando, y despertándose a su voz el espíritu público desalentado, hasta los hombres más apáticos o indiferentes tomaron sitio entre las filas de los defensores de la huérfana regia y de las instituciones que robustecieron sus derechos al trono ; los que no por patriotismo, por el cebo del interés. Los conventos de regulares se cerraron, quedando los de monjas, siempre dignas de más respeto y consideración, dotados como las demás clases del Estado de los fondos del Erario, y ésto iba a subvenir en adelante a sus necesidades mundanales, formando con sus bienes un venero inagotable de riqueza a los particulares y de productos al Erario, que hasta entonces casi nada le reditaban o contribuían esas inmensas e innumerables posesiones.

Alcalá era un pueblo en que toda la mayor parte de su riqueza estaba amortizada ; la que no pertenecía a la Iglesia era de propios o de magnates poderosos, y los terratenientes o cultivadores del suelo no eran más que unos pobres colonos, siempre amenazados del lanzamiento de los terrenos que regaban con su sudor, así es que, no teniendo apego a un suelo que miraban como prestado y de posesión efímera y sedentaria, a usanza de los árabes y tártaros nómadas, que adolecen en sus continuas etapas y correrías de esta falta de dominio y fijeza, se dedicaban únicamente y en su mayor parte a la ganadería, que podían llevar tras de sí el día que los lanzasen de sus tierras. Esta ganadería, privilegiada en exceso por las vetustas ordenanzas de la Mesta que las regía, asolaba y destruía todos los pastos, no estándole nada reservado ni prohibido fuera de algunos escasos terrenos llamados ‘donadíos’, destruyendo con esto el fervor del agricultor, a quien los ganaderos hacían levantar sus mal maduradas mieses para aprovechar los rastrojos y despojarlos hasta de las espigas, reservadas por la costumbre al dueño que las producía, y si no teníamos como las provincias del Centro la oruga del ganado merino de cabañas trashumantes, teníamos en cambio la langosta de los rebaños de Paterna, lugarejo próximo alimentado con pobladores y término de Alcalá en su principio, y que ya crecido y desarrollado de su primer embrión, alentado por los Ribera, sus fundadores, señores feudales del suelo, concluyeron por volverse vivoreznos, que trataban de privar a su madre, que los concibió, de la vida que de ella habían recibido. Así es que al decretarse la [des]amortización civil y eclesiástica, la desvinculación de mayorazgos y el cerramiento de propiedades poniéndole coto a las inmunidades de la ganadería, el pueblo acogió con entusiasmo estos adelantos y oteó ya de lejos las ventajas que le iba a reportar con estas saludables medidas.

En tanto también y con los frailes se habían proscrito también los Corregidores, pues organizados los municipios con arreglo a la Constitución de 1812, éstos debían ser nombrados por los pueblos en adelante, y de ellos los Alcaldes con las atribuciones gubernativas y administrativas de los Corregidores. Lástima no le hubieran dejado las [competencias] judiciales también con auxilio de Asesores, que habría librado a este pueblo de verse explotado como lo iba a ser en adelante por el de Medina, a donde como cabeza de partido fue a despacharse todo lo judiciable a cargo de un Juez de Primera Instancia. En este mismo tiempo se organizaba de nuevo la Milicia Nacional, siendo nombrado Segundo Jefe de ella en la Caballería nuestro padre, no siendo el Primero por la etiqueta y deferencia que se le guardó a un coronel del Ejército que se alistó en ella, y [que] era preciso darle por su grado la primacía. Era éste nuestro amigo Don Vicente Valcárcel, hombre cortesano y entrometido, y que vino a esta población como administrador de Medinaceli, tomando grande amistad con nuestro padre, con quien se tuteaba, y hasta trató de enlazarse a la familia haciéndose pretendiente de la hermana más pequeña de nuestra madre, tía Juana Ramona, que era en aquella época la joven más agraciada y de mejor porvenir del pueblo, reuniendo a estas buenas cualidades las inestimables de una virtud ejemplar y un talento sin rival a su edad y [teniendo en cuenta la] educación que en Alcalá se recibía entonces. Pero continuando diremos que se inauguró el año de 1836 con estos auspicios para nuestra familia, no sin haber hecho un viaje nuestros padres a Sevilla a fines del anterior, donde me dejaron ya dentro de la Universidad cursando Filosofía, y para adornarme con las demás ramas de una privilegiada educación que querían darnos a todos me pusieron de alumno interno del Colegio de San Diego, donde alterné con la juventud más escogida y brillante de Andalucía y Extremadura, que en este Instituto acreditado se educaba entonces.

Al promediar el verano de 1836 vine a Alcalá de vacaciones y lo encontré todo cambiado ; en los dos años cortos que de él falté habían surgido mil variaciones [a] mis ojos. Viniendo de Sevilla, donde me había yo aclimatado, nada extraño es que todo me pareciera chico y angosto, calles, plazas y edificios, pobres y de mala forma. Sin embargo, la casa nuestra, reedificada y casi de nueva planta sacada y que era la de los Caballeros o de la Perea que habían desmantelado los franceses. Comprada por nuestro padre, habíase exornado con [un] hermoso balcón y cierre de cristales, que aunque no sea gran cosa, era de gran novedad entonces por ser el primero y único. Pinturas, cristales y decoración de la casa eran del mejor gusto, y todo en su clase revelaba al hombre, que debía mejorar y retocar todo lo que [le] concernía. El aspecto de la población parecía también haber variado, pues no se veían hábitos de frailes de día, ni rosarios de noche, ocupando su lugar los uniformes de los milicianos y la retreta con banda de música. Los terrenos que antes ocupaban los prados potriles y dehesas boyales y de yeguas se empezaban a repartir, siempre con alguna rémora, porque aún había muchos que [se] lucraban con los abusos y [estaban] interesados en sostenerlos. Mas a los dos meses quedaron vencidos todos los inconvenientes, pues a resultas de la revolución de la Granja que habían iniciado todas las capitales de provincia, tuvo la Regente, mal de su grado, que avenirse a dar a la nación lo que ésta en cambio de su sangre y sus tesoros le pedía, que era simplemente la Constitución del año 1812, arca y labaro santo por el que el pueblo español había hecho tantos prodigios, pagado siempre con la alevosía y las traiciones por parte de la Corona.

El último Alcalde constitucional del año 23, el fervoroso capitán Don José Lugo, compañero de nuestro abuelo en los Ligeros de Valencia y que se había retirado a Alcalá, de donde era su mujer, fue puesto al frente del Ayuntamiento y de la Milicia Nacional de Caballería, siendo el Jefe de la Infantería Don Diego del Manzano, joven mayorazgo de bríos y escalor de la charanga militar. Principiaron a medirse y deslindarse las tierras pertenecientes al Común para hacerlas huertos, suprimiéndose desde aquel día también el repartimiento de bellotas que hasta entonces y en su beneficio habían tenido los criadores, teniendo éstos que pagar en adelante los montos con arreglo a los tipos de subasta, que debían naturalmente aumentar los rendimientos de la caja de propios. El año, en su cosecha, había sido insignificante, cubriéndose escasamente los gastos del labrador, porque [éste], como es regla sabida, necesita más de cinco simientes para que, cubierto el gasto, pueda obtener alguna ganancia, y taradamente a esto había llegado a nuestra sementera una magnífica cría de agostones de 800 gorrinos [que] después de salidos de tapeo se morían a montones al soplo de las primeras brisas del otoño, y una seca prolongada retardaba los trabajos y labores de esta estación.-

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La Lex Salica originaria se aplicaba en la época de los grandes invasiones bárbaras a todos los francos situados entre el ‘Bosque carbonero’ y el Loira, es decir, a todos exceptuando a los francos del Rhin, los camavos y otras pequeñas tribus. Había sido promulgada por los salios, el más importante grupo de los francos, que aparece nombrado por vez primera en un discurso de Juliano a los atenienses, y más tarde como denominación de diversos cuerpos auxiliares del ejército romano en la Notitia dignitatum. [MUSSET, Lucien, 1967, Las invasiones (1. Las oleadas germánicas), Barcelona Labor, pg. 68] La versión posterior de este texto legal, que excluía del trono de Francia a las hembras y sus descendientes, fue introducida, con algunas variaciones, por Felipe V en España mediante el auto acordado de 10 de Mayo de 1713, modificando de esta manera la ley sucesoria de las Partidas, vigente hasta ese momento, con el fin de evitar las posibilidad de que la Corona española volviera a manos de la dinastía de los Habsburgo. Aunque la nobleza se mostró contraria al cambio, las Cortes accedieron, estableciéndose que las mujeres sólo serían llama das a suceder en el caso de faltar heredero varón en línea directa o colateral. las Cortes General de 1789, convocadas por Carlos IV, acordaron derogar dicha disposición y restablecer la sucesión de acuerdo con las Partidas. El rey ordenó expedir la Pragmática Sanción correspondiente, pero ésta no pudo hacerse pública hasta que Fernando VII la promulgó por fin el 29 de Marzo de 1830. Los intentos del Infante Carlos y sus partidarios por conseguir su derogación fracasaron, planteándose a consecuencia de ello un conflicto dinástico que dio origen a las Guerras Carlistas. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 8.806] [VOLVER]

Para poder convocar las Cortes se redactó, como Constitución provisional, el Estatuto Real de 1834, que en realidad no era más que una ‘carta otorgada’ en 50 Artículos y que estuvo vigente hasta 1836 ; aun que fue duramente criticado por no constituir propiamente una Constitución, este texto fue en realidad, según muchos analistas, la base que permitió echar a andar al sistema liberal en España, poniendo fin de manera definitiva al absolutismo en nuestro país. El mismo, aunque tímido, introdujo la representación institucional mediante unas estructuras semejantes a las que ya funcionaban a la sazón en toda Europa (‘liberalismo doctrinario’), con un Gobierno bicameral que hizo posible a partir de entonces la contestación y el examen serio de los Presupuestos gracias al mecanismo del voto de confianza y el voto de censura. El Estatuto fue contestado, como decimos, por los liberales, y uno de ellos presentó a la Cámara una Tabla de Derechos en la que se exigía igualdad ante la ley, libertad de imprenta, libertad en la milicia, etc., y sus puntos fueron aceptados mayoritariamente ; sin embargo, la propuesta no podía ser aprobada sin más en el marco del Estatuto, y María Cristina, la Regente, se negó a firmarla. Como consecuencia se presentó un voto de censura contra el Ministro Martínez de la Rosa, que presento la dimisión en 1835. [VOLVER]

Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), se distinguió por su liberalismo moderado en las Cortes de Cádiz y durante el Trienio Constitucional. El restablecimiento del absolutismo le obligó a abandonar el país, trasladándose a París. De nuevo en España (1831), le fue encargada la formación de Gobierno en 1834, e intentó llevar a la práctica su programa político, caracterizado por un intento de mantener las instituciones tradicionales con una aparente modernidad, pero que, de hecho, significó el usufructo del poder por las oligarquías tradicionales, Se esforzó en consolidar el nuevo régimen mediante la firma de tratados con las potencias europeas, y terminar con la guerra civil. Pero esta política de conciliación fue atacada por liberales y absolutistas, que le dieron el sobrenombre de ‘Rosita la Pastelera’. Los fracasos en el frente, los ataques en las Cortes y las insurrecciones populares le obligaron a dimitir. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 6.265] [VOLVER]

La primera fase del conflicto se caracterizó por la dispersión de las partidas alzadas, su desorganización y falta de sincronía y la rápida reacción del Gobierno, que desarticuló sin demasiada dificultad a los principales grupos conspiradores. Esta primera fase constituyó un auténtico fracaso para el bando carlista en todos los frentes, salvo en Navarra, donde ya estaba formada la correspondientes Junta de Gobierno. Allí se reorganizaría el ejército insurrecto bajo el mando del coronel Tomás Zumalacárregui, quien se haría cargo de la zona Norte el 14 de Noviembre de 1833, siendo reconocido su cargo por Don Carlos en Marzo de 1834. El ejército reconstituido, con base estratégica en el Valle de Amézcoas, donde los isabelinos sufrieron un grave descalabro, inició a partir de entonces el hostigamiento de dichas tropas, pasando a la ofensiva. Don Carlos llegó a España en Julio de ese mismo año, perdiendo Zumalacárregui parte de su poder a favor de la camarilla del pretendiente. Contra la opinión de aquél se decidió poner sitio a Bilbao (la tumba del carlismo, según Unamuno). Zumalacárregui murió el 24 de Junio de 1835, y los carlistas se vieron obligados a levantar el sitio el 1 de Julio ante la operación de socorro dirigida por Espartero. [VOLVER]

El término fuero (del latín, ‘forum’= plaza pública, tribunal de justicia) designa los derechos o privilegios que se concedían a un territorio, ciudad o persona durante la Reconquista en los reinos cristianos españoles ; al principio se trataba  de ratificar costumbres y derechos locales, y con posterioridad (siglo XIII) se aplicaron igualmente al derecho territorial. La redacción se solía basar en textos consuetudinarios, decisiones judiciales o ‘fazañas’, y a veces privilegios y disposiciones legales. En el caso de los fueros de Vizcaya se conoce una primera redacción de 1452, el llamado ‘fuero viejo de Vizcaya’, y otra de tiempos de Carlos I (1527). [ibid. pg. 4.187-88] [VOLVER]

Este personaje legendario está condenado a la inmortalidad y a caminar hasta el día del Juicio Final por haber maltratado a Jesucristo en el camino del Calvario. A partir del siglo XIII esta leyenda adquirió tres formas distintas: (a) José Cartafilus, portero de Poncio Pilato, cuya historia refieren Roger de Wendover, Mattieu Paris y Philippe Mouskes ; (b) Buttadeo, conocido principalmente en Italia ; (c) Malco o Malchus, personaje de los misterios dramáticos. En el siglo XVII un autor alemán lo presentó como un judío, el ‘judío eterno’, llamado Ahasverus o Asuero (1602), que en traducción francesa de 1609 se convirtió en el ‘judío errante’. A partir de aquel momento la leyenda se extendió con gran rapidez a través de las imágenes populares, las estampas y los romances. El judío errante, personificación del destino del pueblo judío después de la muerte de Cristo, ha inspirado a escritores como Schiller, Goethe, Chamisso, Shelley, Borges, y especialmente a Eugenio Sue, que con su novela El judío errante, continuación de Los misterios de París, ha sido el escritor que más ha contribuido a la difusión de este mito en el mundo actual. [ibid. pg. 5.488] [VOLVER]

El cólera es una enfermedad endémica en la India y epidémica en Europa. Desde Marzo a Octubre de 1832 causó en París 18.400 muertos ; en los años 1848, 1851, 1865, 1884 y 1892 invadió a Europa entera, propagándose en el seno de las grandes aglomeraciones urbanas. En Africa no apareció más que la forma pandémica de los años 1832, 1848 y 1865 y solamente en Egipto, Etiopía y Magreb. América del Norte y Central sufrió las mismas pandemias que Europa occidental de 1832 a 1892. [ibid., pg. 2.090] [VOLVER]

Citemos lo que comenta Don Marcelino Menéndez y Pelayo de la Universidades españolas de la época que aquí estamos tratando: “En estudiar nadie pensaba ; las cátedras estaban desiertas ; dos o tres universidades tenían rentas cuantiosas, dada la pobreza de los tiempos y del país, pero los doctores de las restantes vegetaban en la miseria. El título de catedrático solía ser puramente honorífico y servir de título o mérito para más altos empleos de toga o de administración. Por amor a la ciencia, nadie se consideraba obligado a enseñar ni a aprender. La enseñanza era una pura farsa, un convenio tácito entre maestros y discípulos, fundado en la mutua ignorancia, dejadez y abandono casi criminal. Olvidadas las ciencias experimentales, aprendíase física sin ver una máquina ni un aparato, o más bien no se aprendía nada de modo alguno porque los estudiantes solían cortar por lo sano, no presentándose en la universidad sino el día de la matrícula y del examen. Si algo quedaba de lo antiguo, era la indisciplina, el desorden, los cohechos de las votaciones y de las oposiciones. Y no se crea que las universidades eran antros del viejo oscurantismo; en realidad no eran antros de nada, sino de barbarie y desidia. Durante la guerra civil predominaron en ellas los liberales. Hubo rectores que se pusieron al frente de la Milicia Nacional, y era caso frecuente que los catedráticos, para conciliarse la popularidad del su auditorio, explicasen con morrión y fornituras, así como, por el extremo contrario, solía verse a los jefes políticos y a los coroneles presidiendo consejos de disciplina o salas de claustros”. [MENENDEZ y PELAYO, Marcelino, 1967, Historia de los heterodoxos españoles (II), Madrid, BAC, pg. 868] Esto es más o menos lo que se encontró en Sevilla nuestro antepasado. [VOLVER]

La convocatoria de esta leva enfrentó a Mendizábal con el Ministro de la Gobernación, ya que no se disponía de medios para equipar a dichas tropas ; se decidió en consecuencia eximir del pago de impuestos a quien aportase dinero o caballos, con lo que los pudientes podían librarse de ir a la guerra beneficiándose de una ‘redención por dinero’. [VOLVER]

Como preámbulo a las medidas desamortizadoras de Mendizábal, el 25 de 1835 fueron suprimidos los monasterios y conventos con menos de 12 profesos, con excepción de los escolapios y de los colegios misioneros para América ; el 11 de Octubre se publicó un Decreto suprimiendo todos los monasterios de órdenes monacales, los de canónigos regulares, de San Benito, San Agustín y premonstratenses. La famosa Ley Mendizábal de 19 de Febrero de 1936 ponía en venta todos los bienes de las corporaciones religiosas suprimidas ; el 8 de marzo, una nueva disposición suprimía todas las comunidades, conventos, colegios y demás casas de comunidad o de instituto religioso de varones, incluidos los de clérigos regulares y los de las cuatro  órdenes militares de la Península, islas adyacentes y posesiones de ultramar, reduciendo sensiblemente el número de conventos de monjas. Sin embargo, aunque ese mismo año se vendieron un total de 727 fincas, las ventas no tomaron verdadero impulso hasta el año siguiente. En 1841, bajo la Regencia de Espartero, por fin, se pusieron en venta todas las fincas, derechos y acciones del clero secular, llegándose a un total de 9.741 fincas vendidas ese año. En 1844 el Gobierno de Narváez suspendió la venta de bienes del clero secular y la de las comunidades religiosas de monjas. [OJEDA QUINTANA, José Juan, 1977, La Desamortización en Canarias, 1836 y 1855 (Cuadernos Canarios de Ciencias Sociales, no 3), Las Palmas de Gran Canaria, Caja Insular de Ahorros, pp. 20 ss.] [VOLVER]

Hacia 1685 la Mesta, en franca decadencia, estaba amenazada de una bancarrota inminente. Con Felipe V se extendieron sus atribuciones a Aragón (1726), pero la crisis no tenía remedio. En 1758 se suprimió el impuesto de servicio y montazgo. Campomanes, presidente de la Mesta, la destruyó desde dentro. En las Cortes de Cádiz (1812) se reconoció el derecho de todos los pueblos a acotar sus predios comunales. Aunque Fernando VII aún restauró la Mesta en 1814, no pudo evitar su muerte: en 1836 quedaba completamente extinguida y fue sustituida por la denominada Asociación General de Ganaderos del Reino. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 8.452] [VOLVER]

En algunas partes, heredad o hacienda que trae origen de donaciones reales. [ibid., pg. 3.053] [VOLVER]

Las consecuencias de la desamortización no fueron en todos los rincones del pais tan halagüeñas como las pinta Manuel María de Puelles para Alcalá de los Gazules. En las Islas Canarias, por ejemplo, y visto desde una óptica actual, la situación final después de los años de desamortización no arroja, según Ojeda, un balance positivo en lo que se refiere a un reparto más equitativo de la propiedad, tanto agraria como urbana ; la masa de los jornaleros siguió estando sometida a sus exiguos salarios y no pasó, ni mucho menos, a la categoría de propietarios. Por otra parte, la forma de vender las fincas forzó a los compradores a obtener mejores arrendamientos de sus colonos, causando dificultades a éstos a la hora de pagar las nuevas tasas. Además la ocupación directa de varias fincas, monopolizando el trabajo, que antes estaba más repartido, llevó a dejar sin trabajo a un número considerable de agricultores. La beneficencia, anteriormente a cargo de las órdenes monásticas, al depender ahora de fuentes externas de financiación, atravesó un miserable estado de abandono y necesidades, empeorando en términos generales su funcionamiento. [OJEDA, op. cit., pp. 178 ss.] [VOLVER]

En la Edad Media los colegios eran las residencias destinada a acoger a los estudiantes pobres que acudían a las Universidades. Como éstas no poseían, al principio, establecimientos propios, los profesores iban a dar sus clases a los ‘colegios’, que así se fueron convirtiendo en centros de enseñanza. En España, los más importantes eran los llamados colegios mayores, que podían conferir los grados superiores. Estos colegios mayores fueron reorganizados por Carlos III, pero perdieron sus bienes y rentas en la desamortización llevada a cabo por Godoy en 1798. [Nueva Enciclopedia Larousse, op. cit., pg. 2.089] [VOLVER]

El llamado Motín de La Granja se inició en el real sitio de ese nombre en la noche del 12 al 13 de Agosto de 1836 y provocó, como se refleja en el texto, la caída del régimen del Estatuto Real y la reinstauración de la Constitución de 1812. El descontento suscitado por la sustitución de Mendizábal por Istúriz y por el viraje a la derecha de la política de la Regente María Cristina dio origen a una cadena de pronunciamientos que se extendieron por gran parte de España. En la citada noche la agitación se trasmitió a los soldados de guarnición en La Granja, residencia de la Corte en aquellos meses de verano, que se pronunciaron unánimemente, enviando una comisión a entrevistarse con la Regente. Los intentos de ésta de ganar tiempo con la promesa de presentar un proyecto constitucional a las Cortes fueron rechazados por los soldados. Por fin, ante el temor de la evidencia, María Cristina capituló y firmó aquella madrugada el Decreto que se le solicitaba. [ibid., pg. 4.635] [VOLVER]

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