HAUSMUSIK (‘Diario de Avisos, 19-IX-1981)

 

            En cierta ocasión, a la salida de un recital de piano –no recuerdo el nombre del intérprete- alguien me hizo el siguiente comentario poco más o menos: “Después de esta de mostración voy a tener que abandonar el piano ... ¡no sirvo para esto!”. Yo sonreí aprobatoriamente y me dejé llevar por los derroteros de la conversación ; no obstante, en mi fuero interno me costaba digerir aquella frase, que no dejaba de tener su miga, porque bien mirado era de un radicalismo exacerbado: ¡el piano para los pianistas!, o algo parecido. Personas así son capaces de dejar de ir a la playa porque han visto nadar a Mark Spitz.  

Adagio (Paul Rieth)

            Nuestra sofisticada y altamente tecnificada sociedad actual ha llevado a algunos (bastantes más de los que se cree) a pensar que la música el algo para ser escuchado –por disco, por cassette o ‘en vivo’-, y que sólo unos pocos iniciados son capaces de interpretarla tras largos y complicados estudios y contando, por supuesto, con unas condiciones in- natas poco comunes. Lejos quedan ya aquellos tiempos de la Hausmusik, de la música hogareña de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando la existencia de grandes virtuosos –Clementi, Czerny, Hummel, Field, Cramer, etc.- no impedía que en los hogares de clase media se practicase con asiduidad la música de cámara, aunque fuese aun nivel modesto. Todo este idílico ambiente cambió de la noche a la mañana con la llegada de los Conservatorios, un producto más de la fiebre escolarizadora que trajo consigo la revolución industrial. Igual que en otros campos de la cultura, poco a poco se fue inculcando en la gente la idea de que la música era algo muy difícil y que para tocar mínimamente bien era necesario pasarse largos años trabajando diariamente con escalas y arpegios aburridísimos, y sólo eso (¡cuidadito con tocar algo por tu cuenta ; se te estropearía la posición de las manos y, peor que eso, HARIAS MUSICA!).

            Así hemos llegado hasta nuestros días, cuando el culto a los Conservatorios ha alcanzado unos límites insospechados, al menos en nuestro país (también hay una reacción contra los Conservatorios, por supuesto, pero ésta sólo ocurre a niveles contraculturales, y no es de contracultura de lo que aquí estamos hablando ; otra vez será). Nadie sabe ni quiere saber –excepto algunos melómanos descarriados, como un servidor- que, por ejemplo, un músico de la talla de Georg Philip Telemann (1681-1767) ... ¡fue autodidacta! Hoy día la cosa ha alcanzado unos niveles que no sé si llamarlos trágicos o de risa. Por ejemplo, se bien sabido que cantidad de gente con la carrera de piano terminada no tocan el piano, o, al menos, son incapaces de leer a primera vista una partitura sencilla. Es alarmante el número de profesores y profesoras de música que no van nunca a los conciertos, pero que sin embargo no se pierden el Festival del Atlántico y demás manifestaciones antimusicales. Conozco incluso el caso de una profesora de música que, créase o no ... ¡se sorprendió al enterarse por mi boca de que el piano también se podía tocar a cuatro manos!

            ¿Es verdaderamente imprescindible, como hoy se cree, sufrir esos interminables años de Conservatorio para poder tocar dignamente un instrumento? ¿Es realmente tan difícil la práctica de la música?, que sólo unos pocos iniciados consiguen el nivel necesario? Opino que no, que esos arduos estudios sólo los necesitan los que aspiran a ser virtuosos, pero que el resto sólo requiere unas nociones mínimas, cuya cuantía ya irá aumentando cada cual a su aire. Lo importante es que se pueda hacer música, que se vuelva a practicar la ‘Hausmusik’ ; si no se puede abordar las grandes obras comúnmente oídas en los conciertos, no se olvide que incluso los grandes maestros compusieron cosas más asequibles. No todos tenemos que ser virtuosos. Creo que la única forma de que la mal llamada ‘música clásica’ vuelva a ser popular, de que llegue a apreciarse como merece, es practicándola. Si uno hace música de cámara, aunque sea a niveles modestos, si todos nos familiarizamos con algún instrumento o con varios incluso y si nos acostumbramos a leer partituras a primera vista, podremos apreciar con más conocimiento de causa una buena interpretación en un concierto. Sólo así, y no abandonando el campo y dejando la música para unos cuantos ‘divos’, es como se conservaría la cultura musical. ¡Conservemos la música, ya que los Conservatorios se muestran incapaces!

             Mi intención era, después de esta introducción, hablar de algunos autores de los períodos barroco, clásico y romántico que se prestan idóneamente a este tipo de música hogareña que propugno. El espacio se me ha echado encima y me obliga a proponerlo para ulteriores artículos. Procuraré, por tanto, en otra ocasión ilustrar convenientemente mis ideas y demostrar que si hace siglo y medio se practicaba la ‘Hausmusik’ normalmente, no hay ninguna razón para que no lo hagamos nosotros ahora.

[ATRAS]