FREUD Y LACAN

 

 

III)

Lacan, para su intento de teorización del psicoanálisis, tiene que agradecer, dice Althusser, la aparición de una nueva ciencia, la lingüística. Según Freud, todo está sujeto a lenguaje, y precisa Lacan : "El discurso del inconsciente está estructurado como un lenguaje”. En 'La interpretación de los sueños', Freud había ya estudiado los mecanismos y 1eyes de elaboración del sueño, reduciéndolos a dos, desplazamiento y condensación, que Lacan a su vez convierte en dos figuras esenciales de la lingüística: metonimia y metáfora.

Entramos, de esta forma, en la paradoja lingüística, "de un discurso doble y uno, inconsciente y verbal, que por doble campo no tiene más que un campo único sin ningún otro más allá de él mismo: el campo de la cadena significante". Quedan así anuladas como malentendidos ideológicos las interpretaciones filosófico-idealistas del inconsciente como 'segunda conciencia':

a)      Inconsciente como “mala fe” (Sartre)

b)      Inconsciente como supervivencia cancerosa de una estructura inactual o sin sentido (Merleau-Ponty)

c)      Inconsciente como 'ello' biológico-arquetípico (Jung).

Todo lo que interviene en la cura psicoanalítica, por tanto, se desarrolla en el lenguaje y por el lenguaje (incluidos el silencio, su ritmo, su tono, modulación y pausas). Queda, sin embargo, por demostrar, "Por qué y cómo el papel del lenguaje en la cura ... sólo está fundado de hecho en la práctica analítica, porque está fundado de derecho en su objeto". Y aquí reside, según Althusser, el gran descubrimiento de Lacan.

Según Lacan, el paso de la existencia biológica a la existencia humana se opera bajo la Ley del Orden (Ley de la Cultura, según Althusser), y ésta se confunde en su esencia formal con el orden del lenguaje. Podemos distinguir dos grandes momentos en este paso:

1)      Relación dual, pre-edipiana, en la que el niño, no teniendo más relación que la de un alter-ego, la madre, que le dosifica su vida entre su presencia y su ausencia, la vive bajo el modo de la fascinación imaginaria del ego, sin poder nunca ni frente al otro ni frente a sí aprehender la distancia objetivamente de un tercero.

2)      Momento del Edipo, en el que una estructura ternaria surge sobre el fondo de la estructura dual, cuando el tercero (el padre) se mezcla como intruso en la satisfacción imaginaria de la fascinación dual, trastorna su economía, rompe las fascinaciones e introduce al niño en un Orden Simbólico, de un lenguaje objetivo que le permitirá situarse como niño humano en un mundo de terceros adultos.

Allá en donde una lectura superficial u orientada de Freud no veía más que la infancia feliz y sin leyes ('perversidad polimorfa'), Lacan nos muestra, pues, la eficacia del Orden, de la Ley, que acecha desde antes de su nacimiento a toda criatura humana, y se apodera de ella desde su primer grito, para asignarle su lugar y su rol. Esta Ley, este “código de asignación, de comunicación y de no-comunicación humanas”, preside todas las etapas (oral, anal, genital) franqueadas por la criatura humana asexuada. No es posible, pues, reducir los traumatismos infantiles a simples 'frustraciones biológicas'.

Según Lacan, el fin de la larga marcha forzada hacia la infancia humana estriba en que en el Edipo el niño sexuado se convierta en niño humano sexual (hombre, mujer) habiendo sometido a la prueba de lo Simbólico sus fantasmas imaginarios, y acabe, si todo 'va bien', por devenir y aceptar lo que es: un niño o una niña en­tre los adultos. Todo ello se desarrolla y materializa en un lenguaje anterior­mente formado, que en el Edipo queda enteramente centrado y ordenado alrededor del significante 'phallus': insignia del Padre, insignia del derecho, insignia de la Ley, imagen fantástica de todo Derecho.

Una idea de esto la vemos en la etapa de 'castración'; en ella el niño acepta no tener el mismo Derecho (phallus) que su padre, sobre todo no tener el Derecho del padre sobre su madre, pero con la seguridad de tener un día, más tarde, cuando se convierta en adulto, el derecho que le es entonces rechazado por falta de medios. Y sólo llegará a ser grande si habiendo "comido bien su sopa" sabe por sí mismo llegar a ser mayor.

La niña, por su parte, vive y asume también la situación trágica y benéfica de la castración. Acepta no tener el mismo derecho que su madre, es decir, internaliza una doble aceptación: no tener el mismo derecho (phallus) que su padre, puesto que su madre no tiene, precisamente porque es mujer y, al mismo tiempo, acepta no tener el mismo derecho que su madre, es decir, no ser aún una mujer, como aquélla lo es. Pero como desquite conquista su pequeño derecho, el de niña, y las promesas de un gran derecho, el entero derecho de mujer, cuando llegue a ser adulta, si sabe crecer aceptando la Ley del Orden humano y sometiéndose a ella.

La teoría psicoanalítica, por tanto, se convierte de esta forma, no en una pura especulación, sino en una verdadera ciencia, puesto que dispone del requisito fundamental: la definición de la esencia formal de su objeto, condición de posibilidad de toda aplicación práctica, técnica, sobre sus mismos objetos concretos. En este sentido, Politzer le reprochaba al psicoanálisis sus supuestas 'abstracciones': el inconsciente, el complejo de Edipo, el complejo de castración, etc. Según él no eran más que lo 'concreto' alienado en una psicología abstracta y metafísica.

Lacan, no obstante, opina que dichas 'abstracciones' no son más que los auténticos conceptos científicos de su objeto, en la medida en que, en tanto que conceptos de su objeto, "contienen en sí mismas el índice, la medida y el fundamento de la necesidad de su abstracción, es decir, la medida misma de su relación a lo con­creto". El Edipo no es, pues, un 'sentido' oculto al cual sólo faltaría la conciencia o la palabra ; es más bien la fractura dramática que la Ley de Cultura impone a todo candidato, involuntario y forzado a la humanidad.

El psicoanálisis, en su práctica, trabaja sobre la modalidad del nódulo específico en que el paso del Edipo es abordado por cada individuo. Estas 'variaciones' pueden ser pensadas y conocidas en su misma esencia, dado que todo este paso ha sido marcado por la Ley de esta estructura, "última forma de acceso a lo Simbólico bajo la Ley misma de lo Simbólico”.

Para terminar esta su glosa de Lacan, Althusser se hace las siguientes preguntas:

a)      ¿Cómo pensar rigurosamente la relación entre la estructura formal del lenguaje, las estructuras concretas de parentesco y las formaciones concretas ideológicas en las cuales se viven las funciones específicas (paternidad, maternidad, infancia) implicadas en tales estructuras de parentesco?

b)      ¿En qué medida puede el descubrimiento de Freud repercutir en las disciplinas de las que se distingue (psicología, psicosociología, sociología) y provocar en ellas una serie de interrogaciones sobre el estatuto de su objeto?

c)      ¿ Cuáles son las relaciones existentes:

1)     entre la teoría analítica y sus condiciones de aparición histórica,

2)     entre la teoría analítica y sus condiciones sociales de aplicación?

Estos problemas y muchos otros constituyen, ya desde ahora, otros campos de investigación. Freud comparaba a veces la resonancia crítica de su descubrimien­to con el escándalo de la revolución copernicana. Desde Copérnico sabemos que la Tierra no es el 'centro' del universo. Desde Marx sabemos que el sujeto humano no es el 'centro' de la historia. Freud nos descubre, a su vez, que el sujeto real, el individuo en su esencia singular, no tiene la figura de un ego centrado sobre el 'yo', la 'conciencia' o la 'existencia' ; sólo se centra en el desconocimiento imaginario del 'yo', es decir, en las formaciones ideológicas en las que se 'reconoce'.

[ATRAS]