LA MUJER SALVAJETITULO ORIGINAL:
La vouivre NACIONALIDAD:
Francia FECHA:
1988 DURACION: 95 min., COLOR DIRECTOR: Georges Wilson INTERPRETES: Lambert Wilson,
Suzanne Flonn, Kathye Kriegel, Jean Carmet
Es
más que probable que el espectador no avisado se arme un pequeño lío
con esta película. Porque, ¿qué pasaría si comprara uno una
entrada para ver lo que anuncian como film erótico, y resultase que -una
vez dentro- no sólo no lo es,
sino que se trata más bien de una especie de drama rural que tampoco es
un verdadero drama rural? Eso más o menos es lo que ocurre con ‘La
mujer salvaje’, de Georges Wilson, y creemos que las
distribuidoras deberían poner más cuidado en el tipo de carteles y de
publicidad que hacen para sus películas.
La
mujer salvaje no es otra cosa que la adaptación cinematográfica de
un relato de Marcel Aymé, autor muy utilizado por el cine francés. Como
en la mayoría de las obras de este autor, el argumento mezcla de una
forma bastante curiosa lo real con lo imaginario, y en este caso utiliza
esta técnica para profundizar psicológicamente en una serie de
personajes en una época histórica concreta (la Primera Guerra Mundial),
en relación con una serie de arquetipos culturales inmersos en el
inconsciente colectivo. Y es así como creemos hay que entender la película:
como una descripción poética de la condición humana, dentro de la vorágine
de los elementos y en una constante dialéctica de realidad-fantasía,
bien-mal, amor-guerra, eros-thanatos.
La Vouivre
-la real-mítica ‘mujer salvaje’ del título- viene a ser, en nuestra opinión, algo así como Gea, la
diosa primigenia de Hesiodo (y por eso está siempre en el agua,
“origen de todas las cosas”, según Tales de Mileto), pero también
podría ser ‘el diablo’, como dice el cura, uno de los personajes del
film. Porque al fin y al cabo, su relación íntima con las serpientes así
lo indica, aunque no hay que olvidar que la serpiente también simboliza
la Sabidurla. Esto no es contradictorio: Lucifer-Venus no deja de ser la
estrella más brillante del firmamento, y siempre ha tentado a los hombres
para que anhelen parecerse a Dios, como podemos comprobar en todas las
mitologías que en el mundo han sido. Eso también se puntualiza en la
película:
“los hombres siempre están buscando su propia imagen” (curioso análisis
de corte feuerbachiano). Desde
este punto de vista, poco importa en realidad que lo que el protagonista
experimenta a lo largo de la película ocurra de verdad o, por el
contrario, sea una simple ficción de su cerebro herido de metralla.
Porque lo único que él hace es materializar las creencias que la
humanidad ha mantenido a lo largo de los siglos. Y, como es sabido, la
divinidad sólo se manifiesta, por la razón que sea, a personas sencillas
(“bienaventurados los pobres de espíritu ...”) ; en este caso, el herido de guerra algo desquiciado, la subnormal
o el sepulturero borracho. Este último, aparte de estar más en contacto
con la muerte, está iluminado por el vino ; al fin y al cabo, la vid fue
la única planta que se salvó del diluvio. En
resumen, una interesantísima película de Georges Wilson, realizador
francés hasta el momento desconocido por estos pagos. La única referencia
que se nos ocurre para establecer comparaciones es ‘La balada de
Narayama’ (1985), de Shoei
Imamura, donde se nos narra, desde la óptica oriental, una historia
parecida sobre las relaciones del ser humano con las fuerzas ctónicas y
se llega a una conclusión parecida: lo
único que nos queda, es morir con dignidad. |