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EL LEGADO DE EISENSTEIN Y BUÑUEL (Como agua
para chocolate) NACIONALIDAD:
México FECHA:
1992 DURACION: 104 min., COLOR DIRECTOR:
Alfonso Arau INTERPRETES:
Marco Leonardi, Lumi Cavazos, Regina Torne, Yareli Arizmendi El
destacado intelectual y político mexicano José Vasconcelos (1882-1959)
propugnó durante gran parte de su vida la ideología del indigenismo como medio para sacar a México de su secular atraso,
germen de la injusticia social y de la violencia ; esta doctrina
conllevaba, aparte del rescate de tradiciones aztecas en vías de extinción,
la organización sistemática de la educación popular, la creación de
bibliotecas, la promoción de la pintura mural y el desarrollo de las
publicaciones, así como la captación de renombrados intelectuales del
continente. De este período de renovación cultural se benefició, por
supuesto, también la renqueante cinematografía mexicana, que había
atravesado durante los últimos años de la década de los 20 una profunda
crisis como resultado del paso del cine mudo al sonoro y los elevados
costes que esto supuso para los rodajes, así como por la potente
competencia que ofrecía el cine de Hollywood, donde se realizaban a la
sazón versiones en distintos idiomas de muchas películas. La
actividad cinematográfica en ese país latinoamericano había comenzado
ya muy temprano, en l896, de la mano del empresario Salvador Toscano
Barragán, quien realizó diversos documentales, amén del primer film de
argumento de esa nacionalidad: ‘Don Juan Tenorio’
(1898). A partir de los años 30, con el interés que mostró la
industria fílmica norteamericana por intervenir en México (a
consecuencia del fracaso de la política de dobles versiones), se registro
un repentino auge del cine mexicano, que en 1938 estaba ya a la cabeza de
la producción latinoamericana, tanto en cantidad como en calidad. La
presencia en el país por aquellos años del gran cineasta soviético
Serguei Eisenstein, para rodar su mítico e inacabado ‘¡Que viva
Mexico!’ (1933), despertó la
atención de ciertos medios intelectuales, lo cual dio lugar a toda una
tendencia de cine indigenista, iniciada
a partir de ‘Redes’ (1934),
de Fred Zinemann y Emilio Gómez Muriel. Como
consecuencia del boom de la década
anterior, los años 40 fueron realmente brillantes para la cinematografía
mexicana. Fue en esa época cuando se dieron a conocer directores
de indudable valía como Emilio ‘Indio’ Fernández (‘Flor
Silvestre’ y ‘María
Candelaria’, 1943), Julio
Bracho (‘Distinto amanecer’, 1943)
o Roberto Gavaldón (‘La barraca’,
1944). En Marzo de 1945 se constituyó el Sindicato de Trabajadores de
la Producción Cinematográfica de la República Mexicana (STPCRM), que a
partir de entonces controlaría el acceso a la profesión ; esta
circunstancia, aunque frenó palpablemente durante los años 50 la
producción de películas en el país, no redundó, sin embargo, en un
primer momento en menoscabo de la calidad artística de los productos. El
español Luis Buñuel llevó a cabo precisamente en 1950 su obra maestra
‘Los olvidados’, a la que
siguieron otras realizaciones igualmente importantes,
entre las que destacan ‘El’ (1952),
‘Nazarin’ (1958), ‘El ángel exterminador’
(1961) y ‘Simón del desierto’
(1965). En
el equipo de Buñuel de esos años figuraron (como guionistas, ayudantes
de dirección, etc.) diversas personalidades que luego brillarían
con luz propia en el cine mexicano. Así tenemos al realizador de
origen español Luis Alcoriza, guionista en un principio, que debutó con
la excelente ‘Tiburoneros’ en
1962, revelándose como un agudo y lúcido observador de la sociedad azteca, o a Arturo
Ripstein, quien, después de ejercer como ayudante de dirección
del maestro, continuó con su línea de inspiración surrealista en diversas
realizaciones de indudable valor. El
verdadero despertar contemporáneo del cine mexicano vino propiciado,
según todos los analistas, por la creación en 1964 del Centro Universitario de
Estudios Cinematogràficos (CUEC), verdadero vivero de jóvenes
cineastas. Esta institución consiguió acabar con la cerrazón del anteriormente
citado Sindicato, el cual convocó ese mismo año un concurso destinado a
revelar a guionistas y realizadores principiantes. De esa hornada
surgieron nueves valores, como Felipe Casalz, Paul Leduc, Alejandro
Jodorowsky o Luis Humberto Hermosillo, entre otros, en la obra fílmica
de los cuales no es difícil detectar elementos procedentes de la poderosa
influencia, aún presente, de los dos grandes maestros Buñuel y Eisenstein, elabora-
dos, eso sí, con una personalidad indigenista
fuera de toda duda. También ha resultado decisiva en el último
relanzamiento de la cinematografía mexicana la labor llevada a
cabo
durante
la presidencia de Echevarría (a partir de 1970), por el hermano
de
éste, Rodolfo Echevarría, como presidente del Banco Nacional
Cinematográfico. La
película objeto de este comentario es heredera de esa tradición. ‘Como
agua para chocolate’, de
Alfonso Arau, no ha gozado, extrañamente, de subvención oficial (el
director la rechazó), y, sin embargo, puede decirse que bebe de las
fuentes más arriba citadas: indigenismo y surrealismo. Se trata de una
puesta en imágenes de la primera novela de la esposa del
realizador, Laura Esquivel, una narración influida por cierto tipo de
literatura latinoamericana de la actualidad, concretamente la obra de García
Márquez y la de Juan Rulfo. Retrata, en tono de humor surreal, la vida en
una hacienda rural en la época de la revolución, intentando reflejar la
evidente contradicción que entonces se palpaba entre los nuevos tiempos y
las antiguas tradiciones y que condujo
inevitablemente al país a una violencia casi imparable. En
la película, y especialmente en la mujer que la protagoniza, se combinan
hábilmente los elementos realistas con los fantásticos, los sueños
con el mundo palpable de los sentidos y las pasiones. Particularmente
ingeniosa resulta la disparatada equiparación entre el amor imposible y
las recetas de cocina que ese personaje va elaborando a lo largo de la
cinta y que producen efectos mágicos sobre las personas que lo rodean. Se
trata de una suerte de erotismo gástrico
de un tipo radicalmente diferente al desplegado por Marco Ferreri en
aquella curiosa ‘La grande bouffe’
(1973), donde los instintos freudianos de muerte dominaban
siempre sobre los de vida, al contrario de lo que ocurre en la película
de Arau. La
técnica narrativa de Alfonso Arau, como ha hecho resaltar gran parte de
la crítica, no está en bastantes ocasiones a la altura de las
circunstancias. No obstante, una dirección de actores realmente espléndida
y un envidiable sentido del humor de claras resonancias buñuelianas
consiguen disimular perfectamente ese extremo. A destacar, dentro del capítulo
interpretativo, la actuación de absolutamente todo el elenco,
especialmente de la protagonista, Lumi Cavazos, y de Mario Iván Martínez
como el medico norteamericano. El
realizador mexicano logra a todas luces conectar en todo momento con la audiencia y hacer que ésta, si no llega a entender del todo una historia
bastante complicada de por sí, por lo menos pase un rato agradable. Esa
dificultad de comprensión inmediata de la narración, achacable
presumiblemente al origen literario de la misma y a las referencias
localistas, que posiblemente comunican poco al público de este lado del
Atlántico, como el propio director reconoce, hacen por otra parte a la
misma atrayente para un público de talante más intelectual, a quien no
le baste la habitual llamada a los instintos básicos. Los numerosos
premios obtenidos por Como agua para chocolate en diversos certámenes internacionales
avalan esta suposición. |