GERARD VIENNE. o la manipulación pseudoecológica (Peuple singe: una lectura diferente de un mito)

 

En una edición anterior de este mismo diario nuestro compañero SERGIO OLIVARI describía al personaje al que nos referimos como “Un cineasta realmente interesante, que ha hecho de la respetuosa y nunca manipuladora observación del mundo animal su razón de rodar”, y más adelante añade que “El pueblo simio y sus dos films de la sección oficial ... justifican por sí solos la inclusión del discutido adjetivo ecológico en el nombre del festival”. Con el mayor respeto por el punto de vista de nuestro compañero, dedicaremos este artículo a explicar razonadamente nuestra opinión, que no coincide en un ápice con aquél, como podrá colegirse del título que hemos elegido.

Vaya por delante que nosotros únicamente hemos visto ‘Le peuple singe’ y no nos hemos atrevido a afrontar la visión de los otros dos títulos. Tal fue la impresión que la cinta nos causó. En consecuencia, nos centraremos en comentar la película citada. Para nosotros no se trata en absoluto -en contra del general parecer- de un documental sobre los monos, sino más bien de una película con monos, y nada más. Un film, por cierto, muy bien fotografiado y mejor montado, pero esto no lo convierte en lo que pretende ser.

Expliquémonos: El pueblo simio mezcla con indudable buen gusto y sentido del ritmo una serie de imágenes de monos en estado natural, fotografiados con una gran paciencia a lo largo de varios años. Ahora bien, a nuestro entender el resultado no es una exposición coherente y minimamente científica de la vida de estos animales (eso sería un ‘documental’). Subsiste, pensamos, una evidente manipulación de las imágenes desde el momento en que se sitúa indiscriminadamente a un simio del Amazonas, en virtud del montaje, junto a otro de Sumatra o del Japón septentrional. Diferentes climas y hábitats, como se sabe, dan lugar a distintos modos de vida y costumbres de los animales. Y la cosa se agrava cuando -como es el caso-  se mezcla igualmente a chimpanzés con micos y a macacos con orangutanes. 

El resultado de todo este ‘potaje’ es una ficción mediante la cual se pretende convencernos de lo inteligentes y civilizados que son nuestro simiescos antecesores, y, como suele decirse al final de muchas películas, “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”. Se podría argüir que, como ya se sabe desde los lejanos tiempos de Méliés, Porter y Griffith, la narración cinematográfica es por naturaleza discontinua o que, como descubrió Eisenstein, la continuidad espacio-temporal del cine no reside en la pantalla, sino en la mente del espectador, el cual traza conexiones a partir de lo que le sugieren las imágenes. Pero esto sólo es válido para el cine narrativo. De ahí nuestra opinion al respecto: que Vienne utiliza a sus monos para experimentar con el famoso ‘efecto Kulechov’.

Queda por hablar del supuesto ‘mensaje ecologista’ del film. Según lo apreciamos nosotros, éste podría resumirse en la siguiente frase: “dado que los simios son casi iguales que nosotros, no deberíamos talar los árboles de la selva tropical, porque podríamos molestarlos”. Nos parece que un tal mensaje se cae por su propio peso. Porque, evidentemente y como cualquier ‘ecologista’ debería de saber, las razones para no destruir el cinturón vegetal de la tierra son otras, más razonables y menos sentimentaloides: el peligro de desertización del planeta, la perservación de la capa de ozono, etc. Este detalle confirma nuestra opinión sobre el cine de Gerard Vienne, que es la que hemos intentado exponer a lo largo de este artlculo.

[ATRAS]