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Documentos diversos dan testimonio de que los primeros vecinos de la Villa de San Francisco de Quito sumaron 205, incluyendo a las autoridades, el mismo Benalcázar y dos esclavos negros. Juan de Ampudia y Diego de Tapia fueron los primeros alcaldes ; Pedro de Puelles, Pedro de Añasco, Rodrigo Núñez, Juan de Padilla, Alonso Hernández, Diego Martín de Utreras, Juan de Espinosa y Melchor de Valdés, cumplieron las funciones de regidores. Sin pérdida de tiempo y en forma intensa, el Cabildo de la Villa de San Francisco de Quito emprendió el empadronamiento de los vecinos y ordenó al alarife (albañil o maestro de obras) que hiciera el trazo de la ciudad. Conocedor de su oficio, el alarife demarcó las calles a cordel alrededor de la plaza pública y el 20 de diciembre se repartieron los solares para que los vecinos comenzaran a construir sus viviendas. El Cabildo y demás dirigentes acordaron la construcción de un templo provisional ; de igual forma, que en las afueras de la Villa hubiese un extenso y común espacio de nombre ‘ejido’. Cada vecino recibió una considerable extensión de terreno para una estancia. Conquistado todo el Tahuantinsuyu, el poderoso imperio de los Incas quedó en manos del conquistador español, el invasor organizó su gobierno e impuso sus leyes a los recién conquistados basándose en cruces, látigo, terror y acero, e inició la expansión de sus dominios allende sus fronteras. El Marqués de Atavillos, Don Francisco Pizarro, Gobernador y Capitán General de La Nueva Castilla, ordenó de inmediato a sus tenientes, la fundación de nuevas villas en todo el territorio, entre ellas, San Francisco de Quito, al norte del extenso imperio, último reducto de la civilización inca, tierras que fueran del aguerrido Rumiñahui y del sacrificado Atahualpa. El Teniente Don Sebastián de Belalcázar, fundó así la ciudad el 6 de Diciembre de 1.534. Allí escuchó estupefacto las narraciones de El Dorado y decidido a conquistar su propia gobernación se dirige al norte con sus antiguos compañeros, aquellos de la conquista de Nicaragua. Con él van Pedro de Puelles, Melchor Valdez, Juan de Cabrera, Miguel López Muñoz, Jorge Robledo, Francisco García de Tobar, Juan Muñoz de Collantes, Hernán Sánchez Murillo, Martín de Amoroto, Ruy Vanegas, Sancho Sánchez de Avila, Luis Daza, Pedro Bazan, Hernán Álvarez de Saavedra, Pedro Cobos, Pedro Cepero, Alonso Sánchez, Cristóbal y Sebastián Quintero, Francisco de Belalcázar, (su hijo), Gonzalo Gómez, Alonso de Fuenmayor, Vasco de Guzmán, Cristóbal de Mosque-ra, Luis de Mideros, Martín Muñoz, Florencio Serrano, Juan del Río, Pedro de Añasco, Juan de Ampúdia, Pedro de Guzmán, Luis de Lizana, Martín Ñañez Tafur, y otros que después fueron notables en Popayán y el Nuevo Reino de Granada. Estos hombres, prototipo de una raza nacida en medio de los horrores de la re-conquista, allá en la lejana España, varones tremendos, hijos de un siglo apenas salido de la dureza medieval, caballeros de su Rey y de su Patria, seres en plena fecundación, pleno orgasmo de un mundo en ansias genésicas, que destruyen y crean, que atropellan y edifican, que pasan como la tempestad asolando cuanto encuentran, que si buscan oro, ansían la Gloria, que si son esforzados para su provecho no olvidan el de su Rey y el de su Dios, estos seres, hijos de una Europa en Renacimiento, pero no de las clases sociales en las que el humanismo germina con su brillo deslumbrante, sino de la llamada nobleza guerrera o campestre, de labradores de Castilla, en las cuales el menosprecio de la sangre propia o ajena, tiene aún acentos épicos y la dura crudeza del medioevo. Hombres que si bien son producto del viejo mundo, han sufrido toda la influencia primitiva del nuevo, hombres que enfrentados a la barbarie sanguinaria de comunidades primigenias, debieron convertirse en bestias, todo instinto, para no ser inmolados en los altares como homenaje a dioses todo sangre y como alimento en fiestas rituales de victoria de tribus antropófagas, seres que en medio de la dureza del quehacer, no dejaron nunca de adorar a su Dios con la convicción de la fe ciega y que para perpetuarse ejercieron el poder revestido con formas de terror y de muerte. |