LAS REPOBLACIONES

(FOSSIER, Robert, 1984, La infancia de Europa. Aspectos económicos y sociales, Barcelona, Labor, pp. 135-36)

 

 

Desde la fase inicial del siglo XI, todavía más quizás en el XII, corresponde a la Reconquista una impulsión capital. Pero es evidente que la España reconquistada sólo pudo serlo gracias a una fuerte presión demográfica. Este problema no está nada claro ; en él intervienen en realidad varios datos que no son más que hipótesis todavía. En primer lugar, sería necesario conocer mejor la situación de la 'marca', como es llamada en el bajo Ebro, es decir la zona fronteriza, la que los cristianos ocupan desde el año 1000 ; las crónicas catalanas la representan a menudo como 'desierto y soledad', sembrada de ruinas entre el Llobregat y Tarragona. A lo largo del Duero, Sánchez-Albornoz considera que existe una amplia zona de nadie, que separa cristianos e infieles: el ganado, los mercaderes y los bandoleros la cruzan sin encontrar ni ciudad ni tan sólo viculi. J.M. Lacarra la imagina incluso despoblada total­mente, entre una línea que va de Braga a Tudela y de Coimbra a Avila. Sin embargo, las viae maurescae, los santuarios cristianos conocidos en Portugal entre el Tajo y el Duero, los topónimos bereberes de poblados en lo alto de las montañas en Portugal, hacen creer a R. Durand que, aunque poco poblados, los relieves montañosos de Extremadura no son zonas vacías; subsisten en ellos mercados, un derecho y comunidades muy vivas. Así y todo, la historiografía ibérica tiende a evolucionar: sin creer quizás en la continuidad del poblamiento y en la fuerza de las comunidades que permanecieron cristianas en tierras islámicas, como afirmaban Menéndez Pidal y, más tarde, P. David, R. D'Abadal, llama la atención sobre la fuerza persistente de una impronta premusulmana en estas tierras, por ejemplo, demostrando la resistencia de los topónimos góticos, que representan al Sur del Miño e incluso hasta el Tajo el 6 o 10% de los nombres de lugar. Más todavía en Cataluña, reocupada muy pronto ; en esta zona oriental no hay duda sobre la existencia de grupos muy fuertes de cristianos mozárabes, con sus sacerdotes, en Lérida y Balaguer. Sin embargo, cada vez se tiende más a admitir que la expansión demográfica, ya responsable de la puesta en valor de las pendientes de los valles pirenaicos y, más tarde, de las costas, tuvo, desde finales del siglo X, fuerza suficiente para apoyar el impulso hacia el Sur y la ocupación. Es más difícil, por otro lado, calcular qué parte tuvo en la obra de reconquista una inmigración de origen más lejano. No se discute, naturalmente, la fuerza de los vínculos que se establecieron de uno y otro lado de la cadena pirenaica y los países de oc: la via merchaderia del Pertús, heredera de la via Domitia de la Antigüedad, era muy frecuentada antes de 925 por los mercaderes de hierro, de aceite y sal, de la misma manera que el Somport y Roncesvalles, todavía más pronto, dan paso a los muleros que pasaban de Aragón a Bearn: San Juan de la Peña y Jaca son célebres al Norte de las montañas por su mercado de hierro. Naturalmente, no hay que olvidar la peregrinación a Santiago, los conventos de Cluny que dan vida a los itinerarios seguidos por el ‘camino francés’. Sería interesante poder calcular la importancia de este aporte humano: evidentemente, pensamos en primer lugar en los guerreros que van a ganar su salvación eterna y a llenar sus bolsillos antes de marchar a Jerusalén. Gentes de Toulouse y Borgoña, de Provenza, ‘francos’ que están presentes en el sitio de Barbastro, en la toma de Huesca o de Zaragoza, como Enrique de Borgoña, que se casa con la hija del rey de Castilla y se convierte en conde de Portugal. Otros llevan has- ta su casa historias y relatos con tanto color local que inspirarán a los cantores de gesta. Pero esos no son siempre los que se quedan, los más humildes son los que nos importan: peregrinos que no acaban nunca de ganar su alma luchando, artesanos atraídos por las forjas del País Vasco o de Cataluña, segundones en busca de una nueva tierra o de nuevas libertades, también los hombres que tienen algo que esconder, ladrones o asesinos, que conseguirán quedar impunes gracias a los fueros de los pueblos reconquistados. Entre esos francigeni que forman auténticos grupos en las afueras (‘barrio de Francos’, vicus francorum) en Oviedo, o en Zaragoza y Salamanca, se encuentran gascones, bretones, provenzales y también lombardos y alemanes. En Jaca, en 1063, Sancho Ramírez les concede un fuero especial, lo mismo en Pamplona en 1129. Alguno de ellos llega a ser jefe de uno de los poderes, como Pierre de Rodez, obispo de Pamplona (1083-1115), y recurre sistemáticamente a las gentes de Toulouse como repobladores de la baja Navarra. Les confia vici completos, como Estella, cerca de uno de los caminos de Santiago, en 1090, Puente de la Reina en 1122, o bien les encarga nuevas fundaciones (Monjardin, 1104) ; hacia Guipúzcoa y Asturias irán gente de Castres y de Cahors, o flamencos y lorenses entre Miño y Duero, y aunque no podemos proponer ninguna cifra, no podemos dejar de hablar de ello.

[ATRAS]