El ‘gore’ y los temores atávicos de la sociedad actual
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Pere
Gimferrer y Manuel Rotellar dicen, refiriéndose a la actual tendencia
del cine terrorífico: “Horror,
terror, espanto ..., sea cual sea el matiz adoptado, el cine fantástico más
vulgarmente aceptado, consumido y digerido por el público es aquel que
‘hace asustar’ ; el que hace remontar las antiguas angustias
infantiles concretadas en la noche, la sangre, el dolor o la muerte para
buscar sus huellas en el subconsciente adulto”. Y, efectivamente, el ‘fantástico’, a partir de mediados de los años
70, parece adolecer de una furibunda afección de “... hemoglobina chorreante, de maquillajes llenos de horror, aullidos en la
noche y de puertas chirriantes” que inundan las pantallas, con poco
espacio para lo que comunmente se ha entendido como ‘arte cinematográfico’.
Es un cine destinado al consumo inmediato, que busca la espectacularidad
sin ambages prescindiendo de toda complejidad literaria. No hay más que
acordarse de filmes de la catadura de La
matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), La
noche de Halloween (John Carpenter, 1978), Viernes
13 (Sean S. Cunningham, 1980) y Pesadilla
en Elm Street (Wes Craven, 1984), entre otros, con sus insufribles
secuelas, debidas a perpetradores de la talla de Joseph Zito, Steve Miner
o Renny Harlin (éste, sorprendentemente encumbrado a los altares
hollywoodienses en los últimos años). Algunos de estos productos –en
especial los de Carpenter, Hooper y Craven- no dejan de ofrecer un cierto
interés fíl-mico (notable incluso en contados casos, como La
noche de Halloween, ejemplo paradigmático, imitado hasta la
saciedad). Pero eso no evita la tendencia de estos productos y sus epígonos
a caer en el comercialismo más exacerbado, donde todo es válido a la ho
ra de narrar una historia de sangre, locura o muertes horribles. Lo más curioso del caso es que este fenómeno tuvo su origen bastante
antes del actual boom ; fue a
principios de los años 60, como un subproducto de las ‘nudies’ (pri-meras cintas de ‘destape’). La apertura relativa
de los criterios morales en el cine norteamericano, la misma circunstancia
que permitió a Alfred Hitchcock realizar un cambio
de rumbo en su filmografía, con obras maestras como psicosis
(1961) y Los pájaros (1963),
dio lugar simultáneamente a los ‘ghoullies’.
O ‘bloodies’ del productor
Dave Friedmann y a los ‘kinkies’,
producidos por George Weiss, con títulos como Blood Feast (1963) o Two
Thousand Maniacs (1964), ambas dirigidas por Herschell
G. Lewis. El sadismo se erigió en verdadero protagonista,
reconduciendo hasta el paroxismo los clásicos temas del cine de terror de
antaño. Y esta última línea es la que, por supuesto, ha perseverado ;
las dos secuelas, por ejemplo, que recientemente han sido realizadas de Psicosis
(por Richard Franklin, 1983, y Anthony Perkins, 1986) son perfectamente
adscribibles al género que ha dado en denominarse ‘gore’. P.A.
Cornejo, refiriéndose al impacto que producían en el público de
aquellos momentos las películas de ‘mago del suspense’ –y pensamos
que el razonamiento se puede extender sin más al tema que nos ocupa-,
achaca su éxito (valor fílmico aparte ; ya se sabe que la audiencia no
suele entender por lo general de estas cosas) al ambiente que se respiraba
en Europa y EE.UU. al finalizar la Segunda Guerra Mundial: “Durante
la contienda se ha alcanzado un crecimiento sin paralelo ni antecedente
posible en el camino de las comunicaciones y los transportes. Del mismo
modo que al entrar los diversos países a una conflagración mundial se
vieron obligados a adaptar sus economías de paz a una producción de
guerra, a partir de 1945, se hace indispensable una readaptación inversa
del poderío bélico y de las comunicaciones para la paz, dentro de un
territorio fundamentalmente distinto donde se han creado nuevos mercados y
donde existe la doble necesidad de la reconstrucción y la innovación”.
Así nació la sociedad de
consumo. Las personas, por inercia, se hicieron cada vez más
dependientes de los medios de comunicación de masas –radio y televisión-.
Y Cornejo se pregunta: “Estos
comunicadores, excombatientes, ¿resolvieron olvidar lo vivido o, por el
contrario, lo incorporaron a sus comunicaciones y ficciones?” El género
de terror se prestaba a ser revivido, y así lo fue, en efecto, a través
de la radio, de los comics,
etc., y de una forma bastante más directa y violenta que la acostumbrada.
Sigmund Freud, en un artículo sobre ‘Lo
siniestro’ (1919), se refiere al recurso empleado por los literatos que
crean mundos de horror de la manera siguiente: “Este
medio consiste en dejarnos en suspenso durante largo tiempo respecto a cuáles
son las convenciones que rigen el
mundo por él adoptado, o bien esquivar hasta el fin, con arte y astucia,
una explicación decisiva al respecto. En este caso vuelve a cumplirse la
circunstancia anotada de que la ficción crea nuevas posibilidades de lo
siniestro que no pueden existir en
la vida real”. El
padre del psicoanálisis, adelantándose en más de medio siglo a los
hechos que comentamos, da sin lugar a dudas con la clave de su
interpretación: el terror de lo cotidiano. Cornejo, por su parte, llama
la atención sobre la curiosa circunstancia de que “... esos
mismo temas (la atracción por la muerte, la situación absurda, la falta
de sentido general del relato) coinciden, en la década de los 60, con las
obras elitistas de Fellini, Buñuel, Bergman, Antonioni, ...”. La
denominada ‘cultura popular’, sin embargo, se enfrenta con esas mismas
preocupaciones prescindiendo de la base ‘filosófica’ que esos autores
les confieren , adopta un punto de vista supersticioso. Así, por
ejemplo, si la heroína de Psicosis
es brutal e inexplicablemente asesinada a la mitad de la película, será
‘porque es culpable’. Esta búsqueda supersticiosa de la
culpabilidad se deriva, según Erich Fromm,
de lo que él define como mal endémico de nuestro siglo, especialmente en
los países desarrollados y fuertemente industrializados: el ‘miedo
a la libertad’. Se trata del mismo concepto que Wilhelm Reich
denomina ‘plaga emocional de la
humanidad’ y Herbert Marcuse ‘represión
adicional’. Estos autores (y especialmente Fromm) han demostrado
que, en efecto, hay varios caminos que conducen al hombre a huir de la
libertad (lo cual explica en parte –añadimos- la existencia de
‘totalitarismos’ ; no olvidemos que Hitler llegó al poder ¡ganando
unas elecciones!). Se trata de una huida de sí mismo y una de las formas que adopta el ‘instinto de
muerte’ freudiano. Marcuse,
por ejemplo, principal teórico del movimiento contracultural de los años
60, intentando hacer una síntesis de los pensamientos de Marx,
Hegel y Freud, parte de la premisa de que el
mundo no es libre, de que el hombre y la naturaleza subsisten en
condiciones de enajenación. Según
él, en la fase actual del capitalismo el hombre se encuentra
progresivamente enajenado y tiende cada vez más a quedar reificado
(objetivado como mercancía). Esta
situación comporta, en su opinión, un aspecto positivo: aunque se basa
en el trabajo enajenador, encierra en sí misma la posibilidad de negación.
Según Marcuse, el progreso tecnológico,
al disminuir la cantidad de ‘trabajo vivo’, subordinándolo a las
necesidades de la producción y del bienestar, convierte al
ser humano en ‘hombre unidimensional’, impidiéndole realizarse como
persona. Marcuse insiste en que, aunque esta sociedad neocapitalista se
empeñe en demostrarnos lo contrario, la
felicidad es un valor cultural. Lo que pasa es que nosotros
mismos nos negamos a ser felices. Esta circunstancia puede ser fácilmente
explicada mediante la teoría psicoanalítica: la humanidad padece un
‘complejo de culpabilidad’ ; cada individuo se siente culpable ante
los demás, y a la postre todos nos sentimos culpables ante todos. El
‘complejo de culpa’ a que nos referimos atañe especialmente a la
conducta sexual. Marcuse, para reafirmar su teoría, imagina un remoto
episodio ocurrido presumiblemente en tiempos paleolíticos, en el curso
del cual se supone que la autoridad paterna quedó definitivamente instaurada sobre la Tierra
(cfr., el mito del ‘pecado original’), reproduciéndose en el
inconsciente de cada individuo en forma de ‘Complejo de Edipo’. El
proceso se rige por el siguiente esquema: a)
ELLO
(instintos primarios) mundo exterior (REPRESION) b)
YO
(coordina, altera, organiza y controla los impulsos instintivos y
primarios del ELLO) (REPRESION) c)
SUPER-YO
(influencias culturales y sociales: MORAL ESTABLECIDA)
A esta doble represión
de los instintos primarios del esquema psicoanalítico añade Marcuse una
tercera represión: la ‘represión adicional’. Esta, según él, no
proviene ya del propio individuo, sino que es imputable a la
estructura de la sociedad
neocapitalista actual: en dicha sociedad está por un lado la
‘familia monogámico-patriarcal’, que produce una deserotización
de la vida mediante las relaciones marido-mujer (machismo) y las de padres-hijos (autoritarismo). Por el otro lado
está la propia organización del trabajo y del tiempo libre, que, como ya
hemos dicho, produce infelicidad, ya que la
producción y el consumo reproducen y justifican esas condiciones de
dominación. El panorama se completa, en opinión de Marcuse, con la
todopoderosa máquina de la educación y la diversión, que concluye la
misión de juntar a cada individuo con los demás en un estado de anestesia
que los hace creerse felices. El
individuo pierde de esta forma sus rasgos personales, quedando todo
convertido en lo que Marcuse denomina una ‘sociedad unificada’. Erich
Fromm opina algo parecido. Para él, el hombre actual tiene que
escoger entre ser libre o no, amar a los demás o a sí mismo, practicar una ética
biófila (seguir los ‘instintos de vida’) o hacerse necrófilo
(dejarse llevar por los ‘instintos de muerte’), progresar o regresar.
Debe elegir, en suma, entre el ‘síndrome de crecimiento’ y el ‘síndrome de decadencia’,
como muestra el diagrama que sigue.
Refiriéndose
al concepto de libertad, Fromm dice que no es lo mismo ‘libertad
respecto de', que conduce directamente al egoísmo,
y ‘libertad para’, la verdadera libertad, que compromete al
individuo consigo mismo. Según este autor, la libertad es algo que el
individuo ha conseguido al final de una trayectoria histórica a través
de un moldeamiento de la sociedad
sobre su propia individualidad. Es este un camino plagado de
dificultades (ya lo vimos más arriba al hablar de Marcuse), que se extiende en el plano individual, como indica el psicoanálisis, a
lo largo de toda la evolución de la personalidad, desde la infancia hasta
la edad adulta. El no ser capaz de superar satisfactoriamente todos los
escollos puede desviar al individuo del camino correcto y producirle
‘males’: rebeldía, soledad, impotencia, ansiedad, etc. Todos estos
peligros de que hablamos se multiplican en las grandes ciudades, al tratar
de desenvolverse el individuo en la ‘jungla humana’, donde se vuelve
totalmente cierta aquella famosa frase de Hobbes: “El
hombre es un lobo para el hombre”. En las modernas macrourbes, según
Chauchat,
se pierden como en un laberinto todos los anhelos sociales de los
hombres. Las ciudades, que durante mucho tiempo fueron sinónimo de
‘vida animada’, han ido perdiendo paulatinamente su antigua función
socializadora. La vida colectiva se ha empobrecido. El hombre de las
ciudades no es ya el ‘ser social’ de Aristóteles, sino que forma
parte de una ‘muchedumbre solitaria’ y se deja guiar por las señales
que la propia ciudad le ofrece. Esos mismos elementos de representación
contribuyen a que en las grandes urbes, en virtud de la misma distribución
de las edificaciones, se reflejen toda clase de segregaciones: racial,
económica, generacional, ... Esto
que venimos diciendo enlaza con la opinión de Fromm sobre el amor,
una de las claves de su pensamiento. Para este autor, en efecto, el amor
es un acto de fe nacido de la libertad, que necesita unas condiciones
de madurez personal para su desarrollo y un arte especial para su puesta
en práctica. Como es de suponer, la vida en las ciudades actuales no
ofrece precisamente ese caldo de cultivo ideal que Fromm busca. Marcuse,
por su parte, sin embargo, era más optimista. Para él, por obra y gracia
del avance tecnológico, ya existía (en 1972) la posibilidad real de una
transformación en el entorno técnico y natural que conduciría a
nuevas formas individuales y sociales de vivir sobre la Tierra.
Pero, por supuesto, para conseguirlo había que efectuar algunos
cambios en la sociedad, que coinciden en gran parte con lo preconizado por
Fromm. Pero, como es sabido, la historia se ha encargado de demostrar que
desgraciadamente Marcuse no tenía razón al pensar que había llegado
‘el final de la utopía’. La sociedad de consumo que él creía
periclitada no sólo se ha afianzado cada vez más en sus cimientos, sino
que ha acabado convirtiéndose, como dice Cornejo, en una cultura
de masas “... donde se
practica la desaparición diaria de la historia, que queda obsoleta con el
periódico de ayer”. Aquí es donde entra, como ya apuntábamos al
principio de este trabajo, la importancia presuntamente catártica del
nuevo cine terrorífico ; Jacques Guiomard
(1975) lo expresa como sigue: “Lo fantástico está de moda. Los individuos no acaban de creérselo. Desde tiempos inmemoriales vivían en su pequeño ghetto, y ya se habían acostumbrado a la condescendencia o la ironía de los demás. Y he aquí que el ghetto ha sido invadido por los turistas, siendo admirado, fotografiado y comentado ... A partir de 1970 (pero desde 1965 ya existían signos palpables en este mismo sentido), el cine fantástico se ha metamorfoseado en apto para expresar toda clase de problemas actuales, con lo que su éxito va en aumento”. Para
Gimferrer & Rotellar, más que de un
retorno de los héroes maléficos, se trata esta vez del “... terror
producido por amenazas, si no cotidianas, al menos plausibles dentro de la
angustiosa lógica de nuestros días”: la amenaza animal, la
tecnología, o incluso la propia monstruosidad interna del ser humano. El
problema ha consistido en hallar sustitutos válidos y eficaces a aquellos
monstruos, y se ha optado por lo más fácil: la acumulación de efectos
escalofriantes y truculentos, sin ahorrar los más escatológicos y
sangrientos detalles, buscando siempre el impacto directo sobre el
espectador, y prescindiendo de más niveles de lectura. El moderno cine
terrorífico forma parte, como ya hemos apuntado, de lo que se ha dado en
llamar ‘cultura de masas’ (‘Masscult’), que, según opina MacDonald
–opinión que nosotros corroboramos- no
forma parte de la verdadera cultura, ya que, como hemos visto, “... no ofrece a sus clientes una catarsis emocional ni tampoco una
experiencia estética, porque estas cosas requieren un esfuerzo. La cadena
de producción muele un producto uniforme cuyo humilde objeto no es ni
siquiera la diversión, pues también ésta presupone vida y, por lo
tanto, esfuerzo, sino que es simplemente la distracción. Puede ser
estimulante o narcótico ; pero debe ser de su público porque ‘está
completamente sujeto al espectador’. Y no da nada a cambio”. Según
MacDonald (y en eso coincide con Marcuse), la tendencia de la moderna
sociedad industrial consiste precisamente en transformar
al individuo en un hombre de masa, guiándose por intereses económicos.
A este respecto, Lazarsfeld & Merton se
hacían, ya en 1954, las siguientes preguntas, que dejamos en el aire para
concluir esta sección introductoria: “¿Cuál es
el status histórico de este
nivel, notoriamente bajo, de gusto popular? ¿Son los míseros vestigios
de pautas que en otro tiempo fueron mucho más altas? ¿Son en su mayor
parte, valores recién nacidos sin relación con las pautas más elevadas
de las que supuestamente han descendido, o son un ínfimo sustituto que
cierra el paso al desarrollo de modelos superiores y a la expresión de
una alta finalidad estética?” ____________________________________ GIMFERRER, Pere, y ROTELLAR,
Manuel., 1978, ‘Cine fantástico y terrorífico”, en VARIOS,’EL CINE’, Enciclopedia Salvat del 7o Arte,
Barcelona, Salvat, pg. 263 SPOTO,
Donald, 1984, Alfred Hitchcock, el
lado oscuro de un genio, Barcelona, Ultramar, pp. 417 ss. GASCA, Luis (ed.), 1983, El erotismo en el cine (4), Barcelona, Hamaika, pp. 212-18 CORNEJO, P.A., 1978, “Presencia
actual de ‘lo siniestro’”, en VARIOS., Enciclopedia
de la Psicología y Pedagogía (VI), Madrid, Sedmay-Lidis, pp. 465 ss. ibid.,
pg. 467 [VOLVER] FERRATER MORA, José, 1979, Diccionario de Filosofía (II), Madrid, Alianza, pg. 1.296 QUINTANILLA, Miguel A. (dir.), 1979, Diccionario
de Filosofía Contemporánea, Salamanca, Sígueme, pp. 278 ss. RODRIGUEZ SACRISTAN, Jaime, 1979,
“La libertad según Fromm”, en VARIOS, Enciclopedia
de la Psicología y la Pedagogía (VI),
Madrid, Sedmay-Lidis, pg. 274 CHAUCHAT, Helène, 1979, “El
hábitat, la persona y las relaciones sociales”, en VARIOS, op. cit., V,
pp. 44-45 CORNEJO, op. cit., pg. 469 GIMFERRER
& ROTELLAR, op. cit., pp. 261-62 ibid.,
pp. 264 ss. MacDONALD, Dwight, 1969,
“Masscult y Midcult”, en VARIOS, La
industria de la cultura, Madrid, Alberto Corazón, pg. 70 LAZARSFELD, Paul F., y MERTON,
Robert K., 1985, “Comunicaciones de masas, gusto popular y acción
social organizada”, en VARIOS, Sociología
de la comunicación de masas (II), Barcelona, Gustavo Gili, pg. 59 |