EVOLUCION HISTORICA DEL CINE DE TERROR

 

El terror granguiñolesco

 

El terror intelectual

 

La locura como elemento terrorífico

 

Los laberintos de la memoria

 

Terror procedente del reino animal

 

Zombies y ritos necrófilos

 

Mitologías grecolatinas y otras utopías  

 

            Como consigna A. Tudor, el género cinematográfico que nos ocupa es uno de los pocos “... cuyos orígenes no son predominantemente norteamericanos”, por dos razones básicas:

a)      Se desarrolló por primera vez en Europa, concretamente en Alemania.

b)      Cuando la industria norteamericana penetró en el género conservó unos escenarios míticos y centroeuropeos.

La primera de estas apreciaciones no es del todo exacta, en nuestra opinión, pues si bien, efectivamente, el cine terrorífico recibió su espaldarazo definitivo de parte del ‘expresionismo alemán’, no por ello dejan de encontrarse casos mucho más tempranos de películas directa o indirectamente clasificables dentro del género, o al menos como precursoras cercanas. Así, por ejemplo, en La conquista del Polo (1912), de George Méliès, aparecía un oso gigantesco, antecedente, sin lugar a dudas, de todos los subsiguientes monstruos cinematográficos. Para Tudor, el hecho de que este género no presente, como decimos, ataduras intrínsecamente norteamericanas le confiere una movilidad geográfica mucho mayor que a otras especialidades del 7o Arte, por cuanto el centro de gravedad de la producción de estas películas no se ha fijado en ningún país concreto:

“Mientras que únicamente los franceses se han acercado a las películas de gángsters, y sólo los italianos a los westerns, todos han aportado algo a las de terror ; desde Alemania en la época del cine mudo, hasta la explotación metódica de la productora Hammer Film en Gran Bretaña, pasando por el pintoresquismo italiano y el sadismo japonés”.

            Las verdaderas posibilidades artísticas del cine de terror fueron, por tanto, descubiertas, durante la etapa del cine mudo, por los cineastas germanos y nórdicos, merced a su proverbial ‘espíritu fáustico’. Según Tudor, la aportación del ‘expresionismo’ fue básicamente técnica, una extraña capacidad para evocar un extraño mundo de luces, sombras y nieblas mal entrevistas ; la caracterización y los argumentos típicos del género no tomarían, sin embargo, forma hasta años más tarde, en los grandes títulos de la Universal. Películas anunciadas como ‘de terror’, como El gabinete del Dr. Caligari (1919), de Robert Wiene, Der müde Tod (1922), de Fritz Lang, etc., e incluso las primeras obras maestras de F.W. Murnau (Nosferatu, 1922) o C.Th. Dreyer (Vampyr, 1931), etc., no eran en realidad más que “... novelas góticas con fuertes dosis de romanticismo”. Según el crítico norteamericano David A. Cook, el terror que comunicaban las películas expresionistas se refería más que nada a estados psicológicos mòrbidos y a sueños con fondo neurótico, en vez de a los horrores más concretos del cine norteamericano de la década siguiente. Además, en los filmes alemanes citados la técnica narrativo estaba aún muy ligada a lo teatral: sus directores aún no habían tenido acceso (por culpa de la 1a Guerra Mundial) a los hallazgos que David W. Griffith hizo entre 1914 y 1919 en el campo del lenguaje cinematográfico.

            Hay un detalle curioso: por lo general –al menos al principio- los realizadores de las cintas de terror norteamericanas de los primeros años 30 eran exactamente los mismos que habían dirigido sus antecesoras en el género: cineastas alemanes captados por la industria hollywoodiense. Lo que en realidad ocurrió fue que los productores yanquis no estaban interesados en las temáticas desarrolladas por aquellos en sus países de origen, y muchos de ellos volvieron desilusionados a Europa, para regresar seguidamente a Estados Unidos escapando del nazismo, un terror real que, por supuesto, superaba a cualquiera imaginado por la ficción fílmica. La cinematografía norteamericana sería, por tanto, quien procediera a industrializar el género fantástico, basculando hacia lo terrorífico. Desde luego, también en EE.UU. existían antecedente propios: los ‘shockers’ electrizaban a las audiencias ya desde el año 1908, y el archifamoso actor Lon Chaney hizo, como es sabido, una gran carrera durante los años 20 al pasarse de los films de gangsters a los de terror ; su vampiro de La casa del horror (1927), de Tod Browning, por ejemplo, figura honrosamente en todas las antologías. La mezcla armoniosa de todos es-tos elementos –americanos y europeos- sería lo que acabaría por fructificar a principios de la década de los 30:

“Las influencias estilísticas de Alemania, los elementos tomados de la literatura gótica, romántica y de terror, la larga tradición comercial de los ‘shockers’ y la línea de brillante actuación individual iniciada por Chaney, se combinaron en el crisol de la Universal. Lo único que faltó al final fue el propio Chaney, muerto prematuramente en 1930. Pero incluso él fue sustituido pronto por los dos pilares del género: Bela Lugosi y Boris Karloff”. 

La Universal Pictures, una productora de cierto renombre durante los años 20, merced a la meritoria labor de su presidente Carl Laemmle, había caído en picado al final de la década, quedando relegada a la realización de films de ‘serie B’. El renacer de esta productora durante los 30 se llevó a efecto de la mano de las películas de terror y fantásticas, aprovechando a directores procedentes del ‘expresionismo’ alemán, junto con talentos locales como Tod Browning o James Whale, trabajando en equipo con el genial director de fotografía germánico Karl Freund. El ciclo terrorífico de la Universal comenzó con Drácula (1931), de Tod Browning, y fue continuado el mismo año con el Frankenstein del británico James Whale. Este último siguió la serie con otros filmes de terror, como son El caserón de las sombras (1932), El hombre invisible (1933) y La novia de Frankenstein (1935), abandonando más tarde el género, que fue cultivado por otros realizadores ; así, tenemos El doble asesinato de la Calle Morgue (1932), de Robert Florey, El gato negro (1934), de Ed. G. Ulmer, La Momia (1932), de Karl Freund, etc. El ciclo concluyó con La hija de Drácula (1936), de Lambert Hillyer.

            A partir de 1939 la Universal intentó comenzar un nuevo ciclo de películas de terror, pero el filón estaba al parecer agotado, pues pronto se cayó en la autoparodia, con filmes como La zíngara y los monstruos (1944) y la mansión de Drácula (1945), ambas de Erie C. Kenton, que llegaban a mezclar todos los monstruos habidos y por haber en una misma historia. Todas estas películas, acompañadas del mayor de los éxitos, estuvieron acompañadas de otros intentos marginales, menos conocidos, ya desde la década de los 20. Ciñéndonos a la época dorada de la Universal, tenemos, por ejemplo, La parada de los monstruos (1932), de Tod Browning, un film maldito, prohibido durante largo tiempo, y la serie de películas producidas por Willis O’Brien, con monstruos animados según la técnica desarrollada por Fritz Lang en Los nibelungos (1924) ; de éstos el más nombrado el King Kong (1933), de Merian C. Cooper y Ernest B. Shoedsack. Esta innovación técnica fue luego perfeccionada y aplicada a innumerables films de terror, especialmente los procedentes de la cinematografía japonesa.

            El género de terror desarrollado por la Universal durante los años 30 y primeros 40 fue recuperado durante los últimos 50 por la casa productora inglesa Hammer Film, que compró los derechos de todo aquel material norteamericano y comenzó a realizar remakes. El ciclo de momias, hombres-lobo, vampiros, etc. y sus innumerables secuelas se reinició con renovada vitalidad con el estreno de La maldición de Frankenstein (1957), de Terence Fisher, seguida un año más tarde por la excelente Drácula, del mismo director. En Estados Unidos, mientras tanto, surgió un nuevo estilo: las películas de ‘superhorror’, donde los materiales terroríficos son utilizados, al decir de Tudor, “... más como un medio para un fin, que como un fin en sí mismo”. Esta tendencia cuenta igualmente con títulos importantes, como El monstruo de la laguna negra (1955) y El in creíble hombre menguante (1957), ambas de Jack Arnold, La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), de Don Siegel, y La máscara de la muerte roja (1964), de Roger Corman, entre otros. Volviendo al cine de terror de la Hammer, Tudor advierte en él una cierta tendencia a la psicologización, observable también en otros productos del cine fantástico británico del momento, como puede ser El fotógrafo del pánico (1959), de Michael Powell. Así, la historia de Drácula ha sido “... abiertamente sexualizada”. Según David Pirie. Por ejemplo, cuando se analizan desde cualquier ángulo (literatura, folklore, etc.) los orígenes del vampiro, resulta imposible desligarlo del sexo:

“A menudo, la palabra vampiro parece usarse como sinónimo de incubo o súcubo, los demonios nocturnos que copulan con los mortales mientras duermen. Más adelante, cuando el vampiro entró a formar parte de la literatura, aparecieron otros factores no tan abiertamente eróticos: suspense, emoción, melodrama, incluso humor, ..., pero todos ellos tienen un papel muy secundario, comparados con la amenaza sexual que impregna toda la acción y que provoca el sentimiento de terror morboso. Universal no tuvo más remedio que suavizar este aspecto ... en su versión de 1931, pero aunque hubieran concedido el papel protagonista a Dale Carnegie, el tema habría seguido evocando asociaciones prohibidas. Por mucho que el realizador se esfuerce en anular el contenido sexual de una película de vampiros, éste siempre reaparece, por la propia naturaleza del vampiro”. 

            Sin embargo, el ‘vampiro sexual’ propiamente dicho no apareció hasta bien entrados los años 60. Las primeras películas con estas características, obra de cineastas europeos entusiastas de lo fantástico que “... habían bebido en la tradición surrealista freudiana, y que se complacieron, consciente y deliberadamente, en superponer las imaginarias erótica y la macabra”, eran más surrealistas que pornográficas. Así tenemos Le viol du vampire (1967), La vampire nue (1969) y Le frisson des vampires (1970), del realizador francés Jean Rollin, o Le rouge aux levres (1970), de Harry Kummel. La Hammer siguió el ejemplo de sus colegas franceses y produjo films de alto contenido erótico, como The Vampire Lovers (1970), de Roy Ward Baker, una versión más de la novela ‘Carmilla’, de Sheridan le Fanu. Le siguieron Lust for a Vampire (1971), de Jimmy Sangsters y Countess Dracula (1971), de Peter Sasdy, entre otras muchas en el mismo estilo. Este filón, sin embargo, no duró mucho, y a la larga resultó contraproducente para el desarrollo del género, ya que, como lo pone Pirie, la presencia del vampiro sexual “... disolvió automáticamente la tradición cinematográfica del vampiro, con el resultado inevitable de que muchos realizadores menores se vieron sumidos en la confusión”. El género terrorífico como tal, por otra parte, ha abarcado a lo largo de su desarrollo, especialmente en los últimos decenios, otros muchos campos, que pasamos a resumir a continuación.

 

El terror granguiñolesco

            Sobre todo en los films ‘psicopatológicos’, el cine ha bebido de la fuentes del gran guiñol. El principal precursor del gran guiñol cinematográfico es Paul Leni, quien, en El legado tenebroso (1927), combina los efectos visuales, los trucos y los decorados expresionistas con escenas cómicas, todo ello en un ambiente de misterio sobrenatural. La especialidad alcanzaría su mejor momento con la decadencia de los monstruos de la Universal , así, tenemos las diabólicas (1954), de H.G. Clouzot, cuya truculencia constituye un claro precedente de muchos films policíacos de la actualidad. También son granguiñolescos films como ¿Qué fue de Baby Jane?, o La leyenda de Lylah Clare (1968), ambos de Robert Aldrich, así como los ‘ghialli’ italianos de Mario Bava, y aún más los de Dario Argento. Dentro del cine español tenemos títulos como la residencia (1969), de Narciso Ibáñez Serrador, La semana del asesino (1971), de Eloy de la Iglesia, etc. [VOLVER]

 

El terror intelectual

            El cine como gran desvelador de misterios (“lo visible de lo invisible, y también la faz invisible de lo visible”). Filmes de Luis Buñuel (p.ej., Tierra sin pan, 1932), Joseph Losey (El sirviente, 1963), Kenji Mizoguchi (El intendente Sanjo, 1954 ; La emperatriz Yang-kwei-fei, 1951), Federico Fellini (Ocho y medio, 1962), Alain Resnais (El año pasado en Marienbad, 1961), Jean Cocteau (Le sang d’un poète, 1930), etc. [VOLVER]

 

La locura como elemento terrorífico

            Más que la potencialidad criminal del psicópata, lo que nos desazona es, por una parte, la desproporción entre su apariencia inofensiva y la brutalidad irrazonada de sus crímenes, y, por otra, lo que cualquier alteración psíquica encierra de inexplicable e inaprensible, de desafío y reto a la razón y a la sociedad que se dice racional”. Entran en esta clasificación muchas películas policíacas, especialmente en la actualidad. Como ejemplos clásicos podríamos citar a Psicosis (1961), de Alfred Hitchcock, y El estrangulador de Boston (1968), de Richard Fleischer, entre otras. [VOLVER]

 

Los laberintos de la memoria

            La moda del ’freudismo’ dio nacimiento a este subgénero cuyo tema central es la amnesia. El título más célebre en este sentido es Niebla en el pasado (1942), de Mervyn Le Roy. Más tarde, la modalidad fue abordada por otros realizadores ; así, tenemos, entre muchas otras, Cartas a mi amada (1945), de William Dieterle, o Recuerda (1945), de Alfred Hitchcock. Especialmente interesantes por su tratamiento de esta temática son la totalidad de los films de Alain Resnais, como Hiroshima, mon amour (1959), por ejemplo. [VOLVER]

 

Terror procedente del reino animal

            La alianza (1970), de Christian de Challonge, Los pájaros (1961), de Alfred Hitchcock, El perro de Baskerville (1959), de Terence Fisher, Tiburón (1975), de Steven Spielberg, etc. [VOLVER]

 

Zombies y ritos necrofílicos

            I Walked with a Zombie (1943), de Jacques Tourneur, La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero, El ladrón de cadáveres (1948), de Robert Wise, etc. [VOLVER]

 

Mitologías grecolatinas y otras utopías

La ciudad sumergida (1965), de Jacques Tourneur, etc. [VOLVER]

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TUDOR, A., 1975, Cine y comunicación social, Barcelona, Gustavo Gili, pg. 235 [VOLVER]

VARIOS, 1970, Enciclopedia Ilustrada del Cine (II), Barcelona, Labor, pg. 37 [VOLVER]

COOK, David A., 1981, A History of Narrative Film, New York, W.W. Norton & Co, pg. 115 [VOLVER]

ibid., pg. 127 [VOLVER]

TUDOR, op. cit., pg. 246 [VOLVER]

COOK, op. cit., pp. 277-78 [VOLVER]

TUDOR, op. cit., pp. 239 ss. [VOLVER]

ibid., pg. 247 [VOLVER]

PIRIE, David, 1977, El vampiro en el cine, Madrid, Círculo de Lectores, pg. 98 [VOLVER]

ibid., pg. 100 [VOLVER]

ibid., pp. 117 ss. [VOLVER]

ibid., pg. 123 [VOLVER]

GIMFERRER & ROTELLAR, op. cit., pp. 157 ss. [VOLVER]

ibid., pp. 161 ss. [VOLVER]

ibid., pp. 167 ss. [VOLVER]

ibid., pp. 172 ss. [VOLVER]

ibid., pp. 223 ss. [VOLVER]

ibid., pp. 230 ss. [VOLVER]

ibid., pp. 239 ss. [VOLVER]

[ATRAS]