CONCLUSIONES FINALES

 

Jacques Guiomard, en el mismo artículo que hemos citado al principio de este trabajo, dice: “A partir de 1970 (pero desde 1965 ya existían signos palpables en este sentido), el cine fantástico se ha metamorfoseado, se ha convertido en apto para expresar toda clase de problemas actuales, con lo que su éxito va en aumento”. Gimferrer & Rotellar, sin embargo, piensan que, en realidad, lo que ha sucedido con el ‘fantástico’ es que se ha diluido en una gran profusión de subgéneros, o en un supergénero que lo engloba todo: el suspense criminal de Man on a Swing de Frank Perry, la política-ficción de El último testigo, de Alan J. Pakula, el horror en estado puro de Estoy vivo, de Larry Cohen, etc. Y en la edición de 1975 del Festival de Avoriaz el jurado no se ponía de acuerdo sobre qué película era admisible o no dentro del género fantástico. Lo que sí constituye un hecho incontrovertible es que, como ya apuntamos, “... el cine fantástico más vulgarmente aceptado, consumido y digerido por el público es aquel que ‘hace asustar’”, y que, al contrario de lo que ocurría en tiempos pasados, algunos de los grandes realizadores del 7o Arte, generalmente no especializados en el género terrorífico, se han sentido tentados por el mismo ; tenemos, por ejemplo, a Alfred Hitchcock (Psicosis, 1961, y Los pájaros, 1962), Robert Aldrich (¿Qué fue de Baby Jane?, 1962, y Canción de cuna para un cadáver, 1964), Roman Polanski (El baile de los vampiros, 1966), Georges Franju (Los ojos sin rostro, 1959), Jean Renoir (El testamento del Dr. Cordelier, 1960), etc. Sin embargo, estas obras terroríficas, aplaudidas en su momento por la crítica, no disfrutaron demasiado (exceptuando, quizás, las de Hitchcock) del beneplácito de la audiencia. Gimferrer & Rotellar se plantean así este dilema del cine de terror:

“Este género quizá sea uno de los más populares que existen, al estar enraizado en un inconsciente universal. Sin embargo, y como paradoja, es el que cuenta con mayor número de obras malditas e incomprendidas, a pesar de haber abierto nuevas rutas que casi nadie se ha atrevido a seguir. El gran público, que aplaudirá gustoso un Frankenstein de serie, rechazaría las criaturas, a la vez reales y alucinantes, de La parada de los monstruos ... Se complacerá en las truculencias de un hombre-lobo de barraca de feria, pero difícilmente aceptará la mujer pantera (1942), de Jacques Tourneur ... Inconscientemente, el público siempre se avendrá a un arreglo racionalista de los hechos, la incursión en la locura de Lilith (1964), de Robert Rossen, será considerada extravagante, y las turbadoras ambigüedades de El hombre del cráneo rasurado (1965), de André Delvaux, parecerán simples incongruencias a muchos”. 

            Congruentemente con lo que apuntábamos al principio de este trabajo, estos autores opinan que el gran público “... rechaza lo sobrenatural, prefiriendo lo horrible y los escalofríos que hay que experimentar en algún momento”. Lo cotidiano pesa demasiado en sus vidas. Distinto es el caso de los ‘intelectuales’. Estos, que en un principio despreciaban el cine en su conjunto como formando parte de ‘lo popular’, no han asumido la poesía inherente al buen cine fantástico –que libera los más ocultos arquetipos del inconsciente, revelando de paso el verdadero espíritu de nuestra época- más que en fecha muy reciente, y algunos continúan despreciándolo en el fondo. El ya citado A. Tudor, por ejemplo, piensa que el cine de terror es un género muy limitado, “... y las limitaciones empiezan en el mundo mismo de la película clásica de terror”. Y más adelante continúa:

“Sería fácil caer en el error de pensar que estas películas evocan un mundo social muy específico. Pero esto supondría sobre estimar el período clásico. Desde luego, Transilvania tenía una estructura social clara y simple: la del señor feudal y el campesino. La perversa y decadente aristocracia contrastaba con un campesinado amable, aunque asustado y estúpido. Pero cuanto más avanzamos en la evolución del género menos prominente resulta este rasgo, que queda reducido a un ‘color local’, a una fuente de víctimas y de escenas indecentes de posada”. 

            Muy otra es, como ya se ha visto, la opinión de Gimferrer & Rotellar, que vislumbran datos sobre la Alemania pre-nazi en El gabinete del Dr. Caligari, de Wiene, o en M, el vampiro de Düsseldorf (1931), de Fritz Lang, y para los cuales un film aparentemente tan inocuo como El ladrón de Bagdad 81934), de Raoul Walsh, no hace otra cosa que relatar fielmente la euforia americana anterior al ‘crack’ del 29, y que Horizontes perdidos (1937), de Frank Capra, refleja “... la nostalgia punzante del ‘sueño americano’”. Tal posición, por supuesto, nos parece tan discutible como la más arriba expuesta de A. Tudor. Lo que sí es demostrable es que el cine de terror propició, ya desde sus inicios, la eclosión de las obsesiones eróticas reprimidas, desde el indudable trasfondo erótico detectable en los films de vampiros, que ya comentamos anteriormente, hasta la ‘zoofilia’ que se trasluce de la visión de King Kong, o la ‘necrofilia’ de La momia, pasando por la psicopatología sexual evidente en películas como El fotógrafo del pánico, de Michael Powell, o Repulsión (1964), de Roman Polanski. Para estos autores, en suma, el cine fantástico –quizás debido al origen literario de sus argumentos-, “... tiene una riqueza de antecedentes apenas iniciada su historia, siendo un género en el que sus logros ya efectivos no merman sus posibilidades futuras”, a pesar de las vulgarizaciones, cada vez más frecuentes en nuestros días. Esta apreciación podría tal vez parecer demasiado optimista en una primera lectura . sin embargo, en una segunda aproximación no deja de tener un algo de verdad. Concluyamos, pues, con una última cita de Gimferrer & Rotellar:

“¿Qué realizador se atreverá a dar un rostro al Maldoror de Lautréamont, al Melmoth de Maturin? ¿Quién se atreverá a escenificar el sorprendente decorado de Locus solus, de Raymond Roussel, a poner en imágenes la Espírita, de Gautier, o la Aurelia, de Gérard de Nerval? Señalemos que por encima de cualquier otra consideración, el cine fantástico –ya sea silenciado y marginado, ya valorado con un criterio que en ocasiones participa del esnobismo y en otras responde a un propósito de erudición histórica y sociológica- ha sido siempre, desde Méliès y Feuillade, uno de los principales vehículos de poesía de nuestro tiempo”.

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ibid., pg. 262 [VOLVER]

ibid., pp. 154 ss. [VOLVER]

TUDOR, op. cit., pp. 247 ss. [VOLVER]

GIMFERRER & ROTELLAR, op. cit., pp. 156-57 [VOLVER]

[ATRAS]